lunes, 20 de agosto de 2012

280. Iglesia del Concilio, ¡qué hermosa eres!


A los 50 años del Concilio
Octubre 1962 – Octubre 2012


En el mes de octubre será el Sínodo de la nueva evangelización; en el ems de octubre se abrirá el Año de la Fe; en el mes de octubre, el día 11, se cumplirán 50 años del comienzo del Concilio Vaticano II. Yo era entonces un joven sacerdote capuchino de 25 años que iniciaba la licenciatura en Sagrada Escritura en el Pontificio Instituto Bíblico. Estaba en la plaza de San Pedro aquel día histórico, comtemplando, transido de emoción, las más de mil mitras que procesionalmente entraban en la Basílica. Y recuerdo…
Al final, la amable figura del beato Juan XXIII, el Papa Bueno, admirable artífice del Concilio.
Hoy (20 de agosto, san Bernardo) he pronunciado la lección inaugural del Instituto Teológico Salesiano Cristo Resucitado en Guadalajara, Jalisco…, cuyo título ha sido: A los 50 años del Concilio: el rostro de la Iglesia.
He ido desgranando de modo expositivo el contenido de 30 folios que había preparado. Confío que un grupo de lectores – religiosos, religiosas… - que frecuentan este blog de “Las hermosas palabras del Señor” me agradecerán que les cuente algo. Aquí van las conclusiones de la lección, que, tomando pie de las circunstancias, he titulado: Tres conclusiones ante un Centro de estudios teológico de jóvenes. Advierto que en el Instituto estudian lo mismo hombres que mujeres.

* * *
Al pensar sobre el evento del Concilio en la Iglesia, es lógico que uno, de modo ordenado, haga un balance con un género de interrogaciones como éstas:
- Qué ha logrado el Concilio en el ámbito del pensamiento cristiano.
- En qué punto nos encontramos para examinar nuevos pensares y sentires que ha traído la evolución de la vida hasta hoy[1].
- Y, por tanto, cuál es la tarea teológica que incumbe hoy a la Iglesia, que nos incumbe a nosotros.
Mis conclusiones van por otro rumbo en este aterrizaje al curso de la exposición. Las concentro en tres puntos que dejo a la consideración de ustedes.

1°. El Concilio, como tarea.

Tenemos el libro del Concilio: constituciones, decretos, declaraciones. Son dieciséis documentos, manantial de pensamiento y vida. Tomemos el libro del Concilio como tarea teológica, como tarea de vida. En este cincuentenario este libro tiene que ser para nosotros libro de escritorio; un libro personal para leerlo y estudiarlo, incluso para subrayarlo como libro de uso propio. Es un hermoso obsequio que podemos hacer en el Año de la Fe, obsequio al Señor con agradecimiento, y auto-regalo a nosotros mismos.
El contacto con los textos conciliares hace germinar en la Iglesia guías y profetas. La Iglesia, edificada sobre los apóstoles, eslabón de la cadena que nos une a Jesús histórico, se mantiene sostenida por profetas y maestros. Los profetas son los guías espirituales de la comunidad. Son aquellos, según Pablo, que, a impulso del Espíritu, son capaces de “edificar, exhortar y consolar” (1Cor 14,3). La Iglesia peregrina necesita más de la consolación y la parénesis que de la denuncia. Y esto nos enseña el Concilio. Es un legado por recoger. En esta escuela deben formarse los ministros del Evangelio.
El Concilio nos abre, por la vía de la modernidad, a la cuestión suprema del ser humano, que es la pasión por Dios. Lo advertía Karl Rahner, a raíz del  Concilio:
“El futuro no preguntará a la Iglesia por la estructura más exacta y bella de la liturgia, ni tampoco por las doctrinas teológicas controvertidas que distinguen la doctrina católica de los cristianos no católicos, ni por un régimen más o menos ideal de la curia romana. Preguntará si la Iglesia puede atestiguar la proximidad orientadora del misterio inefable que llamamos Dios. (…) Y por esta razón, las respuestas y soluciones del pasado Concilio no podrían ser sino un comienzo muy remoto del que hacer de la Iglesia del futuro”[2].
Jóvenes que me escucháis, soñar no es una veleidad, una fuga de la realidad, cuando los sueños arrancan de un gran amor que por algún lado quiere estallar. El Señor da vigor si los sueños los ha provocado el amor a Jesús; y hay que pensar que, de ordinario, nada eficaz se hace en la vida si primero no ha pasado por un sueño de amor. Acaso la primera lección del Concilio, y, por ende, la primera tarea que nos deja es aprender a soñar y a expresar nuestros sueños, en los cuales nosotros hemos de ser pequeños protagonistas. Es lícito ser protagonista en los sueños. Os quiero compartir mis sueños, que anhelan pensamientos de profundas raíces.

