viernes, 30 de marzo de 2012 0 comentarios

210. Domingo de Ramos: Pasión de Jesús según san Marcos

Meditación en torno a la Pasión de Jesús egún san Marcos
(Evangelio de san Marcos, capítulos 14 y 15)


Hermanos:

1. Domingo de Ramos, Domingo de la Pasión del Señor. Se inicia la Semana Santa, que nos llena de respeto, de adoración y de amor.
El Domingo de las palmas tiene todos los años un escenario doble: el humilde triunfo del Mesías Redentor, aclamado por el pueblo hebreo rumbo a la ciudad santa de Jerusalén, triunfo que dilata nuestras almas, disponiéndonos a celebrar la Eucaristía; y la proclamación sagrada de la Pasión del Señor. Un año se toma la Pasión de Jesús según san Mateo; el segundo, que es este, se toma la Pasión de Jesús según san Marcos; el tercero, que será el año próximo, la Pasión de Jesús según san Lucas. Y todos los años, el Viernes Santo, la Pasión de Jesús según san Juan.
En la recentísima visita del Papa a Cuba, Su Santidad Benedicto XVI ha solicitado al Presidente del país que Viernes Santo sea declarado día festivo, respetando la sensibilidad, tan arraigada en el pueblo cubano, de venerar el misterio de la pasión y muerte de Jesús.

2. Ante la Pasión del Señor el cristiano se queda mudo, y uno evoca aquella escena que describe la Escritura cuando sobrevino la desgracia a Job, tipo del hombre doliente en suprema gravedad. Vinieron a consolarle tres amigos. “Al verlo de lejos y no reconocerlo, rompieron a llorar, se rasgaron el manto y echaron polvo sobre sus cabezas y hacia el cielo” (Jb 2,12). Y tras este drama viene lo más expresivo: “Después se sentaron con él en el suelo y estuvieron siete días con sus noches, pero ninguno le decía nada viendo lo atroz de sus sufrimientos” (v. 13).
La Pasión escrita en los Evangelios es, ante todo, la meditación de la comunidad de Jesús que maternalmente lo ha llevado en su corazón, lo ha llorado como se llora a un hijo, y ha pedido perdón a Dios, porque han sido nuestros pecados los autores del drama de la humanidad. Al mismo tiempo, da gracias a Dios y bendice con serenidad, porque, como Pablo dirá: “Me amó y se entregó por mí”. Es que no se puede ver y meditar lo que allí ocurre, sin no pasar al instante al propio escenario de nuestra vida. Dice Pablo: “Mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí” (Ga 2,20).

3. La Pasión de Jesús no se podrá nunca entender sin lo que pasó en el Cenáculo aquella noche sagrada, cuando Jesús nos dio la Eucaristía y abrió de par en par el corazón. De allí salieron al Huerto, el Huerto de la agonía. Y aquí comienzan las escenas del desenlace final, que tienen una secuencia de tres momentos: el Huerto, el Juicio y la Cruz. Los evangelistas son ricos en detalles, y desde siempre a los cristianos les ha gustado hacer de los cuatro relatos una narración continua para no perder ningún rasgo que mueva el corazón a la meditación. Pero la verdad es que cada evangelista tiene su propia línea de reflexión y en esto queremos centrarnos.
En el Huerto hay una palabra suprema. Es una palabra divina que el evangelista la ha guardado, tal como la pronunció Jesús y la ha entregado a la Iglesia. Esta palabra es Abbá, "padre" en lengua aramea, que para Jesús es lo más tierno y sublime que se puede decir de Dios. “Y decía: ¡Abbá!, Padre: tú lo puedes todo, aparta de mí este cáliz. Pero no sea como yo quiero, sino como tú quieres” (Mc 14,36).
Esta es la palabra esencial de Jesús en el Huerto. En esa palabra, que ha quedado ahí en lengua aramea, está encerrada toda la historia de Jesús: todos los recuerdos de su vida, toda la entrega del presente, toda la esperanza del futuro. Jesús dice ¡Abbá!, ¡Abbá! Y el evangelista nos advierte: “y oraba repitiendo las mismas palabra”: ¡Abbá!, ¡Abbá!
Eso y solo eso, infinitamente eso, fue la oración del Huerto. Y entretanto el Padre, que se moría de ternura por su Hijo, callaba. ¡Qué misteriosa forma de amar! Dejar en el silencio desolado al Hijo de sus entrañas. En suma, hermanos: “Me amó y se entregó por mí”.

4. Pero avancemos en la Pasión de Jesús según san Marcos. Olvidémonos, ahora, del relato de la Pasión de los otros Evangelios. Concluida la escena del prendimiento en el Huerto, Jesús ya no habla sino tres veces: una para responder al Sumo Sacerdote, otra para responder a la autoridad del Imperio, otra, dirigida al Padre, para morir en la cruz.
Las tres palabras – entendámoslo bien – son la explicación de la única palabra que Jesús lleva en su corazón: ¡Abbá! Son las tres palabras de la Pasión de Jesús según san Marcos. Meditémoslo. Tres palabras que está diciendo quién es él, quién es su Padre, por qué muere.

5. Ante el Sanedrín, reunido en pleno, el Sumo Sacerdote, “levantándose y poniéndose en el centro”, apelando de esta manera a toda su autoridad sagrada, preguntó a Jesús: “¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito?” (Mc 14,61). Esta era la cuestión, la única cuestión de todo lo que estaba pasando, y nos alegramos de que el Sumo Sacerdote así pusiera los términos. Y Jesús, que hasta ahora había callado con admiración de todos, ahora sí habló. Y dijo son voz humilde, serena y eterna: “YO SOY. Y veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y que viene entre las nubes del cielo” (v.62).
Ante la conciencia de Jesús y ante la conciencia de todos está claro: Jesús va a morir por esta horrenda blasfemia que hace estallar toda la religión, por ser el Hijo del Bendito, cuyo nombre no se puede pronunciar. Pero Jesús en el fondo de su corazón sigue diciendo: ¡Abbá!, ¡Abbá!
Jesús no se avergonzó de su Padre y murió por Él: ¡Abbá!, ¡Abbá!

