martes, 18 de septiembre de 2012

288. El Papa anuncia el Evangelio en Oriente Medio


El Papa en el Líbano –  14-15-16 de septiembre

Una reflexión sobre la "libertad religiosa" 
para todas las religiones
y sobre la “laicidad” para bien de todas las religiones

El Papa acaba de estar tres días en el Líbano, viernes, sábado y domingo de la semana pasada. Es el viaje número 24 que hecho al extranjero tratando de llevar la fe de los cristianos, el anuncio de Jesús.
Los periodistas, en vuelo, le han preguntado:
“Santo Padre, por estos días coinciden aniversarios terribles, como el del 11 de septiembre, o el de la masacre de Sabra y Chatila; en las fronteras del Líbano hay una sangrienta guerra civil, y vemos también que en otros países el riesgo de la violencia está siempre presente. Santo Padre, ¿con qué sentimientos emprende este viaje? ¿Ha estado tentado de renunciar por motivos de inseguridad, o alguien le ha sugerido renunciar”.
El Papa con serenidad – con fe, diré como cristiano – ha respondido:
Queridos amigos, estoy muy contento y agradecido por esta posibilidad de hablar con vosotros. Puedo decir que nadie me ha aconsejado renunciar a este viaje y, por mi parte, nunca he contemplado esa posibilidad, porque sé que cuando la situación se hace más difícil, más necesario es ofrecer este signo de fraternidad, de ánimo y de solidaridad”.
El diálogo se ha centrado en otras preguntas acuciantes: El fundamentalismo creciente con lo que lleva de agresividad, la “primavera árabe”, la huída de los cristianos ante las persecuciones constantes…; en fin, la Exhortación apostólica que trae consigo después de que hace dos años se celebró el Roma la Asamblea sinodal de los Obispos de Oriente Medio, que el Papa va a promulgar ahora justamente

* * *
Con este punto vamos a enlazar, y en él queremos profundizar. Hemos leído la Exhortación apostólica Ecclesia in Medio Oriente, que el Papa entregó e hizo pública el 14 de septiembre, en la basílica de san Pablo de Harissa, Fiesta de la Santa Cruz de gran tradición en todo el oriente cristiano.

Justamente al entregarla decía:
“Es providencial que este acto tenga lugar precisamente en el día de la Fiesta de la Cruz gloriosa, cuya celebración nació en Oriente en el año 335, al día siguiente de la Dedicación de la Basílica de la Resurrección, construida sobre el Gólgota y el sepulcro de Nuestro Señor, por el emperador Constantino el Grande, al que veneráis como santo. Dentro de un mes se celebrará el 1.700 aniversario de la aparición que le hizo ver, en la noche simbólica de su incredulidad, el crismón resplandeciente, al mismo tiempo que una voz le decía: «Con este signo vencerás». Más tarde, Constantino firmó el edicto de Milán y dio su nombre a Constantinopla. Pienso que la Exhortación puede ser leída e interpretada a la luz de la fiesta de la Cruz gloriosa y, de modo particular, a partir del crismón, la X (khi) y la P (rhô), las dos primeras letras de la palabra Χριστός. Esa lectura conduce a un verdadero redescubrimiento de la identidad del bautizado y de la Iglesia y, al mismo tiempo, constituye como una llamada al testimonio en la comunión y a través de ella. La comunión y el testimonio cristiano, ¿acaso no se fundan en el Misterio pascual, en la crucifixión, en la muerte y resurrección de Cristo? ¿No alcanzan en él su pleno cumplimiento? Hay un vínculo inseparable entre la cruz y la resurrección, que un cristiano no puede olvidar”.

Hemos leído esta Exhortación como una joya espiritual. El Papa, como pastor de la Iglesia universal, se siente vivamente emocionado al escribir a aquellos pueblos pro donde transitaron Abraham y los Profetas, Jesús, María y los Apóstoles. Con sus hermanos Patriarcas y Obispos han examinado largamente el corazón y el sufrimiento de estos pueblos, y escribe para ellos, trazando un programa espiritual. Desde ahí hay que entender el mensaje. Pero ocurre que, para explicar ciertos conceptos, que están en la pura sensibilidad de hoy, el Papa – que, además de ser un hombre de Dios, es un iluminado pensador – escribe páginas que pueden pasar a una Antología Filosófica o Teológica del Pensamiento Humano.
He aquí tres números (26, 27 y 29) de los 100 que tiene la Exhortación.