- Uno sueña en los grandes anhelos de la humanidad, propiedad de todo corazón nacido: que los niños no sean profanados, que los pobres no sean humillados, que nadie pase hambre porque hay pan para todos, que la buena convivencia, sin guerras (pues todas ellas son injustas, nacidas del pecado), sea el “status” de nuestra aldea global. Y que, si yo no puedo actuar, al menos que me presente, cuando camino por el mundo, aunque no lo diga, como hermano universal.
- Y dentro de la Iglesia, mi sueño central, que me ha acompaña de muchos años atrás, es “que todos sean uno, como tú, Padre, en mi, y yo en ti”. Mi sueño es que milagrosamente hagamos las paces con las Iglesias de la Reforma, ahora mismo, frente al V centenario de Lutero.
- Mi sueño es que un milenio de separación fraterna del oriente ya es demasiado, y que cualquier día tiene que ser el día del abrazo, y diré que sin hacernos, incluso, una examen teológico.
- Mi sueño es poder leer con mis hermanos hebreos las santas Escrituras.
- Mi sueño es que se aparezca la Virgen a los teólogos y les diga, sin reivindicaciones, cuál es el hermoso puesto de la mujer en la Iglesia, como reflejo del eterno femenino, como perenne manantial de vida, y que se vea cuál es sentido de aquellas palabras sagradas: “Compañera te doy, y no sierva”. Tiene que ser por vía de revelación, porque yo no aceptaría un machismo femenino más repugnante que su propia humillación.
- Mi sueño es que la Comunidad santa de Jesús se abra a Asia y en las milenarias culturas de aquellos pueblos encuentre callada profecía.
- Mi sueño es que la Iglesia comparta la Eucaristía y la danza con África, porque ellos son alegres hijos de Dios.
Moriremos en la almohada de muchos sueños, pero en la paz de haber soñado por Dios lo que Dios sueña por nosotros, y quizás con la honrada satisfacción de haber aportado un granito a la causa.


2°. El Concilio, como vocación teológica

Puede ser que personas que me escuchan – igual hombres que mujeres – sientan o vayan a sentir una especie de vocación a la teología. Es un carisma dentro de la Iglesia, que tiene su entidad propia, y que no podemos confinarlo en exclusiva en los miembros de la jerarquía. Si algunos de ustedes han sentido una misteriosa llamada por el pensamiento y la exposición del pensamiento, la llamada a ser teólogo, a ser teóloga, piensen que de ninguna manera se ha acabado la reflexión que suscitó el Vaticano II. El Concilio suena como un eco de la Biblia y con un diálogo leal con la modernidad. Vayan al Vaticano II, sitúense allí, y desde allí láncense a la reflexión teológica, que es un bien que necesita la Iglesia no menos que la mesa familiar el pan de cada día.
Al final de unos Ejercicios espirituales con las cuatro semanas de San Ignacio, y precisamente allí en Manresa, donde nacieron los Ejercicios, “el que daba los Ejercicios” nos decía: Hoy la Iglesia tiene más necesidad de lucidez que de generosidad[3]. Seguramente que es verdad. La lucidez de la Iglesia es la teología, que va de mano con la profecía. Una y otra vienen del mismo Espíritu. Y el teólogo recibe el Concilio como un catecismo para el arranque de su reflexión.
Dios suscite – suscite de entre nosotros – teólogos iluminados, teólogas iluminadas, es decir maestros de sabiduría, y vayan estrechamente unidos a los profetas. Sin duda que el Buen Pastor quiere esto para el gobierno de su Iglesia.