6. Lo llevaron a Pilato para formalizar la sentencia. Pilato le hizo una pregunta, que era política, y misteriosamente más que política: “Pilato le preguntó: ¿Eres tú el rey de los judíos? Él respondió: Tú lo dices” (Mc 15,2). Pilato trató de desembarazarse de esta muerte, y para ello les dio a elegir entre un criminal y Jesús. Ellos gritaron para que soltara al criminal y crucificara a Jesús. “Y Pilato, queriendo complacer a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran” (Mc 15,15). Y Jesús, fiel a su propia conciencia, en el fondo de su corazón seguía diciendo: ¡Abbá!, ¡Abbá!

7. Tercera y última palabra de Jesús en su Pasión, según san Marcos. Fue después de las burlas que le hacían al rey de los judíos, título escrito en la cruz: “Y a la hora nona, Jesús clamó con voz potente: Eloí, Eloí, lemá sabactaní (que significa: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”)" (Mc 15,34). Jesús está orando a su Dios, a su ¡Abbá!, ¡Abbá!, y ante Él está desahogando, en la oscuridad y el abandono, todo su corazón, porque su amor era más fuerte que su soledad. Era la suprema hora del ¡Abbá!, ¡Abbá!
Luego “Jesús, dando un fuerte grito, expiró” (v. 37). Ese fue el grito triunfal de la victoria, que nos llega hasta hoy, y que resuena en nuestro corazón y lo levanta hasta Dios.

8. Hermanos, la Pasión de Jesús la vivió san Marcos así, la celebró su comunidad así. Era la Pasión del Hijo de Dios. ¡Abbá!, ¡Abbá!
“Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios” (1,1), había puesto san Marcos en el título del Evangelio.
Y tras la muerte de Jesús, “el centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo: Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (v. 39).
Hermanos, nos callamos para clamar con toda la vida del corazón: Jesús, tú eres el Hijo de Dios. Toma mi vida dentro de tu muerte. Amén.

Viernes de Dolores, 30 marzo 2012.

Como himnos espirituales para este día véase: En Betfagé nos unimos, Jerusalén, Iglesia del Mesías

miércoles, 28 de marzo de 2012 0 comentarios

209. Cincuenta años del Concilio: Crónica Huaorani

Memoria de dos humildes y grandes misioneros
a la altura de un Concilio


1. Hace 25 años que en la selva amazónica, atravesado por quince lanzas, murió el Obispo Alejandro Labaka; y con él la hermana Inés Arango, ambos a dos ínclitos misioneros en el sentido nuevo y puro que se le puede dar a esta palabra (21 julio 1987). Y hace 50 años que se iniciaba el Concilio Vaticano II, que preparaba una vuelta al modo y estilo de hacer Iglesia, de vivir la comunión de los cristianos y el entronque con el mundo (11 octubre).
Una Facultad de Teología – Facultad de Teología del Norte, Sede en Vitoria-Gasteiz – ha querido unir estos dos eventos en un mismo tronco del árbol vigoroso y fecundo de la Iglesia. Quien esto escribe, recién llegado de América (mis escritos anteriores normalmente están firmado en Puebla de los Ángeles, México) ha estado allí. El acto académico, en memoria y honor de un vasco guipuzcoano, Alejandro Labaka Ugarte (1920-1987), capuchino, misionero, obispo y mártir, era un acto académico universitario. Para mí era una espléndida celebración de fe y de Iglesia.
El tema concreto, que ha centrado las cuatro intervenciones y el diálogo, era un pequeño libro, titulado “Crónica Huaorani”, y el ponente decía: Se trata de un texto constitucional.

2. Seguramente que la gran mayoría de quienes se asomen a esta ventana no saben quién fue Alejandro Labaka. Nacido en las montañas de Guipúzcoa, en los tiempos en que esta tierra soñadora era un hervidero de vocaciones, Alejandro Labaka, es un muchacho que como tantísimos otros siguió los pasos de la carrera sacerdotal como religioso capuchino. Fue ordenado sacerdote en diciembre de 1945, y el 1947 estaba de misionero en China. Allí permaneció hasta que las circunstancias políticas de la revolución de Mao en 1953 le obligaron a repatriarse.
Pero este hombre de temple apostólico de ninguna manera se quedó en casa. Como los capuchinos acababan de asumir una misión amazónica en el Ecuador, él se ofreció y se apuntó para continuar siendo misionero de avanzada entre los indios, a los que amó sencillamente como a hermanos.
No puedo contar en tres párrafos lo que he escrito en un respetable volumen de 669 páginas, de página amplia y letra pequeña y 1300 notas documentales…

Vida y martirio del Obispo Alejandro Labaka y de la Hermana Inés Arango. Vicariato Apostólico de Aguarico, Coca, Ecuador, 2009.
Comienza a germinar la información de Labaka en Internet y el internauta lector de esta página puede acudir al Blog de Alejandro Labaka ha comenzado a gestionar el joven misionero mexicano Néstor Wer. A este Blog nos remitimos. Véase:
Mons. Alejandro Labaka, OFMCap., Mártir de la Iglesia de Aguarico.

