jueves, 3 de enero de 2013

339. Corazón y consagración


Formación: Corazón y consagración

Nota de envío
Las “vacaciones escolares navideñas” en los grupos juveniles de religiosos – varones y mujeres – suelen ser vacaciones a medias. Estos días no lectivos se aprovechan para reuniones, encuentros, retiros, días de formación. Mis queridos hermanos Salesianos de Tlaquepaque (Guadalajara es la zona metropolitana de varios municipios: Guadalajara, Zapopan, Tonalá, Tlaquepaque y Tlaxomulco de Zúñiga) me pidieron compartir estos afanes.
Acaso a algunos lectores puedan interesar estas “cápsulas”, solicitadas para subirlas a la web del Centro Teológico Superior Cristo Resucitado, donde se pueden encontrar. Lo hago al son afectuoso de aquella canción al Niño que hace muchos años salió de mi corazón:
Te diré mi amor, Rey mío,
en la quietud de la tarde,
cuando se cierran los ojos 
y los corazones se abren.

Zapopan, 3 de enero de 2013, Fiesta del Santísimo – del Dulcísimo – Nombre de Jesús.



Afectividad, sexualidad y consagración religiosa


Pensamiento y praxis eclesial


Notas para un encuentro con Jóvenes religiosos Salesianos
y algunos de sus Educadores (Tlaquepaque/Gudalajara, 2 enero 2013)

Perspectiva
Se me ha pedido que, en esta sesión de formación permanente (2.3 y 4 de enero de 2012), comparta mi colaboración hablando sobre “Afectividad, sexualidad, y consagración religiosa”, oferta que acepté con mucho gusto. Es algo que a todos nos toca de modo muy sensible.    
Dedicando al tema toda una mañana de reflexión y encuentro, en los diálogos pueden aparecer puntos muy concretos que no se han tocado aquí – por no considerarlos necesarios o simplemente por falta de visión – que los podríamos analizar de común acuerdo. He escrito estas hojas como guía de reflexión. De viva voz puedo dejar que la mente y el corazón hablen con palabras que quizás, puestas por escrito, pueden dar lugar a malentendidos.
Espiritualmente arrancamos de la Palabra de la Escritura que hoy se proclama en la Eucaristía (1Jn 2,22-28). La Palabra del Señor es siempre viva y operante. En la Comunidad de Juan, que es toda espiritual pero nada de esotérica, se puede oír este mensaje: “Y en cuanto a vosotros, la unión que de él habéis recibido permanece en vosotros y no necesitáis que nadie os enseñe” (v. 27). Esta declaración no es fanática, ni quien la dice ni quienes la reciben están al margen de la Iglesia Una y Católica; sino que a estos hermanos se les está poniendo ante la conciencia de que hay un Cristo y un Espíritu, una Unción transformadora que los guía por los caminos de la verdad y del amor. La Comunidad se autoidentifica en la acción del Espíritu, porque el Espíritu es la evidencia de la verdad. Dios no engaña. Por estos mares queremos navegar.

I
En torno al amor y a la afectividad

Plataforma de lanzamiento

1. Entiendo que la afectividad no es otra cosa sino la vibración del amor. Van de tal manera unidas afectividad y amor, que una sin la otra ni coexisten ni siquiera existen en este mundo creado. El que ama queda afectado por el ejercicio del amor, y el que mucho ama queda traspasado. De igual modo, el que es amado, acoge la vibración del amor y se hace una persona afectiva.

2. Si hablamos, pues, de la afectividad es en función del amor. Hablamos para orientación y cultivo del amor, supuesto que el amor es la finalidad misma de la vida, y, por lo tanto, el objetivo de la vocación humana como tal. El cordial deseo del joven Agustín de amare et amari – amar y ser amado – es la expresión de una vocación universal, que late en el corazón humano.

3. Y como la expresión más noble del amor es el amor de amistad (amor recíproco y desinteresado), bien pudo comenzar Aristóteles, en su Ética a Nicómaco, los dos últimos libros que dedicó a la amistad (libro VIII y libro IX) con estas sentencias memorables:

