miércoles, 19 de septiembre de 2012

289. Jesús, el último de todos, el servidor de todos, el pequeño


Homilía en el domingo 25 del tiempo ordinario, ciclo B
Mc 9,30-37
(El día 23 de septiembre, que este año de 2012 es domingo,
se celebra la fiesta de San Pío de Pietrelcina, 1888-1968.
Textos para la Misa y Oficio de San Pío)

Texto:
Se fueron de allí y atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos. Les decía: “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará”. Pero ellos no entendían lo que les decía y les daba miedo preguntarle.
Llegaron a Cafarnaún, y una vez en casa, les preguntó: “¿De qué discutíais por el camino?” Ellos callaban, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Se sentó, llamó a los Doce y les dijo: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos. Y tomando un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: “El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado”.

Hermanos:

1. Podéis recordar: el domingo pasado el texto era el de la confesión del apóstol san Pedro, Tú eres el Mesías.
Jesús no rechaza esta confesión. Al contrario, la asume, la acepta, porque se identifica con ella, y sabe que las palabras que el discípulo ardiente le ha lanzado con amor y generosidad vienen de Dios. Dios le ha inspirado al apóstol para poder hablar de esa manera, porque solo Dios sabe que este Jesús de Nazaret es el Mesías.
Jesús no rechaza, pero sí completa lo que los demás no le han dicho, ni pueden decirle. Recordemos el texto pasado. Y empezó a instruirles: “El Hijo del hombre tiene que padecer muchos, ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y  escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días”. Se lo explicaba con toda claridad. Este fue el primer anuncio de la Pasión.

2. Y hoy estamos en el segundo. Jesús emprende el camino de Jerusalén y va instruyendo aparte a los discípulos. Hay ciertas cosas que solamente en secreto y confidencia se pueden anunciar. Y Jesús sabe que el anuncio de la Pasión no es un pronóstico con el que alguien aventura el futuro, sino que es algo aprendido en la intimidad del ser. Son cosas que se saben por revelación, por esa comunión e intimidad que media entre el Padre y Jesús.
Todos los seres humanos, si abrimos con ánimo sincero el corazón a la divinidad, encontramos dentro una palabra que Dios, nuestro Padre, talla en nosotros y es guía en el camino. Es la palabra de nuestro destino, hermanos.
La palabra que Jesús lleva dentro es el Evangelio, y esta palabra tiene una versión personal: su propia muerte. Se afirma Jesús en el primer anuncio solemne y en esta afirmación Jesús vuelve a lo mismo: El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará.
Fijémonos bien que la muerte no es la palabra final de Jesús, en ningún caso. La palabra que Dios daba a sus siervos los profetas no terminaban en destrucción, sino, al final, en un horizonte de esperanza. Si la palabra no encierra esperanza nunca se llamará palabra de Dios, ni para nosotros en particular, ni para nadie.
Un profeta de muerte nunca será profeta. Un profeta de dolor sí es profeta, si con el dolor anuncia la consolación de Dios, el triunfo y la soberanía de Dios en la vida.
He aquí, pues, lo que Jesús lleva dentro que lo comparte con sus íntimos.

3. Pero en este momento san Marcos nos da un toque de atención, que es un rasgo psicológico de lo más vivo y auténtico que encontramos en los Evangelios.
 Dice san Marcos: Pero ellos no entendían lo que les decía y les daba miedo preguntarle.
No entendían y no quieren meterse en este terreno, que es sospechoso. ¿Adónde  nos puede llevar este modo de hablar? Hay en la vida cosas que no nos atrevemos a preguntar, con la sospecha de que la respuesta nos va a comprometer a nosotros.
Hay en la juventud preguntas que quedan flotando y que no se las quiere atrapar, por si acaso. ¡Cuántas veces un joven sospecha: Pero ¿adónde me lleva esto?! Mas no quiere decírselo a sí mismo… ¡Cuántas vocaciones de generosidad abortadas antes de nacer, porque no se quiso encarar la pregunta y la respuesta que pedían!
En suma, hermanos: ellos no entendían lo que les decía y les daba miedo preguntarle. El miedo a preguntar a Dios no es bueno, porque nos deja en la ignorancia y en la cobardía. El retardar las preguntas y dejarlas para mañana, y mañana para otro día, tampoco es bueno…, pues puede ser que ese día nunca llegue.

4. Está, pues, claro el mensaje y corre la escena. Llegan a Cafarnaún, que era el término del viaje, y Jesús sí tiene una pregunta que hacer, y la hace: “¿De qué discutíais por el camino?
Y de nuevo el evangelista psicólogo nos da un toque de su arte. Nos dice Marcos: Ellos callaban, pues por el camino habían discutido quién era el más importante.
Un dato precioso para entrar en el corazón de los apóstoles, que, al cabo, es lo que pasa en nuestro corazón: ser importante. ¿Quién es el más importante en el grupo elegido? O ¿quién es el más importante hoy en la Iglesia? O ¿quién es el más importante, el más famoso, el más poderoso… allí donde yo estoy y trabajo…, si soy religioso, en mi propia comunidad religiosa?
En años recientes los documentos de la Iglesia se han atrevido a hablar del “carrierismo” (en italiano, hacer “carriera”), cosa que existe en la política civil y eclesiástica: a ver quién llega a más, a ver quién escala más alto, el “arribismo”. También en los cargos eclesiásticos, también…, y no hay que admirarse, porque este virus ya apareció en el Colegio Apostólico…
Gracias a Dios, no sabemos, en este caso, los nombres de la conversación… A lo mejor uno de ellos era Judas, hombre de valer y de confianza, a quien se le había entregado la bolsa. ¿Quién es el más importante?, pregunta ambiciosa para escalar puestos y cumbres, pregunta malsana que ronda nuestro corazón.

5. Jesús tiene ciertamente una respuesta a tal pregunta: Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.
Hay palabras sagradas en la vida que solo se pueden decir si uno, antes de decirlas, las ha cumplido. De otro modo, sería pecado. Y Jesús ha cumplido lo que está diciendo: Jesús es el último de todos, el servidor de todos.
Meditando estas cosas un hombre que había sido refinado y mundano y derrochador, Carlos de Foucauld (1858-1916), que luego fue el hermanito Carlos – y hoy el Beato Carlos de Foucauld – escribió: Nadie puede ocupar el último puesto, porque ya está ocupado, Jesús se lo ha reservado para sí. Ese ha sido el puesto de Jesús.
Ese es el verdadero puesto de los seguidores de Jesús.

6. Y ahora, para coronar esta escena y este magisterio, tenemos un gesto entrañable, que nos llega al alma. Nos agrada el volver a recordarlo. Jesús, que está en una casa, llama a un niño pequeño, lo pone en medio entre sus rodillas, le da un abrazo de cariño, y a todos una sublime lección:
- Miradlo: el que acoge a un niño como este pequeño, me acoge a mí. Yo soy el pequeño en el mundo. Pero el que me acoge a mí, el más pequeño, acoge al Dios infinito, a mi Padre celestial.
Hermanos, ante esto ¿qué podemos decir?
Pidamos al Señor la gracia de no ser importantes, de ser infinitamente pequeños para ser como Jesús y acoger al Dios de la gloria. Amén.

Guadalajara, 19 septiembre 2012.

Cántico de comunión sobre este Evangelio: El niño en brazos de Jesús.

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