sábado, 11 de agosto de 2012

277. Santa Clara: La belleza de Clara y las raíces del árbol en invierno


Para una homilía en la fiesta de santa Clara


Hermanas Clarisas Capuchinas,
Hermanas Novicias,
Hermanos Capuchinos de mi propia fraternidad:

1. Estamos celebrando un día para nosotros muy señalado: la solemnidad de santa Clara, que este año tiene un sello específico, por ser la conclusión de un Año Clariano. Este año comenzó el Domingo de Ramos del pasado 2011 y concluye hoy, fiesta de santa Clara de 2012.
En aquella ocasión inicial los ministros generales escribieron una carta a la familia franciscana, para que junto renováramos la gracia de nuestra vocación. Hermanos y hermanas profesamos un mismo carisma. El año 2007 habíamos recordado, incluso a lo largo de un trienio, la gracia de los orígenes de Francisco. Unos años después la familia franciscana celebramos los orígenes de Clara, que al amparo de Francisco emprende la misma vocación de Francisco.
Recordamos, pues, aquel domingo de Ramos de 12011 en que Clara, por la noche, en la ermita de santa María de la Porciúncula, a sus 18 años, hizo su consagración al Señor. Francisco, ante el altar de la Virgen, le cortó los cabellos, signo de que terminaba su vida en el mundo y pasaba definitiva y exclusivamente al servicio del Señor Jesús, a quien con todo el corazón de mujer enamorada podía llamar “esposo mío”. Clara permaneció fiel hasta la muerte, 42 años después, el 11 de agosto de 1253.
Nuestro amado Papa Benedicto XVI el domingo de Ramos de este año escribió una carta al Obispo de Asís para hacer memoria de este evento y manifestar su significación evangélica.

2. Hace 20 años en la fiesta de la Santísima Trinidad de 1992 el cardenal Joseph Ratzinger recibía en la basílica de santa Clara los votos perpetuos de una hermana clarisa. Pronunció una homilía que es una delicia volverla a leer, y que sintoniza plenamente con el espíritu de consagración de este día. He aquí algunos párrafos:
“A la Iglesia del tiempo de san Francisco no le faltaba poder ni dinero, no le faltaban escritos y buenas palabras, no le faltaban construcciones: le faltaba aquel radicalismo evangélico que da al mundo el libelo del repudio para vivir sólo para el esposo Jesús. Por eso, a pesar del dinero, de las piedras y de las palabras, la Iglesia «se desmoronaba toda».
En San Damián, donde había de ser la morada de santa Clara y sus hermanas, escuchó Francisco en su corazón la voz del crucificado: Francisco, ve y repara mi Iglesia, que se está desmoronando.
Y continuaba el cardenal:
“En San Damián, donde el sufrimiento del Señor con su Iglesia se hace palabra, santa Clara es un signo para todos nosotros.
El Señor sufre también hoy en su Iglesia y por su Iglesia: «¡Como ves -como vemos- se desmorona toda!», y nuestra respuesta, como la primera respuesta de san Francisco, es también, sobre todo, piedras, dinero, palabras.
La vida de santa Clara no es una «privatización» del cristianismo, no es un esconderse en un individualismo o en un quietismo religioso. La vida de santa Clara abre las fuentes de toda verdadera renovación. Vivir la Palabra hasta el fondo, sin reservas y sin glosas, es el acto por el que se abre la puerta del hombre a Dios, el acto donde la fe se convierte en caridad, donde la Palabra, el Señor se hace presente entre nosotros.
Hemos de ser sinceros: la vida evangélica no puede ser, en este momento, un «permanente fortissimo» del amor. De hecho, las preguntas que preceden a la profesión hablan de soledad y de silencio, de plegaria asidua, de penitencia generosa, de obras buenas y de humilde trabajo cotidiano” (Selecciones de Franciscanismo, vol. XXI, n. 62 (1992) pp. 270-274).

3. Nosotros, hermanas clarisas capuchinas y hermanos capuchinos, hemos celebrado un centenario que ha tenido más de interioridad que de festejos brillantes. No están hoy los tiempos para presumir de nuestras glorias.
Y sin embargo, la figura cristiana de santa Clara, es para nosotros algo tan bello, tan radiante, tan transparente, que es saludable el recordarla y deleitarse en esta contemplación. Yo de mi parte así he procurado hacerlo.
Ese “eterno femenino” que el varón lo lleva dentro como misteriosa compañía, uno que se ha nutrido a lo largo de la vida de las esencias franciscanas lo puede ver representado en Clara, que es madre espiritual y que es, al mismo tiempo, hermana.
Hablar de estas cosas impone cierto pudor, porque lo más bello de nosotros mismos no lo vamos a airear al viento. Me acabo de referir al propio intento de ver  a Clara como ese “eterno femenino” que llama al varón y que de alguna manera quisiera verlo representado en una consagrada fiel, confidente de las propias aspiraciones. Ustedes tienen en mano ese librito de poemas en torno a santa Clara, Pianticella, Plantilla, que les he ofrecido, nacido en mi corazón a lo largo de años, y puesto en Internet.
Algo de esto que voy diciendo se puede entreleer en sus versos, que han querido ser ágiles y suaves, como versos propios de amor. También al Internet fueron una serie de reflexiones bajo el título de “Esencias de santa Clara”, que hace años, estando en el noviciado de Tres Ojitos (Chihuahua), impartí a las Capuchinas de Ciudad Madera, Chi.

