viernes, 10 de agosto de 2012

276. Jesús, Pan de la vida: creer y comer


Homilía 3/5 sobre el capítulo 6 de san Juan
Domingo XIX del tiempo ordinario, ciclo B
Jn 6,41-51
Texto evangélico

Los judíos murmuraban de él porque había dicho: “Yo soy el pan bajado del cielo”, y decían. “¿No es este el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?
Jesús tomó la palabra y les dijo: “No critiquéis. Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en los profetas. ‘Serán todos discípulos de Dios’ Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí. No es que alguien haya visto al Padre, a no ser el que está junto al Padre: ese ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo: el que cree tiene vida eterna.
Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron; este es el pan que baja del cielo para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo”.

Hermanos:

1. Hay dos palabras que pueden resumir, de acuerdo a este Evangelio, el mensaje y misión de Jesús: creer y comer. La primera se refiere al hecho total de Jesús: vida celeste, encarnación, presencia entre los hombres. La segunda es derivación que se desprende y urge a quien ha aceptado, en la fe, lo que Jesús es y lo que trae a este mundo. En resumen, muy en resumen, es el contenido de este Evangelio que nos disponemos a penetrar. Es el tercer Evangelio de esa serie de cinco en que se distribuye para cinco domingos el capítulo 6 de la multiplicación de los panes, según san Juan.
Cualquier lector avisado comprende que el evangelista san Juan afronta el misterio de Jesús con un lenguaje contemplativo y especulativo muy singular. Con simplicidad de corazón recogemos las palabras de Jesús en el modo y medida que nos la entrega el Espíritu de Dios a cada uno de los oyentes de la palabra. El que se acerca con amor a la palabra de Dios, nunca vuelve de vacío.

2. Jesús habla de sí mismo como bajado del cielo. Con distinto lenguaje se afirma esto en san Juan: “Salí del Padre y he venido al mundo; otra vez dejo el mundo y me voy al Padre” (Jn 16,28).
Parece como si Jesús fuera un visitante de esta tierra, pero no realmente un nacido en esta tierra. Si dijéramos que Jesús es alguien de fuera, estaríamos en la herejía porque no acabaríamos de darle a Jesús la categoría del “hombre”, que es, en verdad, su realidad entre nosotros. El Concilio afirma el sentir de la Iglesia con respecto a la realidad humana de Cristo con estas palabras precisas: “El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado” (Gaudium et spes, 22).
La persona de Jesús, en el mejor de los casos, es para nosotros misterio, que infunde respeto. Solo la fe, que es como una membrana sutilísima, al rasgarse mediante la oblación libre de nuestra voluntad alcanza esa verdad clave que predicamos los cristianos, que Jesús es verdaderamente Dios y verdaderamente hombre. Cómo se funde, sin confusión, este ser íntimo de Jesús, nos rebasa, y deja en el corazón un secreto temblor.
Pero no nos extrañe, porque cuando el hombre racionalmente piensa sobre sí mismo, se topa con el misterio. También el Concilio en el párrafo anterior al citado, al hablar del hombre, dice: “Todo hombre resulta para sí mismo un problema no resuelto, percibido con cierta obscuridad. Nadie en ciertos momentos, sobre todo en los acontecimientos más importantes de la vida, puede huir del todo el interrogante referido. A este problema sólo Dios da respuesta plena y totalmente cierta; Dios, que llama al hombre a pensamientos más altos y a una búsqueda más humilde de la verdad” (Gaudium et spes, 21).
Son consideraciones que se hacen para abordar el ateísmo, oscura anti-religión que muchos han profesado.
No, el ser humano no está abocado al ateísmo, sino al misterio. Y en esta órbita del misterio nos acercamos humildemente a Jesús.

3. El conocimiento histórico de Jesús, el que puede tener un compaisano suyo de Nazaret, no es el conocimiento real de la persona. Por la superficie, hermanos, no nos conocemos. Es necesario ir al corazón, y esto incluso en la mera filosofía del conocimiento.
No me pueden conocer a mí por mis parientes, porque yo no soy ninguno de ellos. Yo soy único e irrepetible, y de nuevo, y por último, el Concilio, una frase que le gustaba mucho a Juan Pablo II, por las veces que la citó: “el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo” (Gaudium et spes, 24). No hay en el mundo un bien superior al hombre, y solo Dios puede ser el confín del hombre.

4. Creer en Jesús es aceptarlo como es. Pero el mismo Señor dice que nadie puede venir a él si el Padre no lo atrae. De nuevo el lenguaje del misterio. No puedo creer, si el Padre de Jesús no me atrae hacia su Hijo. Entonces ¿no seré yo el responsable de creer o no creer, porque al fin es cosa de Dios? No es ese exactamente el planteamiento. Nuestro acto de voluntad para creer no es un acto mecánico, sino personal y libre. Y el mismo Jesús dice, citando a los profetas: “Serán todos discípulos de Dios” (v. 45). Dios es nuestro maestro, y nos ha garantizado su magisterio; a todos nos quiere discípulos suyos.
Todo esto que vamos diciendo se refiere a esa primera parte del enunciado. “creer y comer”.

5. Jesús habla de comer. Comer, ya no el maná, que comieron los israelitas y murieron, sino comer el “pan de la vida”, el “pan vivo” o “pan viviente”, el pan vivificante, la vida en forma de pan.
Jesús habla de sí mismo, que se ha definido, en este pasaje con estas dos frases:
- Yo soy el pan bajado del cielo.
- Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo.
 Y ha añadido:
- Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo.
Jesús ha dado su carne en la encarnación, en la cruz y en la Eucaristía. Acaso estas tres referencias sean indisolubles.
Para mí, cristiano, lo importante es que Jesús me da su carne hoy. Habré de pensar, en esta lógica interna de las frases, que, al recibir su carne, recibo la encarnación y recibo la cruz.
La Eucaristía es el misterio vivo y vital de Jesús, no una parte de él mismo. Es su persona que llega hasta mí, desde el Padre, por el Espíritu Santo.
Hermanos, recibir a Jesús es recibir el misterio de Dios y abrir el camino de nuestra inmortalidad.
“El que coma de este pan vivirá para siempre”.
 Nos lo ha dicho el Señor. Amén.

Como himno para orar puede verse: Pan bajado del cielo

Guadalajara, viernes 10 agosto 2012.

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