Tras lo expuesto debemos tratar de la amistad, porque, además de ser una virtud (o ir acompañada de virtud), es la cosa más necesaria en la vida, ya que nadie, aunque tuviese todos los bienes restantes, elegiría vivir sin amigos. Incluso los ricos y las personas poseedoras de mando y dignidad parecen tener necesidad de amigos, y más que todos. Efectivamente ¿para qué serviría semejante prosperidad si no se pudiera con ella hacer bien, lo cual principalmente y con mayor alabanza se hace para los amigos? ¿Cómo se podría conservar dicho estado sin amigos? Porque cuanto mayor es, también es más inseguro. También en la pobreza y en las demás desventuras todos piensan que los amigos son el único refugio. Los jóvenes necesitan el auxilio de los amigos para no equivocarse; los viejos, para que los cuiden, cubriendo las deficiencias de su actividad por la debilidad creciente de la mayoría de edad; y a los que están en el vigor de la vida, necesitan de los amigos para las bellas acciones: Son dos que marchan juntos (Ilíada X, 224), y que, por ende, son más poderosos para el pensamiento, y la acción.

4. La afectividad es fruto del amor, irradiación congénita del amor, y, al mismo tiempo, opera en sentido recíproco; la afectividad mantiene las brasas del amor. De manera que es, de sí misma, deseable, en cualquiera de los dos sentidos buenos en que queda expuesta. El ser humano sin afectividad es un ser mutilado; su luz es opaca.
Sería algo del todo erróneo pensar que la afectividad es don propio del género femenino, que a duras penas se toleraría en el sexo masculino. Con tales apreciaciones estaría delatando que manejamos un concepto viciado de la afectividad, que por su naturaleza es tan noble como el amor, pues de él procede y hacia él tiende.

5. Lo que sí es cierto es que, atendiendo a los múltiples componentes que configuran el ser real y concreto de cada persona, percibamos que no todos los aspectos (por así hablar) del ser uno, que es cada quien, emite el mismo fulgor. Y de esta manera se distinguen los diversos temperamentos según la acentuación de unos u otros rasgos, según las clasificaciones que configuran los psicólogos.


Punto de partida: el consagrado
6. Nuestras consideraciones toman como punto de partida al “religioso” o consagrado. Nos referimos, pues, a una persona de determinadas características:
- alguien que ha tomado una orientación de vida
- tras un recorrido personal que le garantiza que ese es el camino de su realización
- y que se supone que es un corazón noble en sus aspiraciones, generoso en la entrega de su voluntad.
A esta persona es a quien le mostramos el camino del amor como vocación personal, como búsqueda de una plenitud.
7. La afectividad – al par que el amor – va germinando, floreciendo y fructificando. Y en todo ese proceso debe afrontar situaciones delicadas. Son momentos vitales, diversos según las épocas de la vida, que pueden producir resultados bien distintos:
- Ofuscación y desorientación, paralización y estancamiento.
- Entrega aventurada a un placer inmediato, cuya finalidad se ignora.
- Vencimiento propio, sin saber tampoco adónde me lleva ese vencimiento.
- Íntima experiencia e descubrimiento de algo nuevo y de crecimiento en algo hermoso que intuyo; por ejemplo, cuando uno percibe que la posible amistad surgida por el chispazo de un enamoramiento pudiera ser una riqueza de mi persona.

8. La afectividad y el amor tienen realizaciones múltiples – como múltiples son las estaciones y múltiples las horas del día, con sus colores, perfumes y sabores – y con todo ello mi ser entero adquiere nueva consistencia, y se va ensanchando hacia adentro y hacia afuera con nuevas vivencias. Así, por ejemplo:
- hay un amor romántico, efusivo, primaveral, como es el amor retratado en el Cantar de los Cantares (libro que en años alternos, los años pares, se lee en el oficio de lectura en el tiempo de Navidad);
- hay un amor paciente, de crónica sencilla, amor de fidelidad en el día a día, sin historia novedosa;
- hay un amor en la oscuridad, en fe, amor de resistencia, soportando los signos aparentemente contrario;
- hay un amor sosegado de ancianidad y de espera…, amor dulce y sobrio, muy íntimo y entrañablemente cariñoso.


Amor, afectividad, sexualidad

9. Si es muy fácil, e, incluso, agradable relacionar “amor y afectividad”, el asunto se hace delicado cuando tratamos de conjugar tres realidades como un todo circular: amor, afectividad, sexualidad. Aquí la claridad mental debe ir a la par de la serenidad anímica, biológica, para hablar en la verdad y en la objetividad de esas realidades, tan sutiles y tan invisceradas en las aspiraciones más nobles y al mismo tiempo con instintos inferiores.
La realidad sexual de sí no dice relación con el pecado, sino que es un configurante de la condición de cada persona, varón o mujer, lo que le da el carácter masculino o femenino. El sexo es tanto orgánico genital, como anímico corpóreo integral, que existe biológicamente hasta en las propias hormonas.

