martes, 5 de febrero de 2013

352. Jesús en Nazaret: Soliloquio para un coloquio

También tu pueblo te amó
Soliloquio para un coloquio

Sobre la homilía de Jesús en Nazaret
Domingo III y IV del tiempo ordinario,
Ciclo C: Lc 4,14-30

1.  Fue muy dura la homilía de ayer. Jesús rechazado en su pueblo, sacado afuera, amenazado con tirarlo barranco abajo, liquidarlo. En una palabra, Jesús sobraba en su pueblo. Y, al poner san Lucas esta escena al principio, casi nos está diciendo que sobraba desde el principio. Los exegetas dirán que esta es una escena compuesta con datos iniciales y con datos que corresponden al posterior devenir de la historia de Jesús. Marcos, ya avanzado el Evangelio, nos dirá que Jesús visitó Nazaret y fue recibido con incredulidad (Mc 6,1-6), pero con un portillo abierto a al esperanza: “No pudo hacer allí ningún milagro, solo curó a algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su falta de fe” (vv. 5-6).
Al tiempo de ir desgranando mis pensamientos, al filo de lo que estimo que es una interpretación del Evangelio, que tantas veces podemos edulcorar con unas frases tópicas, mi corazón se iba estremeciendo. Y yo mismo, que tenía mis papeles que escribí para la homilía de mercabá.org doblados en mi mano y no los abrí, quedé afectado de lo que iba diciendo, y durante toda la misa se cernía en mi alma esa impresión: Jesús en soledad, Jesús en el desencuentro con su pueblo – el pueblo del Dios de Abraham, del Dios de Isaac, del Dios de Jacob – lo que Jesús más quería; Jesús fracaso en el amor, que es la suprema vocación del peregrino humano. Eran demasiadas cosas las que hendía mi alma, de alguna manera partícipe de la soledad humana de Jesús.
Se me ocurrió redactar otra vez la homilía, mejor dicho, escribir una nueva homilía o un soliloquio, nacido del corazón, para decir en voz alta, tanto cuanto pueda decir, de esa trágica soledad de amor que cubrió la vida de Jesús.

2. ¿Cómo poder leer la vida de Jesús, zambullidos en los cuatro Evangelios, que es lo que definitivamente tenemos, sin traicionar al texto, y sin que la fantasía supla lo que la letra dice o calla? En suma, y en el caso que ocupa este comentario, este soliloquio de pensamientos que van y vienen, ¿cuál fue exactamente el fracaso de Jesús con su pueblo, o, a la inversa, el fracaso de un pueblo con Jesús, a quien vieron como un exaltado iluso y un  pseudo-mesías? Hombre bueno, sin duda, incluso hasta maestro de la humanidad, pero fuera de la órbita de las Santas Escrituras.
La Sinagoga no aceptó a Jesús; la Sinagoga no acepta la Iglesia, no puede aceptarla.
Quisiera tener un amigo judío (al fin y al cabo él y yo vamos rumbo del mismo camino, del Absoluto) para que este soliloquio tuviera la acogida de la amistad; o… quisiera tener una amiga judía en cuya alma resplandeciera lo más bonito del Antiguo Testamento para hablarle del sermón de Jesús en Nazaret, y decirle y preguntarle:
- ¿Por qué tu pueblo, hermana mía, que también es el mío – estoy explicando a mis alumnos el Pentateuco y el título del curso es “Pentateuco, cimiento de nuestra fe” – por qué tu pueblo no ha aceptado, ni acepta, a Jesús? ¿Por qué Jesús – mi amado Jesús – sufrió una soledad mortal toda su vida, y, al final de su vida, fue expulsado de las murallas, y murió mirando a su Tierra Prometida sin pasar a ella? O ¿fue tan duro Jesús en sus invectivas contras las autoridades que él mismo provocó la ruptura fatal, de la que no nos hemos recuperado?

