martes, 9 de octubre de 2012

296. A los 50 años del Concilio: el rostro de la Iglesia


A los 50 años del Concilio: el rostro de la Iglesia

Lección inaugural del curso académico 2012-2013
en el Instituto Superior Salesiano Cristo Resucitado 
Tlaquepaque (Guadalajara), Jal., 20 agosto 2012

Rufino María Grández, OFMCap.


Esquema distribuido para seguir la conferencia

INTRODUCCIÓN: OCASIÓN, FINALIDAD, METODO
A los 50 años del Concilio: 1. Tema obligado - 2. La finalidad que me propongo y el fruto que anhelo  - 3. Método narrativo-testimonial

PRIMERA PARTE:
CLAVES DE INTERPRETACIÓN DEL CONCILIO

Primera clave: Captar el punto de arranque y permanecer en la interpretación espiritual del evento.
                El discurso de apertura del Concilio (11 octubre 1962)
- El nacimiento del Concilio
- Un Concilio que quiere abordar la modernidad con optimismo, sin prestar oído a los profetas de calamidades
- La tarea del Concilio que no aborda una herejía en particular, sino que busca la actualización viviente de la fe, el aggiornamento.
                La dinámica de santidad como clave profunda de interpretación del Concilio
Segunda clave: Ningún dogma nuevo, pero sí una teología nueva 
Tercera clave: El nuevo modo de la teología, Historia salutis al amparo de la Biblia.
Cuarta clave: Las conquistas de la nueva Teología.
1. La identidad íntima de la Iglesia (Ecclesiam suam): presencia y tradición
2. Centralidad dinámica y sustentante de la Escritura
3. El estatuto del laico: dignidad, responsabilidad, santidad
4. Encuentro con el mundo
5. Orientación de la misión

 SEGUNDA  PARTE:
LA IGLESIA DE CRISTO, MI IGLESIA

1. Las convulsiones que han seguido al Concilio: Hora inédita de la Iglesia.
                Una enorme convulsión ha seguido cronológicamente - La avalancha de lo secular -      Renovación y desintegración
2. Claves epistemológicas para una nueva teología
3. El gozo de pertenecer a esta Iglesia
4. La fecundidad congénita del Concilio
5. La misión en la hora presente

TRES CONCLUSIONES
ANTE UN CENTRO DE ESTUDIOS TEOLÓGICOS DE JÓVENES


Texto sobre el cual se ha pronunciado la conferencia

Reverendo Padre Rector de este Centro Teológico de Estudios,
Apreciados Profesores y Alumnos:

Con la gracia de Dios se abre el nuevo curso académico de este Centro. Les saludo con deferencia a todos ustedes yo, el último llegado, que me cumple este honor e íntima satisfacción de compartir con  esta asamblea, mediante esta “lección inaugural”,  la fe que es el vigor y el gozo de nuestra vida,


(INTRODUCCIÓN.
OCASIÓN, FINALIDAD, METODO)


A los 50 años del Concilio

1. Tema obligado, o casi obligado de esta circunstancia, es la memoria del Concilio, a los 50 años del inicio de su celebración: memoria como acto cristiano de reconocimiento de la mayor gracia de Dios dada a la Iglesia en el ya concluido siglo XX,  como acto teológico de cabezas pensantes de la fe para explorar un tesauro inexhausto; en fin, como ministros que somos de la Palabra para relanzar de nuevo que mensaje que mana del Concilio.
Pionero en esta tarea eclesial ha sido el mismo querido Papa Benedicto XVI, cuando el año pasado firmaba la Porta Fidei, carta apostólica dada en forma de “motu proprio” (11 octubre 2011), anunciando un año memorial del Concilio, el Año de la Fe.
Decía el Santo Padre: “A la luz de todo esto, he decidido convocar un Año de la fe. Comenzará el 11 de octubre de 2012, en el cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, y terminará en la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, el 24 de noviembre de 2013” (n. 4)[1]. Y unas líneas después añadía: “Y precisamente he convocado la Asamblea General del Sínodo de los Obispos, en el mes de octubre de 2012, sobre el tema de La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana. Será una buena ocasión para introducir a todo el cuerpo eclesial en un tiempo de especial reflexión y redescubrimiento de la fe” (n. 4).[2] Las facultades católicas de Teología son muy conscientes de este áureo aniversario para organizar actos académicos en torno al tema[3]. Continúan las publicaciones[4]


2. La finalidad que me propongo y el fruto que anhelo es tomar el pequeño libro del Concilio (16 documentos) para volverlo a leer con sabiduría: una lectura íntegra, inteligente y orante, para que lo que fue acontecimiento y vida, vuelva a ser vida fecunda en nosotros. Tenemos la íntima persuasión de que el Vaticano II es manantial de vida. La herencia tridentina configuró cuatro siglos de historia en la Iglesia, incluidos en ellos el Vaticano I, que trabajó en la huella dejada por Trento.
El Vaticano II no fue la prolongación de Trento; menos aún, su ruptura. Pero ha sido un “novum” en la Iglesia. Y de ninguna manera podemos cerrar la época del Vaticano II, como diciendo: misión cumplida. Este ha sido un pensamiento constante de los últimos Papas, Al contrario, lo han visto como un venero manante de vida. Juan Pablo I, que como obispo Albino Luciani (8 oct 1912 – 28 sept. 1978) participó en las cuatro etapas del Concilio, si bien nunca tuvo una intervención pública, solía decir a sus más próximos colaboradores: “Soy un convertido del Concilio[5]. Se sentía, pues, discípulo del Concilio, aprendiz de una teología que no había sido la teología de los manuales de su juventud, si bien en la que se ha llamado “hermenéutica de la reforma”.
Al inicio del nuevo Milenio, Juan Pablo II sustentaba la vigencia plena del Vaticano II como la gracia del siglo XX y como tarea de la Iglesia, cruzando este umbral de la historia. Aquellos textos – decía – “no pierden su valor ni su esplendor. Es necesario leerlos de manera apropiada y que sean conocidos y asimilados como textos cualificados y normativos del Magisterio, dentro de la Tradición de la Iglesia. […] Siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX. Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza”[6].
Esa gloriosa afirmación de calificar al Concilio como la gracia primacial de la Iglesia en el siglo XX no era una frase redonda, una afirmación retórica que bien se vende, sino una convicción medular con graves consecuencias.
En el mismo sentir abunda Benedicto XVI, citando en “Porta Fidei” a su predecesor: “Yo también deseo reafirmar con fuerza lo que dije a propósito del Concilio pocos meses después de mi elección como Sucesor de Pedro: «Si lo leemos y acogemos guiados por una hermenéutica correcta, puede ser y llegar a ser cada vez más una gran fuerza para la renovación siempre necesaria de la Iglesia»”[7].


3, Método narrativo-testimonial. El 11 de octubre de 1962 se iniciaba solemnemente el Concilio Ecuménico Vaticano II. Yo, que entonces tenía 25 años, terminada la licenciatura en Teología en Fribourg (Suiza), estaba aquel día en la Plaza de san Pedro, recién llegado para iniciar mis estudios bíblicos en el Pontificio Instituto Bíblico (1962-1964), cuando veía con mis compañeros la solemne procesión de mitras que avanzaba para entrar en la Basílica vaticana. Al final el bondadoso Juan XXIII – 80 años – portado en la Silla Gestatoria, bendiciendo a los fieles congregados. De todos los Padres que a lo largo de las cuatro etapas o sesiones participaron han muerto casi todos; quedan en la actualidad 70 personas, muy ancianos.
Imaginan la ilusión de un joven estudiante eclesiástico, todo ojos, todo corazón para ver y sentir. Recuerdo las piedras de Roma, y pensaba: “Las piedras hablan”; eran labios de historia. Cuánto más no ya las piedras sino la historia apasionada que ha seguido al Concilio, que uno la ha visto, y no como espectador en un graderío, sino en la arena misma de la vida[8]. Recuerdo la conversación que tenía con mi compañero – mi hermano de hábito - deambulando por las calles de Roma de regreso al convento[9]
Cuál es esa Iglesia viva que vivía y soñaba Pablo VI, Papa final del Concilio y firmante de los documentos siguientes que iban dibujando el nuevo rostro de la Iglesia. Al morir saluda enardecidamente a la Iglesia. “Ruego al Señor que me dé la gracia de hacer de mi muerte próxima don de amor para la Iglesia. Puedo decir que siempre la he amado; fue su amor quien me sacó de mi mezquino y selvático egoísmo y me encaminó a su servicio; y para ella, no para otra cosa, me parece haber vivido. Pero quisiera que la Iglesia lo supiese y que yo tuviese la fuerza de decírselo, como una confidencia del corazón que sólo en el último momento de la vida se tiene el coraje de hacer”[10].
El objetivo, pues, de mi exposición es eclesial, bien sea en una vertiente puramente académica o bien sea en cuanto a compromiso personal por la causa del Concilio, por la causa de Jesús, que hoy se llama nueva evangelización:
- que el conocimiento del Concilio imprima en nuestro espíritu una “forma mentis” abierta a la sabiduría y a la esperanza;
- que el conocimiento del Concilio, tarea de estudio, nos lance a una vida en trance de amor y de entrega.
Emplearé un estilo expositivo, haciendo que fluyan ligeros mis dedos en la computadora. Quizás esta exposición (condensada a la hora de hablar) pueda servir luego para una lectura…[11]



(PRIMERA PARTE:
CLAVES DE INTERPRETACIÓN DEL CONCILIO)

Primera clave: Captar el punto de arranque y permanecer en la interpretación espiritual del evento.

1. La teología cristiana- y entendemos por teología la reflexión racional sobre la fe otorgada – puede establecerse sobre la base de cuatro grandes pilares.
Dios,
el Hombre,
la Iglesia,
el Mundo.
Estos son los eternos manantiales de pensamiento, que se expanden en muchas venas. Claro que un místico, iluminado en su simplicidad, podría acotarnos: No, la teología es Dios, puramente Dios; poner otro alguien u otra cosa a su lado, sería rebajarlo, entrar en un peligrosísimo camino de homologación de objetos, a perjuicio de la soberanía única y omnipresente de Dios. La teología solo trata de Dios, porque el hombre, si es algo, es divino y solo en Dios puede ser encontrado. Lo mismo la Iglesia y el Mundo.
Yo estoy de acuerdo en esta simplicidad absoluta del pensar contemplativo, que es un pensar unitivo y saciativo, y que sin duda es un  hambre insaciable, tanto más agudizado cuanto más la vida otea la cumbre (con ello hablo de mí). La unidad de Dios es la unidad de la humanidad, y este es un pensamiento nobilísimo del corazón humano, prácticamente de una religión o de otra.
Ahora bien, el pensamiento humano tiende a desmenuzarse y a ser analítico, y por esta razón, connatural a nuestro ser, al proyectarnos de Dios hacia afuera, decimos que hay cuatro núcleos generadores del pensamiento y pauta para contrastar la realidad: Dios, el Hombre, la Iglesia, el Mundo.
La centralidad de Dios, como tema de la teología, esto apasiona al teólogo. Dios no es un tema: es el tema, e incluso el medio del pensamiento, la forma constitutiva del bien pensar para acceder a la realidad. Además ese Dios Soberano, al que no se puede acceder y ante cuyo umbral el hombre adora – incluso antes de pensar, porque la adoración es un sobrepensamiento envolvente – es el pensamiento humanizador por excelencia. Si el hombre no puede “atrapar” a Dios, no por ello queda aterrado y deshecho; al contrario, queda dignificado, y en esa impotencia raíz descubre su vocación humana y su destino, que es lo más gratificante que puede hallar la razón humana. En suma, Dios es la suma actualidad del pensar y del vivir, la radiante contemplación de toda teología.
Con todo, como Narrador de lo que ha pasado, me place emplear un método absolutamente sencillo y luminoso, que es la metodología propia de la historia salutis: poder captar y decir: Así nació el Concilio; ésta fue la chispa del Espíritu, que encendió la llama.