10. De modo que la realidad sexual íntegra es tanto configurativa del propio ser, como relacional. Así, en virtud de esta condición primaria, el varón se identifica como varón sin que apetezca ser mujer, y la mujer en su propia entidad se encuentra ella misma y no apetece ser hombre. Desde una alta valoración del ser humano diremos que por origen y vocación el varón y la mujer ante sí y ante Dios tienen la misma categoría y dignidad en medio de la creación.

11.  Si de la identidad pasamos al plano de la relación, puesto que el ser humano por definición es un ser consciente abierto a la relación, debe decir, con grata sorpresa para ambos:
- Que lo más masculino que tiene el hombre es el anhelo de la mujer.
- Y que lo más femenino que tiene la mujer es el anhelo del hombre.
Es decir que el sentido de la “comunión”, inmanente y transcendente es parte de la esencia humana.

12. En esta visión del ser humano – hombre o mujer – el sexo desempeña una función noble, que no puede ser ahogada como apetencia vil. Es “natural” (procede de la creación) que el varón ansíe sexualmente la fusión sexual plena con la mujer, fusión que indica la comunión de cuerpo y alma – y que la mujer ansíe la misma fusión con el varón. El ser testigo personal de este anhelo es algo verdadero y bello en sí mismo. Por lo mismo, nada sorprendente la vibración genital, en el varón y en la mujer,  ante la presencia de la persona anhelada.
No podemos estudiar la sexualidad de Jesús, que como ser humano la tuvo, pero en los Evangelios no hay datos directos para tal investigación. En el dicho de los eunucos (“…y hay quienes se hacen eunucos ellos mismo por el reino de los cielos. El que pueda entender, entienda” Mt 19,12), exegéticamente puede estar él autoimplicado, y esto nos llevaría a entender su castidad como “ofrenda”…; pero otra cosa no podemos deducir.


Los cauces de la afectividad

13. El cultivo de la afectividad, activando de forma consciente esas resonancias que llamamos los afectos, en sí mismo es algo bueno y deseable. Por el contrario, la atrofia de la afectividad, por falta de ejercicio de los afectos, no es apetecible ni en el hombre ni en la mujer. La atrofia viene a ser como el paso anterior a la muerte.

14. La afectividad se ejercita, se activa, se procesa… por diversos cauces. Pensando en el varón consagrado (en este caso dígase lo mismo mujer consagrada) la afectividad fluye por tres cauces principales:
- Por el cultivo del amor, tal como uno lo concibe como amor noble. La oración, en efecto, no tiene otra desembocadura que esto, poder decir, como fruto del encuentro: Dios mío, te amo; ¡cuánto te amo!
- Por el cultivo de la belleza. En la experiencia humana universal la belleza es la puerta inmediata del amor. Nada se podría amar si no fuera bello: es bello porque es bello en sí, o porque lo forjamos como bello. Por eso, el pecado incluye un autoengaño.
- Por el cultivo de la compasión. El sentimiento de piedad o compasión ante la desgracia ajena genera en un corazón noble un afecto vivo y activo, que de alguna manera quiere ser afecto unitivo con la persona. El afecto de compasión quiere inmediatamente pasar a la acción, implicando a la persona.

15. Humani nihil a me alienum puto. Informa y explica Wikipedia: “Homo sum, humani nihil a me alienum puto es un proverbio latino que significa "Hombre soy; nada humano me es ajeno". Esta frase fue escrita por Publio Terencio Africano en su comedia Heauton Timoroumenos (El enemigo de sí mismo), del año 165 a.C., donde es pronunciada por el personaje Cremes para justificar su intromisión. Sin embargo, la cita ha quedado para la posteridad como una justificación de lo que ha de ser el comportamiento humano. El filósofo y escritor español Miguel de Unamuno comienza el primer ensayo de su obra Del sentimiento trágico de la vida mencionando esta locución latina: Homo sum; nihil humani a me alienum puto dijo el cómico latino. Y yo diría más bien, nullum hominem a me alienum puto; soy hombre, a ningún otro hombre estimo extraño. Porque el adjetivo humanus me es tan sospechoso como su sustantivo abstracto humanitas, la humanidad. Ni lo humano ni la humanidad, ni el adjetivo simple ni el sustantivado, sino el sustantivo concreto: el hombre”.