3. ¿Qué tiene que ver este misionero vasco con el Concilio Vaticano II?
Lo que tiene que ver es esto: Que sin el Vaticano II no habría existido este misionero, que hoy ha sido ensalzado como uno de los grandes en la estela de los Grandes Misioneros de la Iglesia.
Labaka merece ser conocido, y pienso (así lo he dicho en voz alta y lo repito aquí para quien me oiga) que merece ser reconocido por la gente de su tierra, por el Gobierno Vasco, para alzarle un monumento y se tenga clara conciencia de que gentes así ha producido esta tierra.
La horrible crónica de pólvora (que ojalá por la gracia de Dios, sea crónica pasada) no es la Crónica del Pueblo Vasco; la Crónica Huaorani, y del grupo específico de los Tagaeri a punto de extinguirse en la selva, esa sí es la crónica de los ideales más generosos del pueblo vasco.
La Crónica Huaorani (cinco ediciones, cinco mil ejemplares en total) son los apuntes que un misionero iba tomando al entrar en contacto con los pueblos ignorados, tomando el latido de su porpio corazón y el latido de ellos, y que, tras la muerte martirial, un compañero (Miguel Ángel Cabodevilla) ha publicado.
Él expuso su vida “propter Evangelium”: así se lo consultó en su día a Pablo VI, y así ocurrió en la fecha, hoy gloriosa, del 21 de julio de 1987.
Él entendió que la salvación es salvación integral de la persona y él, como misionero y como obispo, buscó la libertad, la ciudadanía, la autonomía cultural de unas minorías poseedoras de unos derechos ancestrales que nadie les podía arrebatar.
Con su vida pagó en sangre – y la Hermana Inés igual – lo que él había aprendido en el Vaticano II. Dios ha puesto las “semillas del Verbo” (expresión que usó el Concilio, tomada de san Justino, en el siglo II) en todos los pueblos y culturas, y esas semillas, que germinan, llevan a Cristo nuestro Hermano y Redentor.
Alejandro, que profesionalmente no es un teólogo, es una luz en la Iglesia, como avanzado testigo del amor.
El episcopado ecuatoriano firmó en pleno, todos y cada uno, la petición de que se abriera la causa de este misionero-obispo que murió en la selva, desnudo como Cristo en la Cruz. Y en efecto, la Causa está abierta.
Y esto – añadiré – al honor de la audacia del Vaticano II.
Hoy, que se les rinde este homenaje a dos testigos vivientes del Concilio, como preámbulo del Simposio que se tendrá en la Universidad Católica de Quito (21-24 mayo 2012), al conmemorar los XXV años de martirio, no me podía acostar sin dejar constancia y memoria de esta celebración eclesial.

4. ¡Hermanos Alejandro e Inés, Siervos de Dios, mártires de Cristo, rogad por mí…, rogad por vuestra Iglesia santa de Aguarico, que regasteis con vuestra sangre!

Pamplona, 28 marzo 2012.
miércoles, 21 de marzo de 2012 0 comentarios

208. La alianza nueva escrita en el corazón y la muerte gloriosa de Jesús

                                                      Domingo V de Cuaresma, Ciclo B
Jeremías 31,31-34; Hebreos 5, 7-9; San Juan 12,20-33

Hermanos:

1. Hay pasajes en el Antiguo Testamento que nos resultan particularmente esplendentes y llegan hasta nosotros como verdaderos manantiales de Evangelio. Me estoy refiriendo ahora al texto de Jeremías de la Nueva Alianza, primera lectura de este domingo; un texto muy semejante al anuncio del don absoluto de Dios cuando en Ezequiel, un poco después de Jeremías, el Dios de la alianza promete: Os daré un corazón nuevo e infundiré mi Espíritu en vuestro interior.
El proyecto de Dios que han intuido los profetas es la divinización del hombre, lo cual jamás podrá alcanzarlo el hombre con su empeño; Dios mismo tiene que entrar en acción y hacer esa obra sublime como obra suya, absolutamente suya, fruto de su amor.
Acerquémonos al texto de Jeremías, palabra creadora de Dios.

2. El profeta, que tanto ha luchado y tanto ha sufrido, después de tanta experiencia y dolor, llega a concluir algo que lo ha percibido como revelación divina. La Ley, dada por Dios a  Moisés, sin duda que como un don de amor, ha resultado ser un fracaso, porque la historia ya larga del pueblo sacado de Egipto ha sido una amarga historia de pecado, de infidelidad a esa confianza que Dios había deposita en su pueblo elegido. De Moisés a Jeremías han pasado más de 500 años, y los hechos hablan por sí solos. Incluso la amenaza que se cierne y la realidad que ya ha comenzado se presenta fatal. En los años de Jeremías han comenzado las deportaciones a Babilonia, los setenta años de la cautividad, que los profetas han interpretado como castigo a la alianza pactada, como prueba de una infidelidad declarada. La Ley, con toda su hermosura, con toda la mística que lleva dentro, no ha sido capaz de detener el aluvión del pecado.
No es culpa de la Ley, el profeta lo sabe, como siglos más tarde lo dirá san Pablo: la ley es santa, el precepto es bueno; pero el corazón del hombre es torcido, y en el fondo es malo. De nada me sirve que me pongan ahí delante un ideal sublime para que lo cumpla, si a mí no me da la gana.
La única solución posible para que la realidad sea otra es que se opere un cambio en el corazón del hombre; pero el hombre radicalmente no quiere, y estaremos siempre en las mismas.
Dios promete una alianza nueva. Una alianza “nueva” no es repetir la anterior, sino hacer otra distinta.

3. “No será una alianza como la que hice con sus padres, cuando lo tomé de la mano para sacarlos de Egipto, pues quebrantaron mi alianza, aunque yo era su Señor – oráculo del Señor – esta será la alianza que haré con ello después de aquellos días – oráculo del Señor - :
Pondré mi ley en su interior
y la escribiré en sus corazones:
yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo (Jer 31,32-33).

Esto es igual que hacer una creación nueva. Es sanar el corazón de raíz. Esto es iniciar un mundo nuevo, la familia de la verdadera amistad con Dios. La alianza nueva se expresa con la fórmula recíproca del amor: “Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo”.
En estas nuevas relaciones establecidas con Dios se entiende lo que a continuación dice el oráculo:
“Ya no tendrá que enseñarse unos a otros diciendo: ‘Conoce al Señor’, pues todos me conocerán, desde el más pequeño al mayor – oráculo del Señor –, cuando perdone su culpa y no recuerde ya sus pecados” (v. 34).