2. Juan XXIII fue el Papa que convocó el Concilio. Y tenemos su testimonio personal de cómo nació.
He aquí esta página inmortal de su Diario del alma (Giornale dell’anima).

Compendio de grandes gracias hechas a quien tiene poca estima de sí mismo, pero recibe las buenas inspiraciones y las aplica con humildad y confianza.

Primera gracia. Aceptar con sencillez el honor y el peso del pontificado, con alegría de poder decir que no hizo nada, y es más, con un interés cuidadoso y consciente por mi parte de no hacer nada que pudiera atraer la atención sobre mi persona; muy contento en medio de las variaciones del Cónclave cuando veía algunas posibilidades de disiparse en mi horizonte y centrarse en otras personas, a mi juicio, verdaderamente dignas y venerables.
Segunda gracia: Hacerme aparecer como sencillas y de inmediata ejecución algunas ideas nada complejas, sino sencillísimas, pero de vasto alcance y responsabilidad frente al porvenir, y con éxito inmediato. ¡Qué expresiones estas! ¡Acoger las buenas inspiraciones del Señor “con sencillez y confianza”!
Sin haber pensado antes en ello, saca a relucir en un primer diálogo con mi Secretario de Estado, el 20 de enero de 1959, las palabras: Concilio Ecuménico, Sínodo diocesano, revisión del Código de derecho Canónico, en contra de toda suposición o imaginación mía en este mundo. El primer sorprendido de esta propuesta fui yo mismo, sin que nadie me hiciera indicación al respecto. Y decir que luego todo me pareció tan natural en su inmediato y continuo desarrollo…
Después de tres años de preparación, laboriosa ciertamente, pero también feliz y tranquila, aquí estoy ya a los pies de la santa montaña.
Que el Señor me sostenga para llevar todo a buen término[12]

Asegura el Papa que la idea del Concilio fue algo absolutamente simple: una inspiración que le viene a uno de dentro en el curso de una conversación, una idea sencilla y posible, que fluye y ante al que uno lealmente se pregunta: ¿Y por qué no?
No fue una iluminación de carácter místico tenida en un rato de oración superior.
Ni fue tampoco un pensamiento técnico de un gobernante que cavila qué hacer, cómo proceder, que implicaciones, cómo consultar.
Los historiadores nos hablan de ciertos planes que tuvo tanto Pío XI como Pío XII de convocar un concilio, ¿acaso como cierre y complemento del Vaticano I?
Fue algo absolutamente simple, sin ser para nada ingenuo ni precipitado. Si la Iglesia es una familia, ¿por qué no nos juntamos para discutir de lo que realmente nos interesa, porque lo amamos, y nos preocupa? En un segundo y tercer momento vendrían los problemas organizativos y la pericia – y acaso malicia – para nombrar a las Comisiones, ya dentro de lo que es el aparato de una organización humana.

El día de la apertura del Concilio el papa escribió en su Diario del alma:
“Este es el día de la solemne apertura del Concilio ecuménico. Todos los diarios dan la noticia y Roma está en el corazón exultante de todos. Doy gracias a Dios por haberme hecho digno del honor de abrir, en su nombre, este principio de grandes gracias para la Iglesia Santa. Él dispuso que la primera centella que preparó, durante tres años, este acontecimiento saliese de mi boca y de mi corazón. Estaba dispuesto a renunciar incluso a la alegría de esta apertura. Con la misma calma repito el hágase tu voluntad respecto al hecho de mantenerme en este primer puesto de servicio durante todos el tiempo y para las todas las circunstancias de mi humilde vida, o bien a verme interrumpido en cualquier momento, porque este compromiso de proceder, continuar y concluir pase a mi sucesor. Hágase tu voluntad, en la tierra como en el cielo. Fiat voluntas tua, sicut in caelo et in terra[13] 

Acerca de que hubiera de ser el pontificado un pontificado de transición, he aquí lo que escribió su secretario particular, Loris Francesco Capovilla:
“Ni siquiera debe leerse en sentido negativo esta calificación, porque ahí estaban sus 77 años, y él mismo afirmó: «No puedo mirar demasiado lejos en el tiempo». Sabía que era ya un anciano, no se preocupaba de lo que podría hacer. Habituado a vivir comunitariamente y a no considerar los problemas desde el punto de vista personal, citando a Tibulo, decía Est nobis voluisse satis, para el honor de un hombre es ya mucho haber concebido una empresa, haber pensado, ideado, iniciado algo. Recuerdo su comentario a mi perplejidad y a mi falta de entusiasmo cuando me comunicó la idea del Concilio. Me dijo: «No hay que preocuparse de sí mismo y de quedar bien. En la concepción de las grandes empresas basta con el honor de haber sido providencialmente invitados. Hemos sido llamados a poner en marcha, no a concluir[14]

El discurso de apertura del Concilio

En consonancia con aquel acto fundacional del Concilio está el discurso de apertura, discurso clave, que dio el método y la dirección del rumbo del Concilio.
Esta fue la contribución personal de Juan XXIII a la magna obra del Concilio. Él lo echó a andar y ya no lo presidiría en la segunda sesión el año 1963. Sin duda que es el discurso más importante de los discursos pontificales del Concilio. El espíritu de apertura y diálogo, de acogida benévola al mundo, sin entrar en cuestiones de especialistas, abogaba por esta teología nueva venida de determinados centros teológicos, o, al menos, era un aliento para que triunfara esta teología que había dado torturas a un grupo selecto de teólogos.
Hagamos memoria de algunos puntos de aquel discurso histórico de apertura, clave hermenéutica del Concilio.

El nacimiento del Concilio. Ante todo el Papa, en su discurso “Gaudet Mater Ecclesia” quiso dejar muy claro para la historia la forma sencilla, limpia y pura de cómo había nacido el Concilio, lo que de una manera del todo personal había escrito en su Diario del alma. Es un discurso que había preparado en el retiro espiritual que hizo precedente al Concilio.
Decía:
“Cuanto a la iniciativa del gran acontecimiento que hoy nos congrega aquí, baste, a simple título de orientación histórica, reafirmar una vez más nuestro humilde pero personal testimonio de aquel primer momento en que, de improviso, brotó en nuestro corazón y en nuestros labios la simple palabra "Concilio Ecuménico". Palabra pronunciada ante el Sacro Colegio de los Cardenales en aquel faustísimo día 25 de enero de 1959, fiesta de la conversión de San Pablo, en su basílica de Roma. Fue un toque inesperado, un rayo de luz de lo alto, una gran dulzura en los ojos y en el corazón; pero, al mismo tiempo, un fervor, un gran fervor que se despertó repentinamente por todo el mundo, en espera de la celebración del Concilio”[15].
Esta consideración del lugar espiritual en que nace el Concilio no es una parénesis para acogerlo con ánimo benévolo. En la perspectiva de esta “lectio inauguralis” debemos considerarla como el lugar teológico matriz para pasar a interpretar el Concilio desde donde ha nacido.
En la escena de la confesión de Cesarea Jesús dice a Simón: “¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (Mt 16,17). La mesianidad de Jesús no está al alcance de la carne y de la sangre: solo Dios puede darla a conocer. La mesianidad de Jesús no puede ser alcanzada por una demostración académica, es de otro orden y de otro plano de conocimiento.
El Concilio no nace de una reunión de trabajo, de una investigación académica o de cosa parecida; ha venido sencillamente de otra órbita, de una inspiración espiritual. Ese momento espiritual en que nace el Concilio, es “norma mentis” para seguirlo e interpretarlo. Dicho con otras palabras: Una interpretación no santificante de la letra del Concilio, no es una interpretación genuina del mismo. Parece como si igualáramos la hermenéutica del Concilio con la hermenéutica de la Biblia y con la hermenéutica de  la En carnación. Tanto la Biblia como la Encarnación son santificadoras, y desde el hontanar de ambas oralidades hay que vivirlas e interpretarlas. No es adecuadamente igual, pero vamos por esa línea. En suma, si el Concilio, como palabra viviente de la Iglesia no me santifica – no nos santifica – no nos sirve.
Obviamente en los entresijos del Concilio hay contrastes, luchas, tensiones, decepciones…Un simple ejemplo con respecto a la gestación del texto sobre la libertad religiosa. En España se había firmado en 1953 el Concordato entre la Santa Sede y el Gobierno, que parecía ser modélico para que lo imitaran otros país. Según tal concordato la religión católica era la religión era la religión oficial del estado español. Esto caía por tierra, según la nueva concepción de libertad religiosa. Observemos cómo el obispo Jacinto Argaya ve la situación desde dentro del Concilio.
(19 noviembre 1964). “Regreso del vaticano lleno de preocupación. La sesión ha sido dramática, de grande emoción… Ha tomado la palabra el cardenal Tisserant. Ha dicho que a petición de algunos Padres, se retira hasta la IV sesión la discusión sobre el esquema de Libertad religiosa… Los obispos colindantes, por lo que yo veía y oía, atribuían la decisión dilatoria de Tisserant a la intervención de los españoles, a la que se han sumado otros 200 obispos. Salgo de la Congregación preocupado y entristecido. Probablemente, el episcopado mundial, en su mayoría, cargará a nuestra hispánica intolerancia – así la llaman ellos – esta decisión que es del Consejo de la Presidencia, y aumentará la prevención y el distanciamiento entre muchos de ellos y nosotros”[16]
Un Concilio que quiere abordar la modernidad con optimismo, sin prestar oído a los profetas de calamidades. “En el cotidiano ejercicio de Nuestro ministerio pastoral llegan, a veces, a nuestros oídos, hiriéndolos, ciertas insinuaciones de algunas personas que, aun en su celo ardiente, carecen del sentido de la discreción y de la medida. Ellas no ven en los tiempos modernos sino prevaricación y ruina; van diciendo que nuestra época, comparada con las pasadas, ha ido empeorando; y se comportan como si nada hubieran aprendido de la historia, que sigue siendo maestra de la vida, y como si en tiempo de los precedentes Concilios Ecuménicos todo hubiese procedido con un triunfo absoluto de la doctrina y de la vida cristiana, y de la justa libertad de la Iglesia.
Nos parece justo disentir de tales profetas de calamidades, avezados a anunciar siempre infaustos acontecimientos, como si el fin de los tiempos estuviese inminente. En el presente momento histórico, la Providencia nos está llevando a un nuevo orden de relaciones humanas que, por obra misma de los hombres pero más aún por encima de sus mismas intenciones, se encaminan al cumplimiento de planes superiores e inesperados; pues todo, aun las humanas adversidades, aquélla lo dispone para mayor bien de la Iglesia”.
La tarea del Concilio que no aborda u a herejía en particular, sino que busca una actualidad de la fe. “La tarea principal de este Concilio no es, por lo tanto, la discusión de este o aquel tema de la doctrina fundamental de la Iglesia, repitiendo difusamente la enseñanza de los Padres y Teólogos antiguos y modernos, que os es muy bien conocida y con la que estáis tan familiarizados.
Para eso no era necesario un Concilio. Sin embargo, de la adhesión renovada, serena y tranquila, a todas las enseñanzas de la Iglesia, en su integridad y precisión, tal como resplandecen principalmente en las actas conciliares de Trento y del Vaticano I, el espíritu cristiano y católico del mundo entero espera que se de un paso adelante hacia una penetración doctrinal y una formación de las conciencias que esté en correspondencia más perfecta con la fidelidad a la auténtica doctrina, estudiando ésta y exponiéndola a través de las formas de investigación y de las fórmulas literarias del pensamiento moderno. Una cosa es la substancia de la antigua doctrina, del "depositum fidei", y otra la manera de formular su expresión; y de ello ha de tenerse gran cuenta —con paciencia, si necesario fuese— ateniéndose a las normas y exigencias de un magisterio de carácter predominantemente pastoral”.
Juan XXIII popularizó en nuestras la palabra aggiornamento, que expresa de modo directo lo que nosotros decimos con la expresión de “ponerse al día”.
El valor espiritual de este discurso podríamos verlo en el testimonio de un hombre de cultura, muy significado en Francia, Francois Mauriac. En octubre de 1962 él concluía su relato autobiográfico en el que narraba su propio camino hacia la fe. Escribía:
“… el papa Juan XXIII ha pronunciado las palabras de misericordia que yo siempre he deseado de Roma y las ha dicho y las ha dicho en presencia de nuestros hermanos separados. En medio de tanto esplendor glorioso él ha sabido casi desaparecer, de tal manera que, a través del anciano, es el Espíritu mismo, el Espíritu de amor y consuelo, el que ha hablado al mundo… por primera vez, después de mi juventud, el Espíritu se manifestaba, al menos a mí, visiblemente. La única fuerza que puede dominar por encima de cualquier otro poder, hoy se encuentra en Roma. Pedro ya no es un anciano aislado. Lo veo rodeado de todos sus hijos, incluso de aquellos que le habían pedido su parte de la herencia y se habían alejado de él. Y, he aquí que él ya no pronuncia anatemas, no maldice, y todas las naciones voltean sus miradas hacia la proa de la vieja barca, asombrados ante la aparición de este pescador de hombre”[17]