16. Pablo VI (cuyas virtudes heroicas se acaban de aprobar y cuya beatificación puede estar muy próxima) se identificó a sí mismo como “Experto en humanidad”, cuando habló ante las Naciones Unidas, en tiempo del Concilio: “Es como "experto en humanidad" que aportamos a esta Organización el sufragio de nuestros últimos predecesores, el de todo el episcopado católico y el nuestro, convencidos como estamos de que esta Organización representa el camino obligado de la civilización moderna y de la paz mundial” (4 octubre 1965). Pablo VI, con toda su grandeza moral, pasa a la historia como “experto en humanidad”. Nuestro corazón de consagrados a la causa de Jesús, en el mar de la vida humana, bien puede avanzar por ese rumbo: expertos en humanidad, y ahí volcar nuestro afecto, una sensibilidad que se estremece ante todo lo humano. Somos promotores de una civilización del corazón, y lo que brindamos al mundo, desde Jesús, es nuestra acogida y ternura.


II
Guía y discernimiento para no traicionar la ofrenda
de nuestra afectividad y sexualidad

Cultivo de los tres caminos

17. Los tres caminos señalados (cultivo del amor, cultivo de la belleza, cultivo de la compasión) son un venero de gracia continua, día a día manante. Y debemos cultivar de una manera consciente e ilusionada todo cuanto nos lleve al amor, a la belleza, a la piedad compasiva, hasta el punto de crear una especie de psicología personal, y colectivamente una pedagogía basada en estos hábitos: Nacimos para el amor, la belleza y la piedad; no podemos desertar. Y es cierto este principio: Una experiencia real en estos campos de lo más noble que reside en el corazón humano es más eficaz para orientar nuestro rumbo que todas las cautelas que se nos puedan dar. En concreto:
- Una amistad honda, leal madura, una “amistad superior” purifica la castidad consagrada y la afectividad. Pero esta amistad no es algo buscado y alcanzado, sino algo donado. Habrá que comenzar con la amistad de los santos, a través de sus escritos. (Y, a propósito, la liturgia de hoy, memoria de los santos Basilio Magno y Gregorio de Nacianzo, nos trae una página admirable de amistad: “Era como si los dos cuerpos tuvieran un alma en común”).
- El cultivo espiritual de la belleza nos aleja del pecado, porque el pecado, por esencia, es fealdad. La belleza ha de ser nuestro baño espiritual continuo. Hemos de empañarnos en ella. La belleza, que es la armonía luminosa del ser, debe transpirarse hasta  nuestra sencilla forma de escribir.
- La ternura es el mayor título de nobleza que puede tener el ser humano.

18. Es importante tener conciencia clara de desde dónde actuamos: “Cristo será glorificado en mi cuerpo, por mi vida o por mi muerte” (Flp 1,20). No me importa “mi castidad” por mí y para mí; lo que me importa es que la castidad de Cristo brille en mí. Incluso, que mis pecados sean la peana de la gloria y de la hermosura de Cristo.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                         

19. Dado que las consecuencias del pecado han quedado inoculadas hasta en las venillas más íntimas de mi ser, sin obsesión, pero con lucidez – que solo el Espíritu me la puede dar – he de estar alerta. Lo profundo no deja de ser misterio como luz, siempre sorprendente, pero también como oscuridad. Lo cierto es que no pocos hermanos han abandonado el “primer amor” – que en la verdad o en la ingenuidad creyeron para siempre – por otro amor adventicio, que se ha percibido como acontecimiento superior y definitivo (El “amor primero” de Ap 2,4 los exegetas más que primero en el tiempo lo interpretan como primero o superior en calidad). Como este fenómeno ha sido miles de veces repetido, muy especialmente en la etapa tras el Concilio, hemos de abrir los ojos a la evidencia para caminar por los altos caminos del amor necesitamos, en no pocas ocasiones, un guía, confidente del Espíritu.
La se sabe que la experiencia del amor – amor humano, amor divino – tiene fuerza seductora. Esta fuerza indómita del amor, que conoce la literatura antiguo y moderna, la recordaba el Papa en su encíclica “Deus caritas est”: “« Omnia vincit amor », dice Virgilio en las Bucólicas —el amor todo lo vence—, y añade: « et nos cedamus amori », rindámonos también nosotros al amor (II,5).  En el campo de las religiones, esta actitud se ha plasmado en los cultos de la fertilidad, entre los que se encuentra la prostitución « sagrada » que se daba en muchos templos. El eros se celebraba, pues, como fuerza divina, como comunión con la divinidad” (Deus caritas est, 4).

