sábado, 28 de julio de 2012 0 comentarios

268. Canción de gratitud por seis jóvenes profesos


Canción de gratitud y alabanza

en la profesión perpetua

de los hermanos menores capuchinos

Enrique Rodríguez,
Justino Sánchez,
Óscar A. Majano,
Aldo F. Muñoz,
Cristian A. Barragán.
Guadalajara, Jal., sábado 28 mayo 2012
Y una semana antes
Pedro Romero
(Dallas, Texas).



La casa de ha llenado de algarabía por dar familiar acogida, como se ha podido, a cuantos van llegando, desde ayer tarde – muchos de bien lejos – a esta fiesta espiritual de la profesión perpetua de nuestros hermanos de esta jurisdicción llamada Viceprovincia de los Hermanos Menores Capuchinos de México y Texas, amparada por la Virgen de Guadalupe. Los hermanos que hoy profesan prometiendo según la Regla de San Francisco de Asís vivir toda la vida “en obediencia, sin nada propio y en castidad”, hicieron un día su noviciado, y han observado durante cinco años, en este caso, la vida evangélica que hoy profesan para siempre.
Santo Tomás de Aquino dice que la vida consagrada es una ofrenda de “holocausto”. En el holocausto la víctima se entrega entera, sin guardarse nada para otros fines. La Iglesia recibe en la Eucaristía los votos pronunciados, que solo se pueden emitir con plena humildad y confianza. Fiados únicamente en el amor y misericordia de Jesús, podemos pronunciar nuestros votos y perseverar en ellos.
En esta madrugada brindo a mis hermanos este poema, como humilde oración, pensando que su ofrecimiento es también nuestra profesión renovada, al tiempo que la fidelidad que el Señor nos ha concedido, por su sola gracia, sea estímulo para ellos.
Comenzaron anoche las Olimpíadas en Londres... 204 países, algo grandioso y deslumbrante. Aquí, solo Jesús sea nuestra medalla, trofeo y victoria. Solo él.
La Virgen María con su materna intercesión nos acompañe.

Guadalajara-Zapopan, Jalisco, sábado 28 de julio de 2012.


1. Por Cristo, en Él y con Él,
porque de Cristo me fío,
yo hago voto, yo prometo,
yo me entrego en sacrificio.

2. Nada guardo para mí,
y todo lo deposito
sobre el altar que recoge
la sangre de Jesucristo.

3. Es holocausto de amor,
don a fuego consumido:
por las llamas del Espíritu
suba el aroma ofrecido.

4. Gracias, Padre de ternura,
por atreverme a decirlo,
gracias porque es milagro
el verme así bendecido.

5. Siento en mis venas moverse
las aguas de mi bautismo;
no es mérito lo que es gracia
de mi Dios enternecido.

6. Y siento que no estoy solo
con mis hermanos testigos,
soy para ellos reclamo
y ellos son mi dulce alivio.

7. Todos juntos enlazados
con el cordón de Francisco,
con un solo corazón
hoy profesamos lo mismo.

8. Ten piedad, mi Dios amante,
de unos hijos pobrecitos;
somos tuyos, y tu pecho
ha de ser nuestro cobijo.

9. Gracias y paz y alegría,
por este don recibido,
y a Ti la gloria, el amor
por los siglos de los siglos.


Guadalajara, Jal., sábado 28 julio 2012
Fr. Rufino María Grández
jueves, 26 de julio de 2012 0 comentarios

267. Jesús se da y se multiplica

Primera homilía sobre el capítulo 6 de san Juan
Domingo XVII del tiempo ordinario, ciclo B
Jn 6,1-15

Texto evangélico

Después de esto, Jesús se marchó a la otra parte del mar de Galilea (o de Tiberíades). Lo seguía mucha gente, porque habían visto los signos que hacía con los enfermos. Subió entonces a la montaña y se sentó allí con sus discípulos.
Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos. Jesús entonces levantó los ojos y, al ver que acudía mucha gente, dice a Felipe: “¿Con qué compraremos panes para que coman estos?”. Lo decía para probarlo, pues bien sabía él lo que iba a hacer. Felipe le contestó: “Doscientos denarios de pan no basta para que a cada uno le toque un pedazo”. Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dice: “Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?”. Jesús dijo: “Decid a la gente que se sienten en el suelo”. Había mucha hierba en aquel sitio. Se sentaron; solo los hombres eran unos cinco mil. Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: “Recoged los pedazos que han sobrado, que nada se pierda”. Los recogieron y llenaron doce canastos con los pescados de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía: “Este es verdaderamente el profeta que va a venir al mundo”.
Jesús, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo.