4. Hermanos, es bellísimo este panorama. ¿Cómo ha podido anunciar y escribir semejantes cosas el grande y doliente profeta Jeremías?
Seguramente que estas cosas no se pueden escribir sino después de un éxtasis celestial. Un sociólogo dirá: Esto es una pura utopía. Esa situación humana ni ha existido ni va a existir, porque el hombre, antes y después, es lo que es; está viciado en su raíz, como la historia hasta hoy cruelmente lo demuestra.
Acaso un teólogo diga: Es el estado escatológico el que está describiendo el profeta. Si dice solo eso porque el profeta no está hablando de un tiempo más allá de la historia, sino de una comunidad que ha de realizarse con estos parámetros, aquí mientras dura la historia de Dios.
¿Será posible? La respuesta está en el Evangelio. “Y cuando yo sea levantado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32).
Nos acababa de decir: “y donde esté yo, allí también estará mi servidor” (v. 26). Todo esto supone una alianza de igualdad, de reciprocidad que se establece entre Jesús y nosotros, a quienes llama sus servidores.

5.  Estamos al final del ministerio público de Jesús.
“Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora.
Pero si por eso he venido para esta hora.
Padre, glorifica tu nombre” (Jn 12,27-28).

En el corazón de Jesús hay un estallido, el estallido mismo de la vida, que en este punto cenital se llama “la hora”. Es el momento en que el grano de trigo tiene que desaparecer para convertirse en espiga.
Jesús se lanza a esta aventura celestial: tiene que morir. Ya no le importa mirarse a sí mismo; mira al Padre. “Padre, glorifica tu nombre” (v. 28).

6. Y el texto sagrado dice que tras esta ofrenda, tras esta oblación perfecta a la gloria de Dios, llegó una voz del cielo, que algunos confundieron con un trueno. A nosotros nos parece que estamos en el monte Sinaí, en el monte de la Transfiguración. Decía esa voz:
Lo he glorificado
y volveré a glorificarlo” (v. 28).
Jesús, destinado a la muerte, era el glorificado; y vencedor de la muerte será también el glorificado.
Con esa dinámica de muerte y vida está estableciendo la realidad de la alianza nueva.
Para entrar en esta alianza nueva, y amanecer como criaturas nuevas – el Nuevo Mundo del Evangelio – Jesús nos pide que se verifique en nosotros lo que en él se está verificando:
- la muerte del grano de trigo, que entonces, y solo entonces, dejará salir la vida increíble que lleva en sus entrañas. “El que quiera servirme, que me siga” (v. 26), dice Jesús.
- Que comprenda el seguidor que la muerte es glorificación, si bien es cierto que solo el amor puede entender la muerte como glorificación.
- Que acepte el seguidor seguirle tras la muerte, donde habita la gloria. Hoy nos envuelve una lectura sagrada de Hebreos, que suena así: “Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, siendo escuchado pro su piedad filial” (Hb 5,7).

7. Todos estos pasajes, que hemos citado y mezclado, nos invitan a una cosa: a vivir en profundidad los misterios de Dios, que están como diluidos en lo cotidiano de la vida.
Ahora volvemos al principio de nuestra reflexión y nos preguntamos: Esa alianza nueva de Dios y el hombre, que entrevé y anuncia Jeremías, ¿será posible?
Sí es posible, porque en la vida de Jesús se ha verificado y Jesús nos invita a entrar en ese interior, como servidores suyos, como amigos, y, al final, como esposos copartícipes de una alianza circulatoria de amor.

El amor hace ver donde no se ve.
El amor diviniza lo que es humano.
El amor cambia la vida, y la eleva hasta donde está Cristo.
El amor es lo más nuestro de nosotros mismos, y es la realidad más recóndita del ser que está pidiendo ser despertada para mirar amablemente y entender creyendo.
Hermano, sigamos adelante, hasta el final, con Jesús; y donde esté él, estaremos nosotros sus servidores. Amén,

Puebla de los Ángeles, 21 marzo 2012.

Hermano, hermana:
Si son mexicanos les invito a entrar en el número precedente a este, que dice: 
207. Santo Padre Benedicto, ¡bienvenido a México!

martes, 20 de marzo de 2012 0 comentarios

207. Santo Padre Benedicto, ¡bienvenido a México!

Humilde Salutación
al Papa Benedicto XVI
(A los pies de El Cubilete, 23 marzo 2012)


Las revistas y periódicos escriben sobre la venida del Papa a México.
¿Yo tengo también una palabra, una opinión, una palabra de doctor…, o al menos de periodista?
No, no la tengo. Quizás porque hay tanto que pensar.
Pero tengo una palabra de amor, y aquí está.


Creyente luminoso, humilde y dulce,
Benedicto,
espejo de piedad y de coraje,
de todo corazón, ¡sed bienvenido!

En México, memoria y esperanza
de un tesoro crecido entre sencillos,
te sentirás muy tiernamente amado,
padre, y “apapachado” con cariño;
allí en lo alto te protege y cuida
el Corazón Divino.

Naciste todo entero y consagrado
para mirar a Dios con ojos limpios.
Tu tierra es la belleza y el amor,
que el pensamiento allí alcanza sentido;
y tu palabra cae suavemente,
y quien te escucha siente a un buen amigo.

El Céfiro que todo lo penetra,
del corazón conoce el entresijo,
y Espíritu de amor y de consuelo,
sabe cuarenta y siete mil delitos,
y más…, de cada uno nombre y vida,
que Dios es Padre tierno de sus hijos.

Clemente Papa, de dolor muy lleno,
en busca vamos, bien adoloridos,
de una palabra cierta que contagie
valor para acertar en el camino.

Acaso el Padre tenga reservada
adentro de tu pecho pensativo,
un hálito y estímulo seguro.
Si tú lo sabes, Papa Benedicto,
pastor del Buen Pastor, Jesús, el único,
en nombre del Señor, humilde, dinos.

Se llamará justicia, y más al fondo
tendrá otro nombre en el que yo me implico.
Humano soy, y nada humano, ajeno
y extraño considero a mi destino.