20. Y lo mismo digamos de la belleza y de la compasión. La belleza, que de por sí es lo más puro, enciende rápida la chispa del amor. Y de la compasión, la experiencia dice que muchos enamoramientos han comenzado por un acto de caridad, por salvar al hermano, a la hermana, postrados en su indigencia. Una confidencia en la cercanía del confesionario o del recibidor puede ser el inicio de una historia de amor.
En suma, el amor, la afectividad, la sexualidad… son realidades bellas, deseables, y al mismo tiempo, son frágiles…, y si nuestro corazón está turbado, ambiguas. Ignacio de Loyola es un maestro consumado – y podría ser doctor de la Iglesia – en el análisis de las mociones, de los tirones…, que se padecen en el corazón.

21. La experiencia de la Belleza – en todas sus formas: música, pintura, escultura, arquitectura, naturaleza, danza – nos lanza en directo y produce una efusión afectiva, que es una especie de trance extático amoroso: ceden las normas, emerge la libertad, y el ser apetece en lo profundo el abrazo unitivo. Se diluyen las fronteras de cuerpo/alma y la mística y la sensualidad, por el descubrimiento de la belleza, parecen ir hermanas… Se requiere el discernimiento del Espíritu.

22. Bellísimos estos párrafos del gran intelectual, exegeta y esteta cardenal Gianfranco Ravasi, al otorgar el Premio Internacional de Poesía Mística 2012: “…Esta dimensión mística, propia de toda cultura, alcanza cotas de profundidad insospechada en la poesía, que es, por su propia naturaleza, el lenguaje adecuado para expresar lo inefable, el lenguaje del símbolo y de la metáfora. La poesía, cuando no es mero entretenimiento de salón, es la caja de resonancia de las preguntas últimas acerca del hombre y su destino. El poeta, decía Heidegger, es un portavoz del ser en su dimensión total. Dios, el  ipsum esse per se subsistens, escapa a toda posibilidad de enunciación y por ello, solo la poesía, junto con el arte, logran transmitir algo de su misterio más íntimo.
Ninguna forma de arte logrará jamás encerrar la belleza en sus límites angostos. La poesía, sin embargo, tiene este privilegio único entre todas las artes: que por usar el verbo humano, reflejo e imagen del Verbo eterno, es capaz de mantener vivo en nosotros el deseo del absoluto y de avivar la sed de lo eterno” (Roma, 13 diciembre 2012).


El pecado que disfrazado ha llegado por los caminos de la santidad: discernimiento

23. La convulsión experimentada en la Iglesia en los últimos decenios y cada a luz bajo el magisterio de Benedicto XVI nos ha puesto en estado de alerta, tanto como grupo como personas. No hubiéramos sospechado que el fenómeno fuera tan extenso y profundo. Hemos de reconocer que la sinceridad y la valentía del Papa ha sido ejemplar. En el portal de la Santa Sede vatican.va ha quedado abierto un sitio específico, que tiene este título: Abusos contra menores. La respuesta de la Iglesia. La documentación ofrecida en directo por la Santa Sede, al alcance de quien quiera consultarla, es amplísima. Por transparencia no se han ocultado números. He aquí un informe autorizado que en tiempos anteriores habría sido impensable.

“¿Cuántos han tratado hasta ahora?
En total, en los últimos nueve años (desde 2001 a 2010) hemos evaluado las acusaciones referidas a unos 3000 casos de sacerdotes diocesanos y religiosos que remiten a delitos cometidos en los últimos cincuenta años.
Es decir, ¿tres mil casos de sacerdotes pedófilos?
No es correcto definirlo así. Podemos decir que “grosso modo” en el 60% de esos casos se trata más que nada de actos de “efebofilia”, o sea debidos a la atracción sexual por adolescentes del mismo sexo, en otro 30% de relaciones heterosexuales y en el 10% de verdaderos y auténticos actos de pedofilia, esto es, determinados por la atracción sexual hacia niños impúberes. Los casos de sacerdotes acusados de verdadera y auténtica pedofilia son, entonces, unos trescientos en nueve años. Son siempre demasiados casos, es indudable, pero hay que reconocer que el fenómeno no está tan difundido como se pretende hacer creer”. (Entrevista de Gianni Cardinale a mons. Charles Scicluna sobre el rigor de la Iglesia en los casos de pedofilia, en el portal y sitio citados - Monseñor Charles J. Scicluna es el “promotor de justicia” de la Congregación para la Doctrina de la Fe).