Hermanos:

1. La multiplicación de los panes es un episodio central en la vida de Jesús, o de “El drama de Jesús”, que es título de una "Vida de Jesús", muy popularizada en mis años juveniles. En efecto, este suceso, que comienza apoteósicamente, concluye con una ruptura, haciendo una divisoria: quién es de Jesús y quién no lo es. Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él (v. 66).
De esta manera resulta que la multiplicación de los panes va a ser el compendio dramático del acontecimiento de Jesús en medio de los suyos. Lo iremos viendo, porque el largo capítulo se parte en cinco secciones para que en cinco domingos consecutivos, empezando hoy mismo, oigamos la revelación de Jesús y demos una respuesta nítida y firme a la pregunta que él nos va a hacer.

2. El primer cuadro de esta composición, de este drama, es algo sencillo y grandioso: el relato de la multiplicación, desplegado en 15 versículos. Un lector ajeno a la fe – indiferente o crítico – puede presentar muchas interrogaciones sobre lo que pasó y cómo pasó. Pero hacemos caso omiso; no es asunto de una homilía. Todo lo más de un estudio académico, riguroso e imparcial, sobre el valor histórico de los Evangelios.
San Juan ha escrito el Evangelio para los que ya creían en Jesús, más aún, para los que adoraban a Jesús, para quienes el Señor Jesús era el centro del culto ferviente de la comunidad. Los Evangelios nacen en el hogar de las comunidades cristianas, y tienen su puesto privilegiado en la celebración eucarística. Y este Evangelio es Eucaristía por los cuatro costados.

3. Estamos, pues, ante Jesús, el Señor, el Viviente que nos preside desde la gloria del Padre.
Jesús ha subido al  monte y allí se sienta con sus discípulos. Vamos a observar cómo Jesús es el que lleva la iniciativa en todos los aspectos. Se ha sentado, y sus discípulos con él; luego mandará a todo el pueblo que se recueste. Jesús y los Doce con él son como el senado de esta asamblea espiritual que nosotros formamos. Porque de esto se trata: Jesús nos da de comer a nosotros. Muy poco nos valdría el recordar la historia santa del Maestro, si, al recordarla, no la viéramos cumplida en medio de nosotros.

4. Jesús tiene una pregunta, y con ella rompe la acción de la escena. Se dirige a un discípulo de nombre griego – Felipe – (quizás san Juan está escribiendo en Éfeso, en el mundo griego) y le dice, como hemos escuchado: “¿Con qué compraremos panes para que coman estos?”
En este instante, el evangelista san Juan comienza a darnos una clave, al comentar: Lo decía para probarlo, pues bien sabía él lo que iba a hacer.
Si Jesús sabía lo que iba a hacer, ¿para qué pregunta? Para probarlo. Si Jesús prueba la fe de los Apóstoles, que lo sepan todos los pastores de la Iglesia: el papa, los obispos, los sacerdotes. La fe tiene que ser probada, a fin de que aparezca claro que solo Jesús es el jefe y guía, la presencia oculta que se revela en la Iglesia.

5. Jesús manda que se sienten. Había hierba verde, y el lugar se nos antoja como si fuera un anticipo de las praderas celestiales. Porque se trata de un banquete, que Jesús mismo ha preparado, y que él mismo va a servir en directo a los comensales. La recogida la harán los discípulos, pero el servicio de la mesa lo hará el mismo Señor.
Observemos con detalle el texto sagrado que dice: Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado.
Uno puede argumentar, diciendo que fueron los apóstoles los que ayudaron, porque, además, así lo confirman los otros evangelistas que hablan de lo mismo. Pero, hermano, aquí y ahora, estamos explicando el Evangelio de san Juan, que si describe de esta manera, por algo lo describe.
Para san Juan, para la comunidad viva que celebra el culto del Señor, estamos en una celebración viva de la Eucaristía.
Jesús, el que da el don, lo quiere dar a cada uno. El sacerdote que consagra tiene que ser él el que reparta la Eucaristía.
Recuerden lo que ocurría con el anciano Juan Pablo II. En aquellas magnas celebraciones de la plaza de San Pedro, el Papa siempre daba la Sagrada Comunión, aunque no fuera más que a un grupo pequeño de veinte o treinta personas, no obstante su ancianidad y la dificultad que le añadía su enfermedad de párkinson.
Al final, el Señor manda recoger las sobras, los pedazos sobrantes: que nada se pierda de los dones divinos. Los recogieron y llenaron doce canastos con los pescados de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido.

6. Estamos en un banquete, y en un banquete todos comen y todos quedan saciados. Lo cual a nosotros nos levanta una pregunta: Nuestra celebración eucarística del Domingo, día del Señor, ¿es un verdadero banquete? ¿Se hallan todos preparados para comer el pan abundante que el Señor ofrece…?

7. La escena culminó con una gran apoteosis. La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía: “Este es verdaderamente el profeta que va a venir al mundo”.
Esto es maravilloso…, pero no tanto. Porque a aquel aclamado como Profeta, el Profeta que va a venir al mundo, quisieron hacerle Rey.
No le habían entendido: Profeta de Dios, sí; el profeta que iba a venir a este mundo; Rey, no. Rey nacional, como los antiguos reyes de Israel; Rey para enfrentarse con la dominación del Emperador de Roma, no.
Jesús se vio malinterpretado, y tuvo que huir al monte, él solo, cobijándose en Dios.