La dinámica de santidad como clave profunda de interpretación del Concilio

Justamente en esa dinámica de santidad tenemos otra clave de interpretación de los textos: la sucesión de papas santos que han seguido al Concilio. No ha sido así en otros Concilios. He aquí la santidad públicamente reconocida de unos Papas singulares

- El Beato Juan XXIII (1959-1964)
- El Siervo de Dios Pablo VI (1964-1978)
- El Siervo de Dios Juan Pablo I (1978): 33 días de pontificado.
- El Beato Juan Pablo II (1978-2005)
- El actual Papa Benedicto XVI (2005)

La santidad de la divina inspiración que lanzó el Concilio y la santidad de los papas que lo han proseguido no son extrínsecas al texto, dado que la Iglesia no se construye sobre la razón pensante, sino sobre la acción el Espíritu.
Cuando Urs von Balthasar, teólogo no llamado al concilio, cuya importancia se descubrió más tarde, obtuvo el primer premio Pablo VI, en el discurso pronunciado ante Juan Pablo II, aseguró que el peor mal acaecido a la Iglesia desde el siglo XVI había sido la separación entre teología y espiritualidad. La teología, en efecto, solo la pueden hacer los santos.

A la santidad de los papas que han seguido al Concilio hay que añadir la santidad, la fidelidad, de los que han labrado la teología operante en el Concilio. Los teólogos en punta, en un tiempo vistos con recelo por la Curia Romana, que han sido los hombres del Concilio. Algunos han sido honrados con el cardenalato

Juan XXIII ha querido una cruzada de oración y penitencia, como fuerza operadora del Concilio; la oración de los sacerdotes, de los niños, de los laicos… Y esto de ninguna manera es una  táctica de un “bien queda”, sino una convicción firme de las cosas de Dios. En realidad el Papa promovió personalmente, con múltiples documentos, una auténtica “cruzada de oración” por el Concilio[18]


Segunda clave: Ningún dogma nuevo, pero sí una teología nueva 

Los Concilios han sido convocados por necesidades concretas, y con frecuencia la necesidad concreta era al clarificación de un dogma, cristológico o trinitario.
El Concilio de Trento fue convocado por la necesidad de poner orden en la fe, resquebrajada por los innovadores. Los cánones del Concilio serán pronunciamientos en vista de clarificar la fe, con las debidas acotaciones, y esto con la fórmula consagrada, que perdura en el Vaticano I: Si quis dixerit…, anathema sit.
La Iglesia a finales del siglo XIX y principios del XX ha de afrontar el modernismo, que fue definido de modo vago como “suma de todas las herejías”, condenado en la encíclica Pascendi dominici gregis (S. Pío X, 8 septiembre 1907).
En el Vaticano II no se aborda puntos concretos que hubiese que condenar, ni se define ningún dogma.
Y sin embargo trae una revolución teológica que ningún Concilio anterior la había traído. Nuestro[19] hermano capuchino profesor en el IFFTIM de México, doctor en Teología por la Gregoriana, ha reflexionado sobre la Teología del Concilio, lugares en los que se ha gestado y resultados que ha traído en sus grandes temas: Una teología nueva para un concilio nuevo.
De los 16 documentos (constituciones, decretos, declaraciones), los cuatro principales son Dei Verbum, sobre la divina revelación; Lumen gentium, sobre la Iglesia; Sacrosanctum Concilium, sobre la liturgia; y Gaudium et spes.
El documento más dogmático de todos es la constitución Dei Verbum, que entra en el aula a poco de comenzar los trabajos en la primera sesión, y no es aprobado sino veinte días antes de terminar el Concilio. Allí se debatían los conceptos claves para hacer teología:
- Qué es la Revelación.
- Qué es la Escritura, y en especial los Evangelios.
- Qué es la Tradición.
- Qué es el Magisterio.
Después de haberse aprobado este central documento, ya no podíamos usar los manuales teológicos que antes estudiábamos. Escritura y Tradición, dos Fuentes de Revelación. Lo que no estaba en la Escritura, por ejemplo la Asunción de María, estaba en la Tradición. La Tradición completaba cuantitativamente la Escritura. Esta enseñanza simple – o simplista – caía por tierra. Escritura y Tradición no son dos fuentes distintas y complementarias. Ni siquiera dos cauces separados de una fuente original. Es una fuente y un cauce: la Tradición es cauce y sin cauce no hay agua que fluya. La Escritura solo existe en la Tradición; en definitiva, solo la Tradición selecciona la Escritura, sólo en la tradición se puede autentificar la inspiración y el canon.
El Concilio llega a esta formulación: “lo que enseñaron los Apóstoles encierra todo lo necesario para que el Pueblo de Dios viva santamente y aumente su fe, y de esta forma la Iglesia, en su doctrina, en su vida y en su culto perpetúa y transmite a todas las generaciones todo lo que ella es, todo lo que cree” (Dei verbum, 8).
He aquí, pues, la definición de la Tradición en un concepto totalitario y dinámico: la Iglesia, en su doctrina, en su vida y en su culto perpetúa y transmite a todas las generaciones todo lo que ella es, todo lo que cree.
El P. Congar, en otro tiempo sospechoso y perseguido y que terminó siendo Cardenal, podía dar saltos de contento, porque esta era su doctrina, la fórmula que él había creado.
Y ¿qué decir del magisterio? Congar es acerado, cuando abriendo su corazón de par en par a su madre, mujer culta, y hablando como solo en suma confianza se puede hablar, estigmatiza la forma de entender el magisterio del sublime Papa Pío XII, cuya santidad sería insensato el negarla. Habla así con el corazón desgarrado, desde el exilio, sangrando por la herida: “El papa actual, sobre todo desde 1950, ha desarrollado, hasta la manía, un régimen paternalista consistente en que él, y solo él, dice al mundo y a cada uno lo que hay que pensar y cómo hay que actuar. Pretende reducir a los teólogos al papel de comentaristas de sus discursos…”[20].
El Concilio dirá una evidencia, pero quizás en la praxis no se toma como tal: “Este Magisterio, evidentemente, no está sobre la palabra de Dios, sino que la sirve…”. Y concluye el párrafo, reafirmando lo que en sí mismo es evidente: “Es evidente, por tanto, que la Sagrada Tradición, la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia, según el designio sapientísimo de Dios, están entrelazados y unidos de tal forma que no tiene consistencia el uno sin el otro, y que, juntos, cada uno a su modo, bajo la acción del Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de las almas” (Dei verbum, 10).
Esta “teología nueva” no puede llamarse porque los contenidos hayan cambiado, sino porque los acentos, el estilo, el aire son distintos, cosas que no afectan a la mera superficie estética de la exposición teológica, sino íntimamente al modo de afrontar la verdad. Se trata, por tanto, de un cambio cualitativo en el lenguaje tradicional de la teología. Es de sospechar que las consecuencias nos puede llevar todavía bastante lejos.


Tercera clave: El nuevo modo de la teología, Historia salutis al amparo de la Biblia.

La teología que alimentaba a la Iglesia en los años precedentes al Concilio era enormemente especulativa. Se toma el dato revelado como un totum fijo que hay que analizar. De hecho ese dato, como procedente de algo eterno e inmutable, que ahí para la consideración de los siglos aplicándole los mejores sistemas filosóficos que se encuentre, dentro, claro está, de la ortodoxia.
Pero el dato revelado, como tal, una vez alcanzado es un dato que rebasa el tiempo. La Teología como tal, ciencia del saber humano, es una especulación del misterio.
Ahora bien, como la nueva sensibilidad ante la Sagrada Escritura, aceptamos que al plataforma de la teología, y por lo tanto del teólogo, como culto pensante, es la Historia salutis. Dios se revela no atemporalmente, sino dándose en el devenir del peregrinaje humano. Ese es el Dios de los profetas y el Dios de los sabios de Israel.
Es cierto que el teólogo toca algo transcendente, pero lo mismo de cierto es que el mismo dato transcendente nos llega – y no puede llegar de otra manera – sino por la historia contingente.
La revelación es, pues, historia de salvación, Historia salutis. Y no solo como proceso generativo de comunicación, que va extendiéndose, adentrándose; sino también porque Dios, al ser iluminado en nuestra razón, Él mismo está donándose, está en trance de donación. La revelación – y, en consecuencia, el pensamiento sobre la revelación – es historia de salvación, historia de amor.


Cuarta clave: Las conquistas de la nueva Teología.

Llegados a este punto podemos examinar los frutos del Concilio. Los cuales frutos, la ubérrima cosecha del Concilio, que da un nuevo rostro a la Iglesia, son al mismo tiempo, visto en su conjunto, clave misma de interpretación de todo el evento conciliar. Un principio de la filosofía y del buen sentir nos dice que las partes se interpretan desde la inspiración del todo. Es la analogía de la realidad del ser que pasa a ser analogía de interpretación.
En virtud de ello, la recta interpretación del Concilio, en ocasiones, supera a lo que materialmente era la letra del Concilio.
Dos ejemplos. El hecho de la misa en lengua propia como lengua del culto del pueblo de Dios ha superado la mera normativa de la letra del Concilio que sigue siendo cautelosa.
El sentido de la liturgia de las horas, a la que todo bautizado tiene acceso en virtud de su consagración bautismal, excede igualmente a la concepción canónica en la que todavía se mueve la teología del Concilio.
En suma, el Concilio, en fidelidad a sí mismo, como fuerza germinal se supera a sí mismo.

