viernes, 3 de agosto de 2012

271. Señor, danos siempre de este pan


Segunda homilía sobre el capítulo 6 de san Juan
Domingo XVIII del tiempo ordinario, ciclo B 
Jn 6,24-35

Texto evangélico

Cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaúm en busca de Jesús.
Al encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo has venido aquí? Jesús les contestó:
“En verdad, en verdad os digo:
Me buscáis no porque habéis visto signos,
sino porque comisteis pan hasta saciaros.
Trabajad no por el alimento que perece,
sino por el alimento que perdura hasta la vida eterna,
el que os dará el Hijo del hombre;
pues a este lo ha sellado el Padre Dios”.
Ellos le preguntaron: “Y ¿qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios”.
Él les respondió:
“La obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado”.
Le replicaron:
“¿Y qué signo haces tú, para que veamos y creamos en ti?
¿Cuál es tu obra?
Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: “Pan del cielo les dio a comer”
Jesús les replicó:
“En verdad, en verdad os digo:
No fue Moisés quien os dio pan del cielo,
sino que es mi Padre quien os da el verdadero pan del cielo.
Porque el pan de Dios es el que baja del cielo
y da vida al mundo”.
Entonces le dijeron:
Señor, danos siempre de este pan”.
Jesús les contestó:
“Yo soy el pan de vida.
El que viene a mí no tendrá hambre,
 y el que cree en mí no tendrá sed jamás”.

Hermanos:

1. Estamos dentro de la multiplicación de los panes, y, como anunciábamos el domingo pasado, al abrir este episodio, serán cinco homilías en torno a este signo central de la vida de Jesús: Jesús, pan vivo por la vida del mundo.
Huyó al monte después de aquel episodio, que terminó en una apoteosis. Querían hacerle jefe y caudillo, liberador de la opresión del pueblo. Jesús, don de Dios al mundo, no había venido para dar vida con esos medios, sino de otra manera, yendo a la raíz del corazón.
Jesús huyó al monte, al corazón de Dios. A la madrugada se mostró a sus discípulos caminando sobre el lago.
Al día siguiente nos encontramos en Cafarnaúm, y aquí comienza el Discurso de Cafarnaúm. En el estilo típico de san Juan el discurso va entreverado de preguntas polémicas, que reflejan claramente la lucha del ser humano entre la fe y la increencia, y ponen al descubierto el desenlace de la vida de Jesús: aceptación y rechazo.

2. Comencemos con las primeras líneas, que nos presenta a la gente en busca de Jesús: fueron a Cafarnaúm en busca de Jesús. Buscar a Jesús, que es todo un símbolo de vida.
La vida es una búsqueda y un hallazgo, y el que encuentra sigue buscando algo superior. Dejar de buscar es como dejar de vivir; ya todo se acabó.
Me buscáis, dice Jesús. Pero añade y precisa: Me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros.
Parecía bueno buscar a Jesús, pero aun esto mismo hay que aclararlo. Hay una búsqueda generosa, que nos engrandece; pero puede haber una búsqueda ruin, interesada, egoísta, y esa no nos engrandece. No es lo mismo, por ejemplo, ir al matrimonio buscando satisfacer unas necesidades primarias, que ir buscando unos grandes ideales para compartirlos juntos con generosidad y amor mutuo.
Ya vimos que Jesús tras la multiplicación de los panes, huyó al monte, porque quisieron hacerlo rey, caudillo liberador.

3. Me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Jesús quiere dejar muy claro su puesto en la vida de Israel. Jesús no es ni quiere ser un líder que resuelva el pan de cada día, con lo cual decimos, el trabajo, el sueldo, la economía. Dios nos ha dado inteligencia y corazón para que esos asuntos nuestros los resolvamos nosotros, porque ciertamente, venciendo nuestro egoísmo, podemos resolverlos.
Jesús trae como signo la bondad de Dios, la cercanía y la presencia de Dios, que es la mayor necesidad que tiene el hombre. Si esto se resuelve, lo demás fluye por sí y con la buena cooperación de la fraternidad humana todo puedo llegar a buen puerto. Pero Jesús tiene algo que nadie sino él puede dar, y por eso, sí, por eso hemos de buscarle.
Los profetas y los salmos nos han hablado de esa búsqueda insaciable de Dios, que es el latido de toda religión: Recurrid a Dios y a su poder; buscad continuamente su rostro (Sal 105,4). Así reza el salmo. Y en el mismo libro otra plegaria conmovedora dice:
Oigo en mi corazón: “Buscad mi rostro”.
Tu rostro buscaré, Señor.
No me escondas tu rostro (Sal 27,8-9).

4. Buscar es lo mismo que afanarse, trabajar. Y desarrollando este pensamiento, Jesús dice:
Trabajad no por el alimento que perece,
sino por el alimento que perdura hasta la vida eterna,
el que os dará el Hijo del hombre.
La vida es una tarea que hacer, una misión que cumplir. Y esta tarea es tan grande, que no puede perecer con nuestros días. El trabajo de nuestras manos es necesario. Pero el hombre es más que cabeza y manos; es más que fábrica, proyectos, planes económicos. Todo esto son productos de consumo, que se utilizan y pasan. La generación siguiente los ha de superar felizmente, y también pasarán.
Y nada de esto nos da la felicidad que hambrea el corazón humano. Hay algo cuyo secreto está en el Hijo.

5. El hombre se afana y trabaja, pero Dios también trabaja por el hombre. Y ¿cuál es la obra de Dios, para que nos pongamos en consonancia con su trabajo?
Y ¿qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios? Así preguntan. Y Jesús responde:
La obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado.
Está claro y patente: la obra de Dios en el mundo es que aceptemos a su enviado, que pongamos al Hijo de Dios en el centro de la existencia, que le demos a él las riendas de la vida y caminemos.
Jesús, este Jesús histórico protagonista de los Evangelios, va a ocupar el puesto central de Dios, y esta va a ser la obra y el trabajo de Dios, dejar a su Hijo, Jesús de Nazaret, como artífice de ese nuevo plan en la tierra.

6. Hermanos, este es el plan y programa. Ahora bien, ¿qué credenciales puede presentar Jesús para invitarnos a esta renovación del mundo? El pueblo judío, elegido por Dios, puede estar orgulloso de su historia y presentar a Moisés. Moisés no necesita credenciales, porque la Biblia se las da todas. Moisés, legislador y caudillo, que tiene todos los títulos en Israel, ese sí dio de comer al pueblo. A ese podemos mirar.
Pero Jesús responde, con un atrevimiento extremo, que no fue Moisés el que daba el pan del cielo, el maná durante cuarenta años en el desierto: era mi Padre. Y se atreve hacer una comparación entre Moisés y él:
No fue Moisés quien os dio pan del cielo,
sino que es mi Padre quien os da el verdadero pan del cielo.

7. Ahora se va a manifestar el secreto:
Yo soy el pan de vida.
El que viene a mí no tendrá hambre,
 y el que cree en mí no tendrá sed jamás.

Jesús  se revela al mundo como el pan de Dios. Jesús es la respuesta al corazón del hombre. Jesús es el último anhelo que llevamos en el corazón. Jesús es nuestro presente y nuestro futuro.
Por eso a él, compañero de camino en la peregrinación humana, podemos dirigirle con confianza esta súplica del Evangelio:

Señor, danos siempre de este pan.
Amén.

Monterrey, NL (Ejercicios espirituales), 1 agosto 2012.

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