8. Este final nos deja a nosotros pensativos: ¿Qué pensamos nosotros de Jesús? ¿Y de la fe? ¿Y de los poderes humanos?
Jesús tuvo que escaparse hasta Dios; no era esa la misión que él había traído a la tierra.
Hoy termina el Evangelio aquí y lo continuaremos los próximos domingos.
Le decimos a Jesús:
Jesús, presencia viva en la Eucaristía, enséñanos quién eres y qué anhelas con tu presencia en medio del mundo. Llénanos de ti, que eres don, el don de Dios, y al darte te multiplicas.
Amén.

Guadalajara, 26 julio 2012.

Como poema para la oración de este domingo, puede verse en mercaba.org: Poemas del Pan de vida I:Pan de Jesús (Jn 6,1-15)
miércoles, 25 de julio de 2012 0 comentarios

266. Ha llegado la Belleza 4 - Él es la Poesía


Ha llegado la Belleza - 4
Para una nueva evangelización,
opción por la poesía


1. Si fueron de perdón sus ojos,
luz pura aquellas sus pupilas,
sus dogmas dichos con parábolas
mirando flores y avecillas,
Jesús es nuevo mundo:
Él es la Poesía.

2. Si fue de encarnación su cuerpo,
que Dios amándose quería,
con otro igual a sí y distinto,
con vida suya, vida mía,
Jesús es mundo ansiado:
Él es la Poesía.

3. Si Cristo es Hijo, el Unigénito,
y el universo en él respira,
si fue el poema de su Padre,
quien para él la tierra hacía,
Jesús es mundo bueno:
Él es la Poesía.

4. Si fue vecino de sandalias,
y el mismo pan que yo comía,
y en cruz murió con anchos brazos
surgiendo vivo al claro día,
Jesús es mundo amado:
Él es la Poesía.

5. Si adentro existe una morada
y nunca de mi Dios vacía,
y Él se hace diálogo en  mi mesa,
porque Jesús lo prometía,
Jesús es mundo mío:
Él es la Poesía.

6. Venid, Poetas del Anhelo,
que rasgáis cielo y fantasía,
Jesús es Verbo Dios humano
que todo verbo crea y cría,
Jesús es mundo bello:
Él es la Poesía.

Guadalajara, Jal., 24 julio 2012.

Un veterano profesor de teología, Robert P. Imbelli (S.I), acaba de escribir un artículo: El desafío de la nueva evangelización: Dos poetas para el Sínodo (La sfida della nuova evangelizzazione : Due poeti per il Sinodo, L’Osservatore Romano, 6 de julio). Bien sabemos – y sentimos – que nosotros, los creyentes necesitamos “nuevas palabras” para anunciar el mensaje, siempre anunciado y nunca acabado de decir. Lo recuerda el “Instrumentum laboris” del próximo Sínodo de Obispos, convocado para octubre: “La Iglesia siente que es su deber lograr imaginar nuevos instrumentos y nuevas palabras para hacer audibles y comprensibles también en los nuevos desiertos la palabra de la fe que nos ha regenerado para la vida, aquella verdadera, en Dios” (n. 8).
El citado profesor, con palabras de un filósofo católico canadiense (Charles Taylor A Secular Age, 2007, traducción italiana 2009), nos propone como indicadores de lenguaje, cara a la nueva evangelización, para hablar bellamente del Dios de la hermosura y comunión, a dos poetas: “dos grandes poetas católicos: el sacerdote inglés Gerard Manley Hopkins y el laico francés Charles Péguy. Hopkins ha reavivado el sentido sacramental de un mundo ‘al cual se le ha encomendado la grandeza de Dios’. Péguy han transmitido de modo poético un sentido vivo de la comunión de todos los santos, uniendo el cielo y la tierra”.
Ninguna competencia tengo para hablar del joven poeta Gerard Manley Hopkins (1844-1889), primero anglicano, luego sacerdote jesuita, cuya poesía fue dada a conocer como obra póstuma. Ni tampoco poseo un conocimiento especial del tan famoso Charles Péguy.
Ahora bien, desde el corazón, sede última de la verdad y de la fe, brújula del mundo, puedo decir dos cosas en esta coyuntura:
1) La primera, que Jesús ha expresado la fe mediante la poesía de sus parábolas. Y no se diga que las parábolas son el vestido y que debajo está el cuerpo. No, las parábolas no son la ropa que se quita y se pone; a lo menos, serán la piel misma del cuerpo, y sin piel no hay cuerpo.
2) Y segunda, que Jesús mismo es la Belleza que anuncia, Jesús mismo es la Poesía Él es la Poesía.
Al cobijo de cuanto expreso, y como mero anhelo, puro gemido, me ha salido del alma (en este clima de retiro) ese poema: Él es la Poesía.