1. La identidad íntima de la Iglesia (Ecclesiam suam): presencia y tradición

En el Concilio, al abordar la Iglesia, se introduce el concepto clave de “pueblo de Dios”, y esto no con un afán sociológico, sino por la necesidad interna de completar visiones que, siendo verdaderas, no dejan de ser fragmentarias.
El misterio de la Iglesia, que siempre será misterio, tiene refracciones o reflejos diferentes, y hay dos polos o claves que insinúan diferentes perspectivas:
- Uno, la Iglesia misterio arquetipo, como la contemplan las Cartas de la cautividad.
- Otro, esa Iglesia cotidiana, que continúa el Pueblo de Dios en el Antiguo Testamento, que está representada en la solicitud por todas las Iglesias, y que tiene su realidad visible en los avatares continuos, como nos la representan, por ejemplo, las cartas paulinas. Es el concepto de Iglesia “sancta et Semper reformanda”.
En esta visión cuadran conceptos nuevos,
- el diálogo, que no es concesión, sino necesidad;
- la corresponsabilidad;
- la colegialidad;
- la fraternidad.
La honda fraternidad en los discípulos de Jesús crea un planteamiento nuevo para el ecumenismo, bien sea con los cristianos de Oriente, o con los cristianos venidos de la Reforma.
El enfoque del ecumenismo cambia de raíz, que ya no se trata tanto de que los que se fueron vuelvan a casa, sino de que todos volvamos a Cristo, reconociendo con humildad las culpas y pecados que a todos nos atañen.

2. Centralidad dinámica y sustentante de la Escritura

El Concilio en la Dei Verbum ha grabado una frase decisiva, que es un criterio clave y fundante del quehacer teológico. Dice: “Por eso el estudio de las sagradas Escrituras ha de ser como el alma de la teología”[21]. No es algo que invente el Concilio. El principio lo había recalcado León XIII en la Providentissimus Deus (1893)[22]. Y, no obstante, durante decenios en el método teológico imperante, el uso de la Escritura ha servido más bien como apoyo de la teología especulativa, casi se dirían como “dicta probantia” a las tesis previamente establecidas por la dogmática, aclarando que la Escritura está de acuerdo con esto que voy exponiendo, que incluso lo confirma.
Tengamos limpieza de conceptos. Decir que el estudio de las sagradas Escrituras debe ser como el alma de la teología, no es decir
1) que la teología se acaba en la Escritura,
2) ni que la teología sea la exposición del pensamiento de Isaías teólogo, de Pablo teólogo, de Juan teólogo.
No es esto: la exégesis tiene su propio método, y la teología el suyo, sin que se interfieran, ni mutuamente se anulen.
El teólogo es el hombre del pensamiento sobre el dato revelado. No es un  repetidor de lo que está dicho; es un constructor de todo un sistema de pensamiento, que lo sustenta con los mejores logros que ha alcanzado la filosofía, que se cerró con Aristóteles y Platón, con los medievales, con las grandes cabezas pensantes de la historia filosófica de Europa. Kant y posteriores. La filosofía sigue y seguirá.
Ahora bien, el pensador cristiano toma los datos de la fe de lo que transmite la Escritura. Por ejemplo, un tratado sobre Dios no es un tratado filosófico de teodicea. De la Escritura no nace una teodicea, sí una teología. El Dios revelado es alianza, lo cual pudieron decirlo ni Aristóteles ni Platón. Pero, al partir del principio revelado de que Dios es Alianza, yo no me puedo quedar en lo que han dicho de la Alianza ni el Deuteronomio, ni Jeremías ni Ezequiel, tengo que trabajar con una red de pensamiento, con una filosofía, que ellos no poseían, y que hoy a nosotros nos urge. Esto es lo fascinante de la teología como creación de pensamiento; pero el teólogo no puede marginarse de la Escritura, porque esa es su patria de origen.
La Escritura impregna todo, sin que queramos hacer un tejido de citas bíblicas nuestra exposición.
Ejemplo al canto es la constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo, donde la inspiración es bíblica, pero la exposición evita, en lo posible, el recursos erudito a la Biblia, que, incluso, entorpecería la transparencia del mensaje.
La tarea que queda por delante no es la valla de un trabajo terminado; es una tarea que siempre estará en curso en la Iglesia.


2. El estatuto del laico: dignidad, responsabilidad, santidad

Es claro que la configuración de la Iglesia ha tenido un recio corte clerical. Los clérigos han sido los depositarios de la teología, y los detentores del ejercicio del poder. Y pienso, que en mi intención mis palabras tengan nada de revanchismo que la imagen que se sigue proyectando en nuestro entorno en México transpira este espíritu. Y pienso – repito que con humildad – la educación que se infunde en el seminario va por ahí. El sacerdote sigue teniendo mucho de “el señor cura”; el fiel laico sigue siendo un fiel colaborar a las órdenes, porque la jerarquía es de institución divina y el laico se define precisamente como no jerarquía.
Con todo, hay una definición primaria de la Iglesia antecedente a la propia estructuración jerárquica. La Iglesia es la comunidad de los discípulos del Señor. Esta definición carismática revela mejor el alma de la Iglesia que la definición jurídica jerárquica.
Y esta – y no otra – tendría que ser la que nos diera la pauta de comportamiento en la Iglesia, si nos atenemos a la presentación de carismas que hace san Pablo. El carisma de la profecía es más importante que el carisma de gobierno. Entre otros carismas – insistiremos luego – está el carisma del teólogo, no asociado a la jerarquía, ni al género hombre o mujer.
El Concilio ha puesto en resalte el estatuto del laico, que lo hemos de identificar no como agente operativo de apostolado, sino radicalmente en su puro ser cristiano. De nuevo traemos el sabio principio de filosofía: operari sequitur ese, el obrar sigue al ser. El estatuto del laico, es decir, del miembro del láos tou Theoú es este:
- ser en Cristo Jesús, con su entidad y dignidad; con la plena llamada a la santidad. De ninguna manera el laico es cristiano de segunda categoría. Es lo que es y lo es totalmente.
- operar desde Cristo Jesús.
El Espíritu del Señor puede colmarle de sus dones y la Iglesia ha de reconocerlos.
Es comprensible que oscuramente, en un estrato subyacente, operen en nosotros ciertas reticencias no confesadas, y quizás ni formuladas. Hay que recurrir a la vida de los santos para reconstruir ciertos principios teológicos. Véase, por ejemplo, el caso de Concepción Cabrera de Armida (1862-1937), esposa y madre de familia, inspiradora de las obras de la Cruz: su alta mística y su vida matrimonial caminaron en unidad[23].


4. Encuentro con el mundo

La palabra “mundo” es ambivalente. Esto ocurre en la Escritura e, incluso, en un mismo autor. San Juan dice: “No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si algo ama al mundo no está en él el amor del Padre” (1Jn 2,15). Y en el Evangelio joánico escuchamos: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16).
Esta paradoja es inherente a la fe, y arranca de los mismos textos de la predicación de Jesús. Pero, siendo la verdad poliédrica, como lo es, la Iglesia, muy marcada por la espiritualidad monástica de la “fuga mundi”, requería una rectificación de óptica para apreciar la bondad de lo creado, volver a sanear su mirada, tomándola, por contagio, de aquella primera mirada de Dios sobre todo lo que había creado, que era buen, incluso muy bueno. “Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno” (Gn 1,31).
Este reencuentro con el mundo ha hecho posible la constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual, Gaudium et spes.

5. Orientación de la misión

El Concilio ha afrontado la misión de la Iglesia. Ante todo, como nunca se había hecho anteriormente, se ha puesto atención en el valor intrínseco de las religiones que son, en sí misma, por la providencia de Dios caminos verdaderos de salvación. El recelo y la enemistad se han cambiado en apertura, simpatía y diálogo.
En tiempos pretéritos esto habría sido traición. Y hoy es camino, y no camino alternativo, libres de elegir un procedimiento u otro, sino camino a seguir los cristianos. Por ejemplo, el diálogo con el Islam. No puedo entrar en diálogo con el mundo musulmán, si no parto de un profundo aprecio al Corán, como libro santo de salvación, y no estimo cordialmente los grandes valores espirituales de esta religión, que alimenta quizás a una quinta parte de la humanidad.
Todo grupo humano que busca a Dios es depositario de lo que san Justino llamó “semina Verbi”, las semillas del Verbo, que el concilio en las últimas redacciones del documento “Ad gentes”.
Además de esto, la misma misión en el interior de la Iglesia ha cambiado de perspectiva, con definitivas consecuencias para las órdenes misioneras. El “ius commissionis” era el régimen de las misiones que ha estado vigente en los siglos XIX y XX, época dorada de los institutos misioneros. La Iglesia confiaba a tal o cual orden la gestación de una cristiandad, y esta orden, con heroicos sacrificios de los misioneros, se sentía la protagonista de esas brillantes hazañas. Se diría que “las misiones” desaparecen ante la misión de la Iglesia. La vida cristiana comienza con la evangelización, primera evangelización, pero apenas la fe echa raíces, surge la Iglesia autóctona, como porción de la Iglesia universal, y los misioneros extranjeros vienen en ayuda de esa obra de salvación que Dios va realizando con principios humildes. Es el “ius mandati”: un mandato de ayuda que se confiere al misionero enviado para ayudar.



(SEGUNDA  PARTE:
LA IGLESIA DE CRISTO, MI IGLESIA)


1. Las convulsiones que han seguido al Concilio: Hora inédita de la Iglesia.

1. Es claro que en el panorama de la vida interna de la Iglesia una enorme convulsión ha seguido cronológicamente al Concilio. Sería falso – acrítico, ro de pronto – aplicar un principio de “post hoc, ergo propter hoc”; es decir: “después de esto, luego a causa de esto”, como si hubiera una relación de causa y efecto, medida únicamente por el tiempo.
Cualquier filósofo dirá que esto no es así; lo que sí es cierto que en esos intervalos se han dado una serie de fenómenos causadores de determinados efectos producidos. Tratemos de dar algunos indicadores.
Renovación y desintegración. El Concilio despertó en la Iglesia, ante todo, una gran esperanza. Un clima de grandes ilusiones ensanchaba los corazones, y se pusieron en marcha proyectos nuevos. Se respiraba una fragancia de vida; nuestro futuro era la vida como tal. Y eran proyectos lanzados con gran dosis de generosidad. La vida religiosa es una plataforma privilegiada de observación, porque justamente, por definición, hace falta ser generoso, muy generoso, ayer y hoy para lanzarse por el camino del seguimiento; solo los idealistas tienen pase.
Y veíamos cómo desde la base surgían iniciativas en líneas múltiples, que puedo indicar en tres direcciones:
- iniciativas de vida de oración;
- iniciativas de vida fraterna, fraternidades nuevas, que se las quería llenas de sencillez, pobreza y sinceridad;
- iniciativas de solidaridad con el mundo circundante, con la llamada opción preferencial por los pobres.
Todo esto es cierto, y, rompiendo viejos esquemas consagrados por la vida y santidad de siglos, hay que valorarlo radicalmente en positivo.
Pero nosotros mismos podíamos ser víctimas de nuestros propios discursos. Por una dinámica de existencia, que hasta resulta imposible analizar, por un imponderable de la evolución vital, aparece dentro, muy adentro, ese fenómeno seductor de la secularización.
Los años setenta fueron los más representativos de esa eclosión que se produjo, de eso que luego pudo verse como una desintegración. En la Iglesia el fenómeno más marcado, y diríamos estridente, fue el de la secularización de sacerdotes, y dispensa de votos de millares de profesos perpetuos, hombres y mujeres. Sesenta mil sacerdotes renunciaron al ministerio que un día prometieron con sinceridad y vibración juvenil.
Por decirlo con un ejemplo muy concreto. Yo recibí la ordenación sacerdotal en 1960; al cumplirse mi Jubileo de 50 años (año 2010), escribí un libro memorial, contando, desde una mirada sacerdotal, mi propia vida y la vida de mi entorno. Resultaba que en esos cincuenta años en mi Provincias – gloriosa otros tiempos por su empuje, por su ciencia y santidad, por sus empresas apostólicas allende los mares – había recibido la ordenación sacerdotal 119 hermanos, si bien el carisma se iba apagando poco a poco, y en los últimos quince años, desde 1995 hasta el 2010 (y hasta hoy), nadie se había ordenado y nadie había a la espera. Estadística en mano conté que de esos 119 sacerdotes, 37 había dejado el sacerdocio. Mi respeto y consideración de cada uno en particular, pues queda fuera de mi competencia pronunciar una frase de rechazo por nadie[24].
Pero lo que es obvio es que este fenómeno nunca se había dado anteriormente. En cincuenta años precedentes quizás había abandonado el sacerdocio dos o tres, y eso en un colectivo muy alto. Este episodio que yo cuento de mi propia área es la historia repetida en tantas diócesis, en tantas provincias religiosas. La desbandada sacerdotal era, de hecho, una desintegración, que dejaba una herida muy dolorosa.
A veces se escuchaba: ¿Qué nos pasa? ¡Se nos van los mejores!


