martes, 13 de noviembre de 2012

312. Jesús, el Hijo del hombre, triunfo de Dios, y sus elegidos





 Homilía en el domingo 33 del tiempo ordinario, ciclo B
Mc 13,24-32
Texto evangélico:
En aquellos días, después de esta gran angustia, el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán.
Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y gloria; enviará a los ángeles y reunirá a sus elegidos de los cuatro vientos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo.
Aprended de esta parábola de la higuera: Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas,  deducís que el verano está cerca; pues cuando veáis que esto sucede, sabed que él está cerca, a la puerta.
En verdad os digo que no pasará esta generación sin que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.
En cuanto al día y a la hora nadie lo conoce, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sino solo el Padre.


Hermanos:

1. Estamos tocando el misterio de la divinidad de Jesús, y cualquier interpretación nuestra, al querer entrar en detalles, resulta tanteante y tambaleante; pero asistimos a un triunfo deslumbrante, que es lo que tratamos de anunciar en e sta homilía.
Jesús se apropia a sí mismo una escena apocalíptica bien conocida en el Antiguo Testamento y en la misma época de Jesús. Ese escenario apocalíptico consta de dos elementos:
- un cataclismo universal,
- y la aparición de la gloria de Dios con la secuencia del triunfo.
Lo nuevo, lo que nunca había sucedido hasta este momento, es el que él mismo, Jesús en persona, se pone como protagonista del drama universal de cielo y tierra. Y con él “sus elegidos”, congregados desde los confines del cielo y de la tierra. Así pues, el triunfo de Dios en Cristo, es el triunfo de los elegidos de Jesús. Estamos hablando, evidentemente, de nosotros, que somos “sus elegidos”.

2. Se requiere un temple de fe superior, la iluminación del Espíritu Santo, para que todo esto tenga un sentido vivificante en nuestra vida, y no quede reducido a una fantasía desbordaba, a un escenario ficción, que hoy es bien conocido en el montaje de esas películas de vuelos y luchas astrales. Esto destruiría en absoluto el mensaje, y haría de Jesús un iluso fantaseador.

3. Pero, no, hermanos: estamos en el punto cenital de la vida de Jesús – son los días de la Semana Santa – y este discurso apocalíptico tenemos que enlazarlo con la declaración que el Señor pronuncia ante el Sanedrín cuando le pregunta el Sumo Sacerdote: “¿Eres tú el Mesías, el Hijo del bendito? Jesús contestó: Yo soy. Y veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y que viene entre las nubes del cielo” (Mc 14,61-62).
Son dos declaraciones que están al mismo nivel y que expresan la misma identidad de Jesús. Esta es la “blasfemia” de Jesús, ante la cual los sanedritas se rasgaron las vestiduras. “Y todos lo declararon reo de muerte” (Mc 14,64). Este es el pronunciamiento más claro, más decidido y más comprometido que Jesús ha dado de sí mismo. Y lo ha dicho no con un lenguaje académico, no como una reivindicación política para obtener ventajas de este mundo, sino como una proclamación de profeta escatológico, exaltado, porque él es profeta y más que profeta: es el Hijo que viene a la diestra del poder de Dios. Es el triunfo de Dios; la historia alcanza su sentido, y sus elegidos participan victoriosamente de la gloria del Hijo.
Tenemos que reflexionar por partes.

4. Y lo primero de todo, hermanos, hemos de caer en la cuenta de que este pasaje del Evangelio se orienta al triunfo personal de Jesús de Nazaret, a la conciencia que él tiene de sí de que su vida termina en el triunfo soberano de Dios.
Jesús, hombre como nosotros, ha debido afrontar su destino, el misterio del fin y del más allá, que nos deja sin palabras. Y en su declaración se eleva al nivel supremo de Dios. Más alto es imposible soñar. Y lo ha hecho con unas misteriosas expresiones tomadas de la Biblia.
Dice el profeta apocalíptico Daniel: “Y en mi visión nocturna vi venir una especie de hijo de hombre entre las nubes del cielo. Avanzó hacia el anciano y llegó a su presencia. A él se le dio poder, honor y reino. Y todos los pueblos, naciones y lenguas lo sirvieron. Su poder es un poder eterno, no cesará. Su reino no acabará” (Daniel 7, 13-14).
Acaso los rabinos podían decir: Ese es el pueblo de Israel; ese es el triunfo final que Dios nos concede; esa es la comunidad de los santos. Pero Jesús dice: Ese soy yo.

5. Jesús dispone de los ángeles que sirven a Dios. Jesús ejerce la plena soberanía del reino. Lo va a inaugurar cuando reúna a sus elegidos de los cuatro vientos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo.
Jesús, signo de contradicción, está hablando de sí mismo, de su soberanía universal, al tiempo que sabe perfectamente que lo van a matar.
Jesús está hablando, por tanto, de su resurrección, de su ascensión a Dios. Si no, no tendrían sentido esas frases que miran a un futuro incógnito detrás de un presente de dolor.
Jesús nos está dando la imagen de sí mismo, que los primeros cristianos la identificaron al punto como Hijo de Dios.

6. En este pasaje evangélico que estamos desmenuzando, porque el Evangelio es el soporte de toda nuestra fe, hay un componente esencial de la escena, ese que está descrito con estas palabras: “sus elegidos”.
La jerarquía es esta:
Dios,
el Hijo
y sus elegidos.
Va a empezar el reino. Los ángeles son los mensajeros; el cosmos – “el nuevo cielo y la nueva tierra”, que dirá luego el Apocalipsis (Ap 21,1) – son la morada de la nueva situación, que ha creado justamente la pasión y muerte de Cristo.
Cristo y su comunidad son una misma familia a la hora del triunfo y del destino eterno.

7. El momento presente que atravesamos, lo mismo sea en el orden político y económico que en el orden espiritual – esta “desertización” espiritual, de la que ha hablamos el Papa en el inicio del Año de la Fe – hemos de contemplarlo desde el final, desde ese pedestal del triunfo de Cristo, desde esa aparición de gloria del Hijo del hombre que viene en las nubes del cielo.
Después de la consagración, decimos, o, mejor, proclamamos:
Anunciamos tu muerte,
proclamamos tu resurrección.
¡Ven, Señor Jesús!
A esto justamente nos referimos. Cristo es el triunfador de Dios; Cristo es nuestra esperanza.

8. Si Jesús empleó este lenguaje para hablar de sí mismo, nada extraño que los Apóstoles y sus sucesores escribieran estas otras palabras con lenguaje sacerdotal, que hoy se proclaman en la liturgia de la misa: “Cristo, después de haber ofrecido por los pecados un único sacrificio, está sentado a la derecha de Dios” (Hb 10,12).
A ese Jesús, que un día fue el Jesús de la tierra y hoy es el Jesús del cielo, sentado a la derecha del Padre, el Jesús que vive en nuestros corazones, suplicamos con ferviente fe:
¡Cristo Jesús, ten piedad de nosotros, y asócianos a tu reino! Amén.

Guadalajara, Jal., 13 noviembre 2012.

Como poema espiritual con el Evangelio del día puede verse: Jesús de Nazaret, iluminado.

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

 
;