jueves, 16 de agosto de 2012

279. “El que coma este pan vivirá para siempre”



Homilía 4/5 sobre el capítulo 6 de san Juan
Domingo XX del tiempo ordinario, ciclo B
Jn 6,51-58

Texto del santo Evangelio 

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo;
el que coma de este pan vivirá para siempre.
Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo.
Disputaban los judíos entre sí:
“Cómo puede este darnos a comer su carne?”
Entonces Jesús les dijo:
En verdad, en verdad os digo:
Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre,
no tenéis vida en vosotros.
El que come mi carne y bebe mi sangre
tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día.
Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre
habita en mí y yo en él.
Como el Padre que vive me ha enviado,
 y yo vivo por el Padre,
así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí.
Este es el pan que ha bajado del cielo;
no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron,
el que come este pan vivirá para siempre”.

Hermanos:
1. Por cuarta vez estamos hablando del pan de Dios, que es Jesús, Dios encarnado, Dios en la Cruz, Dios Eucaristía.
El resumen de nuestro mensaje está en la frase final del texto evangélico, cierra del discurso de Cafarnaúm. La frase completa es una frase inclusiva, recopiladora de lo que anteriormente ha ido apareciendo. Dice así la sentencia completa: Este es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron, el que come este pan vivirá para siempre.
Lo que Jesús nos dice vamos a tomarlo, hermanos, como un revelación definitiva, que ningún concilio la puede modificar. Pero tenemos que tener el valor de aplicárnosla a nosotros – yo  a mí – para saber cómo comportarme con la Eucaristía, carne de Cristo, sangre de Cristo.
Puede ocurrir que algunas frases de Jesús queden en la Iglesia como adormecidas, como hibernadas, y en la praxis de la Eucaristía así creemos que ha acontecido.

2. Hace dos años recordábamos en este mes de agosto los cien años de aquel célebre decreto de la Sagrada Congregación de los sacramentos, Quam singulari (lapsus: Provida Mater Ecclesia) del 10 de agosto de 1910, en tiempos de San Pío X, en el que se establecía, e incluso se urgía, la Primera Comunión de los niños al llegar al uso de razón, más o menos a los siete años, y se aconsejaba la comunión diaria, de adultos y de niños. En un punto determinaba el documento:
 “Los que tienen a su cargo niños deben cuidar con toda diligencia que, después de la primera Comunión, estos niños se acerquen frecuentemente, y, a ser posible, aun diariamente a la Sagrada Mesa, pues así lo desea Jesucristo y nuestra Madre la Iglesia, y que los practiquen con aquella devoción que permite su edad. Recuerden, además, aquellos a cuyo cuidado están los niños, la gravísima obligación que tienen de procurar que asistan a la enseñanza pública del Catecismo, o, al menos, suplan de algún modo esta enseñanza religiosa” (Quam Singulari,  Normas, n. 6).

3. En el texto evangélico, con un lenguaje rotundo, que no se presta a matizaciones y menos a alternativas, Jesús nos anuncia y predica unas verdades reveladas, que podemos ordenar en tres:
Primera, que su carne es la verdadera comida, y su sangre la verdadera bebida.
Segunda, que esa comida y bebida – la Eucaristía – nos dan la inmortalidad y la resurrección de nuestros cuerpos mortales.
Tercera, que yo soy elevado a la vida de Dios, y vivo en esa vida en comunión con el Hijo.
¿Se puede desear algo más sublime que todo esto? Ciertamente que no.
Acerquémonos, pues, por partes, con sumo respeto, para ver lo que nos quiere decir el Señor.

4. Jesús es la comida verdadera, lo que supone que hay otra comida, que nosotros la llamamos comida por acomodación del lenguaje, pero que en comparación de esta, no merece llamarse verdadera. El alimento es lo que necesita el ser viviente para seguir viviendo, para desarrollar la vida, para llegar a la plenitud de la vida. Los nutriólogos nos dicen cuál es la dieta correcta para alcanzar las calorías necesarias variando los alimentos. Pero es ley de la madre naturaleza que el ser viviente, vegetal o animal, nace, crece, se reproduce y muere, y continúa “in infinitum” este ciclo de la vida. Pero en esta cadena de la especie humana, yo muero. Los alimentos no me dan la inmortalidad.
En cambio, Jesús habla aquí de otro alimento; ese será el verdadero, porque ese nos da la inmortalidad. La inmortalidad es la sed insaciable del alma. Es el problema esencial de la filosofía. El filósofo Kant, en tiempos de la Diosa Razón, “era un hombre muy preocupado del problema (escribe Unamuno, filósofo vitalista). Quiero decir del único verdadero problema vital, del que más a las entrañas nos llega, del problema de nuestro desino individual y personal, de la inmortalidad del alma” (Miguel de Unamuno, Del sentimiento trágico de la vida; El hombre de carne y hueso).
Los filósofos saben y nos dicen cuál era la pasión obsesiva de Miguel de Unamuno, grande y sincero buscador: la inmortalidad (véase en su novela breve San Manuel el Bueno).
Hermanos, ¿qué será de mí cuándo me muera? Esta es la pregunta última del ser, de la que no podemos desentendernos frívolamente. La inmortalidad; por lo tanto, la fecundidad, la pervivencia eterna, la felicidad y la plenitud de todos los anhelos.

5. Hemos oído la respuesta de Jesús: El que coma de este pan vivo, tendrá la inmortalidad; yo lo resucitaré.  Como dirá en otro momento a Marta, antes de la resurrección de Lázaro: “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11,25). Y añade: “el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá, y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre” (vv. 25-26).
El ansia de inmortalidad queda resuelta, para el creyente, en la Eucaristía. Tenemos que pasar necesariamente pro al muerte corporal, pero a esa no le llamemos muerte si tenemos dentro la vida inmortal.

6. Esta doctrina eucarística, que nos debe impulsar a comulgar siempre que venimos a misa, de modo que nunca haya misa sin comunión – como el sacerdote no puede celebrar sin comulgar lo que ha consagrado – esta doctrina se encuadra en un radio infinito. Jesús nos habla de la comunión de vida que media entre el Padre, él y nosotros.
Nos dice, para que lo grabemos en el corazón, en la memoria, en la vida: Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí (v. 57).

6. La doctrina de fe que el Evangelio de Juan nos transmite es clarísima: Dios, el Padre, es el origen y manantial de toda vida; y esa vida toda que en él bulle la ha pasado al Hijo. Y por Jesús la vida de Dios pasa a nosotros.
Por eso, viviremos desde Dios y para Dios por siempre jamás. Es nuestra fe gloriosa, que queda plasmada en la Eucaristía.
Hermanos, no me queda sino decir: que la Eucaristía sea nuestro pan cotidiano, que siempre que venimos a celebrar, que la Eucaristía sea la última gracia al salir de este mundo rumbo a la eternidad. Amén.

Un himno para la oración de este día puede verse en mercaba.org / El año litúrgico / Tiempo ordinario, ciclo B, domingo XIX: Pan bajado del cielo

Guadalajara, jueves 16 agosto 2012.

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

 
;