miércoles, 24 de octubre de 2012

301. El ciego de Jericó, con la nueva luz, sigue a Jesús


Homilía para el domingo 30 del tiempo ordinario, ciclo B
Mc 10,46-52

y homilía del Papa en el día de hoy, domingo 28 de octubre de 2012,
final del Sínodo de Obispos sobre la
NUEVA EVANGELIZACIÓN PARA LA TRANSMISIÓN DE LA FE

 
Texto del Evangelio:
Y llegan a Jericó Y al salir él con sus discípulos y bastante gente, un mendigo ciego, Bartimeo (el hijo de Timeo), estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: “Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí”. Muchos le increpaban para que se callara. Pero él gritaba más: “Hijo de David, ten compasión de mí”.
Jesús se detuvo y dijo: “Llamadlo”. Llamaron al ciego diciéndole: “Ánimo, levántate, que te llama”. Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le dijo: “¿Qué quieres que te haga?”. El ciego le contestó: “Rabbuní, que vea”. Jesús le contestó: “Anda, tu fe te ha salvado”.
Y al momento recobró la vista y le seguía por el camino.

Hermanos:

1. Hay dos circunstancias inherentes al relato del ciego de Jericó que nos pueden favorecer para una interpretación más viva de este pasaje, tan rico y sugestivo en cada uno de los detalles: una circunstancia es la geografía y la otra, la historia o la cronología de la vida de Jesús. La geografía es Jericó. Jericó, cercana al Mar Muerto, bajo el nivel del mar Mediterráneo, está a unos 28 kilómetros de Jerusalén. Estamos subiendo a Jerusalén por la calzada romana, y Jericó es la última etapa del trayecto. Y el ciego de Jericó, en el Evangelio de Marcos, es el último milagro de Jesús.
Y la cronología de la vida de Jesús, es que nos encontramos a pocos días de la entrada de Jesús en Jerusalén, de la Semana Santa, de la muerte.

2. Hay un ciego junto al camino, un ser humano que tiene un nombre,  un nombre concreto, un nombre arameo, de su tierra, Bartimeo, hijo de Timeo. No fantaseamos con el Evangelio, texto sagrado, si, al leerlo, inmediatamente me digo a mí mismo: Ese ciego no se llama Bartimeo; se llama… y aquí pronuncio mi nombre.  Soy un ciego iluminado en el bautismo, que un día se puso a seguir a Jesús. O acaso haya de decir simple y limpiamente: soy ahora mismo un ciego, pidiendo junto al camino de la vida.

3. Un ciego…, ¿quién o qué es un ciego? En las condiciones de entonces un ciego es, casi por definición, un mendigo. Una persona que pierde su autonomía de trabajo y de dirección; su esperanza es la compasión de los demás, un indigente junto al camino de la vida, junto a la caravana humana. Y no menos que eso, un ciego es un ser humano que vive en las tinieblas del ser, sin comunión con la alegría de la vida que da la luz.
Si, por casualidad, un ciego está escuchando las palabras de esta alocución, yo te pido, hermano mío, que no interpretes mis palabras como una ofensa a tu dignidad – Dios me libre – ni te moleste el que por mi ignorancia no sepa yo de otras luces que concede el Señor a quienes ha privado de la luz del sol.

4. Este ciego del Evangelio, de hecho, este ciego que se llama Bartimeo, es un ciego que ve lo que los fariseos no pueden ver. Cuando le dicen que el que pasa es Jesús Nazareno, grita desde la luz de su fe: Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí. Y lo dice una y muchas veces hasta molestar; pero entonces él, en vez de cohibirse, grita con más fuerza, es decir, grita con más fe, por encima del barullo de la gente: Hijo de David, ten compasión de mí.
Estos días, en el oficio divino, escuchábamos esta sentencia bellísima, de las reflexiones del Eclesiástico: La oración del humilde atraviesa las nubes, y no se detiene hasta que alcanza su destino (Miércoles, oficio de lectura: Eclo 35,17).

5. Jesús, que otras veces manda callar cuando manifiesta su mesianidad, su divino poder, ahora, que ha oído el gemido del pobre, ni le manda callar, ni niega la confesión que le está haciendo.
Hijo de David, sí. A lo mejor la gente, o el mismo ciego que está clamando, piensan en un liberador del pueblo. No importa: Jesús es el Hijo de David, que va a liberar a la nación, pero no por el triunfo glorioso de un combate, sino por la humillación y la muerte en cruz.
Jesús ha oído el clamor que se eleva desde el fondo del ser, y le manda venir. Ánimo, levántate, que te llama.
Ahora contemplamos esta divina vocación. Si Jesús me llama, es que da todo para lo que me llama. ¿Qué hace el ciego? Tres cosas: miradlo.
Soltó el manto,
dio un salto
y se acercó a Jesús.
El que ha sido llamado, el que lleva  la vocación de la Fe, responde así. En la primera lectura de hoy escuchamos el mensaje de Jeremías:
Esto dice el Señor:
Gritad de alegría por Jacob,
regocijaos por la flor de los pueblos;
proclamad, alabad y decid:
¡El Señor ha salvado a su pueblo,
ha salvado al resto de Israel! (Jr 31,7).

