sábado, 29 de diciembre de 2012

335. Sagrada Familia: Jesús el hijo libre y obediente a su Padre


 Domingo de la Sagrada Familia,
dentro de la octava de Navidad, ciclo C
Lc 2,41-52


Texto evangélico

Sus padres solían ir cada año a Jerusalén por la fiesta de la Pascua. Cuando cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre y, cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que lo supieran sus padres. Estos, creyendo que estaba en la caravana, anduvieron el camino de un día y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén buscándolo.
Y sucedió que, a los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba. Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre:
- “Hijo,  ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados”.
Él les contestó:
- “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?”
Pero ellos no comprendieron lo que les dijo.
Él bajó con ellos y fue a Nazaret y estaba sujeto a ellos. Su madre conservaba todo esto en su corazón. Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres


En Navidad, fiesta de la Sagrada Familia, que tiene un encanto sencillamente divino.
El mensaje de la familia hoy está de una manera muy viva en el corazón de la Iglesia. La Nueva Evangelización tiene una preferencia particular por la familia. Quienes hemos crecido en una familia sencilla y piadosa, profundamente creyente debemos agradecérselo al Señor toda la vida. Unos padres que nos han sabido educar es el mayor regalo humano que el Señor nos ha hecho.
Fiesta de la Sagrada Familia, que nos trae múltiples pensamientos, tomados unos de la propia experiencia inmediata, otros de todo ese cúmulo de datos que la vida nos va ofreciendo y de la reflexión que ello nos brinda en los cambios acelerados que vemos en torno.
El Evangelio de hoy nos presenta una escena desconcertante.
En esta ocasión no redactamos nuestra homilía, sino transcribimos las páginas que el Papa como “Epílogo” de La infancia de Jesús nos ofrece en su libro, presentado en el pasado mes de noviembre.


Jesús en el templo a los doce años
(Extracto del libro de
Joseph Ratzinger – Benedicto XVI, La infancia de Jesús 2012, pp. 126-130)


Volvamos a los padres de Jesús. La Tora prescribía que todo israelita debía presentarse en el templo para las tres grandes fiestas: Pascua, la fiesta de las Semanas y la fiesta de las Tiendas (cf. Ex 23,17; 34,23s; Dt 16,16s). La cues­tión sobre si las mujeres estaban obligadas a esta peregri­nación estaba en discusión entre las escuelas de Shamai y de Hillel. Para los niños, la obligación entraba en vigor a partir de los trece años cumplidos. Pero también se apli­caba al mismo tiempo la prescripción de que debían ir acostumbrándose paso a paso a los mandamientos. Para esto podría servir la peregrinación a los doce años. Por tanto, el que María y Jesús hayan participado en la peregrinación demuestra una vez más la religiosidad de la fa­milia de Jesús.
Pongamos atención en este contexto al sentido más hondo de la peregrinación: al ir tres veces al año al templo,  Israel sigue siendo, por así decirlo, un pueblo de Dios en marcha, un pueblo que está siempre en camino hacia Dios, y recibe su identidad y su unidad siempre nuevamente del encuentro con Dios en el único templo. La Sagrada Familia se inserta en esta gran comunidad en el camino hacia el templo y hacia Dios.

En el viaje de regreso sucede algo inesperado. Jesús no va con los demás, sino que se queda en Jerusalén. Sus padres se dan cuenta sólo al final del primer día del retorno de la peregrinación. Para ellos era claramente del todo normal suponer que él estuviera en alguna parte de la gran comitiva. Lucas llama a la comitiva synodía —«comunidad en camino»—, el término técnico para la caravana. Según nuestra imagen quizá demasiado cicatera de la Sagrada Familia, esto puede resultar sorprendente. Pero nos muestra de manera muy hermosa que en la Sagrada Familia la libertad y la obediencia estaban muy bien armonizadas una con otra. Se dejaba decidir libremente al niño de doce años el que fuera con los de su edad y sus amigos y estuviera en su compañía durante el camino. Por la noche, sin embargo, le esperaban sus padres.
El que no apareciera, nada tiene que ver con la libertad de los jóvenes, sino con otro orden de cosas, como se pondrá de manifiesto plenamente después: apunta; particular misión del Hijo. Para los padres comenzaron días de gran ansiedad y preocupación. El evangelista dice que sólo después de tres días encontraron a Jesús e templo, donde estaba sentado en medio de los doctores mientras los escuchaba y les hacía preguntas (cf. Lc 2,46).
Los tres días se pueden explicar de manera muy concreta: María y José habían marchado hacia el norte durante una jornada, habían necesitado otra jornada para volver atrás y, por fin, al tercer día encontraron a Jesús. Aunque los tres días son ciertamente una indicación temporal muy realista, es preciso sin embargo dar la razón a René Laurentin cuando nota aquí una callada referencia a los tres días entre la cruz y la Resurrección. Son jornadas de sufrimiento por la ausencia de Jesús, días sombríos cuya gravedad se percibe en las palabras de la madre: «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados» (Lc 2,48). Así, desde la primera Pascua de Jesús se extiende un arco hasta su última Pascua, la de la cruz.
La misión divina de Jesús rompe toda medida humana y se convierte para el hombre una y otra vez en un misterio oscuro. En aquellos momentos se hace sentir en María algo del dolor de la espada que Simeón le había anunciado (cf. Lc 2,35). Cuanto más se acerca una per­sona a Jesús, más queda involucrada en el misterio de su Pasión.

