sábado, 15 de septiembre de 2012

287. Alégrate, Virgen dolorosa


Homilía con motivo de la fiesta de
Ntra. Sra. de los Dolores – 15 de septiembre
Jn 19,25-27

Homilía del Evangelio del domingo XXIV, ciclo B 
véase número anterior

Texto evangélico

Junto a la cruz de Jesús  estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena.
Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre:
“Mujer, ahí tienes a tu hijo”.
Luego, dijo al discípulo:
“Ahí tienes a tu madre”.
Y desde aquella hora el discípulo la recibió como algo propio.

Hermanos:

1. La Iglesia celebra hoy a la Virgen de Dolores. Es una fiesta devocional de la Virgen María que tiene evidente significación evangélica, si la relacionamos con el Evangelio de María al pie de la Cruz.
La devoción a los dolores de la Virgen María viene desde la Edad Media, difundida, en especial,  por la Orden de los Siervos de María, a cuyo calendario litúrgico fue asignada el año 1667. Más tarde, en 1814, pasó al Calendario Romano, para que fuera celebrada el domingo tercero de septiembre. Cien años más tarde, el año 1913 se la puso en el día en que está, 15 de septiembre, al día siguiente de la Exaltación del Santa Cruz.

2. Los ejercicios de devoción quieren detallar los dolores de la Virgen, y, como el número 7 es un número sagrado, los dolores de la Virgen son estos siete:  1. La profecía de Simeón. (San Lucas 2, 34-35) – 2. El viaje a Egipto. (San Mateo 2,13-14) – 3. El Niño Jesús perdido en el templo. (San Lucas 2, 43-45) – 4. El encuentro de Jesús y María, en el camino a la Crucifixión. – 5. La Crucifixión. -  6. El descendimiento de la Cruz del Cuerpo de Jesús. – 7. El entierro de Jesús.
Simeón anunció a María, cuando la presentación del niño en el Templo a los cuarenta días del nacimiento: “y a ti misma una espada te traspasará el alma” (Lc 2,35). Esta espada, en la piedad popular, se ha representado por siete espadas: siete espadas clavadas en el corazón de la Madre, la Virgen María.

3. Lo que hoy celebramos en la liturgia no son los siete dolores de María. No contamos el número de sus dolores. Los ponemos todos en uno y miramos, más que a los dolores, a la Dolorosa: Beatae Mariae Virginis Perdolentis, la Bienaventurada Virgen María Dolorosa o “Muy dolorosa” (perdolentis).
Prestemos atención a la oración del día. Por extraño y sorprendente que de pronto parezca, hemos de decir que, en la Misa, directamente nunca se reza a la Virgen, sino que rezamos a Dios todopoderoso, a ese a quien llamamos Padre, a Él le rezamos por lo que ha realizado en la Madre de su Hijo, en la Madre de Jesús. No decimos: “¡Oh Virgen María, que has sufrido tanto al pie de la Cruz…!, sino que, mirando a Dios, nuestro Padre, oramos así:

“Oh Dios, que junto a tu Hijo exaltado en la Cruz, quisiste que estuviera la Madre compadeciente,
concede a tu Iglesia
que, unida con ella a la pasión de Cristo,
merezca ser partícipe de la misma resurrección”
(Deus, qui Filio tuo in cruce exaltato
compatientem matrem astare voluisti, da Ecclesiae tuae,
ut, Christi passionis cum ipsa consors effecta,
eiusdem resurrectionis particeps esse mereatur).

En esta oración está resonando aquella frase de san Pablo: “si sufrimos con él – si com-padecemos con él – seremos también glorificados con él, literalmente: con-glorificados con él).
Los dolores de María son una gracia que Dios concede a María: como Madre la ha asociado a los sufrimientos del Hijo por al salvación del mundo, por nuestra salvación.

