viernes, 25 de mayo de 2012 1 comentarios

238. El Espíritu infundido del aliento de Jesús



Homilía sobre el Evangelio de Pentecostés
Ciclo B,  Evangelio según San Juan (Jn 20,19-23).

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús  repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».  Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».


Hermanos:

1. Hoy es Pentecostés, corona de la Pascua.
Si la Biblia es historia de la salvación, Pentecostés es la explosión de la Trinidad en el mundo y en la historia humana, y el anuncio del triunfo soberano de Dios en el remate.
La resurrección de Jesús nos revela la filiación divina del Hijo; y en correspondencia la paternidad soberana, entrañable y amorosa del Padre, que en su Hijo tiene su historia total.
Y esta fiesta de Pentecostés, que es la fiesta de la promesa cumplida, nos revela el rostro de la Trinidad beatífica y salvadora.
Todas nuestras palabras se quedan tímidas, lejanas a lo infinito de la realidad que quisieran transmitir. Nuestras palabras humanas quisieran portadoras de Dios, la carroza de la divinidad que se pasea por la tierra de los hombres, pero que es y no puede dejar de serlo, tierra de Dios.
Pentecostés aparece como el presente y el futuro de Dios, presente y futuro que me cubre a mí, y yo también quedo traspasado de fuego y de luz, ungido con los siete dones del Espíritu Santo, en espera de que pase el día de este mundo y la patria sea la posesión plenaria de Dios, Dios como Padre, Dios como Hijo, Dios como Espíritu y yo quede asumido y glorificado en el seno de la Trinidad. ¡Ven, Señor Jesús!, proclamaban los cristianos y sigue clamando la Iglesia en sus celebraciones.

2. Hay dos formas en que se manifiesta el Espíritu en la Iglesia:
una es la que podríamos llamar Sinaítica, cuando Dios desciende a la montaña y ese Dios en nuestra esfera se hace teofanía, esplendor y gloria;
otra es la manifestación personalizada en la intimidad mía, fundiendo el Dios del cielo su vida con la mía, o en la vida sacramental donde el Espíritu actúa como fuerza creadora de Dios. En todo caso, Dios llega al hombre en la fe y a través de la fe.
En Pentecostés celebraban los judíos el don de la Ley en Pentecostés y lo siguen celebrando, ateniéndose, en cuanto a las fechas, a su tradicional calendario.

3. Pentecostés es el Sinaí del Nuevo Testamento. Dios baja a la tierra en forma de lenguas de fuego, y quiere que el mundo se encienda por labios de los apóstoles.
“Al cumplirse los días de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados” (Hch 2,1-2).
Jesús había dicho: “He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo!” (Lc 12,49). Pues ya ha bajado el fuego del Sinaí; ya los apóstoles, por el Espíritu, hablan en la lengua del amor de todos los pueblos; ya comienza la Misión por múltiples países: partos, medos, elamitas, Mesopotamia, Judea, Capadocia, Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, romanos, cretenses, árabes… Y todos cantan las grandezas de Dios.
Los discípulos de Jesús quieren hacerse presentes en todos los países de la tierra, y por la gracia de Dios, lo están. La Iglesia no es una sociedad proselitista; es una comunidad de testigos que quiere expandirse y llenar la tierra.

4. Pero el Espíritu, que llega cuando Cristo ha terminado su obra y es el fruto de la obra de Jesús, acontece en la misma tarde de la resurrección. Y es lo que hoy nos anuncia el Evangelio con un lenguaje de intimidad, en un evento místico que sucede en los apóstoles en nosotros, si nos dejamos invadir por el Espíritu de Dios.
Vayamos a revivir lo que entonces pasó, que pasa en medio de nosotros.
Jesús se apareció a sus discípulos y les dio la paz. No era un saludo de rutina, sino que, en verdad, entregaba el don supremo de la paz. La paz es el abrazo de Dios; es el supremo bien, porque es el conjunto de todos los bienes. Y esto es lo que el Señor, el Resucitado anuncia y entrega a su Comunidad, y con ella hoy a nosotros, porque pentecostés es un misterio que hoy queda actualizado. Pentecostés es el día de la Paz, abrazo de Dios.
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Ya no se trataba de dar pruebas. Ese signo de Jesús, que bien podemos interpretarlo como signo sacramental, es un signo de apertura y donación. Era decirles: Acercaos, entrad; soy vuestro. Vuestra casa, a partir de ahora, va ser este atrio de mis manos abiertas para vosotros, y el santuario de mi corazón, en el cual podéis entrar y allí vivir. La vida divina de Dios en Jesús será nuestra vida: en ella respiraremos. El cuerpo santísimo de Jesús es el santuario de los cristianos. Jesús ah entrado con las puertas cerradas, y él abre una puerta nueva y una morada distinta y para siempre: su corazón.

5. Hay un nuevo signo corporal y sacramental. Jesús recoge el aliento de sus pulmones y lo exhala sobre ellos. San Juan nos había contado en otro pasaje cómo, cuando María de Betania, antes de la Pascua, ungió los pies del Señor, “la casa se llenó de la fragancia del perfume” (Jn 12,3). Ahora la Casa, pero la casa espiritual, que es la Iglesia, se impregna del aliento de una persona, Jesús, ye se Aliento, como en el día primordial de la creación, es el Espíritu. La Iglesia toda huele a Jesús, huele a Espíritu Santo, huele a Dios. Y nosotros nos dejamos embriagar de ese perfume que pasa a nuestros pulmones.

Recibid el Espíritu Santo, dice Jesús. Donde está el Espíritu santo estará la santidad de Dios; por ello, con el don pleno del Espíritu, Jesús entrega el don de perdonar los pecados.
Jesús nos ha entregado con el Espíritu la gracia de Dios, la amistad divina.
¡Qué hermosa es esta doctrina que luego los apóstoles van a desarrollar”. San Pablo nos explica:
“A cada cual se le da la manifestación del Espíritu para el bien común. Del mismo modo que el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Porque todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, fuimos bautizados en un solo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido del mismo Espíritu” (1Cor 12,7. 12-13).