¡Bendito por venir entre nosotros!
Tu abrazo muy sincero recibimos.
Contigo celebramos, suplicamos.
Contigo, blanca túnica, Contigo.

La Virgen interceda,
y en todo brille Cristo,


Puebla, 20 marzo 2012

Rufino María Grández
viernes, 16 de marzo de 2012 1 comentarios

206. Tanto amó Dios al mundo

Domingo IV de Cuaresma, ciclo B
Evangelio de san Juan 3,14-21


Hermanos:

1. El domingo pasado el Evangelio según san Juan nos sumergía en el misterio del Templo. Este domingo, en una conversación reveladora de Jesús con Nicodemo, Jesús nos adentra en el misterio del amor del Padre.
Podemos tomar como frase central de nuestra reflexión de fe esa soberana declaración, que quede eternamente grabada en nuestro corazón. Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3,16).
¿De qué Dios está hablando Jesús? De un Dios que tiene un nombre único: de Dios Padre.
¿Y de qué Hijo está hablando Jesús? No de un rey, no de un profeta, no de un enviado humano muy querido de Dios. Está hablando del Unigénito.
¿Quién es el Unigénito? ¿En qué lugar de la Biblia habrá que encontrarlo? No es otro que él mismo: Jesús es el Unigénito de Dios.

2. Hay una trilogía en acción en esta obra en la que estamos implicados: el Padre, el Hijo unigénito, el mundo. Al decir “mundo” estamos hablando de nosotros mismos, de todos los seres humanos – pasado, presente y futuro – y aquí estoy yo. Estamos hablando de mí. No falsifico el sentido, si singularizo la frase y me introduzco yo con mi propia historia: Tanto me ha amado el Padre, que por mí ha enviado a su Unigénito.
El amor es el ámbito del sentido. Dios ha obrado así en aras del amor, y ha impregnado el mundo de amor.
La frase, palabra revelada, queda coronada, cuando se me dice que toda esta gesta de amor, tiene un fin: ser salvados de la perdición, teniendo vida eterna. La vida eterna es ni más ni menos que la vida misma de Dios. El Evangelio del amor es el Evangelio de la vida.

3.¡Diálogos de Jesús con Nicodemo…! Nicodemo era doctor de la ley, adherido espiritualmente a los fariseos (Jn 7,50). En la sepultura de Jesús, allí estaba junto con José de Arimatea (Jn 19,38-39), que era miembro del Sanedrín (Mc 15,42).
¡Diálogos nocturnos en Jerusalén de Jesús con Nicodemo! Evangelio de la reflexión y de la confidencia. Jesús ha predicado el reino de Dios, el amor del Padre, lo mismo en la plaza, que al aire libre en el campo, que en la sinagoga, que en el coloquio nocturno con este doctor… y que finalmente clavado en la cruz. Jesús tenía una palabra que decir al mundo y ha conseguido decirla. Y esta palabra es: el Padre nos ha amado. Solo el amor es la palabra de Dios; solo el amor es la noticia de Dios; solo el amor es el Evangelio de Dios.
También los humanos tenemos una palabra que decir, cada uno a nuestro estilo y manera. ¡Ojalá que esa palabra no sea, en el fondo, otra cosa que un eco de la palabra de amor que Jesús ha pronunciado! ¡Ojalá que la herencia nuestra que recojan nuestros herederos sea algo tan simple como esto: Dios nos ama!
Si esto es, hermanos, la evidencia del conocimiento divino, nosotros, ya regenerados por este amor, podemos añadir: Es que si Dios no nos amara dejaría de ser el Dios que es, y, a la verdad, que no hay otro Dios sino el que es.

4. La declaración de Jesús, al amor de la noche – alcoba de los secretos – tiene una resonancia sonora en la primera carta de san Juan: Dios es amor (1Jn 4,8.16). Dios es amor, primer mensaje que Benedicto XVI, en carta encíclica (Deus caritas est, 25 diciembre 2005), ha dirigido al mundo.
El pensador cristiano comienza a navegar por este mar infinito para investigar, sin nunca terminar, sobre la verdad clave del pensamiento. ¿Quién es Dios? ¿Cómo es Dios?
Dios no es la imaginación caprichosa del hombre. Dios es la realidad de Él, que pasa a ser realidad nuestra. El ser de una persona se lo conoce por la proyección que de sí misma irradia. La irradiación de Dios, es decir, la obra de Dios, la vida de Dios, sea hacia adentro o hacia fuera, es una: el amor. Dios existe amando, y si no amara, su propio ser sería la negación infinita. En cristiano, en esta filosofía, que puede tejer el corazón pensante, el ser de Dios es el mismo acto perenne de su amor.
Filosofía del amor, que es la única que puede dar pauta y sabiduría a nuestro comportamiento.
Contemplar estas cosas, hermanos, no es una fuga de la realidad, sino abordar la realidad en su más pura entraña, la realidad misma de Dios a la que estamos destinados.

5. El Evangelio de Juan avanza para sacar la consecuencia humana. El mensaje del amor tiene dos polos: Dios y nosotros, y lo que acabamos de decir giraba en torno a Dios.
Por lo que a nosotros respecta, por lo que ese amor creador y esperanzador anuncia, nuestro Evangelio, enseñado por Jesús, es absolutamente simple. Creer en el amor; creer en el amor de Dios, que en el anuncio que se nos está dando tiene la expresión más concreta, pues creer en el amor de Dios es creer en una persona, en Jesús de Nazaret, que aquella noche estaba hablando a Nicodemo y que en esta mañana me está hablando a mí.
Jesús es el enviado del Padre para mí, y en su corazón guarda una palabra: que el Padre Dios me ha amado.
Por ese principio de lo concreto e individual que estamos manejando, Jesús me puede decir y me dice: Yo te amo; esto es lo que significa que el Padre te ha amado. Yo te amo y te estoy amando, yo soy, como el Padre dice, “el entregado”, el que en la cruz te ha dicho, con una palabra de muerte y de vida: yo te amo.
Y así aceptar el amor de Dios Padre en su unigénito es aceptar la Cruz alzada de Jesús, en donde quedó el amor clavado y vencedor para siempre.

