martes, 30 de octubre de 2012

304. Meditación ante el cielo


Soliloquio cuando la vida avanza


 1. Estamos ante las puertas de Todos los Santos, y arrimados a los santos, los Difuntos, que con entrañable cariño, aquí en México, se les puede llamar “Difuntitos”.
Los cementerios se llenan de flores: en España es el crisantemo con sus variadas especies; en México para el Altar de muertos es esa flor entre ocre, rojizo y amarillo, que es un puño de pétalos suaves y mullidos, el cempaxóchitl.

2. Mi vida avanza; voy en la séptima década de mi ruta, en la mitad de la misma (por los 75). Y al tiempo que avanza la vida, me acompañan mis pensamientos. Nuestros pensamientos son como un nido escondido cuando nacemos, un nido que pronto empieza a cantar; y a la hora del ocaso son como una playa tranquila frente al mar infinito. A la hora de la tarde un profundo respeto nos invade de cara a todo ser humano, y la ternura ablanda la piel de nuestra frente y hace más sensibles y amorosas nuestras sienes. La edad, con sumisión a Dios Creador, nos lleva a la Sabiduría; y la Sabiduría a la Indulgencia.
Se entrecruzan los pensamientos divinos y humanos, pues, al fin, el corazón de donde nacen es uno y el pecho adonde van a parar es el mismo: Dios Padre.

3. Se entrecruzan mis pensamientos – decía – porque se encuentran, y se abrazan, los que de mí salen y los que me vienen de la Biblia. No me hace falta ir lejos para pensar, ni esperar a otro día.
Es hoy mismo, hoy y aquí, que tomo la divina Escritura en el libro que toca (martes de la semana 30, año par) – Libro de la Sabiduría – y leo, meditativo y como con una cierta dulzura: su esperanza estaba llena de inmortalidad. (Athanasía, la llama el Pensador girego). La nota me aclara: “Por primera vez en el libro y en todo el Antiguo Testamento se afirma la fe en la inmortalidad del alma (véase 4,1; 8,13.17; 15,3)". De joven aprendí que el Libro de la Sabiduría es, cronológicamente, el último libro que nos entrega el Antiguo Testamento. Estamos en torno al año 50 a. C. en Alejandría. Este Filósofo de las cosas de Dios ha leído a Aristóteles, y más a Platón…, y se ha lanzado a orar.
¡La inmortalidad! Nadie nos puede quitar esa astilla del corazón…

4. ¿Qué será el cielo?, me pregunto.
Será la inmortalidad, me respondo.
Pero, cavilando, me digo que una inmortalidad a secas sería como un páramo tórrido sin  plantas, sin fuentes, sin personas, sin danzas, sin una belleza siempre nueva, sin un amor de inexhausta amistad.
No, el cielo no es la inmortalidad deshabitada. Tiene que ser la inmortalidad del “ser entero”, de todo cuanto pueda llamarse vida. Mi imaginación se quiebra, y me parece una pretensión insensata llenar yo mismo, desde aquí, mi inmortalidad que tras la muerte pasa a ser la inmortalidad de Dios.

5. Oteando, pues, la esperanza que contiene el cielo, al que estoy destinado, vuelvo la mirada hacia atrás, o, mejor, hacia el fondo del corazón, para interrogarme qué es la vida, que un día coronaré, o qué ha sido mi vida en el trajín de los humanos.
La vida es un profundo misterio. Lo digo no con terror, sino con adoración, con ternura, con el corazón dulcemente sangrante. La vida es misterio; misterio envolvente desde antes de nacer y hasta después de morir.
Mientras voy desgranando la vida, mi apoyo es el Señor, que me sustenta con una felicidad presente. Me dice el salmo de hoy (Oficio de lectura): Sea el Señor tu delicia, y él te dará lo que pide tu corazón (Salmo 36, 4).  Y continúa este Sabio meditador y poeta del salmo en el que estoy: Encomienda tu camino al Señor, / confía en él, y él actuará (v. 5).
La vida sin Dios me resultaría un estallido que no sé en qué terminaría. Leíamos ayer en la Sabiduría el discurso del ateo:
“Corta y triste es nuestra vida,
y el trance final del hombre es irremediable;
no consta que nadie haya regresado del abismo (¡consta: Jesús!).
Nacimos casualmente (¡no es verdad!) y después seremos como si nunca hubiéramos existido…
Pasará nuestra vida como rastro de nubes…, una sombra que pasa…” (Sab 2,1ss).

6. El misterio de mi vida está cargado de inmortalidad y la inmortalidad es el viático sustentante de mis días, de mis frustraciones, de mi celibato sostenido por la gracia de Dios, del desajuste entre deseos y realizaciones…; en una palabra, de esta sed insaciable de amor, que tiene sus propias vivencias, su cronología, sus nombres, sus anhelos…
El misterio de la vida es ese imposible a flor de piel, que Dios lo saca delante y nos excede en absoluto; a veces nos conturba, y de todas maneras nos pincha como un sutil alfiler…
El misterio de la vida tiene una sola palabra: amar, amare et amari, amar y ser amado, que desde la Biblia es al revés: haber sido amado y amar.
Todo lo que hacemos, incluso cuando nos equivocamos – es decir, cuando pecamos – lo hacemos por amor. Y cuando amamos (lo dijo san Agustín, quitándonos palabras a nosotros), amamos fascinados por lo bello, porque solo se puede amar lo que es bello.

7. La muerte será la última posibilidad de amor, el acto más bello de amor de mi vida, porque en la muerte Dios, mi Padre, te está pidiendo la donación absoluta del ser. Y yo, por gracia, en un abandono sin retorno se lo daré. La muerte es la pura confianza, el lanzamiento a los brazos, dejando todas mis seguridades, mi yo en absoluto.

8. Y tras de la muerte viene la fiesta inefable de Todos los Santos, que comienza ya en esta ribera, en este Hoy transitorio, en este día cualquiera, como será el “día cualquiera” de mi muerte: mi Encuentro. Me encontraré conmigo mismo, y allí estará el Dios de mis pensamientos, el Dios que el hombre peregrino ha pensado en todos los tiempos y culturas.
Todos los años, para el mismo día de Todos los Santos, la Iglesia me ofrece estos manjares: Apocalipsis (capítulo 7), Primera de Juan (3,1-3), Evangelio de san Mateo (las Bienaventuranzas).
Hoy toca mi corazón el anuncio de Juan:
Sabemos que cuando él – Jesús – se manifieste,
seremos semejantes a él,
porque le veremos tal cual es (v. 2).
La imagen y semejanza que se me dio en el día del Génesis, será imagen y semejanza transformativos:  seremos como él, le veremos como es, le amaremos con el amor con que se ama a él.
El cielo será el amor, nada más.
Mientras tanto…, yo adoro…, yo amo, Dios, infinitamente digno de amor.
Sí, mientras tanto camino con el pecho fatigafo y el pelo sudoroso. Camino, y hoy tomo por cayado el versículo final de la Sabiduría:
"En todo, Señor, engrandeciste y glorificaste a tu pueblo,
y no dejaste de asistirle en todo tiempo y lugar" (19,22).
Pero hoy..., más.
Caminemos... Camino, pero, Señor, ¡tú a mi lado!

Guadalajara, Jalisco, 30 octubre 2012.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Que el Señor llene su corazon de ternura,,,

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