viernes, 28 de diciembre de 2012

334. Año Nuevo: El encuentro espiritual con la Madre de Jesús


Meditación teológica
en la octava de Navidad (1 de enero),
solemnidad de santa María, Madre de Dios



Comencé a escribir este texto como homilía, pero, al curso de los pensamientos, derivó en una “meditación teológica”. Como meditación teológica la entrego.

Mis homilías anteriores sobre el Año Nuevo en este Blog:
Núm. 2.El Señor te bendiga y te guarde
Núm. 166. 1 de enero: El Niño, la Madre, la Paz.

Hermanos:

1. Cuando llega el día 1 de enero – día cubierto en todo el mundo por el ¡Feliz y próspero Año Nuevo! – mirando a la liturgia, espontáneamente me sale predicar de los tres motivos que centran la atención:
- La bendición inaugural del Año Nuevo: El Señor te bendiga y te guarde.
- La Virgen María Madre del Señor, puesto que esta octava de Navidad tiene en la Misa este título específico: Solemnidad de santa María, Madre de Dios.
- La Paz, día así establecido por el Papa Pablo VI el año 1968.
Son tres motivos que rondan mi mente. Recuerdo la homilía del año pasado; “El Niño, la Madre, la paz”.
Quisiera fijarme este año en uno de los tres: la Madre, sin que esta preferencia signifique que lo demás cae en olvido.
Al posar mi atención en la Madre, empalmo con la reflexión del IV domingo de Adviento. Todos los años el IV domingo, como se sabe, es un domingo dedicado en el Evangelio a María.

2. En la octava de Navidad, en esta solemnidad de santa María Madre de Dios, preguntemos a nuestra fe: ¿Quién es María?  ¿Qué ha puesto Dios en sus manos?
Saben ustedes que hace mes y medio apareció en la prensa la noticia de que el Papa daba remate a su trilogía de Jesús con un libro, más breve que los dos anteriores, titulado “La infancia de Jesús” (publicado por ediciones Planeta). Nos advierte en las primeras líneas del Proemio: “No se trata de un tercer volumen, sino algo así como de una antesala a los dos volúmenes precedentes sobre la figura y el mensaje de Jesús de Nazaret. He tratado aquí de interpretar ahora, en diálogo con los exegetas del pasado y del presente, lo que Mateo y Lucas narran al comienzo de sus Evangelios sobre la infancia de Jesús” (Proemio, p. 7).
El capítulo I de esta obra tiene como título una pregunta, que quiere clavarse en la esencia de Jesús “¿De dónde eres tú?” (Jn 19,9). Es la pregunta que Pilato hace a Jesús, intuyendo que él, juez romano de la causa de Jesús, se está enredando en un misterio.  “¿De dónde eres tú?” es una pregunta equivalente a ¿Quién eres tú eres? En la raíz más honda de ti misma.
Es una pregunta que me la ´puedo hacer yo a mí mismo: “¿Quién soy  yo? ¿De dónde soy…?” Una pregunta que hoy se la queremos dirigir, reverente a la Virgen María, Madre del Señor: ¿Quién eres tú, María?

3. Los Evangelios de Mateo y Marcos responden son sendas genealogía. Jesús es de David, responde Mateo. Jesús es de Adán, contesta Lucas. Ambos por igual colocan a Jesús – al Jesús histórico, indisoluble del Jesús del misterio – en el curso de una actuación de Dios en la historia: Jesús es el hijo de Israel, hijo de las Escrituras, hijo de David, hijo de Adán, Hijo de Dios.
Jesús no es un producto fortuito de la biología humana: nadie lo es (aunque así lo parezca a veces), mucho menos Jesús, el Cristo. Las genealogías de Jesús nos llevan hasta la puerta de su misterio; ahí nos quedamos. Pero las genealogías ya son una primera respuesta al misterio de Jesús. Podemos decir certeramente que Jesús es de Dios, todo de Dios; y Jesús es para Dios, para la voluntad de Dios en el mundo.

4. Y ¿quién es María, que sin ella no hay Encarnación, no existe la Encarnación? Sin María no existe Jesús.
Para responder a esta pregunta esencial, no podemos ir a su genealogía, ni por línea paterna, ni por línea materna. De las mujeres en directo no se hacen genealogías, sino de los hombres a los que se unen.
María es hija de la Escritura, y diremos sin rebozo: María es hija de su Hijo, Figlia del tuo Figlio, así la invocó Dante en la plegaria de la Divina Comedia. No nos conduce al centro del misterio decir que María, esposa de José, es, por su matrimonio, hija del padre de José…; eso no es correcto.
Hija de Sión, con un hondo contenido místico, hija de Israel. Unida a José, la Escritura dice de ella: “una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la Virgen era María” (Lc 1,27).