* * *

Señor Jesucristo,
Palabra del Padre y Fruto del Espíritu,
que anunciaste los misterios del Reino
con el lenguaje hermoso de las parábolas,
concédenos (concédeme)
la hermosura de tus labios
que manaba de tu puro corazón,
para crear en el mundo una mesa de hermanos;
haznos discípulos de tus palabras
y descúbrenos
que tú mismo eres la Belleza de tu Padre,
anhelo del sediento corazón
y festín de nuestra vida. Amén.

Entregas anteriores

112, Ha llegado la Belleza - 1
Coloquios sobre la Belleza, vocación, presencia y destino.

113. Ha llegado la Belleza - 2
Coloquios sobre la Belleza, vocación, presencia y destino.
La belleza, ¿de dónde viene y adónde va? 
114. Ha llegado la Belleza - 3
Coloquios sobre la Belleza, vocación, presencia y destino.
Via pulchritudinis - Porta amoris,
lunes, 23 de julio de 2012 0 comentarios

265. Himno memorial para Alejandro e Inés


Himno memorial para Alejandro e Inés,
sangre del Concilio,
en el XXV aniversario de su muerte martirial


Himno escrito al eco de la entrañable celebración del XXV aniversario de la oblación de Mons. Alejandro Labaka y Hna. Inés Arango. Nueve obispos, rodeando el altar de la Capilla-Catedral de Coca, celebraron con el pueblo fiel y las gentes que hicieron la Caminata, el XXV aniversario de una sangre que sigue hablando de amor.
(Invito al lector abra la entrega anterior de este blog, el número que dice: Alejandro e Inés, sangre del Concilio).

1. Iglesia ennoblecida con la sangre
de su primer Obispo, victimado,
en aras de un amor no detenido,
muriendo por los pueblos olvidados.

2. Que goces de una herencia preciosísima,
memoria cultivada cada año,
que vivas en perpetua caminata,
amando, siempre amando sin descanso.

3. A ti, Alejandro, nuestro amor sincero,
tu nombre unido al pueblo ecuatoriano;
abriste tú camino, pionero:
tus huellas marquen ruta a nuestros pasos.

4. Igual a ti, hermana muy querida,
Inés, ternura de mujer junto al sagrario,
llevada a los que amabas para siempre:
Tú hiciste de tu vida don sagrado.

5. Hermanos  de la Iglesia caminante,
unamos corazones, voces, manos;
hermosa es la tarea, que es de Cristo,
hacer del Evangelio el pan de diario.

6. ¡Jesús viviente, historia de los pueblos,
semilla fértil como Verbo santo;
tú eres y serás nuestro futuro,
a ti eternamente te alabamos!

Guadalajara, 23 julio 2012.

sábado, 21 de julio de 2012 2 comentarios

264. Alejandro Labaka e Inés Arango, sangre del Concilio

Memoria de la Amazonía Ecuatoriana,
Alejandro Labaka, Obispo y Mártir,
Inés Arango, Virgen y Mártir
(21 julio 1987 – 21 julio 2012)
XXV ANIVERSARIO


 Voy a narrar una historia muy bella de esta tierra, historia de sangre y amor. Historia, no novela; no una recomposición poética en alas de la fantasía, nido de amores. Historia de carta por aquí y documento por allí; historia de ojos vivos, que la cuentan estremecidos – con un nudo en la garganta y lágrimas de ternura - los que fueron a recoger a las víctimas. Eran dieciocho lanzas guerreras, de más de tres metros, clavadas en el cuerpo de Alejandro. Remataban con plumas de ave, y de lejos parecían un florón en la selva. Así lo contaba el fornido y veterano misionero José Miguel Goldáraz, el Rescatador.