La respuesta de Jesús a la pregunta de la madre es impresionante:  «Pero ¿cómo? ¿Me habéis buscado? ¿No sabíais dónde tiene que estar un hijo? ¿Que tiene que estar en la casa de su padre, en las cosas del Padre?» (cf. Lc 2,49). Jesús dice a sus padres: «Estoy precisamente donde está mi puesto, con el Padre, en su casa.»
En esta respuesta hay sobre todo dos aspectos importantes.  María había dicho: «Tu padre y yo te buscábamos angustiados.» Jesús la corrige: yo estoy en el Padre. Mi padre no es José, sino otro: Dios mismo. A él pertenezco y con él estoy. ¿Acaso puede expresarse más claramente la filiación divina de Jesús?
Con esto se relaciona directamente el segundo aspecto  Jesús habla de un «deber» al que se atiene. El hijo el niño debe estar con el padre. La palabra griega dei usa da aquí por Lucas retorna siempre en los Evangelios allí donde se presenta lo que establece la voluntad de Dios, a la cual está sometido Jesús. El «debe» sufrir mucho, se rechazado, sufrir la ejecución y resucitar, como dice a su discípulos después de la profesión de Pedro (cf. Mc 8,31) Este «debe» vale también en este momento inicial. Él debe estar con el Padre, y así resulta claro que lo que puede parecer desobediencia, o una libertad desconsiderada respecto a los padres, es en realidad precisamente una expresión de su obediencia filial. El no está en el templo por rebelión a sus padres, sino justamente como quien obedece, con la misma obediencia que lo llevará a la cruz y a la resurrección.

San Lucas describe la reacción de María y José a las palabras de Jesús con dos afirmaciones: «Ellos no comprendieron lo que quería decir», y «su madre conservaba todo esto en su corazón» (Lc 2,50-51). La palabra de Jesús es demasiado grande por el momento. Incluso la fe de María es una fe «en camino», una fe que se encuentra a menudo en la oscuridad, y debe madurar atravesando la oscuridad. María no comprende las palabras de Jesús, pero las conserva en su corazón y allí las hace madurar poco a poco.
Las palabras de Jesús son siempre más grandes que nuestra razón. Superan continuamente nuestra inteli­gencia. Es comprensible la tentación de reducirlas, ma­nipularlas para ajustarlas a nuestra medida. Un aspecto de la exégesis es precisamente la humildad de respetar esta grandeza, que a menudo nos supera con sus exigen­cias, y de no reducir las palabras de Jesús preguntándo­nos sobre lo que «es capaz de hacer». Él piensa que puede hacer grandes cosas. Creer es someterse a esta grandeza y crecer paso a paso hacia ella.
De este modo, Lucas presenta premeditadamente a María como la que cree de manera ejemplar: «Dichosa tú, que has creído», le había dicho Isabel (Le 1,45). Con la observación, dos veces repetida en el relato de la infan­cia, de que María conservaba las palabras en su corazón (cf. Lc 2,19.51), Lucas remite —como se ha dicho— a la fuente a la que recurre para su narración. Al mismo tiem­po, María no se presenta sólo como la gran creyente, sino como la imagen de la Iglesia, que acoge la Palabra en su corazón y la transmite.

Guadalajara, Jalisco, sábado 29 diciembre 2012.

En nuestro Himno de Adviento-Navidad (mercaba.org / Rufino María Grández / El pan de unos versos / Adviento-Navidad) puedes encontrar dos himnos para la fiesta de la Sagrada Familia:
- Una familia, una casa
- Regalo de Navidad

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