4. A María, pues, se le ha dado la gracia de la maternidad, una maternidad con todas sus consecuencias: con los gozos del niño de Belén – dar el pecho al Hijo de Dios es una gracia que fuera de María ninguna mujer ha tenido – y con los dolores del Calvario: Jesús puesto en brazos de María.
En cuántas iglesias de Alemania se puso esa de María con el Hijo muerto en los brazos, y al lado, en una lápida, en dos lápidas…, los nombres de los soldados caídos en la guerra.

5. La escena evangélica tomada para este día viene de san Juan, María al pie de la Cruz (Puede ser también la escena del anciano Simeón que anuncia a María una espada de dolor, según los describe san Lucas).
María al pie de la cruz es una escena de contemplación, escena de piedad y de soberana grandeza. No es el dolor lo que se contempla, sino algo sublime: la maternidad. ¿Puede haber algo en la tierra más grande que esta maternidad, que aproxima a María al regazo divino?
El lector del Evangelio puede ver en el gesto de Jesús un acto de amor filial y así lo han meditado generaciones de cristianos, pero el estilo sacro de san Juan nos está anunciando algo absolutamente divino: Que Jesús exaltado en la cruz, punto focal de irradiación – “atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32) – ahora que culmina su obra en la tierra, va a confiar solemnemente a su madre la maternidad universal. Le llama “Mujer” como ningún hijo llama así a su madre; “Mujer”, porque es la nueva Eva, la madre de la nueva creación. Y la nueva creación está representada por el “discípulo amado”. No nos interesa el nombre, saber que este discípulo amado es hijo de Zebedeo, hermano de Santiago el Mayor; es el discípulo amado, es la Iglesia entera a los pies de la cruz.
María queda constituida definitivamente como la Madre de la Comunidad de Jesús.
Madre con los gozos de la maternidad de Belén, Madre, sobre todo, con el misterio de su silencio y oblación.

6. A uno le agrada volver sobre el misterio de la propia madre…, a mí, en concreto, que al despedí para siempre hace cuatro años (15/VIII/2008) cuando ella estaba para alcanzar la cima de los cien años, viuda desde su plenitud de muejr hacía incontables años.
¿Quién es la madre?, piensa el corazón filial. La madre es aquella mujer providencial que queda sumida en lo profundo de la estructura personal. No fue un suceso concluso en años remotos. Está dentro, aun sin saberlo, como la presencia silenciosa que ha consolidado los fundamentos de la propia personalidad.
Si no resulta indecoroso el oírlo…, María está en al subestructura de la Iglesia, como Madre, dando paz y armonía, cohesión, identidad, sentido, tradición… al propio ámbito de vida. Porque es la Madre, en suma, la Madre. “Ahí tienes a tu Hijo”.
Lo propio de la madre, al paso que la vida avanza, es ser silencio, ser oblación, ser fidelidad; por ello, ser esperanza desde su acogida incondicional.
María en la Iglesia es Madre, sencillamente Madre.

7. Y el discípulo ¿quién es? El que acoge a esta Madre. La versión oficial española ha dado un paso al traducir el versículo de la acogida: “Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio” (v. 27), que es más que decir que la recibió en su casa, que se encargó de ella.
A partir de aquella hora – “la hora de Jesús” – la Madre y el Discípulo son inseparables: se pertenecen mutuamente. Es la relación que media entre la Virgen María y la Iglesia, entre la Madre del Señor y yo, discípulo de Jesús.
Hoy el oficio divino dice bellas cosas de María, entre otras esta antífona de los Laudes: “Alégrate, Madre dolorosa, porque, después de tanto sufrir, te ves ahora rodeada de gloria y colocada, como reina del universo, al lado de tu Hijo”.
Los misteriosos gozosos, los dolorosos, los gloriosos se funden en uno solo, porque la Virgen María, al ser la Madre del Señor, queda identificada en el msiterio total de su Hijo. Amén.

Guadalajara, Memoria de la Madre Dolorosa 2012.



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