Grabemos esta frase de la lectura de hoy: Y todos hemos bebido del mismo Espíritu.
Ese Espíritu lo bebemos en la Eucaristía, hermanos.

6. Día de Pentecostés, solemnidad suprema de la Pascua. Oremos, contemplemos, gocémonos en estas realidades, que no tienen nombre adecuado en la tierra, y sin embargo son para la tierra.
En lo más auténtico y sincero de nosotros mismos dejémonos llenar del Espíritu Santo. San Francisco puso en la Regla y Vida para sus hermanos: “Sobre todas las cosas deben desear tener el Espíritu de Dios y su santa operación”.
¡Espíritu creador, Espíritu de Jesús, Espíritu, supremo don del Padre, ven a nuestros corazones y llénanos con tu presencia! Amén.

Quito, 24 mayo 2012.

En la sección de PACUA (mercba.org / Rufino María Grández) se puede ver los himnos para la solemnidad de Pentecostes


Espíritu entrañable, alto silencio
domingo, 20 de mayo de 2012 1 comentarios

237. Ascensión: sentado a la derecha del Padre



Homilía sobre la Ascensión del Señor Jesús
según el Evangelio de san Marcos 16,15-20
(Domingo VII de Pascua, ciclo B)

Hermanos:

1. La vida de Jesús no termina en el monte Calvario con la crucifixión. Esto lo dirá cualquier niño de catequesis, y, al decirlo, confiesa la fe, porque sabe que detrás del Calvario está la resurrección.
Ahora nosotros, cristianos adultos, perfilando la confesión cristiana, podemos afirmar correctamente: La vida de Jesús anunciada en los Evangelios no termina en la resurrección; concluye más allá de la resurrección, y cada Evangelio en este particular tiene su enfoque propio para decir cómo la vida de Jesús Resucitado, el Viviente, no concluye con el triunfo esplendente de la Resurrección, sino que queda coronada en un segundo momento en el cual él, el Resucitado, enlaza con nosotros, y de una forma infinitamente gozosa nos dice que su vida termina en nosotros, su vida se concluye con nuestra vida; su vida desemboca en la vida de la Iglesia. Este es el mensaje, hermanos, que hoy quisiera transmitir, pidiendo al Señor Jesús ese gozo de la fe que consiste en compartir el gozo de lo que en él ha sucedido y sucede, vivencias que pueden llegar, incluso, según el mismo Evangelio hasta la explosión de los milagros. Veámoslo.

2. Cada evangelista, según su modo propio, según un estilo que en la Iglesia no se ha de agotar nos pone en este trance final de Jesús.
“Id y haced discípulos a todos los pueblos… Y sabed que yo estoy con nosotros todos los días hasta el final de los tiempos” (Mt 28,18-20). Son las supremas palabras en el Evangelio según san Mateo: la misión evangelizadora de la Iglesia y la presencia de Jesús. Jesús está conmigo, Jesús está con nosotros; este y no otroe s el soporte del culto cristiano.
En san Marcos, cuyo Evangelio hoy proclamamos, se nos habla de ese mismo envío a la creación entera: Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación (Mc 16,15). Del anuncio del Evangelio va a nacer un mundo nuevo, cincluso con cuatro signos portentosos:
- el signo de la expulsión de demonios,
- el signo de las lenguas nuevas,
- el signo de los milagros como serpientes y venenos que pierden su ser nocivo,
- el signo de la imposición de manos a los enfermos.
Y dice a continuación el Evangelio esta confesión de fe, que hace hoy el centro de nuestro mensaje y las palabras finales del texto sagrado:
“Después de hablarles, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos fueron a predicar por todas partes y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban” (vv. 19-20).
Jesús fue llevado al cielo. El mismo Dios y Padre que lo había enviado a la tierra lo recoge ahora en el triunfo eterno, y la vida de Jesús continúa en la tierra:
- predicando la palabra en todas partes, ahora mismo en este rincón de la tierra,
- y obrando maravillas que se tienen que ver ante los ojos, maravillas que está obrando Jesús en el cielo por nuestras manos.
El Evangelio de san Lucas también termina con las Ascensión del Señor. “Y los sacó hasta cerca de Betania y, levantando sus manos, los bendijo. Y mientras los bendecía, se separó de ellos, y fue llevado hacia el cielo” (Lc 24,50-51). Con este escena van a empalmar los Hechos de los Apóstoles, la otra obra de Lucas, en esa escena que ha sido la primera lectura de hoy y que se repite todos los años: “Se les presentó él mismo después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles del reino de Dios” (Hch 1,3). Curanta días, un número sagrado, que, por otra parte, da lugar a un tiempo de preparación para la gran fiesta de Pentecostés, en la cual Jesús Resucitado se va a manifestar en el Espíritu.
En fin, en el Evangelio según san Juan, Jesús Resucitado, para culminar su obra, va a enviar sobre la Comunidad del cenáculo el Espíritu divino, soplando sobre ellos, Espíritu que ha de renovar la Iglesia y la faz de la tierra,

3. En suma, hermanos, el Evangelio no termina en el hecho de la resurrección, en ese anillo que enlaza espiritualmente la vida de Jesús con la nuestra, haciendo de las dos una sola vida ante el Padre.
Y aquí es donde nos encontramos, y donde nuestra reflexión fluye del cielo, impregnando nuestro corazón con vivencias distintas, todas ellas sabrosas, porque hoy no se trata de compartir el sufrimiento de Jesús, sino el gozo de Jesús. Si en la resurrección de Jesús hemos resucitado nosotros, en su ascensión hemos sido llevados nosotros hacia esa realidad infinita que presenta la carta a los efesios:
- esa esperanza a la que nos llama,
- la riqueza de gloria que da en herencia a los santos (Ef 1,18).