3. Y otras muchas preguntas tendría que hacerle en una terraza de Jerusalén en una noche templada de Pascua.
- Sois un pueblo admirable, le diría; sois “el hermano mayor”, “mi hermano mayor”, aunque quizás no os guste. No me tengas por un “goy”, uno de los “goyyim”, de los “gentiles” de la tierra, porque yo creo en la Alianza de Abraham… y hasta me gustaría explicártela, como Shaul de Tarso la explicó a los Gálatas y luego a los Romanos. Sois un pueblo admirable, que ha resistido todos los embates de la historia. Egipto, lleno de sabios, cayó. Grecia, techo de la humanidad, cayó. Roma lo mismo. Los egipcios de hoy no sé si genéticamente tendrán algo que ver con los que hicieron las pirámides hace varios milenios. Pero vosotros, mis hermanos hebreos, sois la mismísima raza que discutió con el Rabbi Jehoschua de Nazaret. Os habéis mantenido compactos, generación tras generación, gracias a la Torá, a los Nebiim y Ketubim, y gracias a la Mischná y al Talmud, y a la Halakáh con que conformáis vuestras costumbres. Los Hebreos de hoy – judías y judíos – sois los interlocutores de ayer. El Shabbath, la Sinagoga, la Familia han sido vuestras fuerzas de cohesión y de persistencia en la Historia.
¿Por qué, pues, habéis rechazado al Mesías? Acaso no sepas que Saulo, definitivamente Pablo de Jesús, nos dijo: Nosotros somos el Israel de Dios. No lo recibas como un insulto. Pablo lo decía como una revelación.

4. Y si ahora pregunto ¿Por qué habéis rechazado al Mesías? no lo interpretes como una acusación, porque bien sabe el Señor Dios de mis Padres, que lo pregunto con humildad. Podría decir con Ana en el santuario de Shiló: Soy una mujer sufriente que estaba derramando mi dolor ante el Señor.
Muchas veces, estudiando en Jerusalén (1984-1987), al ir por la calle, yo me pensaba: Si yo hubiera nacido hijo de una familia judía, yo habría sido judío, y, quizás, hasta judío ortodoxo, viendo a uno de ellos, volviendo del templo con su atuendo específico, con los ojos clavados, sin ninguna desviación (seguramente que adorando a Dios), sin consentir un ¡Buenos días! – Boqer tov! – que un “pagano” como yo le podría dirigir y con ello contaminarlo. Yo habría sido un judío, creyente, estudioso y rezador, pero ahora, por la misericordia de Dios – Dios clemente y misericordioso, el rajum we janun (Éxodo 34,6)– soy cristiano, discípulo de Jesús, Mesías e Hijo de Dios.
¿Por qué habéis rechazado al Mesías, hermana mía?

5. No tienes por qué saber, hermana, que un gran exegeta católico (anteriormente luterano), escribió, comentando a san Pablo: “Israel no perecerá jamás ni por la impaciencia de los pueblos ni por la suya. Israel reposa sobre la paciencia de Dios”. ¡Qué hermoso es saber esto, que Israel reposa sobre la paciencia de Dios. Es la bendición que Moisés dio a Benjamín: Él morará entre sus hombros (Dt 33,12). El ardiente judío Pablo piensa, dando un salto no sé si histórico o metahistórico: “y así todo Israel será salvo” (Rom 11,26). Y la razón que da es sublime, y tanto bien me ha hecho este versículo: “pues los dones y la llamada de Dios son irrevocables” (v. 29).
Pablo, que se siente poseedor del sentir de Jesús, lleva al pueblo de Israel en sus entrañas como un “misterio”. “Pues no quiero que ignoréis, hermanos, este misterio, para que no os engañéis: el endurecimiento de una parte de Israel ha sucedido hasta que llegue a entrar la totalidad de los gentiles, y así todo Israel será salvo, como está escrito: Llegará de Sión el Libertador; alejará los crímenes de Jacob; y esta será la alianza que haré con ellos cuando perdone sus pecados” (Rm 11,25-27, Is 59,20-21 e Is 27,9). Para el Apóstol no hay duda: Israel volverá el rostro a Cristo, y se levantará el velo que impide ver a Cristo, “pues hasta el día de hoy permanece aquel velo en la lectura del Antiguo Testamento, sin quitarse, porque se elimina en Cristo. Y hasta hoy, cada vez que se lee a Moisés cae un velo sobre sus corazones; pero cuando se convierta al Señor, se quitará el velo” (2Cor 3,14-16).
Pero Jesús no tuvo esa dicha de ver a su pueblo vuelto al Señor, que era decir vuelto al Mesías, a él.

