domingo, 6 de enero de 2013

341. Por la ruta de los profetas a Belén de mano de san Mateo



 Contemplación de Epifanía
Mateo 2,1-12

Dame, Señor,
la sencillez de tu hijo más pequeño,
la sabiduría de tu siervo más sabio,
la luz de Isaías Profeta
los ojos del Evangelista Mateo,
la pureza de la Virgen María,
la fe de la Iglesia naciente,
para entrar en el campo de tus promesas
y entender tus divinos misterios,
narrados en palabras hermosas,
acunados en bella poesía
en los Evangelios de la Infancia.

(Nota para el Padre Dios. Tarde de Reyes. Al tiempo que pongo en la pantalla de mi computadora estas palabras, me he asomado a la ventana y veo en la calle una escena de Belén. Un carrito de dos ruedas cargado con cajas de cartón dobladas. La mamá recoge del contenedor otras cajas que allí encuentra, desecho del día de Reyes. El niñito – que pienso será el Niño Jesús –mira con ojos que llegan al corazón. Me mira. – Me parecería un pecado tomarle una fotografía – Me retiro por respeto al niño, para no morirme de vergüenza… Y me he atrevido a darle una bendición cuando ya no me podía ver.
Dios mío, perdona mis pecados…).

Hermanos míos, moradores de acá cerca y de lejanos países que  no he visitado (ni nunca veré):
Os saludo en el Hogar de la Iglesia,
¡Paz y bien!

1. La fiesta de Reyes va pasando suave y serena por mi corazón. Un 6 de enero es poco tiempo para gustarla, para mirarla con amor.
Vuelvo a tomar el texto de Mateo (Mt 2,1-12), que lo he puesto en homilía. Ahora lo tomo en griego, en latín (Nova Vulgata), en mi hermosa lengua castellana. Un modo de orar es paladear el texto palabra por palabra, ungir cada palabra de amor, y así, por ósmosis del Espíritu, pasar por la puerta de la Palabra hasta el corazón del Misterio. También la gramática puede estar impregnada de oración. Un verbo puesto en “aoristo” es un toque de atención para decirle al Señor: Señor, háblame, sí, por este aoristo; que no me lo desfiguren… Quiero leerlo como el evangelista me lo escribió.

2. Y así voy desgranando el texto para saborearlo como un dulce – no se han acabado los dulces navideños – haciendo que la gramática me desvele el Espíritu. Bien sé que “el Espíritu del Señor y su santa operación” (Regla de san Francisco) no se sujeta a ninguna gramática, ni a la Biblia entera, porque Dios es más grande que sus escritos. Dios es tan grande como la potencialidad de mi corazón, que Él ha creado. ¿Qué digo “mi corazón”? Infinitamente más grande que todos los corazones…
Por eso, Dios mío, nosotros “te damos gracias por ti mismo” (S. Francisco, capítulo XXIII de la regla no bulada),  y desde la gratitud y la alabanza empezamos a entenderte.

3. Vengamos al texto, y lo primero: Mateo desde Mateo. Dicen los biblistas (y creo que lo dijo Juan de Maldonado, jesuita, ya en el siglo XVI) que “a Juan hay que entenderlo desde Juan mismo”. Principio muy sabio para la interpretación del Cuarto Evangelio y del “Corpus juaneo”.  Yo añado que a Mateo hay que entenderlo desde Mateo.
Para entender el Evangelio de la Infancia de san Mateo no hay que irse a Lucas; y para entender el Evangelio de la Infancia de san Lucas no hay que irse a Mateo, aunque luego habrá que hacer la síntesis sinfónica de los cuatro Evangelios, pues el mensaje – la verdad y el amor – juntos y entrelazados son uno.
San Mateo, que escribió cuando Jesús había resucitado, y quiso anunciarnos cómo este Jesús pascual ya en su propio nacimiento era el Hijo de Dios, comenzó a contarnos de dónde venía este Hijo.
- Este Hijo de Dios, en la tierra, fue hijo de David, hijo de Abraham: Así dice el primer versículo de su Evangelio. Jesús era, pues, hijo de las santas Escrituras. Sin el Antiguo Testamento no existe Jesús de Nazaret.
- Y este hijo de una virgen, que así lo predijo Isaías, fue anunciado a José, que Dios quiso que estuviera presente en el misterio de la Encarnación.
- Y este Hijo nacido en Belén, según la profecía de Miqueas, fue mostrado a todas las naciones que vinieron a Belén, siendo los magos los primeros llegados.
- Y este Hijo, que había de morir en la cruz, fue perseguido ya desde su nacimiento, por Herodes, que no logró matarlo.
- Este Hijo, Jesús, tuvo que huir a Egipto, porque llevaba en su carne el misterio del pueblo desterrado. Y de Egipto Dios llamó a su Hijo.
- Y muerto Herodes, el niño con su madre, avisado José en sueños por el ángel de la providencia, volvió a la tierra de Israel.
Y termina así san Mateo la historia de la Infancia: “Pero al enterarse (José) de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes tuvo miedo de ir allá. Y avisado en sueños se retiró a Galilea y se estableció en una ciudad llamada Nazaret. Así se cumplió lo dicho por medio de los profetas, que se llamaría nazareno” (Mt 2,23).
Para san Mateo la historia de Jesús naciente estaba en la profecía. Desde la profecía hemos de leer y entender esta historia de Jesús resucitado niño…