2. La avalancha de lo secular, con su valor específico propio, ha propiciado que se aflojara la referencia a lo absoluto y sobrenatural como determinante inmediato que debe gobernar la conducta humana.
Se entiende que uno que ha vivido lo sobrenatural como elemento absorbente de su vida, al pisare se terreno de los secular con su valor propio, quiere desembarazarse de comportamientos antiguos, que amenazan la nueva libertad que se ha conseguido.
Antes era normal en el pensamiento que un estado, por meras razones históricas, se presentara como estado confesional. Como esto ha caído por tierra en el panorama del pensamiento humano, el estado aconfesional  - opción en sí misma laudable – pasa a ser estado laicista, excluyente de todo tipo  de manifestación religiosa.
Lo secular se cambia en secularismo, que responde a unos impulsos muy íntimos de la naturaleza dañada del hombre. Y fácilmente se aminora la capacidad crítica de la propia situación. De hecho, la cultura de hoy es víctima de múltiples dictaduras de pensamientos en boga.

3. Lo cual ha traído la crisis de los valores tradicionales que habían conformado secularmente la civilización; por ejemplo, y como principal de ellos, la familia, y el comportamiento sexual en torno a los componentes de la familia.
No hay un gran principio orientador de la vida humana, que no pueda ser falsificado y deformado por medias verdades que generan. El principio de la propia autonomía es clave para forjar el futuro de la persona y de la comunidad social; pero igualmente contemplamos que el mal uso de la libertad degenera en libertinaje, y el libertinaje, elevado a rango de principio, es fuente de todo desorden. El libertinaje o permisividad es el inicio de la ruina.
La naturaleza va haciendo por sí misma una selección de los mejores, a los cuales se les otorga, de modo espontáneo, la autoridad moral a la cual ellos mismos se han hecho acreedores. Si violentamos el curso de la naturaleza, apelamos al principio de que todos somos iguales, y de que en consecuencia nuestra voz vale lo que vale un número, entonces caemos a merced de una fuerza que se impone, no la fuerza de la verdad, sino la fuerza de la política, abierta a toda habilidad y manipulación.
Como el concilio fue una revisión a fondo y un cambio, hemos padecido un “totum revolutum” nada propicio para la serenidad y el discernimiento con el magisterio de los más dignos.

4. El principio de que “todo es relativo” y “todo es cuestionable” ha desbancado valores tradicionales, sin lograr, de pronto, afirmar nítidos los nuevos valores alternativos y la pedagogía que estos valores requieren.
Nos hemos visto con las raíces al aire. Y esto ha producido una gran desorientación; un desamparo.

5. Se comprenden, pues, las reacciones “per oppositum”. La más significativa ha sido el cisma de la Fraternidad Sacerdotal S. Pío X.

“La Fraternidad Sacerdotal San Pío X es una congregación fundada en 1970 por S.E.R. Mons. Marcel Lefebvre, Arzobispo, Obispo emérito de Tulle. El fin especial de nuestra congregación es mantener viva la Tradición de la Iglesia en su doctrina, en el Santo Sacrificio del altar, en los sacramentos, en su liturgia, en su moral, en su devoción frente a los cambios que vieron la luz en la iglesia con ocasión del concilio Vaticano II.
La FSSPX está presente en los cinco continentes y cuenta con más de 500 sacerdotes, y numerosos religiosos y religiosas.
Los cuatro Obispos consagrados por Mons. Lefebvre en 1988 confieren el sacramento del Orden y de la Confirmación a los fieles que deseen conservar la integridad y pureza de la fe y de la caridad”[25].
Como es sabido, el Papa Juan Pablo II impuso la excomunión a los cuatro obispos consagrados por Marcel Lefebvre, sin mandato canónico; comunión luego levantada por Benedicto, en vista a ver si se puede llegar a un acuerdo mediante alguna prelatura personal u otra forma canónica. El diálogo nos e ha concluido y se muestra harto difícil. En el Capítulo General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, celebrado en Econe, junto a la tumba del Fundador, en la declaración oficial, se decía:
“Sobre todas las innovaciones del Concilio Vaticano II que permanecen manchadas de errores y sobre las reformas que de él han salido, la Fraternidad sólo puede continuar adhiriendo a las afirmaciones y enseñanzas del Magisterio constante de la Iglesia; ella encuentra su guía en este Magisterio ininterrumpido que, por su acto de enseñanza, transmite el depósito revelado en perfecta armonía con todo lo que la Iglesia toda ha creído siempre y en todo lugar”[26].
¿Quién va a dudar de que hay gravísimos hechos concretos que han provocado la reacción de Mons. Lefebvre? No obstante, su toma de postura de ninguna manera es aceptable[27].
Como bien se sabe, el Papa ha querido hacer lo posible – y lo imposible, diríamos – por sanar esta gravísima herida y reintegrar a los hermanos así doloridos y escindidos. El proceso está en curso.


2. Claves epistemológicas

Ante un fenómeno de tal magnitud, como ha sido el Vaticano II, con unas circunstancias no menos transcendentales que el Renacimiento, aquel humanismo de los siglos XV y XVI, nuestros pensamientos quedan como parpadeantes, por no decir perplejos. Nos bajamos de todo tipo de dogmatismo – que es como un despotismo de la verdad impuesta – para proceder con humildad a fin de ser dignos de escuchar la verdad.
Modestamente diré que todo el fenómeno del Concilio, como hurarán de gracia, para ser asumido y profundizado, requiere como una especial epistemología, si así pueblo, una especial sabiduría acerca de qué es el conocimiento y como se alcanza.
Ya dijo Mahatma Gandhi, en el prólogo de su autobiografía, que hay que ser más humilde que el polvo que pisan nuestros pies para ser dignos de la verdad.
Ahí está el texto del concilio; y ahí está la lectura del Concilio, como si la verdad se desdoblara. ¿Es que es cosa distinta lo que está escrito ahí de lo que yo leo de estas páginas para siempre grabadas por la imprenta? No son cosas distintas, pero sí dicen los expertos del lenguaje que desde el momento en que el escritor publica su obra, entrega a todos lo que él ha concebido, él pierde su propiedad absoluta para hacer que el libro sea nuestro, y entonces la lectura de un escrito se convierte automáticamente en una lectura creadora.
A mi modo de ver, la verdad – la verdad en sí, la verdad depositada en los libros – está configurada por tres condiciones inherentes a ella misma
1) La verdad es sinfónica. Lo que da la sinfonía a la verdad, la armonía de fondo, es la vida. La verdad es sinfónica porque va acordada con la vida. Al fin, toda verdad es una manifestación de la unidad de la vida.
2) En segundo lugar, la verdad es paradójica; revela aspectos que uno de pronto no los había captado. Aspectos reales, que estaban dentro, pero no percibidos antes, y al descubrirlos, nos resultan novedosos y sorprendentes. En suma, que la verdad es tan sinfónica como paradójica.
3) Y en tercer lugar, la verdad es histórica; es siempre verdad encarnada, por muy abstracta que aparezca, porque es verdad para el hombre, y el hombre es historia: amanece en la historia, vive en la historia, muere en la historia.
Todo esto sirve de preámbulo para ser clementes con los que interpretan el Concilio, de izquierdas o derechas, si, en efecto, su interpretación lleva pasión de vida y quiere ser luminosa y sagrada.



3. El gozo de pertenecer a esta Iglesia

1. El gozo de pertenecer a la Iglesia no es una vivencia que nosotros tengamos que demostrar por vías racionales. No es ningún punto a argumentar; es simplemente algo a transparentarlo para que se vea. Tantas veces he dicho en mi vida que el amor, si existe, se ve. Se puede disimular momentáneamente mediante la cortesía, pero esta se gasta, y pronto aparece la realidad verdadera. El amor, y el gozo que el amor produce, que es su cara visible, se manifiesta en los ojos, en las palabras, en el entusiasmo, en las obras que uno emprende. Es, pues, por vía de testimonio.
Hay unas estadísticas que nos entristecen, es cierto. Pero, al hacer historia, contemplaciones situaciones que, aunque se hayan mantenido con resplandores de gloria, no lo eran en verdad. Presentar una Iglesia “fuerte ante el mundo” no es causa de íntimo gozo, sino de preocupación.

2. El reencuentro con la Iglesia suscita en nosotros una entusiasmante vocación eclesial. El “sentire cum Ecclesia” de los Ejercicios de san Ignacio se especifica con ejemplos que no dejan de ser chocantes.
Diciendo Iglesia, no negamos la institución, de la que yo soy parte – miembro agente y pasivo – pero nos trasladamos, más bien, a otra área: la Iglesia como comunidad de discípulos de Jesús, abiertos al mundo.
Y esto dilata nuestra alma, pues ya no se trata de obedecer a la Iglesia – santa Iglesia jerárquico – sino que, sin negar para nada la obediencia que debemos a nuestra madre, la conciencia eclesial que nos aporta el Concilio nos está impulsando a hacer algo hermoso por la Iglesia. El despliegue de nuestra personalidad es la Iglesia.
Soy Iglesia, no un empleado de la Iglesia, a quien debo respeto y sujeción. Soy un hijo de la Iglesia, a quien he consagrado mi corazón. La perspectiva es distinta.