6. El ciego ha llegado a Jesús como llamado y Jesús le hace la misma pregunta que hizo a los hijos de Zebedeo: ¿Qué quieres que te haga?, ¿Qué esperas que haga por ti?
El ciego no piensa en ningún triunfo ni grandeza. El ciego quiere solamente vida, vida, vida…
- Rabbuní, que vea.
Rabbuní, la misma palabra que le dirá María Magdalena en el huerto, resucitado, cuando se arrojó a los pies del Señor.
Rabbuní, que vea, que es la plegaria que hoy ponemos en nuestros labios. Rabbuní, que vea.
Y Jesús le dijo: Anda, tu fe te ha salvado.
No interesa al evangelista contarnos el milagro, la explosión que habría habido entre la gente cuando se produjo, como otras veces se dice.
Le interesa solo una palabra, la palabra de la Fe. Hermanos, estamos en el año de la Fe: Anda, tu fe te ha salvado.

7. Pero el ciego, ahora lleno totalmente de luz – luz en el corazón, luz en los ojos – no se fue.
Escribe el evangelista: Y al momento recobró la vista y le seguía por el camino. “Le seguía por el camino”: el ciego era decididamente discípulo. Y el camino es el camino de Jerusalén, el camino de la Cruz.
En la primera comunidad cristiana “el camino” es la vida de los cristianos, sin más, el discipulado. Por eso, no faltan intérpretes que nos digan que cuando san Marcos escribe que le seguía por el camino, nos está diciendo que le seguía por el camino del seguimiento, el camino del discipulado. Y así, la historia del ciego junto al camino de la vida es la propia historia de mi vida, de mí, que soy seguidor de Jesús.

8. Estas cosas que proclamo, van a resonar, en el momento en que los Obispos del Sínodo para la Nueva Evangelización para la transmisión de la Fe, reunidos tres semanas en torno al sucesor de Pedro (del 7 al 28 de octubre), se van a marchar a sus diócesis. Seguramente que ellos también habrán pensado: yo soy el ciego de Jericó que he dado un brinco, al oír la voz de Jesús, y ahora quiero seguirle con nueva energía y entusiasmo por el camino de Jerusalén, hasta la Cruz, hasta la Pascua.
¡Señor Jesús, Rabbuní, Hijo de David,
ten compasión de mí, y dame valor y alegría para seguirte hasta el fin! Amén.

Guadalajara, 24 octubre 2012.

Como poema de oración para este domingo, puedes ver: Soy ciego junto al camino.


La homilía del Papa a este Evangelio

De madrugada, a las 6.00 horas (esta noche ha cambiado la hora, de las 3 hemos retrocedido a las 2) he abierto el Internet con el deseo de encontrarme con la homilía del Papa, al clausurar el Sínodo de la Nueva Evangelización para la transmisión de la Fe. He aquí lo que he hallado para unirme yo mismo al anuncio.