La libertad religiosa es la cima de todas las libertades

26. La libertad religiosa es la cima de todas las libertades. Es un derecho sagrado e inalienable. Abarca tanto la libertad individual como colectiva de seguir la propia conciencia en materia religiosa como la libertad de culto. Incluye la libertad de elegir la religión que se estima verdadera y de manifestar públicamente la propia creencia[21]. Ha de ser posible profesar y manifestar libremente la propia religión y sus símbolos, sin poner en peligro la vida y la libertad personal. La libertad religiosa hunde sus raíces en la dignidad de la persona; garantiza la libertad moral y favorece el respeto mutuo. Los judíos, que han sufrido desde hace mucho tiempo hostilidades, con frecuencia mortales, no pueden olvidar los beneficios de la libertad religiosa. Los musulmanes, por su parte, comparten con los cristianos la convicción de que no está permitida coacción alguna en materia religiosa, y menos aún con la fuerza. Esta coacción, que puede adoptar formas múltiples e insidiosas en el plano personal y social, cultural, administrativo y político, es contraria a la voluntad de Dios. Es una fuente de instrumentalización político-religiosa, de discriminación y violencia, que puede conducir a la muerte. Dios quiere la vida, no la muerte. Prohíbe el homicidio, e incluso dar muerte al asesino (cf. Gn 4,15-16; 9,5-6; Ex 20,13).
27. La tolerancia religiosa existe en numerosos países, pero no implica mucho, pues queda limitada en su campo de acción. Es preciso pasar de la tolerancia a la libertad religiosa. Este paso no es una puerta abierta al relativismo, como algunos sostienen. Y tampoco una medida que abre una fisura en el creer, sino una reconsideración de la relación antropológica con la religión y con Dios. No es un atentado contra las «verdades fundantes» del creer, porque, no obstante las divergencias humanas y religiosas, un destello de verdad ilumina a todos los hombres[22]. Bien sabemos que, fuera de Dios, la verdad no existe como un «en sí». Sería un ídolo. La verdad sólo puede desarrollarse en la relación con el otro que se abre a Dios, el cual quiere manifestar su propia alteridad en y a través de mis hermanos humanos. Por tanto, no conviene afirmar de manera excluyente «yo poseo la verdad». La verdad no es posesión de nadie, sino siempre un don que nos llama a un proceso que nos asimile cada vez más profundamente a la verdad. La verdad sólo puede ser conocida y vivida en la libertad; por eso, no podemos imponer la verdad al otro; la verdad se desvela únicamente en el encuentro de amor.

La sana laicidad (unidad-distinción) es necesaria, más aún indispensable para las dos (para la política y para la religión).
 El Papa planta simbólicamente un cedro

29. Al igual que en el resto del mundo, en Oriente Medio se perciben dos realidades opuestas: la laicidad, con sus formas a veces extremas, y el fundamentalismo violento, que pretende tener un origen religioso. Con gran suspicacia, algunos responsables políticos y religiosos de Oriente Medio, de todas las comunidades, consideran la laicidad como atea o inmoral. Es verdad que la laicidad puede afirmar a veces de modo reductivo que la religión concierne exclusivamente a la esfera privada, como si no fuera más que un culto individual y doméstico, ajeno a la vida, a la ética, a la relación con el otro. En su versión extrema e ideológica, la laicidad, convertida en laicismo, niega al ciudadano la expresión pública de su religión y pretende que únicamente el Estado legisle sobre su forma pública. Estas teorías son antiguas. No son solamente occidentales y no se pueden confundir con el cristianismo.
La sana laicidad, por el contrario, significa liberar la religión del peso de la política y enriquecer la política con las aportaciones de la religión, manteniendo la distancia necesaria, la clara distinción y la colaboración indispensable entre las dos. Ninguna sociedad puede desarrollarse sanamente sin afirmar el respeto recíproco entre la política y la religión, evitando la tentación constante de mezclarlas u oponerlas. La relación apropiada se basa, ante todo, en la naturaleza del hombre, por tanto en una sana antropología, y en el respeto absoluto de sus derechos inalienables. La toma de conciencia de esta relación apropiada permite comprender que hay una especie de unidad-distinción que debe caracterizar la relación entre lo espiritual (religioso) y lo temporal (político), pues ambas dimensiones están llamadas, incluso con la necesaria distinción, a cooperar armónicamente en la búsqueda del bien común. Dicha sana laicidad garantiza que la política actúe sin instrumentalizar a la religión, y que se pueda vivir libremente la religión sin el peso de políticas dictadas por intereses, a veces poco conformes, y con frecuencia hasta contrarios a las creencias religiosas. Por consiguiente, la sana laicidad (unidad-distinción) es necesaria, más aún indispensable para las dos. El desafío que entraña la relación entre lo político y lo religioso puede afrontarse con paciencia y decisión mediante una adecuada formación humana y religiosa. Es preciso recordar continuamente el lugar de Dios en la vida personal, familiar y civil, y el justo lugar del hombre en el designio de Dios. Y, a este respecto, es preciso sobre todo rezar más.

* * *
En fin…, muchas veces los documentos pontificios terminan mirando a la Virgen. A ella le miramos con el párrafo final de Ecclesia in Medio Oriente:
“100. El corazón de María, Théotokos y Madre de la Iglesia, fue traspasado (cf. Lc 2,34-35) a causa de la «contradicción» que ha traído su divino Hijo, es decir, por la oposición y la hostilidad a la misión de luz que Cristo afrontó, y que la Iglesia, su Cuerpo místico, sigue viviendo. María, a la que toda la Iglesia venera con ternura, tanto en Oriente como en Occidente, nos asistirá maternalmente. María, la Toda Santa, que caminó entre nosotros, sabrá presentar nuevamente nuestras necesidades a su divino Hijo. Ella nos ofrece a su Hijo. Escuchémosla, porque nos abre a la esperanza: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5)”.

Guadalajara, 18 septiembre 2012

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Para ser libres, nos liberó Jesús, el nos enseña que la verdadera libertad, no es tener la posibilidad de elegir una opción u otra; en algún caso específico de elegir bien o mal. Entendiendo que la auténtica libertad se fundamenta en elegir siempre el bien. Cristo nos enseña en la cruz, al hombre pleno de libertad, sin ningún tipo de atadura que limite la voluntad del Padre, ni del Hijo, Cristo ha elegido el bien y con ello nos enseña lo que significa el camino la verdad y la vida.

Dios nos libre de creer que tenemos la verdad absoluta, y nos ayude cada día a ser imagen fiel de Jesucristo.

Atentamente:
Un Laico

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