6. Así comienza la lectura de hoy, como una bandera alzada. Ha proclamado el texto sagrado: “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna” (Jn 3,14-15).
Esta frase bíblica, que une Antiguo y Nuevo Testamento, da alas a la contemplación. Jesús, el Hijo del hombre, puesto en la cruz. Es no es el abatimiento de Jesús, sino, al contrario, la exaltación de Jesús: es que la cruz salvadora es resurrección y ascensión, es exaltación, es la soberanía del amor de Dios en el mundo.
Durante los cinco primeros siglos de cristianismo nadie osó pintar el cuerpo de Jesús en la Cruz. Se pintaba la Cruz, y a veces en múltiples símbolos, pero no al crucificado; que nadie pensara que el ajusticiado fuera la palabra final de la Cruz. La exaltación del Hijo del hombre es el triunfo del amor victorioso. Y la Cruz proclama, por encima de todo, la victoria del amor; también los dolores del Crucificado, a condición de que en los dolores del Doliente veamos el amor triunfante del Amante.
La Cruz de Jesús alzada proclama al mundo el amor del Padre.

7. Para que todo el que cree tenga vida eterna, dice el texto sagrado a propósito de la Cruz levantada.
Los israelitas miraban al signo alzado, y eran sanados.
Los alzamos los ojos a la cruz alzada y quedamos sanados. Dirigir la mirada a la Cruz es lo mismo que creer, pues la fe es esa apertura contemplativa hacia el misterio, aceptando cordialmente, el don que nos viene de lo alto.
Estamos en Cuaresma, y vamos caminando a Viernes Santo cuando la comunidad cristiana avanza para adorarla, poniendo a los pies de Cristo un beso ungido de amor.

Hermanos: Que el Padre en su misericordia nos conceda la fe que su Hijo ha anunciado, y que la fe se transforme en el milagro del amor. El verdadero creyente tanto cree cuanto ama y tanto ama cuanto cree. Amén.

Puebla, viernes de la III semana de Cuaresma, 16 marzo 2012. 

Pueden verse como himnos para este domingo en mercaba.org / Cuaresma:
lunes, 12 de marzo de 2012 0 comentarios

205. Decálogo: Dios en la vida

Meditación cuaresmal sobre el sentido de
los Diez Mandamientos

Hermanos:

1. El domingo III de Cuaresma (ciclo B) se ha proclamado a la asamblea cristiana esa página inmortal de los Diez Mandamientos. Realmente son textos de la humanidad. La religión judía estriba ahí,  lo mismo la religión cristiana: en esa alianza de Dios con los hombres puesta en forma de Mandamientos, que el Deuteronomio llamará “las Diez Palabras”, los Diez Mandamientos (Deut 4,13; 10,4). Y tanto judíos como cristianos quisiéramos entregar a nuestros hermanos, los hombres, este Código de Dios, para decir a la humanidad que hay algo, que tiene que haber, que por encima de todas las religiones ha de ser punto de encuentro de la humanidad. Y eso no puede ser otro que Dios mismo.
Los Diez Mandamientos giran en torno a tres núcleos: Dios, la familia, la sociedad. Y esto es válido de por sí mismo, lo formules con la Torá de Moisés o con los principios del Corán, con las antiguas tradiciones de la India o de China.
El asunto es este: Dios en la vida. Si aceptamos que la vida es terreno de Dios o simple terreno del poderío humano; si somos nosotros quieres hemos de poner pauta a nuestro comportamiento, para que todo quepa en él, o si hay un Dios en el cielo, a quien debemos someternos, lo mismo como personas humanas individuales que como comunidad solidaria.
La voz del Señor sigue resonando. Ese estruendo del Sinaí, esa voz de trompetas es un símbolo, de que la voz de Dios, firme e inquebrantable, ha de resonar en los oídos de los hombres. Dios en la vida. El día en que lo quitemos, día en que no tengamos una regla de conducta más allá de nosotros mismos, se desmorona nuestra convivencia, y en lugar de Dios sería el poderío del capricho, el recelo e incluso el odio, lo que nos desgobierna y destruye.
Abramos los ojos y, como personas reflexivas (no como predicadores tremendistas), pensemos si realmente un sordo trabajo de la humanidad, queriendo desprenderse del Dios de los Mandamientos, no quiere empujarnos por el camino del caos.

2. Vengamos al texto bíblico para saber cómo nace y qué alcance tiene para darnos no una filosofía moral para la familia humana, sino una revelación del Dios celoso y amante, que nos quiere atar a sí, por el amor.
Este excelso documento comienza por una declaración fundamento de todo el resto: “Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de la esclavitud” (Ex 20,1). 
El Decálogo es revelación de Dios, revelación del ser de Dios y de la voluntad de Dios. Es ciertamente un texto legal, pero, antes que eso, es el Acta de un pacto. La antigüedad ha conservado textos de viejos pactos: el rey vencedor y el rey vasallo: “mis enemigos serán tus enemigos”.
La forma con que están promulgados los Diez Mandamientos nos recuerda lo que era un pacto, una alianza. Por ello, lo más grave del Documento del Pacto es   la primera parte:
No tendrás otros dioses frente a mí.
No te fabricarás ídolos…
No te postrarás ante ellos, ni les darás culto, porque yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso…
De aquí fluye todo lo demás, de esta soberanía que han defendido invictamente los profetas: “Mi gloria no la cedo a nadie” (Is 48,11).  