4. Al final del Año Clariano, cada uno de nosotros, hace su balance, y quizás trazar o reafirma una directriz de vida.
El ministro general de los hermanos menores, con ocasión del fin de este centenario, acaba de escribir una carta (15 de julio, fiesta de san Buenaventura), que dirige, en el área de su compétencia, “A todas las Hermanas Pobres de Santa Clara y a todos los Hermanos Menores” y que tiene por título: FIJOS LOS OJOS EN EL PUNTO DE PARTIDA (cf. 2CtaCl 11): Actualidad del carisma franciscano-clariano a 800 años de existencia. Por su contenido vale igualmente para nosotros, hermanos menores capuchinos, para ustedes, hermanas clarisas capuchinas. Nos dice, en efecto, cuál es la actualidad de un carisma, cuyo perfume se siente después 800 años. Nos indica el camino: Vivir el Evangelio - ¡Dios mío y mi -todo!”  - La vida fraterna en comunidad o santa unidad - Sin nada propio - Misión.

Se detiene ampliamente cuando habla del “cultivo de las raíces”.
Le quiero citar con amplitud, no en tono quejumbroso, sino viendo en él un valiente realismo y asociándome a su esperanza.

“Son muchos los que afirman que la vida religiosa y también la franciscano-clariana están viviendo la estación del invierno. El invierno, a primera vista, es tiempo de muerte: desaparece el verde de la vegetación, se caen las hojas, no hay flores, y la estación de los frutos ya ha pasado. El invierno  pone a prueba la esperanza, que se nutre de una espera paciente hasta que vuelva la primavera y los campos se vistan de flores, que pronto darán paso a los frutos. También en la vida religiosa y en la vida franciscano/clariana el invierno se caracteriza, entre otros síntomas, por la falta de vocaciones, con todo lo que ello comporta: inversión de la pirámide de edad, con muchos ancianos y pocos jóvenes, cierre de obras y de presencias, disminución de la relevancia social que muchas veces teníamos, aumento del desánimo, rutina....
En invierno una tentación podría ser podría ser la de cortar los árboles y las plantas. Tanto no se ve sino el tronco. Pero la muerte que parece caracterizar el invierno no es tal.  Bajo la aparente esterilidad se desarrolla un proceso de revitalización. Es la estación en la cual la trabajan asiduamente las raíces, almacenando toda la sabia y toda la linfa necesarias para trasmitir nueva vida en la primavera, de tal modo que en verano se puedan recoger los frutos. Con su trabajo silencioso y escondido las raíces hacen posible que la vida renazca, porque “si el grano de trigo caí do en tierra no muere, queda solo. Pero si muere da mucho fruto” (Jn 12, 24). El invierno es el tiempo de la radicalidad escondida, del cre- cimiento en profundidad, de paso, aunque sea largo y doloroso, hacia una nueva vida.
La experiencia del invierno es la que me lleva a pediros, mis queridas Hermanas y mis queridos Hermanos, que cultivemos las raíces. Tal vez nos hubiera gustado vivir en la estación de las flores y de los frutos abundantes, pero nos ha tocado vivir la estación profundamente fecunda del invierno. Acojámosla como tal, con sano realismo, pero también con esperanza cierta (cf. OrSD 2). La tentación de arrojar la toalla, de no cultivar la vida de fe, de falta de esperanza, de renunciar a la lucha, de caer en la mediocridad, o, tal vez incluso, de abandonar, puede que no sea ajena a algunos de nosotros. Pero ceder a todo ello sería simplemente renunciar a trasmitir vida, vivir el presente egoísticamente, que poco o nada tendría que ver con lo que hemos prometido el día de nuestra profesión. Cuando nos faltan tantas seguridades que hemos acariciado y cultivado amorosamente es el momento de volver a lo esencial, de vivir la espiritualidad del éxodo, de renovar nuestra firme voluntad de vivir sin nada propio.
Más allá de las apariencias, el invierno está llamado a ser un kairós, una gran oportunidad para crecer en profundidad, y para purificaros y volver a lo que realmente cuenta. A través del invierno que estamos viviendo, estoy convencido que el Señor nos llama, a vosotras y a nosotros, a la radicalidad. Una radicalidad que no consiste en gestos espectaculares, sino en un cuidado paciente y escondido de las raíces que, al fin de cuentas, se reducen a una fe radical en aquel para el cual nada hay imposible (cf. Lc 1, 37).
En estos momentos ya no se trata de luchar simplemente por la subsistencia o la supervivencia. Se trata de ejercitaros en una fe radical, fe recta (cf. OrSD 2) y en una esperanza contra toda esperanza. La primera, la fe radical, nos llevará a vivir en Dios y a vivir de Dios. Para ello es necesario caminar desde Cristo y devolver al Evangelio, en cuanto Forma de Vida, el protagonismo que le corresponde en nuestra existencia en cuanto regla y vida. La segunda, la esperanza, es la que da sentido profundo a la vida. Hoy corre el riesgo de diluirse en la gestión de una simple, y, en muchos casos, angustiosa cotidianidad. Sin caer en un ingenuo optimismo, no podemos renunciar a la esperanza que brota y se sostiene en una promesa: “Yo estoy con vosotros todos los días” (Mt 28,20). La fe radical y la esperanza son los manantiales de los cuales podemos sacar agua fresca y abundante para trabajar las raíces y revitalizar nuestra vida, aparentemente árida, de tal modo que el invierno sea fecundo, como el grano enterrado en el surco”.

5. Hermanos y hermanas presentes. Es bello seguir a Jesús; es bello, entusiasmante, fortificante. Otros lo han hecho; lo han conseguido con la gracia de Dios.
¿Por qué nosotros no?
¿Y por qué no yo mismo?
Alcemos los ojos a María, presencia purísima y tierna en la vida de Francisco y de Clara.
¡Madre del amor hermoso y de la santa esperanza, consíguenos esta gracia de tu Hijo! Amén.

Guadalajara-Zapopan, 11 agosto 2012.

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