jueves, 23 de agosto de 2012

281. Eucaristía: Fe en Jesús, mi decisión final


Homilía 5/5 sobre el capítulo 6 de san Juan
Domingo XXI del tiempo ordinario, ciclo B
Jn 6,60-60

Texto del Evangelio
Muchos de sus discípulos, al oírlo, dijeron: “Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?” Sabiendo Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo: “¿Esto os escandaliza?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir adonde estaba antes? El Espíritu es quien da vida: la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y, con todo,  hay algunos entre vosotros que no creen”.  Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo: «Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí si el Padre no se lo concede. Desde entonces muchos de sus discípulos se echaron atrás y no volvieron a ir con él.
Entonces Jesús les dijo a los Doce: “¿También vosotros queréis marcharos?”. Simón Pedro le contestó: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres Santo de Dios”.


Hermanos:
1. Este pasaje final del capítulo 6 del Evangelio de san Juan es el remate dramático de la multiplicación de los panes. El discurso de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm ha sido tenso en las reacciones que ha provocado; y al final hay una especie de estallido. Ninguna escena violenta, ninguna agresión física.
No es un rechazo agresivo, como ocurrirá en capítulos posteriores cuando quieren echarle mano a Jesús. Aquí no hay enemigos de Jesús. Aquí se trata exclusivamente de amigos, de discípulos, de quienes le habían seguido con curiosidad, con simpatía y entusiasmo. La palabra “discípulos” es la palabra que se usa, en este caso, al hablar de los interlocutores. No se trata de los judíos, sino del círculo de los que hasta este momento eran sus adictos. Y este rasgo es precisamente lo que da gravedad a la escena.
Se hace una criba. Vamos a saber quién es discípulo de Jesús y quién no lo es.

2. ¿Qué pasaría, hermanos, si entre nosotros, que somos discípulos de Jesús, que hemos venido a la iglesia por eso, porque somos católicos, e incluso católicos practicantes, qué pasaría si hacemos un examen para saber quiénes quedan y quiénes se van?
Escuchemos de nuevo la primera frase del Evangelio: Muchos de sus discípulos, al oírlo, dijeron: “Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?” Ya veis: eran “muchos” y eran “de sus discípulos”.
Este lenguaje era duro, hasta el punto de que se preguntaban: ¿quién puede hacerle caso? Y, sin embargo, Jesús no había pedido ninguna exigencia de muerte: no se trataba de dejar al padre o a la madre para seguirle. No había que hacer ninguna cosa heroica, que arriesgara nuestra vida… Aparentemente Jesús no pedía nada.
No es así, hermanos: Jesús estaba pidiendo el todo. Estaba pidiendo la fe total en él. Estaba hablando de su Padre, y él se ponía en el mismo rango divino. Estaba recordando a Moisés, y él era una alternativa superior.
En realidad, bien considerado todo, estaba pidiendo lo más que podía pedir: creer en él como Hijo de Dios.

3. Muchos de sus discípulos, al oírlo, dijeron: “Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?”
Y la consecuencia nos dice el Evangelio cuál fue: Desde entonces muchos de sus discípulos se echaron atrás y no volvieron a ir con él.
Sencilla y limpiamente, dejaron de ser discípulos de Jesús y prefirieron ser discípulos de la Ley y volvieron a ser discípulos de Moisés. Y de una manera tan expresiva anota el texto sagrado:
- se echaron atrás
y no volvieron a ir con él.
Es siempre bueno, hermanos, que se aclaren las cosas.
La verdad es que nos da pavor que un examen así se hiciera entre los discípulos, para saber quiénes son de verdad discípulos de Jesús, y quiénes no lo son, aunque lleven el nombre, porque un día fueron bautizados.
Hermanos, estamos hablando de cosas muy serias, en la que nos molestaría mucho entrar de verdad en clarificaciones, porque no nos incomoda demasiado un cristianismo sociológico. ¿A quién puede hacer mal el que la fe esté llena de folklore, de fiestas y de celebraciones vistosas? Todo eso es muy bonito, y da un colorido a la vida, y sería insensato el alcalde que pretendiera suprimir esos festejos que pertenecen a las tradiciones del pueblo.
Todo eso legítimo, si es verdadero, si responde a una fe que lo justifica. Pero todo eso es ambiguo – incluso vacuo – si no responde a una fe cristiana que lo motiva.

4. El texto sagrado nos lleva a la Encarnación y a la Eucaristía, y en esto debería centrarse el examen de nuestra fe:
- ¿Tú crees en la venida del Hijo de Dios a la tierra? ¿O acaso esto será un puro mito religioso?
- ¿Tú crees en la presencia de Dios encarnado en la tierra, Cristo presente en los humildes, en los dolientes, en los pobres?
- ¿Tú crees que Cristo está en la Eucaristía, que celebramos los cristianos especialmente los domingos, como memorial del Señor muerto y resucitado?
- ¿Tú crees que la Eucaristía es la carne del Hijo de Dios, la sangre del mismo Hijo de Dios?

5. Hermanos, estas serían las preguntas para contestar en un examen, preguntas que no hay que contestar en un papel, sino que tienen que verse puestas en la vida.
Sigamos con el Evangelio, porque Jesús hace el examen al grupo de los apóstoles, a ese grupo que ya en aquellos tiempos se llamaba “los Doce”.
 Les hizo, pues, el examen:
“¿También vosotros queréis marcharos?”
Y Pedro dio la respuesta, como jefe de grupo. A lo mejor creía que hablaba por todo. Si era así, se equivocaba.
Simón Pedro dijo:
Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres Santo de Dios.
Hermanos, esta es la fe de la Iglesia, la que nosotros queremos profesar, la que nosotros desde lo íntimo del corazón queremos pronunciar hoy ante Jesús en el momento de la sagrada Comunión.
Pedro hablaba y decía la verdad, pero, sin saberlo, no representaba a todos. Había uno que no habría dado su conformidad. Y ¡ojalá que en aquel momento hubiera sido valiente y se hubiera echado atrás!
Ojalá que Judas, entonces, hubiese dicho: No estoy convencido; me voy.
Estamos hablando de una imaginación, claro – legítima, me parece – de algo que no se dio, y que es un profundo misterio: lo que cada uno lleva dentro de su propio corazón.
Dejémoslo y vamos a centrarnos solo en la confesión de Pedro.

6. Con mucha humildad, hermanos, con sinceridad y amor, ahondando en el Evangelio de hoy, digámosle a Jesús dos cosas:
Primera. Jesús, yo quiero creer y creo en tu divinidad, que se manifiesta en la Encarnación, en la Eucaristía, en lo que llamas tu subida adonde estabas antes, que se cumplió en tu santa resurrección.
Segunda. Jesús, yo creo que tú, que eres el Santo de Dios, el único Santo, tú tienes palabras de vida eterna, y que en tus manos está el camino de mi vida.
Hermanos, sea este el final de las cinco homilías sobre el Evangelio del Pan de vida. El Señor nos conceda esta gracia. Pidámoslo con confianza, para cada uno y para todos. Amén.

Himno espiritual sobre estos versículos: ¿A quién iremos, Señor?

Guadalajara, jueves, 23 agosto 2012.

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

 
;