4. Pero volvamos a los Magos…
El Papa, que tanto sabe como viejo profesor, ha predicado una homilía desde el corazón, porque el corazón, que es la sede del amor, es la llave de la Escritura. Como ordenaba a cuatro obispos (entre ellos a su fiel secretario particular), les ha explicado cómo los Magos son ejemplo para un buen obispo…
“Basándonos en la historia narrada por Mateo podemos hacernos una cierta idea sobre qué clase de hombres eran aquellos que, a consecuencia del signo de la estrella, se pusieron en camino para encontrar aquel rey que iba a fundar, no sólo para Israel, sino para toda la humanidad, una nueva especie de realeza. Así pues, ¿qué clase de hombres eran? Y nos preguntamos también si, a partir de ellos, a pesar de la diferencia de los tiempos y los encargos, se puede entrever algo de lo que significa ser Obispo y de cómo ha de cumplir su misión.
Los hombres que entonces partieron hacia lo desconocido eran, en cualquier caso, hombres de corazón inquieto. Hombres movidos por la búsqueda inquieta de Dios y de la salvación del mundo. Hombres que esperaban, que no se conformaban con sus rentas seguras y quizás una alta posición social. Buscaban la realidad más grande. Tal vez eran hombres doctos que tenían un gran conocimiento de los astros y probablemente disponían también de una formación filosófica”.
Y luego va detallando…
Esta es la exégesis del corazón, porque la Palabra de Dios es viva cuando uno contacta con el Espíritu Santo.

5. Pues yo también quisiera, por medio de este contacto con el Espíritu, sorprender a los Magos en su llegada a la casa.
¿Qué dice el texto sagrado?
Escuchemos: “Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra”.
Los magos ya no hablan… Toda la escena se concentra en una especie de divina liturgia en tres cosas después de que entraron:
- Vieron.
- Adoraron.
- Ofrecieron.

6. En esta escena san José no existe. Está evidentemente, pero no existe para el escritor, para el evangelista.
Quien está es “el Niño con la Madre” (no la Madre con el Niño). El Papa en el libro de “La Infancia de Jesús” le da la razón al célebre mariólogo René Laurentin (que todavía vive, ancianito), diciendo que, en efecto, esta expresión indica intencionadamente que se trata de la virginidad maternal de María. Es totalmente razonable. Tenía que aparecer José. No se le menciona. Ese Niño – al fin y al cabo, Jesús Resucitado – pertenece por la Encarnación a María, “su Madre”.

7. Y ahora sigue la exégesis del corazón. El Niño, Hijo de Dios, es un bebé. El Niño no oye, el Niño no entiende… Los dones son para el Niño, pero, por fuerza, los tres regalos los entregan a la Madre.
Y allí está la humildísima Virgen María como una Reina, recibiendo los “tesoros” del Hijo, que son “oro e incienso y mirra”.

Y ¿para qué querrá la madre pobrecita el oro?, ¿para qué querrá el incienso?, ¿para qué la mirra…?
Son los dones para su Hijito divino…, puede pensar el evangelista. Y nosotros lo seguimos pensando.
Por eso la liturgia los ha interpretado con sentido místico:
- “Tres fueron los dones preciosos que los magos ofrecieron al Señor en aquel día, y que encerraban en sí tres divinos misterios: el oro, que lo reconocía como rey poderoso; el incienso, que lo proclamaba como sumo sacerdote; y la mirra, que profetizaba su muerte y sepultura” (Oficio de lectura, día siguiente a la Epifanía).
Con matiz ligeramente distinto:
- “Desde oriente vinieron uno magos a Belén para adorar al Señor, y, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, coma a rey soberano; incienso como a Dios verdadero; y mirra, como a hombre mortal. Aleluya” (Laudes, día siguiente a la Epifanía).

8. Al tiempo en que Mateo escribe, la Iglesia le está levantando un inmenso monumento a María, la Madre del Mesías, la Madre del Hijo de las profecías. 
Virgen María, nos acercamos reverentes a tus rodillas, donde tienes al Niño. Llenos de ternura, como los Magos nos postramos y adoramos.

Guadalajara, Jalisco, al concluir la Epifanía del Señor, 2013.

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