Historia minuciosamente contada en un libro de Rufino María Grández, Vida y martirio del Obispo Alejandro Labaka y de la hermana Inés Arango (669 páginas de hoja grande y letra menuda. Coca, Vicariato Apostólico de Aguarico, Ecuador. Cicame: Centro de Investigaciones Culturales de la Amazonía Ecuatoriana, año 2009), obstinadamente confrontada con 1313 notas de apoyo. Séame lícito, pues, con esta base, narrar tan solo, para almas sencillas (para ti, querida lectora, querido lector), la coronación de estas dos vidas misioneras, que, al final, por gracia de Dios, confluyeron en una sola.
En el Museo de las Hermanas Terciarias Capuchinas de Coca, mayo 2012
Foto del reconocimiento y limpieza del cuerpo victimado, en el Salón del Seminario de Coca,
22 de julio de 1987.
Foto de la Hna. Inés Arango tomada por Rufino María Grández,
viajando en lancha de motor por el río Napo, de Pompeya a Rocafuerte,
visitando la Misión de Aguarico como ministro provincial de los capuchinos.
Las ropas de la Hna. Inés atravesadas por las lanzas:
Museo de las Hnas. Terciarias Capuchinas, Coca, mayo 2012.
El día 19, domingo (19 de julio de 1987), fue día de preparativos. Inés se había confesado con Monseñor. Mañana, lunes, día 20, de madrugada saldrían el Obispo y la Hermana rumbo a la mínima tribu de los Tagaeri, una minoría entre pueblos no contactados.
Monseñor, tras el último viaje de inspección en helicóptero, había escrito a la Compañía petrolera, cuyos servicios alquilaba el Vicariato: “Con la última evidencia de los signos positivos para un acercamiento personal, se decide que Mons. Alejandro Labaka y la Hna. Inés Arango, Misionera Terciaria Capuchina de la Sagrada Familia desciendan, Dios mediante, el día 20 de Julio de 1987”.
Nos cuenta Laura Fernández, una hermana de aquella pequeña comunidad de Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia de Francisco de Orellana o Coca, en la margen del río Napo, afluente del Amazonas:
“Aquella misma noche del día 19 por la noche fui a su habitación la encontré arreglando todo… En la mochila o shigra preparó tres cosas: una cámara fotográfica, un rollo de esparadrapo y un bote de nescafé. Me dijo:
- Tengo que dejar todo arreglado.
- Y ¿no te da miedo entrar a los Tagairi?
- No, Laura. Si muero, muero feliz. Ojalá me dejen en la selva.
Inés se arrodilló y me dijo:
- Esta ropa me la han regalado mis familiares; es para los Huaorani.
Nos abrazamos y salí de su pieza. Pero regresé inmediatamente y le dije:
- De verdad, Inés, ¿no te da miedo?
- No, me dijo; porque si muero, muero como y donde se lo he pedido al Señor” (Vida y martirio, 543).
Parece que está todo seguro, pero hay un misterioso presentimiento de que algo puede pasar. De hecho, o fue aquella noche, o fue a la madrugada… (¿acaso un día después?), cuando Inés dejó sobre su escritorio, por lo que Dios pudiera disponer, una hoja suelta escrita de puño y letra con ese mensaje:
“En caso de muerte:
El dinero que queda es así. Colombiano de mis hermanas, Ángela y Ana Isabel y 2.000 pesos de Roque. 4. (=4.000) sucres debo a Gabamo por motorista. 5.000 me había dado Imelda y no los gasté. El resto de los 25.000 que me dieron en Rocafuerte para lentes, dientes, etc. que lo empleen para aucas y pobres.
Si muero me voy feliz y ojalá nadie sepa nada de mí, no busco nombre... ni fama. Dios lo sabe.
Siempre con todos.
               Inés”.