4. De todo este misterio de gloria ¿en qué nos vamos a fijar y qué vamos a recibir como gracia de Jesús, ¨Pionero de nuestra fe”?
Podemos gustar que todo esto que nos dice el Evangelio está escrito en un lenguaje familiar; todo es cosa nuestra, que nos pertenece como herencia. Estamos en familia, estamos en casa. Jesús, el Señor Jesús, como dice el Evangelio, es y habla como hermano, y la realidad que él ha conquistado es lo nuestro; nos la regala como cotidiano nuestro. La Ascensión del Señor, con todo lo que incluye está escrita en este tono de absoluta confianza entregada a su Iglesia.
Permítanme, hermano, una referencia al caso. Ayer volaba yo de España a Quito para acudir a partir de mañana a ese Simposio de XXV años de martirio de Alejandro e Inés, que mencionaba en una homilía anterior. Once horas de vuelo sobre las nubes, paisaje propicio para pensar en la ascensión y leer en la Biblia los textos que ahora comentamos. ¿Y si en ese momento el avión tuviera una avería mortal…? No pasaría nada: nos encontraríamos con ese Jesús que sustenta nuestra fe y a quien predicamos, con el Señor Jesús que está en el cielo y actúa en la tierra.
5. Otro pensamiento que se impone en el día de hoy es que Jesús ha dejado una tarea a su Iglesia, ni más ni menos que la que fue su tarea, y que se podrá decir con distintas palabras y matices.
Es la tarea del amor, dirán unos. Y, efectivamente, es esa la herencia que Jesús nos da y la tarea que nos encomienda.
Es la tarea de anunciar el Evangelio al mundo entero, incluso a la creación, podremos decir y es correcto resumir así el mensaje de la Ascensión. En ello estamos.

6. Ahora bien, hermanos, hermano mío, la pregunta concreta es esta: ¿Qué me dice a mí, Jesús, en su Ascensión; Jesús sentado a la derecha del Padre; Jesús, a quien hoy voy a recibir en la sagrada comunión; Jesús, a quien puedo leer todos los días en las santas Escritura; Jesús, cuyo Evangelio puede ser hoy la delicia de mi vida? Esta es la pregunta terminal, y la respuesta está dentro de mi propio corazón.
Concluyamos con una sencilla oración:
Jesús, que tu alegría sea mi alegría. La necesito tanto… Amén.

Quito, 20 mayo 2012 


 Santa Misa en la Ascensión del Señor, Quito 2012

Cantos para orar. Invito al lector a pasar, en mercaba.org (sección de Himnos de Pascua)  a mis composiciones tituladas: “IV. Himnos para la Ascensión del Señor y espera de Pentecostés”, que son:

sábado, 12 de mayo de 2012 1 comentarios

236. Comunión, y vuestra alegría llegue a plenitud


Homilía sobre el Evangelio de san Juan 15,9-17
Domingo VI de Pascua, año B

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos. Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, lo mismo  yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
Os he hablado  de esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud.
Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros os  llamo amigos porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.
No sois vosotros los que me habéis elegido; soy yo quien os he elegido y os
destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca. De que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros»
(Texto según la versión oficial de la Conferencia Episcopal Española, aprobada para la liturgia y la catequesis).

Hermanos:

1. Continuamos la lectura del Evangelio de Jesús según san Juan en el punto donde dejamos al domingo anterior. Recordad que Jesús nos hablaba de la vid y los sarmientos, de la purificación y poda de la vid para que dé fruto; de esa relación mutua de permanencia entre la vid y los sarmientos, entre Jesús y yo, para que mi vida en él, y desde él esté colmada de fruto.
Estamos en las palabras de la última Cena. Hay dos notas que tenemos que percibir con clarividencia cristiana para captar certeramente el sentido del misterio en el que Jesús nos quiere introducir.
- Su modo de hablar es el modo propio de la intimidad, de la confidencia, del amor. No es el discursó del profesor que va exponiendo por parte un tema y avanza linealmente en su pensamiento. No es un discurso lineal – dicen los expertos – sino circular, que es el modo del amor. Giramos en torno a algo que nos deleita y que es de una profundidad sin fondo. Vamos daño vueltas en torno; y cuando más nos movemos en órbita, mayores honduras alcanzamos. La novedad del amor es precisamente su profundidad. El amor nunca concluirá sus palabras, porque el amor no tiene fondo. Así son los discursos de la Cena.
- Por otra parte, Jesús en la Cena quiere establecer una relación de comunión, una relación entre tres, que consuma la unidad: el Padre, él y yo; este “yo”, que es simultáneamente el nosotros, es decir, la comunidad Iglesia. Ahora bien, esta relación que enlaza lo humano y lo divino, no tiene una correspondencia conocida que sea satisfactoria: Las relaciones humanas son entre desiguales (padres/hijos, maestros/discípulo) o entre iguales, pero siempre en el mismo plano o rango humano (esposo/esposa; amigo/amigo). Jesús nos abre a un mundo nuevo, del cual no tenemos experiencia directa. Jesús une el ser divino, que es Dios, con la criatura, con el hombre; une lo infinito con lo finito, donde hay una distancia insalvable. No hay lenguaje conocido, pero de algunas palabras tenemos que servirnos. Jesús acude al lenguaje del amor, pero sepamos, hermanos, que todo lo que nos diga Jesús sobrepasa en absoluto el amor conocido, y que tiene que venir directamente la luz del Espíritu Santo para captar la realidad nueva en la que nos introduce. Estamos en al pura mística cristiana, a la que somos llamados.