El milagro de la curación del ciego Bartimeo ocupa un lugar relevante en la estructura del Evangelio de Marcos. En efecto, está colocado al final de la sección llamada «viaje a Jerusalén», es decir, la última peregrinación de Jesús a la Ciudad Santa para la Pascua, en donde él sabe que lo espera la pasión, la muerte y la resurrección.
Para subir a Jerusalén, desde el valle del Jordán, Jesús pasó por Jericó, y el encuentro con Bartimeo tuvo lugar a las afueras de la ciudad, mientras Jesús, como anota el evangelista, salía «de Jericó con sus discípulos y bastante gente» (10, 46); gente que, poco después, aclamará a Jesús como Mesías en su entrada a Jerusalén. Bartimeo, cuyo nombre, como dice el mismo evangelista, significa «hijo de Timeo», estaba precisamente sentado al borde del camino pidiendo limosna.
Todo el Evangelio de Marcos es un itinerario de fe, que se desarrolla gradualmente en el seguimiento de Jesús. Los discípulos son los primeros protagonistas de este paulatino descubrimiento, pero hay también otros personajes que desempeñan  un papel importante, y Bartimeo es uno de éstos. La suya es la última curación prodigiosa que Jesús realiza antes de su pasión, y no es casual que sea la de un ciego, es decir una persona que ha perdido la luz de sus ojos. Sabemos también por otros textos que en los evangelios la ceguera tiene un importante significado. Representa al hombre que tiene necesidad de la luz de Dios, la luz de la fe, para conocer verdaderamente la realidad y recorrer el camino de la vida. Es esencial reconocerse ciegos, necesitados de esta luz, de lo contrario se es ciego para siempre (cf. Jn 9,39-41).
Bartimeo, pues, en este punto estratégico del relato de Marcos, está puesto como modelo. Él no es ciego de nacimiento, sino que ha perdido la vista: es el hombre que ha perdido la luz y es consciente de ello, pero no ha perdido la esperanza, sabe percibir la posibilidad de un encuentro con Jesús y confía en él para ser curado. En efecto, cuando siente que el Maestro pasa por el camino, grita: «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí» (Mc 10,47), y lo repite con fuerza (v. 48). Y cuando Jesús lo llama y le pregunta qué quiere de él, responde: «Maestro, que pueda ver» (v. 51). Bartimeo representa al hombre que reconoce el propio mal y grita al Señor, con la confianza de ser curado. Su invocación, simple y sincera, es ejemplar, y de hecho –al igual que la del publicano en el templo: «Oh Dios, ten compasión de este pecador» (Lc 18,13)– ha entrado en la tradición de la oración cristiana. En el encuentro con Cristo, realizado con fe, Bartimeo recupera la luz que había perdido, y con ella la plenitud de la propia dignidad: se pone de pie y retoma el camino, que desde aquel momento tiene un guía, Jesús, y una ruta, la misma que Jesús recorre. El evangelista no nos dice nada más de Bartimeo, pero en él nos muestra quién es el discípulo: aquel que, con la luz de la fe, sigue a Jesús «por el camino» (v. 52).
San Agustín, en uno de sus escritos, hace una observación muy particular sobre la figura de Bartimeo, que puede resultar también interesante y significativa para nosotros. El santo obispo de Hipona reflexiona sobre el hecho de que Marcos, en este caso, indica el nombre no sólo de la persona que ha sido curada, sino también del padre, y concluye que «Bartimeo, hijo de Timeo, era un personaje que de una gran prosperidad cayó en la miseria, y que ésta condición suya de miseria debía ser conocida por todos y de dominio público, puesto que no era solamente un ciego, sino un mendigo sentado al borde del camino. Por esta razón Marcos lo recuerda solamente a él, porque la recuperación de su vista hizo que ese milagro tuviera una resonancia tan grande como la fama de la desventura que le sucedió» (Concordancia de los evangelios, 2, 65, 125: PL 34, 1138). Hasta aquí san Agustín.
Esta interpretación, que ve a Bartimeo como una persona caída en la miseria desde una condición de «gran prosperidad», nos hace pensar; nos invita a reflexionar sobre el hecho de que hay riquezas preciosas para nuestra vida, y que no son materiales, que podemos perder. En esta perspectiva, Bartimeo podría ser la representación de cuantos viven en regiones de antigua evangelización, donde la luz de la fe se ha debilitado, y se han alejado de Dios, ya no lo consideran importante para la vida: personas que por eso han perdido una gran riqueza, han «caído en la miseria» desde una alta dignidad –no económica o de poder terreno, sino cristiana–, han perdido la orientación segura y sólida de la vida y se han convertido, con frecuencia inconscientemente, en mendigos del sentido de la existencia. Son las numerosas personas que tienen necesidad de una nueva evangelización, es decir de un nuevo encuentro con Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios (cf. Mc 1,1), que puede abrir nuevamente sus ojos y mostrarles el camino. Es significativo que, mientras concluimos la Asamblea sinodal sobre la nueva evangelización, la liturgia nos proponga el Evangelio de Bartimeo. Esta Palabra de Dios tiene algo que decirnos de modo particular a nosotros, que en estos días hemos reflexionado sobre la urgencia de anunciar nuevamente a Cristo allá donde la luz de la fe se ha debilitado, allá donde el fuego de Dios es como un rescoldo, que pide ser reavivado, para que sea llama viva que da luz y calor a toda la casa.
