viernes, 31 de agosto de 2012

284. Lo bueno y lo malo sale de dentro


Homilía en el domingo 22 del tiempo ordinario, ciclo B
Mc 7,1-8. 14-15. 21-23


Texto
Se reunieron junto a él los fariseos y algunos escribas venidos de Jerusalén; y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras. (Pues los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos, restregando bien, aferrándose a las tradiciones de sus mayores, y al volver de la plaza no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas). Y los fariseos y los escribas le preguntaron: “¿Por qué no caminan tus discípulos según las tradiciones de los mayores y comen el pan con manos impuras?”.
Él les contestó: “Bien profetizó de vosotros Isaías, como está escrito: ‘Este pueblo me confiesa con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos. Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres’”.
Llamó de nuevo Jesús a la gente y le dijo: “Escuchad y entended todos: nada que entra de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre”.
Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad.  Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro”.

Hermanos:
1. Esta página del Evangelio está tomada del capítulo 7 de san Marcos. Es el Evangelio cuya lectura corresponde a este año B en el que nos encontramos del ciclo trienal de lecturas. Recordad que en este año segundo del ciclo trienal estamos escuchando a Jesús al dictado de san Marcos, y recordad cómo durante cinco domingos hemos pasado de san Marcos a san Juan, y por cinco domingos consecutivos hemos hablado de la multiplicación de los panes y del discurso del pan de vida, y hemos coronado nuestras pláticas con una decisión, de del apóstol san Pedro: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres Santo de Dios” (Jn 6,68).

2. Hoy, tornando a la secuencia de san Marcos, el Evangelio nos pone ante un asunto que afecta a toda nuestra religión. Es la cuestión de qué observancias nos impone nuestra fe para agradar a Dios. Seguramente que un judío culto y convencido diría – o dirá – con sentimiento: Jesús de Nazaret no ha entendido el alma del judaísmo.
Mientras que nosotros responderemos: No es así; precisamente porque Jesús ha entendido el alma del verdadero judaísmo lo ha querido salvar de esa deformación a la que le había llevado la piedad de los fariseos, la interpretación legal de los escribas, expertos en crear tradiciones humanas y someter la ley a los méritos de nuestra moral.

3. Las “tradiciones” y “la Tradición”. No porque algo se haya hecho así durante siglos en la Iglesia, pertenece a la Tradición de la Iglesia. Quizás sea solo una de las tradiciones de los mayores, tradiciones que nos creamos los hombres.
La Tradición nos entrega íntegra la obra de Jesús, las santas Escrituras sin las cuales no existiría para nosotros la obra histórica de Jesús. El Concilio forjó con una fórmula grandiosa lo que es la tradición que anima a la comunidad de Cristo: “la Iglesia, en su doctrina, en su vida y en su culto perpetúa y transmite a todas las generaciones todo lo que ella es, todo lo que cree” (Dei Verbum, 8).

4. El Evangelio parte de un incidente. El incidente no tiene mayor importancia; así ocurre en la vida; lo grave es lo que esta minucia puede significar. El episodio es que sus discípulos – y, por lo tanto, él también – se sientan a comer con “manos impuras”, es decir, omiten la ablución ritual de lavarse las manos. No es que por mera higiene uno se lave las manos, como tantas veces nos ocurre. Ese no es un lavado religioso, sino útil según los casos.

4. El devoto judío cree honrar a Dios procediendo de esta manera. Es una observancia, a la que se le puede dar un significado espiritual. Y no se puede reprobar si tiene un sentido en sí mismo comprensible y no nos desvía del sentido fundamental e integrador de la fe.
Nosotros cargamos la vida de ritos, de significaciones… que dan poesía y misterio a cosas rutinarias de todos los días. “Los ritos son necesarios”, se lee en ese cuento que hoy los jóvenes estudian en literatura, “El Principito”.
Pero tantas veces nuestros ritos y observancias acaban siendo meras supersticiones, y entonces nos apartan de la fe, de una relación limpia y pura con Dios. En los ambientes primitivos cristianos han pretendido entrar ciertas herejías de ascetismo. San Pablo escribe a Timoteo de ciertos herejes: “prohíben casarse y mandan abstenerse de alimentos que Dios creó para que los creyentes y los que han llegado al conocimiento de la verdad participen de ellos con acción de gracias. Porque toda criatura de Dios es buena, y no se debe rechazar nada, sino que hay que tomarlo todo con acción de gracias, pues santificado por la palabra de Dios y la oración” (1Tim 4,3-5).

5. No pocas religiones tienen una clasificación de alimentos puros e impuros. Y también la Biblia ha acogido estas observancias antiguas, a las que se les da un sentido religioso (Véase Lv 11). Jesús ha tenido la audacia de borrar esas distinciones. Y ha establecido dónde está lo puro y lo impuro. Y eso está en el corazón.
De modo solemne Jesús afirma: “Escuchad y entended todos: nada que entra de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre”.
Según esta sentencia de Jesús, lo puro e impuro está en el corazón. Y no nos referimos solo a lo que atañe al sexto mandamiento de la ley de Dios, sino a todos los mandamientos. Las fornicaciones, adulterios y el desenfreno se dan primero en el corazón; luego pasan a la acción. Son tres palabras de la lista que pone el Evangelio, a modo de ejemplo. Pero en esa tabla de vicios, de lo que es impuro, la lista se alarga: robos, homicidios, codicias, malicias, fraudes, envidia, difamación, orgullo, frivolidad.  Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro.
Estos no son pecados de la carne, pero eso sí mancha el corazón y lo hacen impuro. La envidia mancha el corazón, la codicia, la difamación; eso mancha el corazón, lo afean ante Dios y ante los hombres.

6. Hermanos, de este Evangelio y de estas palabras del Señor que hemos tratado de explicar hay dos deseos que se desprenden y que queremos presentar a Jesús como súplica.
El primero es que sepamos distinguir qué es la verdadera fe, la verdadera Tradición de la Iglesia, y qué son tradiciones, observancias, prácticas y devociones que más bien terminan siendo supersticiones.
Y la segunda gracia que queremos pedir al Señor es la gracia de un corazón puro. Tener un corazón humilde, sencillo y puro sería nuestra felicidad en la peregrinación por este mundo. Amén.
Guadalajara-Zapopan, Jalisco, viernes 31 agosto 2012.

Sobre el Evangelio de hoy véase el Cántico de comunión: Pureza del corazón

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