2. Dice, pues, el Señor: Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. El amor que tiene el Padre al Hijo y el amor que tiene el Hijo al Padre es el amor que existe en el misterio de la Trinidad. Jesús nos dice: A ese amor os invito yo. Es el amor revelado, el único amor posible. Esa ecuación que Jesús establece no es una ecuaciónde cantidad, sino también de calidad. No se trata tan sólo de un tanto cuanto: con la misma cantidad con que el Padre me ha amado a mí y yo le he amado al Padre, con esa misma cantidad amadme.
Se trata también, y principalmente, que ese amor divino que manaba del corazón del Padre hacia su Hijo y del corazón de Cristo ascendía de nuevo al Padre, con ese mismo género de amor – y no con otro – debemos amar nosotros a Dios.
Es decir: permaneced en mi amor, perdeos en ese amor celestial, amor divino, que es posible, porque Jesús, el Hijo de Dios, lo está alimentando.

3. Este amor no es un amor vaporoso, idealizado, romántico… Es el amor concreto del día a día, un amor que tiene cuerpo y sangre, rostro, sufrimiento: Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor. La rutina del día a día queda divinizada.
Y volvemos al eje de todo, que es Jesús en obediencia al Padre: lo mismo  yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.

4. Y ahora, de pronto, Jesús nos habla de su alegría. Su alegría es su triunfo y es el estado alcanzado en su resurrección. La alegría de Jesús no es otra cosa que el estado de felicidad celestial al que somos llamados como la meta última de la existencia. Os he hablado  de esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud.
La alegría de Jesús y mi propia alegría serán una sola, fundido su corazón con el mío, su vida con la mía. Somos destinados a la alegría de Jesús. La poseemos y compartimos inicialmente, pero no ha llegado a su plenitud.
¿Cuántos funerales vamos celebrando en el curso del año…? ¿Podremos decir en cristiano que al celebración de un funeral es el paso sacramental para alcanzar la alegría de Jesús – la alegría de su resurrección – a la que el cristiano está destinado? En aquel tránsito iluminado nuestra alegría alcanzará su plenitud, cuando la alegría de Jesús nos haya invadido y haya transformado la condición presente de esta vida.

5. La comunión recíproca de Jesús con nosotros, y de nosotros con Jesús, tiene una proyección muy determinada en ese “nosotros”, que es la Iglesia: que os améis unos a otros como yo os he amado.
Esto es al divinización del hombre: el amor circulante entre nosotros, que viene del amor mutuo con que se obsequia el Padre con el Hijo, simple y recíprocamente.
Y escuchamos esta palabra de Jesús, que es el estremecedor retrato de su existencia: Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.

6. El programa de la Iglesia no es un programa de pensamiento, ni una táctica de acción. Necesitará estas cosas, porque la Iglesia está en el mundo y vive de modo humano para el mundo, pero el programa de la Iglesia es, ni más ni menos, que la pura donación en el amor.
Ahora bien, yo tengo que tener el valor para dar a la palabra Iglesia un valor absolutamente personal, porque en este caso, la Iglesia que entrega su vida enteramente soy yo. Yo, al ejemplo de Jesús, y desde el amor que reina en el seno de la Trinidad, modelo de todo amor, yo, con mi pequeña historia, tengo esta tarea de vida: dar mi ser entero como Jesús lo ha dado. Aquellos por quienes doy mi vida, los podré llamar para siempre “mis amigos”.
La vocación humana aquí alcanza su último sentido. Vivir es darse.
Permítanme, hermanos, que refiera un suceso en aplicación de estas palabras de Jesús, como realidad viviente de lo que Jesús nos propone. Dentro de este mes se va a celebrar en Ecuador (concretamente en Quito) un Congreso (o Simposio) en memoria de los XXV años en que dos misioneros, Alejandro Labaka, obispo (nacido en España) e Inés Arango, religiosa (nacida en Colombia), en lo más recóndito de la selva amazónica, muriendo alanceados  por un grupito de indígenas, a los que ellos quería salvar del poder de las petroleras que iban arrasando el terreno. (Su causa de canonización ha sido introducida, pedida por todo el episcopado ecuatoriano). Dieciocho lanzas atravesaban el cuerpo del Obispo que se había despojado de su ropa, como vivían los indios; tres lanzas dieron en el pecho y el corazón de la hermana, ensangrentado su sencilla túnica.
El rostro del Obispo alanceado quedó con una sonrisa, como diciéndoles: amigos míos, amigos.
Los dos fueron mártires fueron mártires de amor en cumplimiento de las palabras de Jesús: Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.

7. Queden, pues, las palabras de Jesús como pauta de nuestra vida. Y pidámosle a Jesús una gracia:
Señor Jesús, que todo lo que tú anuncias a tu comunidad santa en este domingo pascual quede reflejado de alguna manera en mi pequeña. Que mi vida sea una vida de amor. Que tu alegría sea mi esperanza. Amén.

Alfaro (La Rioja, España), sábado 12 mayo 2012.

Para una información del martirio y mensaje de Alejandro Labaka e Inés Arango pueden ir al Blog cuya dirección anotamos:
http://alejandro-labaka.blogspot.com.es/
 
martes, 8 de mayo de 2012 0 comentarios

235. Un retiro sobre la Virgen en el mes de mayo



María, via pulchritudinis
María, camino de la belleza


Pórtico
El camino de la verdad y el camino de la belleza

Este retiro está dedicado a hablar de la hermosura de la Virgen María. Queremos abordar el misterio de la Virgen Santa por la via pulchritudinis, y al llegar a ella por este sendero, contemplarla como reflejo de la belleza divina, como retrato de nuestra verdadera efigie, y regresar con una sensación vida de serenidad y paz, de fortaleza, en una palabra, de hermosura.
El punto de apoyo es un pensamiento de Pablo VI, dirigido a una docta asamblea de mariólogos en el Año Santo de 1975 (16 de mayo de 1975) – primera vez que el Papa participaba en una congreso mariológico – cuando les decía, abriendo, en cierto modo, una vía nueva:

"En este sentido se pueden seguir dos caminos. En primer lugar, el camino de la verdad, es decir, el de la especulación bíblico-histórico-teológica, que concierne a la colocación exacta de María en el misterio de Cristo y de la iglesia: es el camino de los doctos, el que seguís vosotros, ciertamente necesario y del que saca provecho la doctrina mariológica.
Pero además de éste hay otro camino accesible a todos, incluso a las almas sencillas: es el camino de la belleza, al que nos conduce finalmente la doctrina misteriosa, maravillosa y estupenda que constituye el tema del congreso mariano: María y el Espíritu Santo. Efectivamente, María es la criatura tota pulchra; es el speculum sine macula; es el ideal supremo de perfección que en todo momento han intentado reproducir los artistas en sus obras; es "la mujer vestida de sol" (Ap 12,1), en la que los rayos purísimos de la belleza humana se encuentran con los sobrehumanos, pero accesibles, de la belleza sobrenatural"

Ahora bien, un intento de abordaje a María por el camino de la belleza, ¿no es un vuelo evasivo, estéril, que probablemente no retorna  a la tierra con compromiso, sino que se queda aleteando en las alturas con grave peligro de ausencia?
Es cierto; todo camino contemplativo es peligroso; sí, peligroso… para quien nos abe volar y finge que vuela y construye en la fantasía; tan peligroso… como quien busca una imagen sociológica de María de Nazaret, solidaria con los oprimidos, arrancando al magníficat un mensaje social anacrónico.
Las grandes ideas son siempre peligrosas asimiladas a medias. Pero si realmente María es la Tota pulchra, la Virgen que el sol más pura (Cervantes), el pensamiento saciativo de su hermosura – que ya dejar de ser pensamiento para convertirse en vivencia – no puede ser estéril. Por ser vital será pensamiento y transformador, pensamiento que estructura el orden del corazón.
Veamos:
                   I.  El camino de la belleza que nos conduce a la Virgen Santa.
                II.  La llegada, el hallazgo de la hermosura de María, logro del ser humano.
            III.  El regreso: la unción de la hermosura de la Virgen en nuestra vida peregrinante.


I
EL CAMINO

El árbol de la belleza

1. El primer atributo de las cosas creadas es la bondad, lo bueno. Y vio Dios que era bueno… Y vio Dios que era bueno…”Y vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno” (Gen 1,31). ¿Qué significa ese tob, que asís e recalca en el primer capítulo de la creación? Significa bueno, bien hecho, perfecto, hermoso.
El día sexto hizo al ser humano, varón y mujer los creó, tan  hermosos que los creó a su imagen y semejanza; los bendijo. Estrenaron vida el día séptimo, el día santificado, el día del descanso, de la paz y de la divinidad.
Así comenzó la historia.

2. O, dicho de otra manera: Dios, para comenzar, plantó un jardín en Edén, “El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos par la vista y buenos para comer; además, el árbol de la vida en mitad del jardín, y el árbol del conocimiento del bien y del mal” (Gen 2,9, la verdad.
De nuevo el primer atributo de la ceración: la hermosura y la bondad.

3. Hay dos experiencias primordiales de la hermosura y de la bondad. La primera, cuando Adán vio que el mundo bello y bueno no era la adecuación de su corazón, pero la mujer sí: “¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!... los dos estaban desnudos, Adán y su mujer, pero no sentían vergüenza uno del otro” (Gen 2,23-25).

4. la segunda es la del árbol de la belleza. “La mujer se dio cuenta de que el árbol era bueno de comer, atrayente a los ojos y deseable para lograr inteligencia” (Gen 3,6). ¿Por qué era bueno para comer? Por la misma razón por la que era fascinante para los ojos, por el misterio vital que unifica la bondad, la hermosura y la sabiduría.

5. La primera experiencia tras el bocado fue que entonces “se les abrieron los ojos a los dos y descubrieron que estaban desnudos; Y entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron” (Gen 3,7). Realmente hubo un cataclismo en el corazón, y nos produce una tristeza inconmensurable el pensar que el hombre, con los “ojos abiertos”, ya no fue capaz de soportar su propia hermosura, ni la mujer – considerada en toda la historia de la cultura como lo más hermoso de toda al ceración, como el ápice de la hermosura – tampoco pudo soportar su propia identidad. Trágica experiencia de que el pecado fue – y es – la violación de la hermosura. Aquel día aún no habían sido mirados por el Señor, que después los cubriría con túnicas de piel para cubrirlos (Gen 3,21) y no podían contemplar su propia hermosura, porque el corazón estaba manchado.
Y, faltos de los ojos primeros con los que tenían la experiencia divina de su hermosura, ¡cómo iban a contemplar el mundo como un mundo bello! La creación entera había quedado manchada y afeada desde el corazón del hombre y de la mujer.

6. La consecuencia es que cada uno llevamos por dentro una experiencia dramática: una nostalgia insaciable de hermosura, de acceder a la belleza, donde esté, porque este es el designio de Dios y no otro, y el durísimo contraste de que el corazón no está limpio… ¡Quién nos diera la paz de la hermosura!

Ojos para la belleza

7. para el cristiano no cabe duda: fealdad es igual a pecado. Es decir, la belleza es una realidad transfigurada, tocada por la presencia de Cristo Redentor. Solo desde el misterio pascual promeso pasar al corazón de la belleza. Los iconógrafos de Oriente empezaban su itinerario pintando la imagen de la Transfiguración del Señor. Al arte de los pinceles unían la oración y el ayuno. El icono de la Transfiguración nos está dando el secreto de la belleza en cristiano. La gloria del Transfigurado es la Gloria de Jesús Resucitado, por un instante emerge desde el corazón, como una profecía, el esplendor de su verdadera e íntima realidad, su divina hermosura. Esa realidad de Jesús, que es su genuina identidad, es alcanzable a través del paso de la muerte. Con ello se nos revela que para alcanzar la Belleza tenemos que morir al pecado, que solo  a través de un proceso de abrasadora purificación nos adherimos a lo Bello.