3. La visión en la era presente. Para algunos pensadores audaces ante el panorama de la Iglesia y de la humanidad, el Concilio Vaticano II se ha agotado y ha dado lo que tenía que dar, y la alternativa en la hora presente es un nuevo Concilio, un Vaticano III, si el Concilio mira a Roma como Centro de la fe, o un Brasilia I (o quien sabe qué otro nombre u otro continente se escogerían).
Los problemas son nuevos y el mundo en 50 años ha sufrido una evolución tan acelerada que es necesario sentarse otra vez. Demográficamente el plantea ha doblado su población de entonces acá, la comunicación técnica nos ha facilitado increíblemente el encuentro en la pequeña aldea global, es cierto, y esto es el primer paso de lo que ha de ir viniendo. Llegará la hora en que los 7000 millones de seres humanos con un sencillo aparato sobre la mesas. Podremos vernos, hablarnos y saludarnos. Bastarán unos dígitos para estar de repente en África, Asia u Oceanía. La mujer, como presencia y protagonista del cambio constante, ha entrado en la historia. Todo esto ¿no pide el Concilio de una Era, que todavía no tiene nombre? Todo esto que añadiría espléndido párrafos a los números introductorios de la “Gaudium et spes”, a mi parecer, no pide un Concilio.
Pero sí pide una reflexión sostenidas por las mejores cabezas pensantes de los cristianos, y unos modos de encuentro universal, mucho más amplios que la hermosa institución de los sínodos, que han ido llevando adelante la paulatina transformación operada en la Iglesia: magnas asambleas en las que las mujeres tengan una voz profética y cálida, que debe oírse en el modo de sentir y pensar la Iglesia.


4. La fecundidad del Concilio

1. El concilio impone por sí mismo una tarea: conocerlo y actuarlo. La fecundidad del Concilio es el retorno a las Fuentes que nos ha un vigor nuevo. La vuelta a las fuentes es cosa bien distinta que lo que pretende una reforma. Reforma y renovación son dos conceptos bien diferentes. “Renovación” es volver a hacer algo nuevo, apoyados en la fuerza germinal que tienen los principios. Es lo que en la vida religiosa se ha llamado “fidelidad creativa”; esto no es una fidelidad repetitiva, que nos anquilosa.
Con la conciencia de que en el mundo se ha operado un profundo cambio de cultura que afecta a todos los aspectos de la vida, la Iglesia se ve emplazada a un relanzamiento de su vitalidad y energía, con una perspectiva por delante que es tanto más bella cuanto más se han dilatado los horizontes.

2. Puedo expresarlo con un punto muy concreto, capital en todo el designio que tiene la Iglesia como identidad y proyecto. Me refiero al ecumenismo. Lo que Dios nos tiene deparado, lo ignoramos.
Hay un camino recorrido, que ha sido inmenso. En pocos años se ha avanzado en las posiciones teológicas mucho más sin comparación que en varios siglos. A pesar de ellos, vemos que el mutuo respeto y las posturas teológicas pueden continuar anclados sine die, sin que el resultado del ecumenismo, que es la unidad invisible y visible, sea un objetivo logrado. Ya se ha hecho clásico que la unidad de los cristianos, de quienes confesamos a Cristo como Hijo de Dios y Salvador, ha de venir en el tiempo que Dios quiera y del modo que Dios quiera.
Con esa visual la perspectiva se nos antoja muy halagüeña. El ecumenismo ya no podemos condicionarlo al acoplamiento de nuestras tesis teológicas. Este ecumenismo, basado en la mente puede ser un ecumenismo sin salida.
Pero puede haber otro ecumenismo dictado por el corazón, sin traicionar la fe, que de pronto, nos haga encontrarnos gozosos y arrepentidos, sin tener que aguardar a que las diferencias doctrinales se clarifiquen del todo. Al fin, la verdad sigue al amor, no al revés…, que creo que nadie nos tachará de herejía por seguir este talante bonaventuriano. Si la vida de la Iglesia, fundamente sobre la muerte y resurrección de Jesucristo, es contemplar, ante todo, las maravillas de Dios (mirabilia Dei), la maravillas excelsa de Dios es la maravilla del amor. Y puede ocurrir que esto esté a la vuelta, sin que nos háyanse percatado de loq eu Dios iba haciendo entretanto. Puedo ocurrir que lo mismo que un Papa, sin haber premeditado antes, tuvo la inspiración de un Concilio universal, otro papa con la misma sabia ingenuidad y en abrazo con Patriaras y dirigentes de Comunidades, provoque – por el Espíritu – una Asamblea de todos los creyentes en al que nos reencontremos como hermanos y nos demos el abrazo de paz, desde siglos añorado.
La fecundidad del Concilio está en el secreto del Espíritu.

3. Pero ahí queda, de otra parte, el inmenso arsenal que como patrimonio de Iglesia nos ha ido enriqueciendo a todos estos años. Hagamos mención de algunos especialmente significativos:
- Los sínodos de obispos, como ejercicio de la Colegialidad, sínodos generales o particulares, que han ido seguidos de sus correspondientes cartas u exhortaciones apostólicas.
- Las encíclicas pontificias y, en particular, las encíclicas o cartas referentes a la cuestión social.
- La primavera eclesial que surge en América Latina, que tiene sus grandes exponentes en Medellín, en Puebla, en Aparecida. La Teología de la Liberación, que de alguna manera se inaugura en 1970 con el libro de Gustavo Gutiérrez (Teología de la Liberación), pese a sus ambigüedades es una alentada fresca de los pobres de la tierra, que, de por sí, son los más cercanos a los “pobres de espíritu”, los pobres evangélicos.

4. Queriendo enlazar pasado, presente y futuro los observadores desde América Latina hacen observaciones muy críticas que hay que tener bien en cuenta: 50 años desde el vaticano II mirados desde América Latina[28].


5. La misión en la hora presente

Seguramente que es prudente y exacto el diagnóstico que algunos observadores hace del panorama mundial presente: “Más allá de las buenas o males voluntades, más allá de las diferentes ideologías en torno al Vaticano II, hay que reconocer que hoy estamos ante un cambio de época, estamos entrando en una crisis de cultura mundial, no precisamente destructiva, pero sí de proporciones inéditas. Antropólogos, sociólogos, filósofos e historiadores reconocen que vivimos una situación nueva, una especie de tsunami y de terremoto global, que afectan a todas las dimensiones de nuestra existencia: sociales, económicas, políticas, culturales y también religiosas y espirituales”[29].

La Iglesia en este momento se prepara a celebrar el Sínodo de la nueva evangelización (octubre 2012), que será apoyado por el Año de la Fe.
Un documento, firmado por el secretario general, Nicola Eterevic, 2 febrero de 2011 da como lineamenta el panorama que presenta La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana. Este documento presenta siete escenarios para la acción evangélica de la Iglesia en el mundo.
Dice el documento que se trata de escenarios culturales, sociales, económicos, políticos y religiosos. Entresacamos frases del documento para describir los escenarios de la nueva evangelización.
52. El primero de todos, dada la importancia que reviste, es el escenario cultural de fondo. Este escenario ha sido descrito, en sus grandes líneas en el parágrafo precedente. Varias respuestas han subrayado enfáticamente la dinámica secularizadora que anima este escenario. La secularización, que se encuentra radicada en modo particular en el mundo occidental, es fruto de episodios y de movimientos sociales y de pensamiento que han marcado profundamente la historia y la identidad de dicho mundo occidental. La secularización se presenta hoy en nuestras culturas a través de la imagen positiva de la liberación, de la posibilidad de imaginar la vida del mundo y de la humanidad sin referencia a la trascendencia. En estos años, la secularización no tiene tanto la forma pública de discursos directos y fuertes contra Dios, la religión y el cristianismo, aún cuando en algún caso estos tonos anticristianos, antirreligiosos y anticlericales se han hecho escuchar también recientemente.
55. Junto a este primer escenario cultural, ha sido indicado un segundo escenario, más social: el grande fenómeno migratorio, que induce cada vez más a las personas a dejar el propio país de origen para vivir en contextos urbanizados. De esto deriva un encuentro y una mezcla de las culturas. Se están produciendo formas de desmoronamiento de las referencias fundamentales de la vida, de los valores y de los mismos vínculos a través de los cuales los individuos estructuran las propias identidades y acceden al sentido de la vida.
56. Al escenario migratorio, las respuestas a los Lineamenta han asociado estrechamente un tercer escenario, que influye en modo cada vez más determinante en nuestras sociedades: el escenario económico.
57. Un cuarto escenario indicado es el político. Desde el Concilio Vaticano II hasta el presente, los cambios que se han verificado en este escenario pueden ser definidos con justa razón “de época”.
58. Un quinto escenario es el de la investigación científica y tecnológica. Vivimos en una época que es todavía capaz de sorprenderse de las maravillas suscitadas por los continuos progresos que la investigación en estos campos ha logrado superar.
59. En modo coral las respuestas a los Lineamenta han examinado otro escenario, el sexto, es decir el escenario comunicativo, que hoy ofrece enormes posibilidades y representa un gran desafío para la Iglesia. Al comienzo sólo era característico del mundo industrializado, hoy el escenario de un mundo globalizado puede influenciar también vastas porciones de los Países en vía de desarrollo.
63. Las respuestas a los Lineamenta sugieren que se agregue como séptimo el escenario religioso. Esto permite comprender de manera más profunda el retorno al sentido religioso y la exigencia multiforme de espiritualidad que caracteriza muchas culturas y en particular las generaciones más jóvenes.
En suma: “En este contexto, se pide a los cristianos la audacia de concurrir a estos “nuevos areópagos”, aprendiendo a dar una evaluación evangélica, encontrando los instrumentos y los métodos para hacer escuchar también hoy en estos lugares el patrimonio educativo y la sabiduría custodiada por la tradición cristiana”
Nunca olvidemos que al misión arranca del ser de la Iglesia; es congénita al bautismo. Y aclara junto con la consagración del bautismo la razón de ser y existir al Iglesia. La Iglesia, comunidad de consagrados ha nacido para la misión.
Por otra parte afirma Juan Pablo II en la “Redemptoris missio” que, pese a todos los avances, la misión de la Iglesia (missio ad gentes) se encuentra en sus comienzos.
La misión es el “trance” de la Iglesia y pertenece, por lo mismo, a la actualidad de la vida de la Iglesia. La misión siempre se ha de presentar como desafío, como sereno desafío que suscite la generosidad de los creyentes en Cristo.



TRES CONCLUSIONES
ANTE UN CENTRO DE ESTUDIOS TEOLÓGICOS DE JOVENES


Al pensar sobre el evento del Concilio en la Iglesia, es lógico que uno, de modo ordenado, haga un balance con este género de interrogaciones como éstas:
- Qué ha logrado el Concilio en el ámbito del pensamiento cristiano.
- En qué punto nos encontramos para examinar nuevos pensares y sentires que ha traído la evolución de la vida hasta hoy[30].
- Y, por tanto, cuál es la tarea teológica que incumbe hoy a la Iglesia, que nos incumbe a nosotros.
Mis conclusiones van por otro rumbo en este aterrizaje al curso de la exposición. Las concentro en tres puntos que dejo a la consideración de ustedes.

1°. El Concilio, como tarea.