3°. El Concilio llave de un nuevo amor a la Iglesia

El Concilio suscitó una eclosión de entusiasmo eclesial en los años sesenta y setenta. Esa euforia ha amainado y, en los mejores, se ha cambiado en discernimiento.  Parece como si el Concilio haya ido a parar a las mentes y corazones que piensan.
Creo que ha llegado el momento de nuestra “conversión” – o “reconversión”, nueva conversión – al Concilio, para leerlo como libro de vida, como “libro de vida mío”, y tenerlo a mi vera como plataforma y trampolín. El Concilio debe suscitar un amor vibrante, amor de fuego y pasión por la Iglesia y la causa de Jesús que ella trata de anunciar.
Acaso a cada uno nos toque una parcelita en que trabajar. Esa parcela de la arada de Dios, hemos de hacerla con primor, sabiendo que todo lo que se hace con amor, por insignificante que parezca, permanece para siempre. Nuestra misión histórico-personal puede ser muy reducida, pero en lo pequeño resplandece la gloria de Dios, y en lo más reducido Dios puede construir su santa Morada. Yo puedo hacer algo por la Iglesia universal.
Con motivo del año bimilenario de la redención, escribí un artículo en una revista sacerdotal (Surge, Vitoria-Gasteiz): ¡Qué bella eres, Iglesia!
Al leer el Vaticano II rebrotan los sentimientos: ¡Qué bella eres, Iglesia! Hablo con la sinceridad que alcanzo. La lectura de estas páginas lanza nuestro corazón.
Somos hijos de la Iglesia. Y en esta era ¡somos hijos del Concilio! Y con esta frase termino: ¡Qué bella eres, Iglesia!
Que Cristo Redentor, a quien está dedicado este centro, sea fuerza y guía.
Que María, auxilio de los cristianos, sea en este curso ¡sabiduría!
He dicho. Gracias.

Guadalajara, 19 de agosto de 2012

(Pero terminando no terminé…, porque entonces brotó este himno, que recién salido del horno, lo leo y proclamo como corona de esta conferencia)


HIMNO A CRISTO RESUCITADO
A LOS 50 AÑOS DEL CONCILIO
(Inauguración de curso)

1. Confieso yo con Pedro y Benedicto
que tú eres el Mesías, el Ungido.
no lo dijo la carne ni la sangre,
que solo quien lo sabe me lo ha dicho.

2. Confieso que la Iglesia es tu conquista,
que tú eres su belleza, eterno brillo;
trabajas con el Padre sin descanso
y gozas contemplando a tus discípulos.

3. No manchan los pecados tu hermosura,
que tú eres el amor, Jesús dulcísimo;
y amor de fuego ardiente y azucenas
mantiene tu memoria, Cristo vivo.

4. Con el amor profeso la esperanza
y el gozo tuyo, límpido camino;
enséñame a soñar, pues tú soñabas
y el Evangelio es sueño de tus hijos.

5. Yo pido un corazón tan anchuroso
como las anchas playas del Concilio;
sea Pentecostés y nuevas lenguas
y guarde yo el fuego en mí encendido.

6. Es hora de Jesús, el más amado,
el caos es kairós, yo soy testigo;
y tú, Jesús, serás lo que tú eres
amor incandescente, amor invicto.

7. ¡A ti la ofrenda, oh Cristo Eucaristía,
a ti, que en Trinidad eres latido;
a ti, Sabiduría y Libro abierto,
en quien mi amor entero deposito! Amén.

Guadalajara (Zapopan), lunes 20 agosto 2012, San Bernardo.
Fr. Rufino María Grández, OFMCap


[1] Bien sabemos que el Concilio, porque – al parecer – así lo pedían las circunstancias dejó puntos pendientes: el celibato sacerdotal (que asumió Pablo VI para su reflexión de supremo pastor), elección de obispos, puesto de la mujer en la Iglesia.
[2] K. Rahner, El Concilio, nuevo comienzo, Barcelona 1966, p 22.
[3]  P. Jaime Roig, S.I., Manresa, octubre 1996.

1 comentarios:

johanny dijo...

Les recomiendo que busquen en YouTube un video que se llama El Tercer Secreto de Fátima que fue creado por vaticanocatolico.com. También en la página web tienen artículos que explican cómo la Biblia prueba las enseñanzas de la Iglesia católica, la necesidad del sacramento del bautismo para la salvación, los dogmas del Magisterio infalible de la Iglesia católica. Además explican qué le ha ocurrido a la Iglesia católica después del Vaticano II, cómo estamos viviendo la Gran Apostasía profetizada en la Sagrada Escritura y en las profecías católicas. El link del video es el siguiente: El Tercer Secreto de Fátima y el Fin del Mundo

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