8. ¿Qué es la belleza? El cristiano puede responder sencillamente: aquello que enamora. Y sabe que “aquello” es personal; es Jesús.
Al transcender, al espiritualizar, al radicalizar, en modo alguno intentamos despreciar la belleza inmediata, que alumbra los ojos, enciende el corazón, y da  alas para la unión. Es innegable: toda belleza sensitiva y de carne tiene un fulgor divino. La belleza no existe para un animal; para una persona, hombre o mujer, sí, justamente para nosotros, por su génesis divina.

9. Quede claro que este apetito voraz de belleza nos pide ascesis y muerte, hasta tal  punto que, por la lógica general de las cosas del Espíritu, solamente quienes mucho han penado pueden extasiarse fruitivamente con la belleza personal.

Acceso

10. Acerquémonos a María por este cauce. El camino de la belleza es un camino intuitivo, rápido y seguro. Cuando un hombre se enamora de una mujer experimenta un proceso de totalidad que lo envuelve, siente la fascinación de un misterio. Acaso pueda descomponer lo que le ha ocurrido, examinando estos estratos:
- Lo primera fue una sensación de belleza, que le embarga de un placer indefinido en cuerpo y corazón.
- Advierte que esa belleza se radica en una persona que es buena: interpreta a la persona por el lado bueno.
- Y ve ademaos que eso es verdadero, que esa actitud de corazón enamorados e fudnamenta en al verdad, en lo objetivo; es, pro lo tanto, legítimo.

11. El pueblo creyente que se ha acercado a María ha ido por el camino expeditivo de la belleza; se ha encontrado con la realidad-misterio apenas abrir los ojos. La belleza ha ido por delante, y en la belleza ha encontrado certeramente la verdad. La santidad de María ha sido encontrada antes de que los pensadores, es decir, los teólogos de profesión hallaran la fórmula adecuada y satisfactoria para legitimar esa plena santidad que emanaban antes de estar definida.

12. El punto de partida de nuestro corazón para acceder a María debe ser la paz que brota de la humildad. Y así, en esa armonía, mirar. Cuando el corazón mira contemplando, saciándose de belleza, se nutre de amor y siente que el amor viene de la verdad. Belleza-amor-verdad se unifican en una vivencia envolvente, y entonces la divina revelación nos entrega la imagen e María que en al vida de la Iglesia se ve cómo ha sido donada por el camino de la contemplación. Solo en al conciencia contemplativa de la Iglesia, que se inclina sobre las Escrituras se ha retratado el misterio de la Inmaculada, de la Asunta, que ninguna exégesis crítica por sus propias fuerzas nunca habría alcanzado.

13. estamos, pues, ante la Virgen María, quietos y pacificados, con una relación amorosa de hijo a Madre. El cristiano que se orienta a Dios simultáneamente se purifica, se ilumina, es aceptado a al unión. Conviene subrayar ahora que en este camino espiritual hacia la Madre del Señor se requiere la purificación, pues solo los ojos limpios son los ojos iluminados.

II
LA LLEGADA

La llegada es el misterio de María entregado al creyente como hermosura: tota pulchra, la verdad, la bondad de María donadas como pulcritud.
¿Cuál es la pulcritud de María?

Sobre la belleza del rostro de María

14. El arte, al menso el arte occidental, se ha complacido en representara el rostro de María como un rostro físicamente perfecto, abiertos el canon de la belleza a infinitas variaciones (rostro de una Virgen japonesa, africana, india, renacentista…). El artista ha podido nutrirse de una teología formal que ha conceptuado que en María no cabe ni error, ni enfermedad, ni fealdad…, que son secuelas del pecado. Si el pensamiento llamado teológico se mete por estas pistas puede patinar. Será inoportuno, sensitivamente hiriente e indecoroso, forjarse un rostro de la Virgen no bello…, pero al Escritura, que nada ofrece al respecto, no invita, que digamos, a discurrir pro estos caminos.


Sobre la belleza primordial de María

15. Si el canon del mundo bello está expresado en al primera página del Génesis – y vio Dios que todo era buen (tob) – entonces bien podemos aplicar a María este canon de hermosura. María es la integridad de lo creado, el logro de lo creado, la armonía. El  mundo bien logrado queda coronado en el ser humano: hombre-mujer, el ápice de las obras divinas, los únicos seres a quienes se atribuye le ser imagen y semejanza de Dios.  María, flor del mundo, lleva esplendorosamente en su ser la imagen y semejanza de Dios. Esta es la belleza primordial de María, que aquieta al lector de la Escritura.
Sobre la belleza edénica de María

16. Nos referimos ahora a la escena del jardín de la hermosura y la caída, donde se vivió el primer idilio de la humanidad: Adán y Eva en pureza, libertad, comunión y dominio. La belleza edénica era la belleza en órbita de lo creado. La añorarán los profetas cuando Isaías aspire a que vivan juntos el lobo y el cordero, el leopardo y el cabrito, y entre medio un Niño que haga de pastor. Ese mundo donde todo está en su puesto según el gratuito designio del Creador, ese mundo de la transparencia, es el mundo de María. No hay crujidos, nada disuena. María es el Paraíso de Dios, según se han complacido los Padres en meditarlo. Esta nuestra sensibilidad por la ecología busca como “hábitat” de los humanos un espacio sin polución, en el que la fragancia de lo verde y de lo azul impregne el cosmos. Quien tenga ojos para ver, que vea en esa aspiración edénica la figura de María.