Tenemos el libro del Concilio: constituciones, decretos, declaraciones. Son dieciséis documentos, manantial de pensamiento y vida. Tomemos el libro del Concilio como tarea teológica, como tarea de vida. En este cincuentenario este libro tiene que ser para nosotros libro de escritorio; un libro personal para leerlo y estudiarlo, incluso para subrayarlo como libro de uso propio. Es un hermoso obsequio que podemos hacer en el Año de la Fe, obsequio al Señor con agradecimiento, y auto-regalo a nosotros mismos.
El contacto con los textos conciliares hace germinar en la Iglesia guías y profetas. La Iglesia, edificada sobre los apóstoles, eslabón de la cadena que nos une a Jesús histórico, se mantiene sostenida por profetas y maestros. Los profetas son los guías espirituales de la comunidad. Son aquellos, según Pablo, que, a impulso del Espíritu, son capaces de “edificar, exhortar y consolar” (1Cor 14,3). La Iglesia peregrina necesita más de la consolación y la parénesis que de la denuncia. Y esto nos enseña el Concilio. Es un legado por recoger. En esta escuela deben formarse los ministros del Evangelio.
El Concilio nos abre, por la vía de la modernidad, a la cuestión suprema del ser humano, que es la pasión por Dios. Lo advertía Karl Rahner, a raíz del  Concilio:
“El futuro no preguntará a la Iglesia por la estructura más exacta y bella de la liturgia, ni tampoco por las doctrinas teológicas controvertidas que distinguen la doctrina católica de los cristianos no católicos, ni por un régimen más o menos ideal de la curia romana. Preguntará si la Iglesia puede atestiguar la proximidad orientadora del misterio inefable que llamamos Dios. (…) Y por esta razón, las respuestas y soluciones del pasado Concilio no podrían ser sino un comienzo muy remoto del que hacer de la Iglesia del futuro”[31].
Jóvenes que me escucháis, soñar no es una veleidad, una fuga de la realidad, cuando los sueños arrancan de un gran amor que por algún lado quiere estallar. El Señor da vigor si los sueños los ha provocado el amor a Jesús; y hay que pensar que, de ordinario, nada eficaz se hace en la vida si primero no ha pasado por un sueño de amor. Acaso la primera lección del Concilio, y, por ende, la primera tarea que nos deja es aprender a soñar y a expresar nuestros sueños, en los cuales nosotros hemos de ser pequeños protagonistas. Es lícito ser protagonista en los sueños. Os quiero compartir mis sueños, que anhelan pensamientos de profundas raíces.

- Uno sueña en los grandes anhelos de la humanidad, propiedad de todo corazón nacido: que los niños no sean profanados, que los pobres no sean humillados, que nadie pase hambre porque hay pan para todos, que la buena convivencia, sin guerras (pues todas ellas son injustas, nacidas del pecado), sea el “status” de nuestra aldea global. Y que, si yo no puedo actuar, al menos que me presente, cuando camino por el mundo, aunque no lo diga, como hermano universal.
- Y dentro de la Iglesia, mi sueño central, que me ha acompaña de muchos años atrás, es “que todos sean uno, como tú, Padre, en mi, y yo en ti”. Mi sueño es que milagrosamente hagamos las paces con las Iglesias de la Reforma, ahora mismo, frente al V centenario de Lutero.
- Mi sueño es que un milenio de separación fraterna del oriente ya es demasiado, y que cualquier día tiene que ser el día del abrazo, y diré que sin hacernos, incluso, una examen teológico.
- Mi sueño es poder leer con mis hermanos hebreos las santas Escrituras.
- Mi sueño es que se aparezca la Virgen a los teólogos y les diga, sin reivindicaciones, cuál es el hermoso puesto de la mujer en la Iglesia, como reflejo del eterno femenino, como perenne manantial de vida, y que se vea cuál es sentido de aquellas palabras sagradas: “Compañera te doy, y no sierva”. Tiene que ser por vía de revelación, porque yo no aceptaría un machismo femenino más repugnante que su propia humillación.
- Mi sueño es que la Comunidad santa de Jesús se abra a Asia y en las milenarias culturas de aquellos pueblos encuentre callada profecía.
- Mi sueño es que la Iglesia comparta la Eucaristía y la danza con África, porque ellos son alegres hijos de Dios.
Moriremos en la almohada de muchos sueños, pero en la paz de haber soñado por Dios lo que Dios sueña por nosotros, y quizás con la honrada satisfacción de haber aportado un granito a la causa.


2°. El Concilio, como vocación teológica

Puede ser que personas que me escuchan – igual hombres que mujeres – sientan o vayan a sentir una especie de vocación a la teología. Es un carisma dentro de la Iglesia, que tiene su entidad propia, y que no podemos confinarlo en exclusiva en los miembros de la jerarquía. Si algunos de ustedes han sentido una misteriosa llamada por el pensamiento y la exposición del pensamiento, la llamada a ser teólogo, a ser teóloga, piensen que de ninguna manera se ha acabado la reflexión que suscitó el Vaticano II. El Concilio suena como un eco de la Biblia y con un diálogo leal con la modernidad. Vayan al Vaticano II, sitúense allí, y desde allí láncense a la reflexión teológica, que es un bien que necesita la Iglesia no menos que la mesa familiar el pan de cada día.
Al final de unos Ejercicios espirituales con las cuatro semanas de San Ignacio, y precisamente allí en Manresa, donde nacieron los Ejercicios, “el que daba los Ejercicios” nos decía: Hoy la Iglesia tiene más necesidad de lucidez que de generosidad[32]. Seguramente que es verdad. La lucidez de la Iglesia es la teología, que va de mano con la profecía. Una y otra vienen del mismo Espíritu. Y el teólogo recibe el Concilio como un catecismo para el arranque de su reflexión.
Dios suscite – suscite de entre nosotros – teólogos iluminados, teólogas iluminadas, es decir maestros de sabiduría, y vayan estrechamente unidos a los profetas. Sin duda que el Buen Pastor quiere esto para el gobierno de su Iglesia.


3°. El Concilio llave de un nuevo amor a la Iglesia

El Concilio suscitó una eclosión de entusiasmo eclesial en los años sesenta y setenta. Esa euforia ha amainado y, en los mejores, se ha cambiado en discernimiento.  Parece como si el Concilio haya ido a parar a las mentes y corazones que piensan.
Creo que ha llegado el momento de nuestra “conversión” – o “reconversión”, nueva conversión – al Concilio, para leerlo como libro de vida, como “libro de vida mío”, y tenerlo a mi vera como plataforma y trampolín. El Concilio debe suscitar un amor vibrante, amor de fuego y pasión por la Iglesia y la causa de Jesús que ella trata de anunciar.
Acaso a cada uno nos toque una parcelita en que trabajar. Esa parcela de la arada de Dios, hemos de hacerla con primor, sabiendo que todo lo que se hace con amor, por insignificante que parezca, permanece para siempre. Nuestra misión histórico-personal puede ser muy reducida, pero en lo pequeño resplandece la gloria de Dios, y en lo más reducido Dios puede construir su santa Morada. Yo puedo hacer algo por la Iglesia universal.
Con motivo del año bimilenario de la redención, escribí un artículo en una revista sacerdotal (Surge, Vitoria-Gasteiz): ¡Qué bella eres, Iglesia!
Al leer el Vaticano II rebrotan los sentimientos: ¡Qué bella eres, Iglesia! Hablo con la sinceridad que alcanzo. La lectura de estas páginas lanza nuestro corazón.
Somos hijos de la Iglesia. Y en esta era ¡somos hijos del Concilio! Y con esta frase termino: ¡Qué bella eres, Iglesia!
Que Cristo Redentor, a quien está dedicado este centro, sea fuerza y guía.
Que María, auxilio de los cristianos, sea en este curso ¡sabiduría!
He dicho. Gracias.

Guadalajara, 19 de agosto de 2012
(Pero terminando no terminé, porque entonces, recién salido del horno, brotó este himno, que lo leo y proclamo como corona de esta conferencia)


HIMNO A CRISTO RESUCITADO
A LOS 50 AÑOS DEL CONCILIO
(Inauguración de curso)


1. Confieso yo con Pedro y Benedicto
que tú eres el Mesías, el Ungido.
no lo dijo la carne ni la sangre,
que solo quien lo sabe me lo ha dicho.

2. Confieso que la Iglesia es tu conquista,
que tú eres su belleza, eterno brillo;
trabajas con el Padre sin descanso
y gozas contemplando a tus discípulos.

3. No manchan los pecados tu hermosura,
que tú eres el amor, Jesús dulcísimo;
y amor de fuego ardiente y azucenas
mantiene tu memoria, Cristo vivo.

4. Con el amor profeso la esperanza
y el gozo tuyo, límpido camino;
enséñame a soñar, pues tú soñabas
y el Evangelio es sueño de tus hijos.

5. Yo pido un corazón tan anchuroso
como las anchas playas del Concilio;
sea Pentecostés y nuevas lenguas
y guarde yo el fuego en mí encendido.

6. Es hora de Jesús, el más amado,
el caos es kairós, yo soy testigo;
y tú, Jesús, serás lo que tú eres
amor incandescente, amor invicto.

7. ¡A ti la ofrenda, oh Cristo Eucaristía,
a ti, que en Trinidad eres latido;
a ti, Sabiduría y Libro abierto,
en quien mi amor entero deposito! Amén.

Guadalajara (Zapopan), lunes 20 agosto 2012, San Bernardo.
Fr. Rufino María Grández, OFMCap