* * *
El día lunes (20 de julio) salieron rumbo al deseado destino.  La Hna. Cristina Tamayo, cronista de la comunidad, escribió en la Crónica de la comunidad:
“En eso de las 5.30 de la mañana salieron Mons. Alejandro, Roque, Inés y Cristina hacia la compañía CGG con el fin de dejar a Mons. Alejandro y a Inés quienes irían en helicóptero al sitio donde se encuentran los Tagaeris. Dado que el cable para la bajada del helicóptero se había roto y aún no estaba reparado se postergó el viaje para el día martes. Después de preparar algunos víveres y utensilios que da la compañía, desayunamos allí mismo. Seguidamente regresamos y trajimos a (XX) Huaorani que se venía por tener a su hija enferma. También entramos a saludar a las Hnas. Dominicas (Elvira estaba, Tere, Merche, Clarita) y a eso de las 11 a.m. llegamos al Coca” (Vida y martirio, 545).
20 de julio, que es la fiesta nacional de la Independencia de Colombia. Allí en Coca se habían juntado un grupo de las terciarias capuchinas para celebrar la fiesta patria. Y continúa la cronista Cristina: “Las Hnas. Emma, Laura Salazar, Nelly Posada, Luz Elena Restrepo, Gabriela Arango, Martha Oliva, Inés Arango, Candela Quijano, Lucero Giraldo, Cristina Tamayo nos reunimos en esta casa con el fin de ayudarnos y buscar formas de vivir mejor. Todo el encuentro estuvo dentro de un clima muy fraterno y positivo. Quedamos de reunirnos el día 7 de septiembre. En la tarde cada quien marchó a su casa felices de haber celebrado también la Independencia y por llevar medicinas, ropa, alimentos para los pobres. También nos acompañó un rato Mons. Alejandro. Este mismo día Laura Fernández salió para Quito” (Vida y martirio, 546).
      Y entretanto Mons. Alejandro Labaka, vasco de Beizama, Guipúzcoa, obispo desde hacía dos años y medio, 67 años de edad, un idealista audaz, apasionado por los indígenas, que había estado en la última sesión del Concilio Vaticano II (1965) cuando era Prefecto Apostólico y que allí aprendió lo qué son las “semillas del verbo” (semina Verbi), que Dios ha derramado en todas las culturas, según san Justino (siglo II), palabras que con otras tomó para su escudo episcopal…, ¿qué pensaba y qué sentía?
En realidad estaba preocupado. Pero tenía prisa y urgencia, y decía: “Si nosotros no vamos, los matan a ellos”. La Compañía petrolera sería humanitaria, pero, en caso de ataque, no habían de ahorrar los rifles. El Obispo, en cambio, pensaba bajar desnudo, o, si se quiere, con el único atuendo de los indígenas, el “cumi” que sujeta el miembro viril…
Una noche, allí en Coca estaban cenando los hermanos, los tres o cuatro de la comunidad, entre ellos el P. José Miguel Goldáraz, de Osinaga (Navarra).
“José Miguel, Vicario General, en tono de conversación de mesa, le dijo en la cena:
- Mira, que te van a matar.
Monseñor festivamente le responde:
- Bueno…, pero ya dejo un buen sucesor.
Y José Miguel rubrica:
- De todas formas, yo bajaré a recogerte…” (Vida y martirio, 546). Y así fue, heroico profeta.
* * *
Llegó, pues, el día 21 de julio, martes. El P. Roque Grández, capuchino misionero en Coca, de madrugada les llevaría al helipuerto de la Compañía, de donde arrancaba el helicóptero. Él mismo se brindaba a bajar con ellos… Luego dejó un relato detalladísimo de todo lo acontecido.
“Pero antes de que comience Roque a contarnos, minuto a minuto, cómo se fue deslizando el día 21 y el día 22, he de dejar testimonio verídico de lo que pasó el día de su martirio a las 5.15 de la mañana. Es lo que contó la Hna. Laura Fernández:
Sor Inés era muy activa y muy orante; les recalcaba la oración, catequesis, apostolado… Le gustaba rezar los salmos pausadamente…”. Y sigue: La Hna. Candela, la mayor de la comunidad, siempre dispuesta a servir, vio que la Hna. Inés a las 5.15 estaba orando en la capilla: Me arrodillé – dice Candela - y oré por ella. A los diez minutos llega el carro. Nos abrazamos y se fue para siempre”.
Posteriormente he sabido cómo oró Inés. El sagrario estaba en un mueble bajo, e Inés, de rodillas, tenía la frente apegada al sagrario.
¿Qué dijo Inés a Jesús en aquella madrugada del día del martirio?

 
Los hermanos Rufino y Roque Grández se encuentran en Quito
en el Simposio de los XXV años de la muerte martirial
de Alejandro e Inés, mayo 2012

El misionero que les lleva, mi hermano Roque, dice en su relato:
“Antes de las 7 de la mañana llegamos al campamento. No hace buen tiempo. Las nubes no se levantan y el cielo bajo está grisáceo. Nos presentamos en la barraca del Jefe del Campamento. Como hay amistad, hay también rutina y naturalidad en los saludos. Para hacer tiempo nos vamos al galpón-comedor y como el día anterior podemos desayunar a la carta. Inés apenas si sorbe unos tragos de café. Monseñor desayuna y yo repito el del día anterior. Parece que vamos a tener que esperar un tiempo, bastante, hasta que despeje el horizonte. Cae una lluvia fina.
(…)
Después del desayuno Monseñor con Inés se van a dar vuelta por la bodega, a controlar la lista del día anterior a hablar un poco con el piloto Apolo traído expresamente de otro bloque a este para la operación de descenso y con el mecánico francés. Todo está a punto, solo hace falta que se levante el tiempo. Yo me quedo en el galpón curioseando las revistas francesas tiradas en un estante: L'Expres. Paris Match, de este tipo. Salgo del galpón y busco con la vista a Monseñor e Inés, los encuentro a la puerta de la bodega, tomo aire, respiro aire fresco, mojado, vuelo al galpón, paso hojas, mato el tiempo.
Monseñor e Inés aparecen. No saben qué hacer. Hay que esperar. Al fondo, en la rinconera de un mostrador, que hace de bar nos recogemos, sentándonos silenciosos. No tenemos conversación. Está todo tan hablado. Solo esperamos. De vez en cuando comentarios fútiles de lo que vemos en el campamento o lo que en otras ocasiones hemos visto. Estamos haciendo tiempo. Pasaron ya las 9 de la mañana y nos acercamos a las 10” (Vida y martirio, 457).
A las 10.30 vuela el helicóptero.
Pasa el tiempo, y mientras tanto el misionero sueña…  “Estoy ilusionado. Se marcharon. Mañana yo iré a visitarlos. Para mí será la primera vez también entre los Huaorani. No me importa el colegio. Por un día dejaré de ir. Los exámenes seguirán su curso. Y llevaré las cámaras y haré fotos de recuerdo. Nadie en Ecuador sabe lo que está pasando y es el momento más grande de su historia. El último grupo que queda sin contacto con el resto de los ecuatorianos, hoy serán integrados a la nación. Una vez más la Iglesia en su Obispo y en su humilde misionera serán quienes harán esta gran obra. Se necesita valor. Dios nos lo da porque nos da amor a este pueblo. Hay un rato en que uno queda como embobado, ensimismado por la ausencia, la marcha de los otros y el pensamiento del posible peligro uno lo retira, no lo deja entrar, sencillamente lo sofoca. No aparece. Se tiene la ilusión del éxito del encuentro feliz” (Vida y martirio, 549).

