jueves, 17 de enero de 2013

345. Caná de Galilea – Un canto a la Madre de Jesús

Homilía en el domingo II del tiempo ordinario, ciclo C,

Jn 2,1-11



Texto evangélico
A los tres días, había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda.
Faltó el vino y la madre de Jesús le dice: “No tienen vino”. Jesús le dice: “Mujer, ¿qué tengo yo que ver contigo? Todavía no ha llegado mi hora”. Su madre dice a los sirvientes: “Haced lo que él os diga”. Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una. Jesús les dice: “Llenad las tinajas de agua”. Y las llenaron hasta arriba. Entonces les dice: “Sacad ahora y llevadlo al mayordomo”. Ellos se lo llevaron. El  mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llama al esposo y le dijo: “Todo el mundo pone primero el vino bueno, y cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora”.
Este fue el primero de los signos que Jesús realizó en Caná de Galilea; así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él
Hermanos:
1. Hay un paso natural en la secuencia evangélica del domingo anterior a este. El domingo pasado era el Bautismo de Jesús, celebración cargada de misterio con la cual se cerraba el ciclo de Navidad. Hoy, ya de pleno de la vida de Jesús, estamos en un episodio que el evangelista califica de “el primero de los signos”.
Jesús está en acción y así empezó, pero este primero de los signos no es solo el primero en la sucesión de la historia, es el primero como modelo, como paradigma de lo que van a ser las obras de Jesús. Así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él, es la conclusión del relato. Jesús irradia divinidad. La gloria es el resplandor de la santidad divina, de aquello por lo cual Dios es Dios, el todo santo y excelso. Todas las obras de Jesús – deslumbrantes o sencillas, todas por igual – transmiten la realidad de Dios, la gloria y la belleza de Dios, la bondad de Dios, la misericordia de Dios, el corazón de Dios. Ese es el supremo bien que Jesús, como Hijo, ha traído a la tierra: la presencia de Dios, y con la presencia de Dios el conocimiento de Dios y la entrada en su vida.
2. La conclusión no termina ahí, porque la frase completa del Evangelio es doble y está escrita de esta forma: así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él. Dos términos que se corresponden: Jesús y sus discípulos; Jesús manifiesta su gloria – que es la misma gloria de Dios – y los discípulos acogen tal manifestación, los discípulos creyeron en él. Ahora sí, los discípulos, que creyeron en él al seguirle, y por él abandonaron barca, redes y familia, ahora han entrado en una intimidad que va a ir en aumento hasta hoy. Porque sucede que los discípulos ya no son los que acompañaron a Jesús al banquete de bodas; los discípulos somos nosotros.
3. Reflexionando sobre el conjunto de este episodio – que podría llamarse  “teofanía” – de este descubrimiento de Dios en medio de los hombres, y precisamente en una boda, podemos advertir una paradoja. La vida de todo ser humano es un proceso creciente, de menos a más. Un célebre pasaje de los Proverbios dice: “La senda del justo es aurora luminosa, crece su luz hasta hacerse mediodía” (Pro 4,18). Jesús está comenzando a manifestarse al mundo, y tiene un proyecto. Un día se ha de saber cuál es esa plenitud que él nos quiere comunicar; y a eso Jesús le llama “la Hora”, “mi Hora”. Por esa Hora Jesús va a dar su vida. La Hora de Jesús es la Cena, la Pasión y Muerte, la Resurrección. Esa es su Hora.
4. En Caná de Galilea, cuando la madre, quiere que Jesús intervenga para resolver una situación embarazosa, Jesús de alguna manera repele esa intervención con una frase sorpresiva: Mujer, ¿qué tengo yo que ver contigo? Todavía no ha llegado mi hora.
Ninguno de nosotros ha llamado a su Madre “Mujer”. Sería una descortesía, incluso una grosería. Un hijo se dirige a su madre con la palabra más bella del diccionario: ¡Madre!, ¡Mamá! Y bien es de suponer que Jesús a su madre la ha llamado sencillamente “madre”, como todos los hijos, con una dulzura divina que nosotros no podemos calcular. Pero le llama “Mujer”, como en la Cruz: “Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo amado, dijo a su madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo” (Jn 19,26). Creo que no hace falta ser un gran sabio para pensar que estamos en un relato muy sagrado, en el cual con una palabra solemne Jesús está diciendo a su madre: Tú eres la Mujer, tú eres la nueva Eva, tú eres la Madre de la nueva creación. Pero no te adelantes, no ha llegado la Hora. Un día llegará, pero hoy no es la Hora.
María en este relato ha perdido su nombre. No es María, sino “la madre de Jesús”, así se la nombra. María es, pues, la Mujer, la Madre de Jesús. Esta categoría está por encima de toda otra categoría creada. Es una mala teología decir: ¡Qué poder tiene el sacerdote que tiene algo que no tuvo María: poder traer sobre el altar al mismo Hijo de Dios! Es una mala teología, porque no hay sacerdocio comparable a ser la Madre de Jesús.
5. Son consideraciones que hacemos, hermanos, para entender mejor la gravedad divina de lo que ahora viene. María, la Mujer de la Nueva Alianza, no se siente repelida. Al contrario. Dice así el texto sagrado “Su madre – por tercera vez el nombre de madre – dice a los sirvientes: “Haced lo que él os diga”. Como es madre, ejerce su oficio de Madre. Una madre, si de verdad es madre del todo, puede mandar a su hijo. Y María es Madre de verdad – que es más que ser Reina – y da una orden a los sirvientes: Haced lo que él os diga, porque mi Hijo tiene que hacer.
6. Y así fue, sin más complicación. Jesús actuó y manifestó su gloria. María ejerció de madre y el Hijo de Dios ejerció de Hijo de María. Jesús hizo lo que ella quiso. La Hora de la gloria, que era la Hora final de Jesús, se adelantó a este momento. Y manifestó su gloria, y todo fue por obra de una mujer, de la Mujer. Y esta Mujer es la que nos trajo el Vino de las nupcias del Mesías.
Una tradición rabínica (no sabemos si la conoció Juan) dice que en el momento de la creación Dios se guardó un depósito de diez cosas para el día del Mesías, como cuando el padre, al nacer su hija, su hijo, reserva una colección de botellas de vino de la cosecha del año, para sacarlas el día de la boda. Tú has guardado el vino bueno hasta ahora, le dice el mayordomo al novio. Efectivamente, Dios había guardado el vino bueno, el mejor, para las bodas de su Hijo que acaban de comenzar.
7. Y todo esto, hermanos – y repito con gozo – se hizo por obra e intervención de una mujer, la Mujer, la nueva Eva, María, la Madre de Jesús.
Caná de Galilea es, pues, un Canto de la Iglesia, al final de la era apostólica, cuando se escribe el Evangelio de Juan, un Canto de la Iglesia a María, la madre de Jesús.
Donde está María está la Hora de Jesús. Y María nos hace entender que toda obra de Jesús es la Hora de Jesús, Hora de plenitud, de gloria y esperanza.
María y Jesús van unidos, inseparablemente unidos, como el Varón y la Mujer el día de la creación. Y en esta hora de la Iglesia, que la vemos tan llena de incertidumbres, María tiene una misión que cumplir, que es la misión de Caná. Sencillamente María tiene que cumplir su oficio de ser “la madre de Jesús”: Haced lo que él os diga. Amén.
Guadalajara, 17 enero 2013.