24. Esta dolorosa realidad nos invita a analizar, en el plano sexual y afectivo, lo que puede acontecer en el consagrado, en los órdenes diferentes:
- como tendencia natural; quebrantamiento de su castidad consagrada por la relación sexual con una mujer (como un casado puede quebrantar su castidad por las relaciones con otra mujer, que tristemente, en el caso de los casados, tanto se repite: la infidelidad conyugal, temporal y definitiva);
- como tendencia que la Iglesia considera como sexualidad desviada, pese a teorías contrarias sobre el origen de la homosexualidad.

25. No se puede ignorar la normativa de la Iglesia, que tiene un doble valor: como norma que es preciso seguir, y como criterios que puede iluminar el proceso educativo de la propia castidad. Y acaso de posibles tendencias homosexuales, que en estado leve no desaconsejan el camino de los votos religiosos o sacerdotales. Como documentación señalamos:
- Congregación para la Doctrina de la Fe. Carta circular. Subsidio para las Conferencias Episcopales en la preparación de Líneas Guía para tratar los casos de abuso sexual de menores por parte del clero (3 mayo 2011).
- Congregación para la Educación Católica: “Instrucción sobre los criterios de discernimiento vocacional en relación con las personas de tendencias homosexuales antes de su admisión al seminario y a la Órdenes Sagradas” (4 noviembre 2005).

26. El cultivo de la castidad, por encima de ser un acto de vencimiento personal, es un acto de fidelidad al amor prometido; es una oblación de amor. Ese es el punto de mira, y ese sería el valor teologal de la castidad como consagración. De una virtud moral pasar a categoría teologal, si se entiende como acto de fe en la resurrección de Cristo y como consagración a su santo cuerpo.

27. Y desde aquí entenderemos la lucha. La experiencia dice que corazones centrados en el Señor “padecen” sus propias debilidades en momentos ambiguos. Un acto de masturbación en esos momentos ambiguos – pues las fronteras del consentimiento no son, ni mucho menos, claras – no es un derrumbe; no es un adulterio al amor. Es una “humana fragilitas” inherente al ser; el amor continúa. Y el perdón del Señor es una experiencia que vigoriza la consagración.
El amor se rompe cuando uno desiste; esa es la infidelidad. Esa infidelidad, que antes que en el placer corporal estará en el corazón, la ha condenado Jesús.

28. No hablamos de la homosexualidad, que requiere muchos matices. Hay que escucharles a los homosexuales creyentes que aceptan a Jesús como guía. Sus testimonios son estremecedores; y hay que preguntar a la ciencia. Ahora bien, la encendida defensa de la homosexualidad (ver, por ejemplo, Cristianosgay.com) – a veces con agresividad y desprecio al Papa – no es tampoco la razón de la verdad.

29. Psicólogos y educadores han advertido que si en los colegios se pretende dar a adolescentes una “información detallada” sobre sexo, droga y temas afines esa misma información está actuando, de hecho y quizás en contra de lo que pretende el educador “informador”, como incentivo para lanzarse a la aventura de experimentar el sexo y la droga. Pienso que el criterio está lleno de sabiduría y experiencia.
Exactamente igual, a mi entender, puede ocurrir en quien por curiosidad y “simple información” se mete hasta saciarse en Internet en los sitios “gay”. Si uno, de inicio, no siente la inclinación “gay”, si se alimenta de esa literatura y de esas imágenes, acabará sintiéndola, y si esa literatura se convierte en “adicción” ciertamente terminará siendo gay. Me estoy refiriendo al sitio apenas citado. No olvidemos aquella sentencia de Virgilio en las Bucólicas: latet anguis sub herba.

30. Realmente el corazón humano confina con el misterio, y solo la humildad es la ruta de la verdad.
Si se nos pidiera un Tratado del amor, a esta altura de la vida, lo concebiría así:
Primera parte: Dios amor anunciado en los Profetas y totalmente revelado en Jesucristo.
Segunda parte: El amor divino, vocación humana, mediante el acceso de la fe.
Tercer parte: El amor humano y la amistad humana, receptores del amor divino y fundidos en el único amor.
(Tlaquepaque/Guadalajara, Jalisco, 2 enero 2013).

Alguna orientación bibliográfica de acceso en Internet
Ø  Teología del Cuerpo, en: Wikipedia. Muy buena exposición para estructurar las 129 catequesis de Juan Pablo II en torno a estas materias (1979-1984).
Ø  P. Clemente González, ¿Puede ser sacerdote un homosexual? Un artículo iluminado y ponderado en conexión con la documentación eclesiástica.

Rufino María Grández Lecumberri, OFMCap.

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