* * *
Al día siguiente irían a visitarlos.
“…Igualmente el día 22 me levanto temprano. Sé que tengo tiempo para llegar a tiempo, y marcho solo. El plan es ir a visitarlos. Esperamos que Monseñor habrá limpiado con machete y hacha el lugar y podremos aterrizar, bajar y encontrarnos con los nuevos amigos. Sale un día espléndido, sin niebla, el cielo limpio. El carro marcha bien a velocidad. Y tengo accidente. En una curva el que viene de frente, también a velocidad, me obliga a echarme a mi derecha y caigo en la cuneta. Me quedo solo. No puedo sacarlo y es de doble transmisión. Me toca esperar y me pongo nervioso. ¿Si salen sin mí? Son 10 minutos malos esperando que algún otro carro pase y me ayude a desencunetar el mío. Así ocurrió.
Son como las 7,45 de la mañana cuando el helicóptero se levanta del suelo para ir a visitar a los Tagairi y convenir con Monseñor en qué momento se ha de volver para recogerle. Vamos 4 personas: el piloto Apolo, el Sr. Roques, Jefe de la CGG, Michel, francés y un servidor. Vamos contentos. Yo preparo la máquina de fotos y hago algunas de ambiente. Pasada media hora estamos ya a las puertas del bohío que desde lejos lo divisamos.
Pero me quedo consternado al encontrarlo vacío, sin gente, desierto, cuando estaba esperando el gozo alborozado de un grupo que nos sale al encuentro con alegría, haciendo corro al helicóptero que desea posarse con cuidado. No hay nadie y no veo a nadie, tampoco a Monseñor. ¿Se lo habrán llevado? ¿Qué ha pasado? Y el helicóptero ya ha atravesado el bohío y se dispone a dar otra vuelta.
Sí, abajo, a 4 o 5 metros de la puerta de la casa está Monseñor tendido, desnudo, apoyada su espalda sobre un tronco y la cabeza pendiendo hacia atrás, los brazos abiertos caídos. A Inés no la veo. Y el helicóptero ha atravesado de nuevo el lugar. Y ya no recuerdo si de nuevo da otra vuelta. Tomamos el camino de regreso. El piloto grita alborotado. El Jefe de la CGG me mira con rostro alterado. Michel pregunta por la hermana y los otros confirman que también está lanceada, y el piloto de nuevo comienza a gritar desaforadamente.
Les pido que me lleven directamente a Coca, y me dicen que mejor volver a la base. Entiendo. No insisto. Llegamos: naturalmente, no nos esperaban. Recién habíamos salido y ya habíamos vuelto. El mecánico del día anterior nos abre la puerta y él es el primero que se entera de labios del piloto. Baja el Sr. Roques. Yo no tengo ganas. Estoy como sin fuerza, clavado al asiento. Veo que el Sr. Roques se para en el camino, se inclina al suelo apoyando su cuerpo sobre las manos que descansan sobre las rodillas. Se va haciendo verdad que los mataron.
Me bajo, ando solo, cabizbajo. Se me acerca el piloto, me echa una mano queriéndome dar el pésame y no pudiendo resistir me desato en llanto. Llega a la barraca y ya está el Jefe hablando con sus superiores de Quito. Van llegando trabajadores. Le entrego las llaves de mi carro al francés Michel y le pido que me lleven a Coca en el helicóptero” (Vida y martirio, 550-551).