Sobre la belleza mesiánica de María

17. Nota característica del tiempo evangélico en los santos Evangelios es la alegría. La alegría, si se pudiera pintar, sería de blanca luz y de gozoso movimiento: vestidos blancos y palmas agitadas en el Apocalipsis. Esta alegría mesiánica la introduce Gabriel cuando saluda a María: ¡Alégrate, llena de gracia! María es hermosa como Agraciada y como “gratia plena” está rebosante de alegría. “Dominus tecum”: la ausencia del pecado – blancura de la gracia –, la alegría, la presencia de Dios, hacen la efigie mesiánica de la hermosura de María.

Sobre la belleza nupcial de María

18. Si la mujer es paradigma de  la belleza de todo lo creado, el punto inicialmente extático de la belleza femenina es su figura nupcial:

¡Ay, qué hermosa eres,
amada mía,
qué hermosa eres!
Esos ojos…,
palomas a través de tu velo.
 Cinta de escarlata, tus labios;
delicia, tus palabras… (Cant 4,1ss).

El título de Esposa, atributo de la Comunidad santa de la Alianza, se lo ha aplicado la Iglesia a María desde la antigua era patrística. Y con esa concreción y personificación se ha leído el Cantar Divino. Para asomarnos al misterio de la maternidad la llamamos a María Esposa del Espíritu Santo (así san Francisco de Asís), pues del Espíritu recibe el germen divino de la concepción. Ya para apreciar su permanente unión con Dios, modelo de la unión esponsal de la Iglesia son su Señor, le honramos con el título de Esposa del Verbo, Sponsa Verbi.

Sobre la belleza escatológica de María

19. la comunidad mesiánica, que mejo que en nadie, se individualiza en María, tiene esta representación: “Una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza” (Ap 12,1). Y con esta otra: “¡Ven, que te voy a enseñar a la Novia, a la Esposa del Cordero! …Y tenía la Gloria de Dios” (Ap 21,9.11).
Al final será la belleza sin fealdad y María resplandecerá entre todos los elegidos.

Sobre la belleza cotidiana de María

20. Vayamos a los días de Nazaret. ¿Cuál es la belleza de María? Es la belleza de al presencia de Dios y de la virtud. Nos lo expresa esta oración de la misa de “La Virgen María, Madre del amor hermoso”:
Señor Dios,
que en tu presencia resplandece toda hermosa
la Virgen María, tu humilde sierva,
gloria de tu Hijo y compendio de virtudes;
concédenos procurar, como ella,
todo lo que es verdadero y noble,
para llegar un día ante ti,
fuente de toda belleza y autor del amor hermoso.

Sobre la belleza total de María, contemplando a la Virgen en su “historia salutis”

21. De nuevo la misa sobre “La Virgen María, Madre del amor hermoso” nos pone en pista de esta contemplación, leyendo el texto del Prefacio:

Ella fue toda hermosa en su concepción,
y, libre de toda mancha de pecado,
resplandece adornada con la luz de la gracia,
hermosa en su maternidad virginal,
por la cual derramó sobre el mundo el resplandor de tu gloria,
Jesucristo, tu Hijo,
Salvador y hermano de todos nosotros;
hermosa en la pasión y muerte del Hijo,
vestida con la púrpura de su sangre,
como mansa cordera que padeció con el Cordero inocente,
recibiendo una función e Madre;
hermosa en la resurrección de Cristo,
con el que reina gloriosa,
después de haber participado en su victoria.

22. En resumen, la Tota pulchra ¿qué es? Si fuera la aspiración ciega de unas aspiracioens imposibles, si fuera como un mito femenino de los pueblos puesto en  cristiano…, entonces todo lo anterior sería una falaz divagación que no puede nutrir el corazón.
Hay que dar un paso, el paso de la fe. Dado este paso, María es concretez, pro ser historia. María es realidad delante de nosotros, aunque ignoremos el detalle de su vida. Y como realidad, sí, María es la objetivización de esa hermosura de vida que apasiona al ser humano, pasión dramática que lleva a la dulzura.


III
EL REGRESO

23. Los religioso son los enamorados de la belleza de Dios (S. Agustín, regula ad servos Dei, VIII, 48). Si realmente, en una especie de atisbo de éxtasis, d e trasposición de gozo y de dulzura, de una mínima experiencia de amor divino, hemos llegado a captar la belleza de María como ámbito del Espíritu, ¿cuál será nuestros estilo de vida al regreso?

24. La Orden de los Siervos de María (servitas, OSM), celebrando en Roma su 208 capítulo general, redactan su “Documento sobre la Virgen María”, dirigido a los miembros de la Orden ya vierto a las Iglesias locales y a los institutos religiosos, masculinos y femeninos; y, hablando de esta via pulchritudinis, proponen a las familias religiosas:
Ø  “hacer de la piedad mariana un espació santo y una ocasión propicia para la contemplación de la Belleza increada – Dios – de su esplendor divino-humano – Cristo – , de la obra principal del Espíritu Santo de belleza – la Virgen María –;
Ø  Hacer de la piedad mariana un lugar propicio para el encuentro festivo de todas las expresiones de la creación artística” (n. 63).


El corazón, ámbito bello

25. Que vuelva nuestro corazón recreado por la belleza. El corazón es la esencia, el estilo; es el ápice de los valores. En el corazón se fragua la vida. ¿No hay una vida en pulcritud? Sí, la hay. Aceptamos la pureza del corazón como secreto de nuestra existencia. Lo que a ella se opone es el pecado. Todo se resuelve dentro el corazón, si de él nos apartamos, las soluciones no serán verdaderas.

26. esta lectura de la vida desde lo evillo d el corazón nos lleva a la novedad de lo cristiano. Es verdad que la realidad es múltiple y que frente a ella caben posturas contrarias. Dentro d la limitación en que se realiza toda valoración humana, ¿por qué no aceptar la clave del corazón como fuente de hermosura, como talante para afrontar la vida? No es ingenuidad, no e  disimulo; es otra cosa. Se comprende esto, s i nos fijamos lo que es una persona enamorada. Un enamorado vive disgtinto, a saber, enamoradamente. Pues así, elq eu respira al hermosura desde el corazón.