6. Por eso, hermana mía (vuelvo a mi soliloquio mirando a tus ojos), sobre tu pueblo, que por la Alianza de Dios es el mío – aunque mi sangre española no tenga, que yo sepa, ascendencia judía – ha caído el estigma de un tremendo desencuentro hasta llegar a la Shoah, el Holocausto, el horrendo crimen de la Historia, vergüenza de Europa y dolor de toda la familia humana. Lutero escribió en sus días turbulentos un libelo fatídico, que hoy - cierto – jamás lo habría escrito (Von den Juden und ihren Lügen, año 1543, De los Judíos y sus mentiras). Respetuosamente lo quiero citar (ya sé que mis hermanos luteranos de ninguna manera lo aceptan) para ver qué carga de pecado lleva consigo la Historia de nuestro fatal desencuentro: “Son estos judíos seres muy desesperados, malos, venenosos y diabólicos hasta la médula, y en estos mil cuatrocientos años han sido nuestra desgracia, peste y desventura, y siguen siéndolo... Son venenosas, duras, vengativas, pérfidas serpientes, asesinos e hijos del demonio, que muerden y envenenan en secreto, no pudiéndolo hacer abiertamente”. Escribir estas cosas era un gran pecado, y no me lo tome el Señor, en su misericordia, el citarlas, porque lo quiero hacer con la veracidad del amor. (Se ha hecho traducción del libelo citado, recientemente, en italiano: M. Lutero, Degli ebrei e delle loro menzogne, introducción de A. Prosperi, Turín, 2000, y la cita corresponde a la p. 200).
Llegó la hora de hacer “tablas” (así dicen los jugadores del ajedrez) en la Historia y no reprocharnos unos a otros barbaridades ciertas; de hacer tablas también en la vieja historia de la Conquista de América (escribo desde México), cuando los conquistadores también destruían altares ancestrales, sin llegar a comprender que en la frágil y quebradiza historia humana puede haber un encuentro de culturas…, y que hemos de dar gentilmente, amablemente, amorosísimamente… el Evangelio como una oferta de fe, libre y gratuita, nosotros, pecadores, que nos amparamos en la misericordia de Dios.

7. Sigo sentado en la sinagoga de Nazaret, hermana mía Hebrea muy querida, en esa sinagoga que no existe, ni en ruinas  (como tampoco existen las ruinas de la sinagoga de Cafarnaúm, donde actuó Jesús, porque las ruinas de hoy son de otra sinagoga posterior)…, sentado y solitario cavilando en mi corazón.
Jesús vio aquella ruptura entre la Sinagoga y él, la marcó…; de alguna manera la provocó, cuando no quiso paliar las dificultades con fórmulas de consenso, descontentando a unos y otros: “¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división” (Lc 9,51). O cuando recriminó a los maestros de Israel: “Ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que quieren” (Mt 23, 14).

8. Mi soliloquio se torna ahora coloquio contigo, Jesús de mi existencia. ¿Cuál fue tu soledad?, te pregunto en el fondo del corazón, donde las respuestas no las tienen los libros, sino solo tú. Te viste acompañado cuando entraste humildemente majestuoso en Jerusalén, porque así tú lo provocaste, cuando entraste como Rey para tu pueblo, dándole un abrazo de paz con tu sangre. También aquel día quisieron los maestros sofocar tu alegría: “Maestro, reprende a tus discípulos”, y tú respondiste: “Os digo que si estos callan, gritarán las piedras” (Lc 19,19-20).
Te pregunto, pues: ¿Cuál fue tu soledad?, porque quiero una respuesta a la soledad humana, y a la mía. El ser humano ha nacido para amar y ser amado, tú el primero. Tú amaste a tu pueblo y volcaste en él todo el amor de Dios tu Padre. Quisiste que tu vida fuera un Cantar de los cantares: Yo soy para mi amado y mi amado es para mí: Aní ledodí we dodí lí (Cantar 6,3: Sí: Yo soy para mi amado y mi amado para mí. ¡Se deleita entre las rosas!). Pero moriste gimiendo. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Eloí, Eloí, lemá sabaktaní… (Mc 14,33; Mt 26, 46).
Pasar por la vida es amar y ser amado. Es la vocación cúspide de todas las vocaciones.
Tantas veces he predicado: El único amor verdadero es amar, simplemente amar. O dicho en catecismo: amar es amar del todo, amar gratuitamente, amar para siempre.
Fue tu amor.
Pero es que el amor – dijeron los filósofos – es el amor correspondido. Si no, sería un amor abortado. Un amor en soledad es un amor abortado…

9. Pues, no, mi Jesús: No hay amor abortado si es amor de verdad. Si el amor viene de la semilla divina de la Trinidad, el amor es fecundo. El amor es seminal (Ya lo dijo el hermano Juan de la Cruz: “Y adonde no hay amor, ponga amor, y sacará amor...” A María de la Encarnación, 6 julio 1591).
Tú caminaste solo, Jesús, pero… tampoco es verdad.
En el fondo, también tu pueblo te amó, y ¡espera darte el último abrazo!
Aquel día lloraste en Nazaret, como lloraste bajando por el monte de los Olivos para entrar en Jerusalén (Lc 19,41), antes de gritar las piedras y los niños de los Hebreos.
Créeme, Jesús: también tu pueblo te amó. Y aquí estamos.

Guadalajara, Jalisco, 5 febrero 2013.

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

 
;