5. El ¿Quién eres tú, María?, la esencia de María, desde el arranque del Nuevo Testamento la ha vertido la Escritura con en dos palabras: es la Virgen, es la Madre. Esta es la definición ontológica-salvífica de María. ¿Qué quiere esto decir?
Quiere esto decir que María es Madre por ser Jesús su Hijo, y que es Virgen por ser su Hijo de Dios. A mi modo de entender la fe (soy un humilde creyente que adora e investiga) estas verdades son entre sí intrínsecamente esenciales,  intrínsecamente conexas. Son verdades cristológicas que, al “marianizarse”, son simultáneamente marianas; pero el sujeto que las sustenta, que las posibilita, que las corporeiza es Cristo. Y en Cristo resplandece el misterio de la gloria y del amor de Dios. Y de tal manera esto es así, íntimamente así, que si no lo fuera, no fuera la Encarnación; que Jesús no puede ser Verbo Encarnado, sino en las entrañas de una “Virgen” morada del Espíritu: sin virginidad de María no hay Encarnación;
- y que Jesús no puede ser hijo de los hombres si su madre no es, en ello y por ello, Madre de Dios.
María es Virgen “a radice”. Para san Mateo lo  es desde la profecía: “Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el Señor por medio del profeta: Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Enmanuel, que significa ‘Dios-con-nosotros’” (Mt 1,22)
Ni la virginidad ni la maternidad son dones celestiales que sobrevienen a una historia más, historia humana recogida entre los hombres. Son más que dones adventicios; son la forma constitutiva de la Encarnación del Hijo de Dios, Hijo de María. Y el privilegio de ser inmaculada entre los hijos de Adán es la redundancia, internamente necesaria, el preámbulo del ser de la virginidad maternal de María, unida al Espíritu Santo.

6. Quisiéramos asimilar la vida de María a la vida de los demás y sobre este soporte ir tejiendo sus cualidades y prerrogativas, como añadidos que Dios le conceda, y que, por lo tanto, pudo no habérselos concedido. No creo que ea el enfoque exacto.
¿Cómo poder recuperar, pues, la figura histórica de María? ¿Será posible saber, por vía histórica, la Historia – valga la redundancia – de María Niña, de María Joven, asumiendo la decisión más grave de la Historia humana, de María tierna Madre de un niñito recién nacido, de María solícita Madre de un muchachito precoz de Nazaret…?
Por de pronto, hemos de asegurar que lo que María sabe de su Hijo es por la fe y solo por la fe, su fe de creatura de oblación a Dios.

7. Volvamos de nuevo al misterio de la virginidad y maternidad, que, por las consideraciones antes hechas, puede decirse igual “virginidad maternal” o “maternidad virginal”.
Hablamos en teología, no en historia. “Historicizar” la virginidad de María es imposible (si este lenguaje es comprensible…).
¡Qué luminosa me ha resultado aquella página que el Cardenal Ratzinger escribía, haciendo el repaso de los cincuenta primeros años de su vida (1927-1977), en torno a un episodio acaecido en 1949 (Ratzinger, estudiante de 22 años) a cuenta de una consulta sobre la definición de la Asunción de María! “Cuando se estaba muy próximo a la definición dogmática de la asunción en cuerpo y alma de María al cielo, se solicitaron las opiniones de todas las facultades de teología del mundo. La respuesta de nuestros profesores fue decididamente negativa. En este juicio se hacía sentir la unilateralidad de un pensamiento que tenía un pensamiento no solo y no tanto histórico, cuanto historicista. La tradición venía de hecho identificada con aquello que era documentable en los textos. El patrólogo Altaner, profesor en Wüzburg (pero a su vez procedente de Breslau) había demostrado con criterios científicamente irrebatibles que la doctrina del asunción en cuerpo y alma de María al cielo era desconocida antes del siglo quinto: por tanto, no podía formar parte de la “tradición apostólica” y esta fue la conclusión compartida por los profesores de Munich. El argumento es indiscutible, si se entiende la tradición en sentido estricto como la transmisión de contenidos y textos ya fijados. Era la posición que sostenían nuestros docentes.
Pero si se entiende la tradición como el proceso vital, con el que el Espíritu Santo nos introduce en la verdad toda entera y nos enseña a comprender aquello que al principio no alcanzamos a percibir (cf. Jn 16,12s), entonces el recordar posterior (cf. Jn 16,4) puede descubrir aquello que al  principio no era visible y, sin embargo, ya estaba dado en la palabra original” (J. Ratzinger, Mi vida. Recuerdos 1927-1977. Ediciones Encuentro 2005, 85).
Este es el auténtico modo de discurrir en honda teología.

8. Si ahora meditamos en la virginidad y en la divina maternidad, contemplamos la virginidad como postulado y gracia de la Encarnación. No cabe una indagación historicista para llegar a encontrarla. Está ahí como don de Dios, y sea Dios quien la deposite en nuestro corazón. Quede a un lado nuestra curiosidad; nos quedamos sin palabras.
Pero hemos encontrado a María en el misterio de la Encarnación. María es gracia, pura gracia de Dios para el corazón. Una gracia que posibilita una relación de amor y de contemplación.
Madre del Señor, te suplico que me adentres – nos adentres como Iglesia – pacificadoramente en el misterio de tu virginal maternidad.

Guadalajara, Jalisco, 28 diciembre 2012.

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