Pensar bellamente

27. Esto es lo mismo, pero concentrándonos ahora en la capacidad razonadora, pensante, del ser humano. ¿Por qué, en lugar de un pensamiento quejumbroso, al final resulta asfixiante, no aceptamos el pensamiento sereno, que por su propio cauce lleva a la paz? Esto es la hermosura del pensamiento. Hay modos intelectuales de afrontar la realidad, que se diferencian entre sí como lo hermoso y lo hórrido, con sus variantes y matices.

28. María, paradigma de lo bello, es paradigma al que debe acomodarse nuestra estructura vital. Se habla de que una persona es “bien pensada”. El “bien pensar” –que es una forma estructural de pensare en  pulcritud, en pureza – ¿no tiene que ser el talante intelectual del cristiano, que se abre a la realidad desde una previa aceptación de la misma? Al aceptar las cosas antes de su previó análisis, se nos hacen radicalmente amables. Recuperemos de esta forma la bondad fontanal que Dios puso en ellas en el día de la creación, bondad sellada por la redención verificada en al Cruz. Es mundo “distinto” no es engaño de nuestra fantasía, poetizado, sino que es reencuentro con la virginidad original del universo, restaurada en Jesús.

29. la teología es un pensar bellamente acerca de lo verdadero, tan amable y hermoso cuanto cierto. Los hombres contagiados pro al belleza buscan una teología pulcra. En realidad, los misterios que anunciamos son más hermosos que los conceptos en los cuales quedan concebidos. El engendro teológico nunca alcanza la hermosura de la paternidad de donde proceden. Por eso, el esfuerzo por la belleza del pensamiento teológico está en plena armonía con la realidad a que sirvend e vehículo.

Hablar bellamente

30. San Ambrosio se expresa así (oficio de lectura de su fiesta): “Quien mucho lee (la Escritura) y entiende, se llena; y quien está lleno puede regar a los demás. Si las nubes van llenas, descargan la lluvia sobre el suelo.
Que tus predicaciones sean fluidas, puras y claras, de modo que, en la exhortación moral, infundas la bondad a la gente, y el encanto de tu palabra cautive el favor del pueblo, para que te siga voluntariamente adonde el conduzcas”.

31. El Magníficat es transmitido por el evangelista san Lucas como palabra de la Virgen María. Sea la palabra-cántico de la Virgen inspiración de nuestro buen decir. “Que en todos resida el alma de María para glorificar al Señor; que en todos esté el espíritu de María para alegrarse en Dios” (S. Ambrosio, Exposición sobre el Evangelio de san Lucas).

Las bellas imágenes de la Madre del Señor

32. la compenetración con el fascinante misterio lleva a las ceraciones humanas que intentas expresarlo: el arte visual del color y de la luz, el arte de la palabra creadora (poiesis, poética), el arte del movimiento, que trata de poner en órbita la vida aspirando a la unión. David, “el suave salmista de Israel” (2Sam 23,1), poeta, músico y danzador, es un indicio de lo que pretende la expresión bella de lo cristiano. En este aspecto, no es superflua una consideración sobre las representaciones de la Virgen María, máxime sobre aquellas destinadas al culto. Se podrá representar a la Virgen d e mil maneras: lo que se pide es que la imagen infunda fe y piedad.  Fe, no fantasía sentimental, de la Escritura, que es fe compenetrada de lo humano.

La Virgen Santa, atmósfera del Espíritu

33. Una síntesis última de María es esta: la Virgen es una criatura santificada por el Espíritu Santo. “Juan salta de gozo y María se alegra en su espíritu. En el momento en que Juan salta de gozo, Isabel se llena del Espíritu, pero, si observas bien, de María nos e dice que fuera llena del Espíritu, sino que se afirma únicamente que se alegró en su espíritu (pues en ella actuaba ya el Espíritu de una manera incomprensible); en efecto, Isabel fue llena del Espíritu después de concebir; María, en cambio, lo fue antes de concebir, porque de ellas se dice: ¡Dichosa tú que has creído!” (S. Ambrosio, Exposición sobre el Evangelio de san Lucas).

34. María se presenta a la Iglesia como Morada del Espíritu. Esta es sud ivina hermosura. “El eso santo descenderá sobre ti y al fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra” (Lc 1,35). María queda constituida en tienda del Señor. El que se acerca a ella encuentra a la Hermosura, que es el Señor: “…Por eso (porque ella es Tienda) el que ah de nacer será Santo, y se llamará Hijo de Dios”.
María en su propio recinto nos introduce en la presencia de la Trinidad.
Esta es la via pulchritudinis.
Amén.

Himno para cantar la belleza de María
en la liturgia de las Horas

Belleza del principio, sin pecado,
el día en que estrenaba el mundo vida,
relieve y pulcritud de tierra virgen,
fragancia y transparencia, ¡oh María!

Belleza del Edén, al aire puro,
el hombre y la mujer en armonía,
oh Virgen fiel, sin mácula ni arruga
belleza no dañada y no perdida.

Belleza en la pobreza, suerte dura
que tuvo para sí Jesús Mesías,
belleza de la esposa, cuya frente
con perlas de la Cruz resplandecía.

Belleza y paz, sosiego de la gracia
y grande dulcedumbre en fe sentida,
oh Virgen del Espíritu, serena,
que emanas de tu faz sabiduría.

Belleza y gloria, cielo y añoranza
en búsqueda de amor el alma herida,
oh Madre de las sendas elevadas,
oh límpida belleza prometida.

¡Varón el más hermoso de los hombres,
oh Verbo-Esposo, bello de María,
recibe la alabanza, verde ramo,
y el cántico y la voz a ti debida! Amén.

Logroño, diciembre 1988, al concluir el Año Mariano de 1987-1988.
(Retiro impartido a la Confer de la Rioja).

 
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