3. Hermanos, aquí es donde nos jugamos nuestra vida, el sentido de nuestra existencia: si aceptamos a Dios Creador, a  Dios  en la historia, a Dios en la vida. Si lo aceptamos, el resto viene de sí.
A esto se consagró Jesús, a predicar el reino operante de Dios en el mundo. Jesús puso a Dios como origen y punto final. No hay nada de nuestra vida que pueda sustraerse a la plena soberanía de Dios. Dios podrá pedirnos cuenta de nuestros  actos justamente porque es el iniciador y dueño de nuestra vida, y esto – volvemos a repetirlo – como personas y como sociedad.
A esta base se la puede llamar “estipulación central” de la Alianza. Luego vienen las “estipulaciones particulares”, que son representaciones emblemáticas de lo que puede abarcar la vida entera.
Cosa curiosa para la exégesis: los Mandamiento son Diez, “las Diez Palabras”, pero es diferente el modo de enumerarlos en las tradiciones religiosas de quienes los admiten como palabra revelada: los rabinos, los católicos y luteranos, los ortodoxos y reformados.
Además el sentido  original de los mandamientos lo hemos amplificado nosotros para que abarquen la gama completa de la moral. Por ejemplo, “No matarás”: se puede matar con la espada o se puede matar con la lengua, con el pensamiento… Es decir, lo que es una proclamación y acta de una Alianza ha pasado a ser un Catecismo mediante el cual se quiere instruir de todas las obligaciones a que nos lleva la recta moral y, sobre todo, el seguimiento de Jesús.  

4. Cada mandamiento para aquella sociedad nómada del desierto y para una sociedad sedentaria después tiene un sentido preciso, que los exegetas estudian con cuidado. Pero en su inspiración íntima los mandamientos nos dan una dinámica de vida, y como tal agarran la existencia humana en su raíz, y, según vamos exponiendo, bien los podemos interpretar no como el código judío o cristiano, sino como el código de la soberanía y del amor de Dios para toda la humanidad.  En esta línea reflexionaba Juan Pablo II, cuando en el Bimilenario de la Encarnación (año 200) llegó peregrino a los pies del monte Sinaí y en la celebración en el monasterio de santa Catalina, tuvo su homilía.
Guardar los mandamientos significa ser fieles a Dios, pero también ser fieles a nosotros mismos, a nuestra verdadera naturaleza y a nuestras aspiraciones más profundas. El viento que aún hoy sopla en el Sinaí nos recuerda que Dios quiere ser honrado en sus criaturas y en su crecimiento: gloria Dei, homo vivens. En este sentido, ese viento lleva una insistente invitación al diálogo entre los seguidores de las grandes religiones monoteístas para el bien de la familia humana. Sugiere que en Dios podemos encontrar nuestro punto de encuentro: en Dios omnipotente y misericordioso, Creador del universo y Señor de la historia, que al final de nuestra existencia terrena nos juzgará con perfecta justicia” (Juan Pablo II, homilía en el monasterio de Santa Catarina, al pie del monte Sinaí, 26 febrero 2000).  

5. Hermanos, digamos claramente: Los humanos nos equivocamos en redondo si  quitamos el  nombre de Dios de nuestra legislación.
Sin Dios no hay moral posible. Un ejemplo al contrario nos viene de esa asociación tan benemérita de Alcohólicos Anónimos. “No me importa la religión a que tú perteneces; pero si no aceptas la existencia de un Ser Superior (llámale como quieras) que es el único que te puede sacar del abismo de tu miseria, si no aceptas esto, no hay curación; seguirás donde estás”.
¿Qué es, pues, el Decálogo, hermanos? Es la alianza de Dios que sale a nuestro encuentro y que quiere santificar nuestra vida en la libertad y el amor.
Después de esto, no cabe otra respuesta que la de la oración y del amor:
¡Dios mío, guíame por el camino de tus mandamientos! Amén.

Puebla, lunes III semana de Cuaresma (12/III/2012).       
domingo, 11 de marzo de 2012 0 comentarios

204. Pero Jesús no se confiaba a ellos

Sobre el Evangelio del Domingo III de Cuaresma, ciclo B
Juan 2,13-22. 23-25
Un rasgo de Jesús: historia, psicología, teología
Pensamientos evangélicos de un corazón pensante


1. El Evangelio de la purificación del  templo – o, más bien, de la instauración del nuevo culto en el cuerpo del Señor – que fue el Evangelio del domingo III de Cuaresma (ciclo B) va enlazado con otros tres versículos, resumen de la primera actividad de Jesús en Jerusalén. Dice el texto:

Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no se confiaba a ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre (Jn 2,23-25).

Y de aquí se pasa a la escena del diálogo nocturno de Nicodemo con Jesús.
Para interpretar los tres versículos citados – versículos que nos intrigan – sería necesario que el intérprete, el biblista, fuera simultáneamente profesional de tres disciplinas. Fuera historiador, fuera psicólogo y fuera teólogo. Y poniendo en funcionamiento sus tres especialidades, tuviera la humilde osadía de acercarse a la persona de Jesús, que en este Evangelio resplandece como “el Señor” y que desde el principio es "el Verbo de Dios”, el Verbo hecho carne.
El caso de Jesús es absolutamente único, para el escritor sagrado, y a lo mejor nuestra pretensión choca y queda sin respuesta. Pero de cualquier modo, hay que dar razón del texto escrito, porque, efectivamente, se ha escrito para nuestro conocimiento y aprovechamiento. Intentémoslo.

2. Lo primero que nos llama la atención es que san Juan, al escribir su Evangelio, es histórico y crítico. Con frecuencia el evangelista se comporta así:
- arranca de algo que está fuera; hay un hecho acaecido;
- lo traslada a la escritura, lo cuenta;
- y al contarlo reflexiona sobre el mismo. Son las anotaciones que él va poniendo en el Evangelio, como cuando, narrado el episodio de Caná de Galilea, el escritor teólogo, añade su encuadre y reflexión: “Este fue el primero de los signos que Jesús realizó en Caná de Galilea; así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él” (Jn 2,11).
Y en el episodio de la estancia de Jesús en Jerusalén sucede lo mismo: san Juan cuenta y reflexiona sobre lo acontecido.

