jueves, 1 de noviembre de 2012

306. Amarás al Señor tu Dios


Homilía para el domingo 31 del tiempo ordinario, ciclo B
Mc 12,28-34

Texto evangélico:
Un escriba se acercó (a Jesús) y le preguntó: “¿Qué mandamiento es el primero de todos?”
Respondió Jesús: “El primero es: Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser. El segundo es este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que estos”.
El escriba replicó: “Muy bien, Maestro. Sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios”.
Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: “No estás lejos del reino de Dios”.


Hermanos:

 1. Estamos en el corazón del Evangelio; estamos en el centro de gravitación de toda la vida humana. Estamos ante una pregunta que no es académica, sino que es la pregunta de la vida como tal. Cuál es el mandamiento principal de Dios, y, en consecuencia, cuál es la obligación principal del hombre. Todos los hombres de bien, desde que el ser humano emerge en la tierra, se la han hecho. Vano empeño el de nuestra cultura de hoy no querer hacérsela, relegando a Dios a un asunto privado.
La pregunta es sobre los mandamientos de Dios, sobre uno, el primero y principal, el que pueda ser la clave y el gozne de todos los demás. Una pregunta de esta naturaleza parte de una evidencia previa: que Dios existe con poder y soberanía sobre el hombre, que Dios quiere el bien del hombre, que Dios ha manifestado su voluntad. Pregunta teológica y esencial que mira al bien del hombre.

2. Para mejor ponderarla vamos a prestar atención a un dato que tanto nos puede iluminar. La hace un hombre de bien, un escriba, un hombre docto que estudia y busca las cosas de Dios. Jesús, al concluir el diálogo, viendo la sensatez y las preocupaciones de este hombre, le dice: No estás lejos del reino de Dios. Con personas así se puede dialogar. Y este escriba leal es el representante de un sector fuerte, macizo en todas las religiones, que buscan a Dios y aceptan compartir su búsqueda con todos los peregrinos del Absoluto, de ese Dios de la paz que tiene un proyecto sobre la humanidad.
Ha surgido entre los buscadores de Dios un espíritu de ecumenismo, que es un afán noble de diálogo y de comunicación. En 1986 el Papa Juan Pablo II puso en marcha una iniciativa, que muy convencido la ha proseguido su sucesor Benedicto XVI: Convocar en Asís – ciudad neutral, o, más bien, ciudad de acogida y de paz – a los líderes de las grandes religiones y a cuantos hombres de buena voluntad quieran acudir para orar, cada uno desde sus propias convicciones, a Dios Todopoderoso para implorar por sus hijos la paz, el buen entendimiento, la concordia. Un gesto que algunos, un sector mínimo, lo ha visto como la descalificación absoluta de la Iglesia, poseedora de la verdad. No es entender el talante de hermanos que nos debe unir a todos, pobres seres humanos que miramos a Dios como esperanza. Incluso con quienes no han encontrado a Dios como Dios personal podemos construir un camino humano.

3. Pero volvamos directamente a la pregunta precisa del escriba: “¿Qué mandamiento es el primero de todos?
Si abrimos la Biblia, el primer mandamiento por orden de aparición, es el mandamiento de la vida: Transmitir la vida, de Dios al hombre y del hombre al hombre, mediante el matrimonio, que en Jesús queda constituido como sacramento del matrimonio. En el primer capítulo del primer libro de la Biblia, el Génesis, está escrito: Dios los bendijo; y les dijo Dios: Sed fecundos y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla… (Gn 1,28). Este es el primer mandamiento, podría decir con sabiduría un doctor. Un mandamiento que está derivado de una bendición. Los judíos de ayer y de hoy piensan que entre los 613 mandamientos, que un día así fueron contabilizados, el matrimonio es mandamiento de Dios. Con su propia fecundidad Dios ha bendecido al hombre, a quien creó a su imagen y semejanza, y quiere que esta imagen y semejanza, que de Adán va a pasar a sus descendientes, se transmita a través del matrimonio.

4. Jesús, que habría visto una respuesta de este género con agrado, va a la esencia misma del ser, al sentido de Dios como dueño de la vida, y nos dice que el primer mandamiento es el amor. El amor es la última voluntad de Dios, el norte de la vida en la navegación de este mundo, el orden primordial y último de la creación. Poéticamente lo dijo Dante en el último verso de La Divina Comedia: el amor que mueve el sol y las estrellas.
El amor es darle a Dios la categoría que tiene, ponerle en el centro de la vida y de la historia, y aceptar su presencia como supremo don de la existencia. Dice Jesús: El primero es: Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.
“Escucha”, en hebreo “Shemá”, la confesión orante que todos los días, mañana y tarde, recitan los judíos. El Shemá que hoy ha resonado en la primera lectura, del libro del Deuteronomio.
“Escucha, Israel: El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás, pues, al Señor, tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Estas palabras que yo te mando hoy estarán en tu corazón, se las repetirás a tus hijos y hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado; las atarás a tu muñeca como un signo, serán en tu frente una señal; las escribirás en las jambas de tu casa y en tus portales” (Dt 6,4-8. La lectura del día son los vv. 2-6).
5. La cultura moderna no piensa así: Dios no tiene por qué estar ni en el dintel ni en las jambas de nuestras casas. Pero si yo un día me encontré con Dios, sí que le pondré en el dintel y en las jambas, sí que le daré entrada y estará conmigo cuando me siente y me levante, sí que será conversación de mi corazón y mis labios estando en casa y yendo de camino.
Esta divinización de la vida del creyente no es la politización de Dios como un nuevo componente de la vida social. Es simplemente la saturación de amor de alguien que se ha reconocido en Dios y siente que el amor de Dios es la fuente de todo amor. Quien ha sido amado responde con amor, y como dijeron los filósofos, el amor de por sí es expansivo.
El amor es el Mandamiento del Decálogo; es el mandato y herencia de Jesús en la Cena; y es el destino del cielo, cuando todo pase. Dice san Pablo: “En una palabra, quedan estas tres: la fe, la esperanza y el amor. La más grande es el amor” (1Co 13,13).

6. Estamos en el Año de la Fe. Quien cree, ama; y quien ama, obra en consecuencia.
Hermanos: Que el Señor Jesús vierta en nuestro corazón la Fe, que es como una embriaguez del Espíritu. O que, al menos, nos pueda poner la mano sobre el hombro, y pueda decirnos como al doctor judío: ¡Ánimo, no estás lejos del reino de Dios! Amén.

Guadalajara, Jalisco, 31 octubre 2012.

Como poema de este Evangelio véase: Los caminos del amor.

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