Un cántico espiritual para el día de hoy, en: mercaba.org / Tiempo ordinario / Dom  / 
La copa de dulce vino

El Papa, en el Ángelus de este domingo, hablaba de esta manera:
 "... Con este "signo", Jesús se revela como el Esposo mesiánico, que vino a establecer con su pueblo la nueva y eterna Alianza, según las palabras de los profetas: "Como se regocija el novio por la novia, así tu Dios se regocijará por ti" (Is. 62, 5). Y el vino es símbolo de esta alegría del amor; pero también alude a la sangre que Jesús derramará al final, para sellar su pacto nupcial con la humanidad.
La Iglesia es la esposa de Cristo, el cual la hace santa y hermosa con su gracia. Aún esta esposa, formada por seres humanos, está siempre necesitada de purificación. Y una de las culpas más graves que desfiguran el rostro de la Iglesia es aquella contra la unidad visible, en particular las divisiones históricas que han separado a los cristianos y que aún no han sido superadas.
Justo esta semana, de 18 al 25 de enero, se celebra la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, un momento siempre grato a los creyentes y a las comunidades, que despierta en todos, el deseo y el compromiso espiritual por la plena comunión. En tal sentido, fue muy significativa la vigilia que pudecelebrar hace un mes en esta Plaza, con miles de jóvenes de toda Europa, y con la comunidad ecuménica de Taizé: un momento de gracia en el que experimentamos la belleza de formar en Cristo una sola cosa.
Animo a todos a orar juntos para que podamos alcanzar "Lo que espera el Señor de nosotros" (cf. Mi. 6,6-8), como se llama este año el tema de la Semana; un tema propuesto por algunas comunidades cristianas de la India, que invitan a caminar con determinación hacia la unidad visible de todos los cristianos y de superar, como hermanos en Cristo, todo tipo de discriminación injusta. El próximo viernes, después de estos días de oración, presidiré las Vísperas en la Basílica de San Pablo Extramuros, en presencia de los representantes de las otras Iglesias y Comunidades eclesiales..."

1 comentarios:

Anónimo dijo...

QUERIDO P.RUFINO:
HE LEÍDO SUS REFLEXIONES SOBRE EL PASAJE EVANGÉLICO DOMINICAL. ASIMISMO LE HE REMITIDO UN CORREO ELECTRÓNICO CON UN COMENTARIO SOBRE EL MISMO, QUE ESPERO HAYA LLEGADO A SU CONOCIMIENTO.
ESPERO QUE SE HALLE BIEN DE SALUD.
CORDIALES SALUDOS. JUAN JOSÉ.

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