3. Lo que pasó fue que Jesús provocó un entusiasmo, debido a signos que realizaba (san Juan prefiere hablar de “signos” más bien que de “milagros”). El entusiasmo terminaba siendo adhesiones a Jesús. Pero he aquí la sorpresa: Jesús se mostraba cauteloso. No se fiaba, no se confiaba, no daba su confianza a cualquiera. Esto nos parece serio, y quizás nos obliga a cambiar una imagen fácil y endeble del temperamento o carácter del Jesús de carne y hueso.
Pero, al mismo tiempo, esta sorpresa nos produce un gran sentido de realismo y veracidad. Porque uno piensa: Es que eso me pasa a mí. Yo no me fío de todo el que me alaba y me aplaude. De unos sí, de otros no. Yo no doy a todos la misma confianza. No me sale del corazón abrir mi amistad a todos los que acaso dicen que son mis amigos.
Ni todas las personas dadas a devociones son, por el mero hecho, personas de fe. Porque la devoción puede ser una rutina; la fe, nunca. Y menos cuando la fe es sostenida prueba tras prueba.
El seguimiento de Jesús se establece en la fe; no en las devociones.
La fe es la roca; las devociones pueden ser construcciones de apariencia que nosotros mismos armamos.
En suma, Jesús no se fiaba de los entusiasmos; no daba su confianza a aquellos que cuya adhesión a él no la veía sólida y auténtica. La vistosidad, las apariencias no pueden construir la relación estable con Jesús.

4. Y después de la observación de este dato viene la reflexión de Juan evangelista.
Jesús no era un psicólogo, aunque humanamente pudiéramos pensar que sí lo era. Toda persona inteligente es experta en las emociones humanas, en el vaivén de los sentimientos que van y vienen, que vienen y van. En el sentir del evangelista, Jesús goza del don de la penetración divina de los corazones, lo cual, en su caso, no era un don del Espíritu Santo – el don de sabiduría o el don de consejo, por ejemplo –; no era un don, sino que era una condición de su ser.
Define san Juan el total conocimiento de Jesús con estas palabras:

los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre.

Parece que estamos saliendo del ámbito de la humanidad para pasar a la divinidad. Todo hombre, por muy dotado que esté de dones espirituales, es falible; se puede equivocar.
Esta posibilidad de equivocación no afecta a la santidad de uno, porque la santidad, que es la fidelidad a la gracia, consiste en cumplir siempre lo que uno estima que es la voluntad de Dios.
Jesús sabe lo que hay dentro de cada hombre.

5. ¿Estamos hablando de Jesús hombre o de Jesús Dios? La solución evangélica es inequívoca: estamos hablando de Jesús de Nazaret, de Jesús que estuvo en unas bodas en Caná de Galilea, de Jesús que arremetió contra los vendedores y cambistas del Templo.
Para san Juan el Jesús divino y el Jesús humano son históricamente uno; no hay dos.
Realmente el teólogo se queda perplejo… Con este modo de pensar ya hemos divinizado a Jesús; ya lo hemos sacados de “nosotros”, aunque sigamos contando su historia entre nosotros. Dios se ha metido en Jesús, y, siendo hombre el hijo de María, le vemos dotado del rayo divino de la penetración y del conocimiento.
La dificultad de la cristología con la doble naturaleza – humana y divina – en una sola persona – y esta no humana, sino divina – no la hemos inventado nosotros, sino que late en los mismos Evangelios.
El cómo ocurre esto queda sin resolver.

6. Parece que nuestra reflexión ondea por los campos del pensamiento y se pierde en lo abstracto. En realidad, no es así, porque tratamos de sondear el misterio personal de Jesús. Toda persona humana es, en sí, un misterio; Jesús, de forma eminente y única.
Ahora bien, el mensaje debe revertir en nosotros. Pues la pregunta definitiva deja de ser especulación y pasa a ser interpelación. Y así, del suceso de Jerusalén saltamos al suceso persona de Jesús y yo.
La pregunta se perfila así:
Y en resumen, ¿qué piensa Jesús de mí? ¿Se fía de mí? ¿Soy digno de fiar?
La vida alcanza su clave y su secreto, cuando se la interpreta como una relación recíproca entre Dios y yo y correlativamente entre mí y Dios, viviente y viviente.
San Pablo se sintió digno del Evangelio de Dios; esto, sintió que Dios había tenido confianza para darle el Evangelio de su Hijo. Y fue siempre ministro fiel. Y él, al ver la resistencia de algunos al Evangelio, dijo: El Evangelio no es de todos.
No es una frase fatalista, como si el destino predestinara a unos a la fe y a otros no, sino que es una frase misteriosa que apela a la responsabilidad, la cual acaece en los cauces de la Providencia.

7. Concluyamos. Jesús fue a Jerusalén y levantó entusiasmos, pero no se fiaba de todos, porque los conocía a todos y sabía lo hay dentro de cada uno. El conocimiento de Jesús es universal (de todos) y particular (de cada uno). Por eso, el conocimiento de Jesús llega hasta mí.
Solo la humildad puede abrir la hondura del ser, de mi ser, al conocimiento de Dios, que todo lo sabe y conoce.
Yo soy amado de Dios, y este “ser amado” es la constitución de mi ser cristiano. Existo y subsisto en el amor que se me ha dado, que se ha anticipado a mi aparición en el mundo.
Yo soy conocido por Dios, sabido por Dios; y solo este conocimiento de Dios, de Jesús, Hijo de Dios, es la inteligibilidad de mi ser. Existo por haber sido pensado, por ocupar un sitio en el pensamiento divino, del cual nunca he sido retirado.
Estoy invadido por Dios. De no ser así, regresaría a la nada.
¿Qué es, pues, Dios mío, mi libertad? Es el don de mi yo que responde al ser divino. Soy libre desde unas raíces divinas que han florecido en el ser de mis días.
Y aquí me hallo, Señor, en el camino.
Confío firmemente, Jesús de Jerusalén, en que tú te fíes de mí.
En todo caso, yo diré, con mi vida y mi muerte, que nunca tuve razón para no fiarme de ti.
Amén.

Puebla, domingo III de Cuaresma, 11 marzo 2012.
 
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