[1] Carta apostólica Porta Fidei (11 octobre 2011), número 4.
[2] Ibidem.
[3] A  modo de ejemplo: Hallándome en España a finales de marzo estuve presente en la jornada académica que organizó la Facultad de Teología del Norte – Sede Vitoria /Gasteiz (donde en tiempos di clases), en torno al tema Crónica Huaorani de Mons. Alejandro Labaka (+ 21 julio 1987) leída como un desafío de evangelización en la visión del Concilio, a los 50 años de su celebración, ponencias que han sido publicadas posteriormente por CICAME en el Vicariato Apostólico de Aguarico (Ecuador).
[4] En el curso en que redacto esta “lección inaugural” llega a mis manos el último número de la revista de pastoral litúrgica PHASE, n. 310, julio-agosto 2012: Concilio Vaticano II: una Iglesia abierta al mundo. Aparte del artículo editorial (Pere Tena), encontramos: Josep Maria Rovira Belloso, El Concilio Vaticano II. Su significación, pp. 315-328; Jaquim Gomís (Estudiante en Roma durante el Concilio), Recuerdos del inicio del Vaticano II, pp. 363-368.
[5] Véase Roberto Pertici, Affascinato dalla semplicità, en l’Osservatore Romano, 5 luglio 2012, presentando el libro de  Marco Roncalli, "Giovanni Paolo I. Albino Luciani", 734 pp. San Paolo 2012. El recensionista de la obra escribe: “Pur non prendendo mai la parola in aula, visse intensamente tutta la vicenda conciliare: l'incontro con vescovi di ogni parte del mondo, di lingue e culture molteplici, e il confronto con culture teologiche ed ecclesiologiche diverse produsse una grandiosa efficacia sulla sua personalità. «Io sono un convertito del concilio», era solito ripetere ai più diretti collaboratori. Eppure fin dall'inizio fu restio a concepire il concilio all'insegna della discontinuità e della rottura con la precedente vita della Chiesa. La biografia di Luciani è, si potrebbe dire, la prova vivente di quella che è stata definita l'«ermeneutica della riforma», che da lui venne continuamente riaffermata nell'ultimo decennio della sua vita, soprattutto negli anni veneziani”.
[6] Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte (6 enero 2001), 57: AAS 93 (2001), 308.
[7] Discurso a la Curia Romana (22 diciembre 2005): AAS 98 (2006), 52,  en Porta fidei, 5.
[8] Resulta apasionante leer crónicas del Concilios y ver tendencias y cómo se iban fraguando los documentos. Habrá que acudir a las de hans Küngs, A. M. Chenu, Yves Congar. En España mantenía vivo el interés por el Concilio el óptimo periodista y sacerdote Jose Luis Martín Descalzo, Un periodista en el Concilio. Y recientemente se ha publicado una crónica extraordinaria del obispo de Jacinto Argaya: “La Providencia dispuso que pudiera yo asistir, sin faltar a una, a las ciento sesenta y ocho congregacioens generales y a las cuatro sesiones del Concilio” (p. 25). Véase: Jacinto Argaya. Diario del Concilio. Edición y notas de Xabier Basurko y José María Zunzunegui. Publicaciones Idatz Argitalpenak. San Sebastián – Donostia 2008. 624 pp.
[9] Escena memorable de aquel día, de aquella noche, más bien, el espectáculo de luminarias de aquella noche en la plaza de San Pedro, evocando las antorchas que acompañaron a los obispos en el Concilio de Éfesos. El Papa no iba a salir a la ventana, pero… salió. Habló, y con entrañable ternura pidió que llevasen aquella noche una caricia a los niños de parte del Papa. Esto también pertenece al estilo que quiso imprimir el Papa al Concilio Vaticano II.
[10] Pablo VI, Meditación ante la muerte, publicada “post mortem”, en: L´Osservatore Romano, 6-8-1979
[11] Nota. Al iniciar mi exposición dije que entregaba el archivo informático al P. Rector, P. Sergio de la Cruz Loera, para que hiciera con él lo que bien le pareciera.
[12] Juan XXIII, Diario del alma, octubre 1962. No teniendo la edición completa en mano, tomamos las frases de Juan XXIII, Diario del alma. Extractos selectos. Edición preparada por Teresa Uriburu y José Antonio Martínez Puche. Edibesa, Madrid 2006. Pp. 80-82. - A propósito del día en que se anunció el Concilio (25 enero 1959), un historiador del Concilio ha escrito: "El Papa se esperaba que, en este momento clave de la alocución, sus palabras fueran interrumpidas por un aplauso, y de hecho se detuvo un instante para facilitarlo. Luego, algo contrariado, continuó. Pero no hubo aplauso tampoco al final del discurso. Los cardenales rodeaban al Pontífice, próximos y distantes, inmóviles como estatuas. El Papa procedió a dar la bendición y se retiró" (José Morales, Breve historia del Concilio, Rialp, Madrid 2012, p. 21).En cambio, en la clausura del Concilio, 8 de diciembre de 1965, cuandos e promulgó la constitución pastoral Gaudium et spes, la asamblea prorrumpió, enardecida, en un ferviente aplauso.
[13] Diario del alma, 11 octubre 1962.
[14] Roncalli, Marco (2006). Juan XXIII, en el recuerdo de su secretario Loris F. Capovilla (2ª. edición). Madrid (España): Palabra. p. 53
[15] Para estas citas del Papa nos remitimos directamente al sitio  oficial  de la Santa Sede: vatican.va / Sumos Pontífices / Juan XXIII / Discursos / Año 1962: Concilio Ecuménico Vaticano II (11 de octubre 1962 - 7 de diciembre de 1965)
[16] Jacinto Argaya, Diario del Concilio, véase en la página 19 junto con otras citas.
[17] Texto citado por Loris Capovilla, Juan XXIII. San Pablo 2ª ed. 2003, p. 56 (Primera edición italiana 1997).
[18] En una alocución a los fieles en Castelgandolfo el día de la Asunción de María de 1962 se expresaba así: “Todos los fieles católicos del mundo entero han tenido ocasión de manifestar su fervor. En el curso da este año no pocos han sido los documentos publicados con este fin: una carta, llena de acento familiar, a los obispos del orbe católico; luego la invitación al clero secular y regular a recitar más fervorosamente el oficio divino; en Pascua, Nuestro saludo augural, en tono de solicitud pastoral, dirigido a todas las casas de nuestros diocesanos de Roma; de hace poco tiempo es la renovada exhortación a los seminaristas; también reciente y con tono de particular atención, la exhortación a las religiosas y a todas las almas consagradas a Dios, en las distintas tareas de oración, caridad y apostolado. Niños, ancianos, enfermos y angustiados fueron invitados a este extraordinario movimiento de fervor religioso. Vino, finalmente, la invitación a la austeridad sugerida al pueblo cristiano con la encíclica Paenitentiam agere,  del día 1 de julio pasado”.

[19]  Véase Antxon Amunarriz (OFMCap), Una teología nueva para un concilio nuevo. Lección inaugural en el IFTIM (Instituto de Formación Teológica Intercongregacional de México), México, el 15 agosto 2012, para el curso 2012-2013, publicada por el mismo Instituto. El autor analiza los centros de donde manaba la teología que se impuso en el Concilio: Le Saulchoir, Lovaina, Lyon-Fourviere e Innsbruck; y los temas que pueden sintetizar los centros de atención del Concilio: Naturaleza y gracia, Revelación e historia, Iglesia y mundo, Cristianismo y religiones.
[20] Y. M.J. Congar, Carta a su madre (10 septiembre 1956), en: Yves Congar, Diario de un teólogo (1946-1956). Editorial Trotta, Madrid 2004. El texto de esta carta fue publicado en 2003. Estas páginas, de tono plenamente confidencial, y escritas a su propia madre nunca se escribieron para ser publicadas (como, ningún Diario espiritual de conciencia). Una vez conocidas nos muestran situaciones de alma, que a nosotros nos conmueven. Congar, como otros padres del Concilio, fue un hombre “fiel”, y no dudamos de la virtud heroica del Siervo de Dios Pío XII.
[21] Dei Verbum, 24.
[22]  Por eso, Benedicto XVI, al tratar con cierta amplitud este criterio en la carta postsinodal “verbum Domini” se remite a estas referencias: cf. León XIII, Carta enc. Providentissimus Deus (18 noviembre 1893), Pars II, sub fineASS 26 (1893-94), 269-292; Benedicto XV, Carta enc. Spiritus Paraclitus (15 septiembre 1920), Pars III:AAS 12 (1920), 385-422.
[23] Cf. J.M. Padilla, Misionero del Espíritu Santo, Concepción Cabrera de Armida: Su vida y su misión en la Iglesia (1862-1937). 3 vol. México, 1982-1986.
[24] Esta “minuta” al detalle, año tras año, puede verse en la obra de Rufino María Grández, Sacerdote capuchino, ayer y hoy. Homenaje a Cristo Sacerdote con motivo de mi Jubileo Sacerdotal, 1960-2010 (Pamplona, Curia provincial de capuchinos 2010), pp. 103-104, y al reflexión en las páginas siguientes.
[25] Véase: por al fe Católica. Fraternidad sacerdotal. Colombia. En Internet: http://porlafecatolica.org/quienessomos.htm
[26] Declaración del Capítulo General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (Econe, 14 julio 2012). Puede leerse en: http://santaiglesiamilitante.blogspot.mx/
[27] He aquí su posición tal como la concebía en 1976. Mons. Lebevre celebra Misa multitudinaria en el Palacio de Deportes de la Feria Internacional de Lille, el 29 de Agosto de 1976, en la que declara que someterse a la “suspensión a divinis” sería contribuir a la destrucción de la Iglesia. Asistieron más de 5 mil fieles y 300 periodistas. En el sermón dice: “Esta misa no es un reto. Sois vosotros, queridos hermanos, tan numerosos y venidos de tan lejos, quienes la habéis deseado para hacer profesión de nuestra Fe católica. Se me ha llamado jefe de los tradicionalistas, pero no soy más que un simple católico -sacerdote, eso sí; obispo, eso sí- pero con las mismas reacciones que vosotros. Hago las mismas cosas que hacía antes del Concilio y resulta que he sido suspendido y tal vez sea excomulgado; se me considera sospechoso, renegado, separado de la Iglesia. Se reconoce al árbol por sus frutos y los frutos del Concilio Vaticano II son frutos amargos que le hacen mal a la Iglesia. El Concilio ha consumado el matrimonio de la Iglesia con la revolución... pero lo que ha hecho la revolución no es nada comparado con lo que ha hecho el Concilio. Cincuenta mil sacerdotes se han perdido, se han casado. Incluso muchos de ellos se han divorciado. Veinte mil religiosos de los Estados Unidos han abandonado la religión. Hubiese sido mejor que muriesen en la hoguera ya que así, al menos, hubieran salvado su alma. ¿Qué ha sido del hermoso seminario de Lille? ¿Dónde están los seminaristas? De la unión adúltera entre la Iglesia y la revolución sólo pueden nacer bastardos: esta unión se concreta con el diálogo en pie de igualdad entre la verdad y la mentira. No se puede dialogar con los protestantes: les amamos y por eso queremos convertirlos. No se puede dialogar con los francmasones ni con los comunistas porque con el Diablo no se dialoga. Los francmasones siguen celebrando misas negras, roban hostias sagradas. ¿Cómo puede hablarse de diálogo con los francmasones? Las sanciones que me han impuesto no son válidas ni canónica ni teológicamente. Se está destruyendo lo que queda de los Estados católicos. No somos nosotros los que provocamos el cisma, sino la Iglesia Conciliar. Nosotros estamos con todos los Santos del cielo que se regocijan con esta asamblea de hoy. Nosotros pedimos al Papa sólo una cosa: que entre todas las experiencias que hoy se llevan a cabo nos permita hacer la experiencia de la tradición. Dadnos una iglesia en cada diócesis en vez de dárselas a los musulmanes. Solamente dentro del orden, la paz y la justicia, la economía puede resucitar. Es evidente. Tómese el caso de la República Argentina. ¿En qué estado estaba hace dos o tres meses? En una anarquía completa.... los bribones mataban a derecha e izquierda, las industrias estaban completamente arruinadas, los patrones de las fábricas encerrados, secuestrados. Todo en un país que podría ser de una prosperidad increíble con riquezas extraordinarias. Ahora hay un gobierno de orden que pone un poco de orden en los asuntos, que tiene principios, autoridad, que impide a los criminales matar... y he aquí que la economía resurge, los obreros tienen trabajo y pueden entrar a sus casas sabiendo que no van a estar amenazados por una huelga. No tengo la certeza de que este Papa sea verdaderamente Papa. Existe la duda de que Paulo VI no haya sido nunca Papa o, por lo menos, que ya no lo sea en este momento. En la Iglesia todo está cambiando. Yo... yo ya no entiendo nada”.
[28]  Voices. New Series, Volume XXXIV, Number 2011/4, September-December 2011 «50 Years since Vatican II, seen from Latin America». Indicamos el artículo de Víctor Codina, Del Vaticano II... ¿a Jerusalén II?.. pp. 87-96. Hay preocupación y, al parecer, recelo: “Se ha dicho que la minoría conciliar que fue “derrotada” por el Vaticano II, poco a poco ha ido enarbolando la interpretación y conducción del Vaticano II. Lentamente hemos ido pasando de la primavera al invierno conciliar (K. Rahner), a una vuelta a la gran disciplina (J.B. Libânio), a una restauración eclesial (J.C. Zízola), a una noche oscura eclesial (J.I. González Faus). A la revista Concilium, liderada por losgrandes teólogos conciliares, se le añade en 1972 la revista Communio, inspirada por H.U. von Balthasar con una línea teológica diferente. Von Balthasar parece ser la gran figura teológica del post-Concilio, como lo fue Rahner del Concilio. Algo está cambiando” (p. 92). En la misma revista ver: José Comblin (posteriormente fallecido, 2012), Vaticano II, 50 años después, pp. 111-124.
[29] Víctor Codina, art. Cit., 94.
[30] Bien sabemos que el Concilio, porque – al parecer – así lo pedían las circunstancias dejó puntos pendientes: el celibato sacerdotal (que asumió Pablo VI para su reflexión de supremo pastor), elección de obispos, puesto de la mujer en la Iglesia.
[31] K. Rahner, El Concilio, nuevo comienzo, Barcelona 1966, p 22.
[32]  P. Jaime Roig, S.I., Manresa, octubre 1996.

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