La nueva evangelización concierne toda la vida de la Iglesia. Ella se refiere, en primer lugar, a la pastoral ordinaria que debe estar más animada por el fuego del Espíritu, para encender los corazones de los fieles que regularmente frecuentan la comunidad y que se reúnen en el día del Señor para nutrirse de su Palabra y del Pan de vida eterna.
Deseo subrayar tres líneas pastorales que han surgido del Sínodo. La primera corresponde a los sacramentos de la iniciación cristiana. Se ha reafirmado la necesidad de acompañar con una catequesis adecuada la preparación al bautismo, a la confirmación y a la Eucaristía. También se ha reiterado la importancia de la penitencia, sacramento de la misericordia de Dios. La llamada del Señor a la santidad, dirigida a todos los cristianos, pasa a través de este itinerario sacramental. En efecto, se ha repetido muchas veces que los verdaderos protagonistas de la nueva evangelización son los santos: ellos hablan un lenguaje comprensible para todos, con el ejemplo de la vida y con las obras de caridad.
En segundo lugar, la nueva evangelización está esencialmente conectada con la misión ad gentes. La Iglesia tiene la tarea de evangelizar, de anunciar el Mensaje de salvación a los hombres que aún no conocen a Jesucristo. En el transcurso de las reflexiones sinodales, se ha  subrayado también que existen muchos lugares en África, Asía y Oceanía en donde los habitantes, muchas veces sin ser plenamente conscientes, esperan con gran expectativa el primer anuncio del Evangelio. Por tanto es necesario rezar al Espíritu Santo para que suscite en la Iglesia un renovado dinamismo misionero, cuyos protagonistas sean de modo especial los agentes pastorales y los fieles laicos. La globalización ha causado un notable desplazamiento de poblaciones; por tanto el primer anuncio se impone también en los países de antigua evangelización. Todos los hombres tienen el derecho de conocer a Jesucristo y su Evangelio; y a esto corresponde el deber de los cristianos, de todos los cristianos – sacerdotes, religiosos y laicos -, de anunciar la Buena Noticia.
Un tercer aspecto tiene que ver con las personas bautizadas pero que no viven las exigencias del bautismo. Durante los trabajos sinodales se ha puesto de manifiesto que estas personas se encuentran en todos los continentes, especialmente en los países más secularizados. La Iglesia les dedica una atención particular, para que encuentren nuevamente a Jesucristo, vuelvan a descubrir el gozo de la fe y regresen a las prácticas religiosas en la comunidad de los fieles. Además de los métodos pastorales tradicionales, siempre válidos, la Iglesia intenta utilizar también métodos nuevos, usando asimismo nuevos lenguajes, apropiados a las diferentes culturas del mundo, proponiendo la verdad de Cristo con una actitud de diálogo y de amistad que tiene como fundamento a Dios que es Amor. En varias partes del mundo, la Iglesia ya ha emprendido dicho camino de creatividad pastoral, para acercarse a las personas alejadas y en busca del sentido de la vida, de la felicidad y, en definitiva, de Dios. Recordamos algunas importantes misiones ciudadanas, el «Atrio de los gentiles», la Misión Continental, etcétera. Sin duda el Señor, Buen Pastor, bendecirá abundantemente dichos esfuerzos que provienen del celo por su Persona y su Evangelio.
Queridos hermanos y hermanas, Bartimeo, una vez recuperada la vista gracias a Jesús, se unió al grupo de los discípulos, entre los cuales seguramente había otros que, como él, habían sido curados por el Maestro. Así son los nuevos evangelizadores: personas que han tenido la experiencia de ser curados por Dios, mediante Jesucristo. Y su característica es una alegría de corazón, que dice con el salmista: «El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres» (Sal 125,3). También nosotros hoy, nos dirigimos al Señor, Redemptor hominis y Lumen gentium, con gozoso agradecimiento, haciendo nuestra una oración de san Clemente de Alejandría: «Hasta ahora me he equivocado en la esperanza de encontrar a Dios, pero puesto que tú me iluminas, oh Señor, encuentro a Dios por medio de ti, y recibo al Padre de ti, me hago tu coheredero, porque no te has avergonzado de tenerme por hermano. Cancelemos, pues, cancelemos el olvido de la verdad, la ignorancia; y removiendo las tinieblas que nos impiden la vista como niebla en los ojos, contemplemos al verdadero Dios…; ya que una luz del cielo brilló sobre nosotros sepultados en las tinieblas y prisioneros de la sombra de muerte, [una luz] más pura que el sol, más dulce que la vida de aquí abajo» (Protrettico, 113, 2- 114,1). Amén

1 comentarios:

PEPE LASALA dijo...

Gracias Padre por evangelizar, le deseo de corazón un feliz año de la Fe. Un fuerte abrazo desde el blog de la Tertulia Cofrade Cruz Arbórea.
http://tertuliacofradecruzarborea.blogspot.com/

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