jueves, 10 de enero de 2013

343. Bautismo de Jesús, solidario con el pecado Hijo amado



 Homilía en el domingo del Bautismo del Señor, ciclo C
Lc 3,15-16.22-23


Texto evangélico

Como el pueblo estaba expectante, y todos se preguntaban en su interior sobre Juan, si no sería el Mesías, Juan respondió a todos: “Yo os bautizo con agua, pero viene el que es más fuerte que yo, a quien no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.
Y sucedió que, cuando todo el pueblo era bautizado, también Jesús fue bautizado; y. mientras oraba, se abrieron los cielos, bajó el Espíritu Santo sobre él con apariencia corporal semejante a una paloma, y vino una voz del cielo: “Tú eres mi Hijo, el amado, en ti me complazco”.

Hermanos:

1. En la vida de todo ser humano hay momentos de importancia decisiva, que marcan rumbo y destino. La vida es rica por sí misma, y el día a día, monótono y repetido, es digno de toda la grandeza de mi vida, de toda mi vocación humana. El acto más rutinario de mis días es portador de toda mi persona. Pero, siendo así, la vida tiene tiempos fuertes y graves momentos que pueden marcar la divisoria de un antes y después.
El Bautismo es el momento inaugural de la vida de Jesús, que sale al mundo, y que inicia la misión que Dios, su Padre, le había confiado.

2. Jesús era ya un hombre. Tenía, al menos treinta años. A esa edad un judío de los tiempos de Jesús era padre de familia de varios hijos; tenía ya su vida firmemente consolidada.
Quisiéramos nosotros saber cómo ha llegado Jesús hasta aquí. Toda la vida de Jesús es de nuestro interés: su infancia, adolescencia y juventud; sus veinte y veinticinco años: qué pensaba, en qué trabajaba, cuáles eran sus amores, sus anhelos y su lucha, sus amigos. Fuera del episodio de los 12 años, que nos descubre la orientación radical de su ser, su vida queda en el secreto de Dios.
Cuando uno de nosotros, que cree tener una vida densa, fondea en el curso de su historia y advierte que un adulto no es una improvisación, sino una personalidad que se ha ido gestando paso a paso desde el momento en que tuve uso de razón. Y aunque la vida nos hace cambiar según la edad, vemos, sin embargo, que desde el principio nos han acompañado unas constantes: soy lo que soy, porque fui lo que era, siempre bajo la guía de Dios.

3. En concreto, y en el caso de Jesús, el bautismo fue ciertamente una iluminación avasalladora, pero en íntima coherencia con lo que ha precedido. Para comenzar a entender la realidad que aquí se encierra, hay que partir de unos datos fundamentales:
- El bautismo de Jesús de Nazaret es un episodio real y concreto de su vida que, ni creyentes ni racionalistas han negado. No es un dato alegórico o místico para entender a un personaje. A nosotros, los creyentes en la divinidad de Jesús, hasta nos molestaría; y tenderíamos a suprimirlo, o, al menos, a pasar por encima de él. pero no es cierto. Jesús se bautizó.
- El bautismo fue para él una decisión personal y libre, y supone una situación colectiva y personal con la que él se identifica plenamente. Jesús no se bautiza para dar un buen ejemplo, para animar a la gente. Hubiera sido un proceder insincero, y, por lo mismo, falso. Jesús se bautiza, porque realmente se bautiza.
- Con ello, Jesús está reconociendo la categoría de Juan, la obra y misión de Juan. El bautismo de Jesús es la canonización de Juan, si fuéramos a hablar con términos jurídicos.
- Pero, al aceptar el bautismo de Juan, Jesús está reconociendo la historia de Dios en el mundo. Está afirmando que es cierto que ahora comienza la gran obra de Dios en la historia. Esta es la entrada de Dios en el mundo, el Adviento o llegada de Dios, protagonizada por ese humilde bautizado, Jesús de Nazaret.
- Con ello Jesús se adhiere plenamente al dicho de Juan: Yo os bautizo con agua… Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.

3. El bautismo de Jesús tiene una carga mística que lo traspasa y que se hace evidente en la teofanía que sigue al bautismo -  Tú eres mi Hijo, el amado, en ti me complazco – que acontece mientras Jesús ora.
Detengámonos en estos dos puntos:
- el realismo del bautismo de Jesús,
- y la divinidad de Jesús en su bautismo.

4. Para ir a Dios tenemos que sumergirnos en un bautismo, piensa Jesús. Hay que bajar, como sea, hasta el fondo del pecado,
y allí encontrar a ese Dios Redentor, que nos ama y nos ha de salvar.
El bautismo nosotros lo recibimos de niños, y no se puede repetir; imprime un carácter indeleble. Hoy de adultos, al recordar el bautismo, hemos de pensar que el bautismo era el paso “por el Espíritu Santo y por el fuego” para el reino de Jesús. El bautismo es arranque del pecado; es conversión.
Nuestro bautismo ha de recordarnos que nuestra vida es una perpetua conversión. Este vivir en trance de conversión quiere decir vivir con el rostro vuelto hacia Dios, desprendidos – en cuanto está de nuestra parte – de esos amarres del pecado. La gracia de Dios, que está en acción continua, opera en nosotros ese desapego.

5. ¿Qué sentía Jesús, cuando voluntariamente, y en medio de la gente, como uno más entre el pueblo, quiso bajar al Jordán, despojado de sus vestidos y penetrando en el agua?
San Pablo dirá en cierto momento que Dios lo hizo pecado a este Hijo de su amor. “Al que no conocía el pecado, lo hizo pecado en favor nuestro, para que nosotros llegáramos a ser justicia de Dios en él” (2Co 5,21).
Esto fue el bautismo de Jesús: la solidaridad plena con mi pecado. Fue un bautismo real y verdadero, el más verdadero de todos, porque como nadie con el bautismo bajó al abismo del pecado, es decir, de mi pecado.
Si yo llegara a comprender que yo estaba en Cristo cuando él bajaba a las aguas…, entonces comprendería por qué Jesús de Nazaret pidió el bautismo a Juan.

6. Pero el bautismo de Jesús no concluye en el pecado. El último secreto viene ahora. Cuando Jesús fue bautizado, se puso en oración; es un dato que expresamente lo ha notado san Lucas. Y ¿qué pasó en aquella oración? Que mientras oraba, se abrieron los cielos, bajó el Espíritu Santo sobre él con apariencia corporal semejante a una paloma, y vino una voz del cielo: “Tú eres mi Hijo, el amado, en ti me complazco”.
Esto es lo sublime y divino del bautismo. En el bautismo de Jesús estaba su filiación divina: Tú eres mi Hijo, el amado.
No tuvo tiempo Jesús en su vida para disfrutar de aquella declaración que el Padre Dios le hacía: Tú eres mi Hijo, el amado.
Esa palabra que el Padre dirigió a Jesús llega hasta nosotros y nos la aplicamos, y unidos a él la escuchamos, dirigida a nosotros, dirigida a mí.
Tú eres mi hijo amado; tú eres mi hija amada.
Somos hijos en el Hijo; esta es la gracia de los cristianos para disfrutarla todos los días de nuestra vida. Amén.

Guadalajara, Jal., 9 enero 2013.

Sobre el Bautismo de Jesús hemos escrito diversos textos que pueden verse en mercaba.org El pan de unos versos | Año litúrgico | Navidad |Bautismo de Jesús. Son los siguientes:

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