* * *
Con urgencia se organizó el rescate: tres helicópteros del ejército a disposición de los misioneros con una veintena de soldados armados. El P. José Miguel asumía la dirección de este operativo, con una orden rigurosa que él conminó: ¡Ningún disparo!
Los indígenas habían desaparecido y habían dejado allí los cuerpos victimados. Los helicópteros no podían tomar tierra por la exuberancia de la jungla y había que actuar con destreza y rapidez.
Mons. Alejandro estaba traspasado con 18 lanzas (Nota: ¿o acasoe se número de las 18 lanzas recogidas son las tres del cuerpo de la Hna, Inés y 15 del cuerpo de Monseñor?). José Miguel mismo las fue sacando una a una; a veces presionando con el calzado el cuerpo del Obispo, para retirar las lanzas que tenías unas muescas para que, al clavarlas, quedaran dentro, sin volver.
La Hermana, descalza, con el velo recogido en el bolsillo, no se había despojado de su ropa, estaba atravesada con tres de esas lanzas guerrera. Y, como también hicieron a otras mujeres en otra ocasión, le habían clavado un palo o estaca en la vagina, acaso queriendo matar la fuente de la vida. Resulta muy desagradable el contarlo, pero esa es la verdad.
Los misioneros nunca quisieron decir: “Los han asesinado”. Los indígenas, a sangre y muerte, se han querido defender… Cierto que luego hicieron un rito sangriento pinchando con lancetas los cuerpos exánimes, un signo seguramente de ser copartícipes toda la tribu de aquello que habían llevado a cabo los valientes.
Llegaron las víctimas a Coca y les introdujeron en una sala del Seminario para la limpieza y reconocimiento, con acta pública, y dejar constancia del número de heridas y orificios que presentaban los cuerpos desangrados.
Coca entera se volcó con frenesí con aquellos que dieron su vida por amor a quien amaban con el ser entero. Se abrieron las tumbas para que reposaran delante del altar de aquella pequeña iglesia, que es la catedral.
Antes de enterrarlos se les quiso pasear apoteósicamente por las calles. Había reparos, porque en los cuerpos, destrozados, se iniciaba un estado de descomposición. Pero uno, a quien llamaban “el loco”, muy sensatamente gritó: ¡Aquí no huelen los muertos!

* * *
Al final de esta corrida relación, yo no puedo menos de decir, lleno de nostalgia:

¡Mis hermanos Alejandro e Inés,
declarados Siervos de Dios por la Iglesia,
mártires de amor por quienes amabais,
rogad por nosotros!

* * *

Carta al Obispo de Aguarico, Mons. Jesús Esteban Sádaba,
con motivo de los XXV años de la muerte martirial de
Mons. Alejandro Labaka y de la Hna. Inés Arango

Estimado Mons. Jesús Esteban:
Desde esta casa de formación de jóvenes capuchinos de Guadalajara, Jalisco (México), me siento íntimamente unido en este día a toda la Iglesia de Aguarico, que con gozo y agradecimiento celebra la memoria de sus mártires en el XXV aniversario, Mons. Alejandro Labaka Ugarte y Hna. Inés Arango Velásquez (+21 julio 1987 – 21 julio 2012).
Como biógrafo, mucho he reflexionado en este hecho conmovedor, lleno de pasión y de amor. Y como uno de los ponentes que intervinieron en el reciente Simposio de Quito (21-24 mayo 2012), traté de dar mi aportación para penetrar en las líneas fundamentales de lo que me parece que es la espiritualidad de este capuchino-sacerdote, misionero, obispo y mártir.
Ahora me encuentro reflexionando sobre el Concilio Vaticano II, en el cincuenta aniversario de su inauguración (11 octubre 1962), porque he de preparar una “lección inaugural” sobre el tema. Y me viene constantemente la figura de Mons. Labaka, como hijo legítimo del Concilio.
No pocos analistas críticos opinan que el ímpetu del Concilio ha sido frenado, acaso por nuestra mediocridad, acaso por otros intereses teológicos. Nuestros dos Misioneros, Siervos de Dios, aparecen justamente como lo contrario: son una evidencia de la audacia que quiso suscitar el Concilio. Esta razón conciliar es muy valiosa y verdadera para llevar adelante su causa. No importa que la última opción adoptada pueda ser juzgada distintamente, e incluso criticada.
Lo que emerge directamente de los hechos y de la documentación abundante es que fue el ardiente amor de Cristo a todo riesgo lo que les llevó a la muerte. Y esto está en plena sintonía con esa renovada audacia que quiso despertar el Concilio en la Iglesia en un cambio de era de la humanidad; en sintonía igualmente con esas aspiraciones que surgen en el panorama de la Nueva Evangelización, que estudiarán los Obispos en el Sínodo próximo de octubre.
Alejandro está en la hora de la Iglesia y en la hora de la familia humana, y con él, en unidad de fe y amor, la hermana Inés.
Permite que con humildad y franqueza haga llegar hasta ti, como representante del Episcopado Ecuatoriano en el Sínodo de la Nueva Evangelización, querido Obispo, este deseo:
Que suene en el Sínodo,
que suene en la Congregación para la Evangelización de los pueblos,
que suene en el corazón del Santo Padre (a quien tanto venero):
Alejandro, Obispo, e Inés, Virgen, murieron por amor a Jesús, amando a sus hermanos, en el rumbo de audacia, de riesgo y generosidad que quiso el Concilio, y que anhela la Nueva Evangelización, y su entrega está siendo aliento y referencia para nosotros.
Que la declaración de su martirio afiance más y más el humilde camino de la Iglesia y sea bendición para los pueblos indígenas y para todos los que tratamos de construir el Reino de Dios.
Me encomiendo a la intercesión de estos Siervos de Dios,
Quedo afectísimo en el Señor
fr. Rufino María Grández
 
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