sábado, 9 de febrero de 2013

354. Retiro para el Miércoles de Ceniza en el Año de la Fe



Retiro para el Miércoles de Ceniza 
en el Año de la Fe

Presentación

Ha tenido benévola acogida el Retiro que hace un mes proponíamos en el Blog de “Las hermosas palabras del Señor” como retiro en el año de la fe (Núm. 344. Retiro espiritual en el Año de la Fe, mes de enero: El don de la Fe como vida y vida en abundancia, fechado el 13 de enero de 2013), que al tiempo en que escribo ha superado los 200 visitantes. Cunda y florezca la palabra del Señor en esta comunidad invisible de hermanos, de amigos…, a quienes nos une el Señor viviente de nuestra fe, las alas del Espíritu de amor.
Volvemos sobre lo mismo: el Año de la Fe, que es un venero fecundo. Y nuestra reflexión se va a centrar en la Carta apostólica que lo convocó con un año de antelación: Porta Fidei. Esta joya espiritual merece una reflexión detenida, un repaso nutritivo de sus puntos. Podemos organizar nuestro encuentro en dos tiempos:
- Exposición panorámica de la Porta fidei.
- Desentrañamiento de uno de sus puntos, el número 7: En torno a la Conversión.



I
Exposición panorámica de la Porta fidei
Entrelazado del  contenido de esta Carta apostólica


El Año santo de la Fe fue convocado, con doce meses de antelación (11 octubre 2011) con un documento titulado “Carta apostólica en forma  motu proprio Porta fidei… con la que se convoca el Año de la Fe”. Un “motu proprio” (que literalmente significa “de propia voluntad”) es un documento personal del Papa, en general breve, mediante el cual el Papa toma una determinación importante que va a tener sus claras consecuencias jurídicas. Aquí se crea, se establece un “Año santo” que solo el Papa puede hacerlo en la Iglesia universal. Pero este “motu proprio” es una “carta apostólica” y aquí se carga el acento, una carta en la que Benedicto XVI como Sucesor del Apóstol Pedro y con su autoridad apostólica de maestro y pastor nos explica qué es este año de gracia en lo que Dios quiere para su Iglesia.
La carta tiene 15 puntos, sin ningún título interno, sin ninguna división, cuidadosamente redactados con numerosas citas bíblicas y otras alusiones al magisterio pontificio, donde Benedicto XVI plasma su específico estilo de teólogo y pastor. Es importante captar la sucesión lógica de los 15 puntos, para poder situar mejor el análisis de cada uno de ellos. Para ello nos puede ayudar este esquema.

Inicio y encuadre
  1. INTRODUCCIÓN. Puerta de la Fe (en alusión a Hech 14,27). La puerta se abre a un camino que empieza y termina en la Trinidad.
Exégesis: “Había abierto la puerta de la fe: Esta imagen es utilizada por Pablo también en 1 Cor 16,9; 2 Cor 2,12. Aquí significa que Dios ha dado acceso a los gentiles a la salvación mediante la labor de los misioneros” (Nuevo T S. Jerónimo). En los tres casos “puerta”  no es “porta”, sino “ostium” (de donde “ostiario”).
  1. Status questionis: Cómo está hoy la fe en los cristianos y en el mundo.
  2. No podemos dejar que la sal se vuelva sosa y que la luz se apague: ¿Qué tenemos que hacer?
  3. Se convoca a la Iglesia para el Año de la Fe, que tiene tres connotaciones: Concilio (50 años), Catecismo de la Iglesia Católica (20 años), Sínodo Nueva Evangelización (oct. 2012). Recuerdo del Año de la Fe de Pablo VI 1967 (el mayo de 1968)
  4. Año de la Fe “consecuencia y exigencia postconciliar” (Pablo VI). Objetivo: conocer y asimilar la fe del Concilio, y mediante ello renovar la Iglesia.

Los puntos nucleares
  1. Tenemos que convertirnos al Señor: Conversión y renovación.
  2. La Fe nos lleva a vivirla evangelizando. Compromiso misionero de los creyentes. “la fe sólo crece y se fortalece creyendo; no hay otra posibilidad para poseer la certeza sobre la propia vida que abandonarse, en un in crescendo continuo”.
  3. Cordial invitación a todos los Obispos del orbe a vivir esta gracia de la Fe y profesarla públicamente en todas las parroquias y demás comunidades.
  4. Las cuatro dimensiones de la Fe: profesada (Credo), celebrada (Liturgia), vivida (Mandamientos), rezada (Oración).
  5. “Quisiera esbozar un camino:… contenidos de la fe…, el acto con que decidimos…” (Número amplio que hay que analizar en sus partes)
  6. CATECISMO, “conocimiento sistemático del contenido de la Fe”.
  7. CATECISMO, sigue. Praxis: “he invitado a la Congregación para la Doctrina de la Fe a que… redacte una Nota con la que se ofrezca a la Iglesia y a los creyentes algunas indicaciones para vivir este Año de la fe de la manera más eficaz y apropiada, ayudándoles a creer y evangelizar”.
  8. Cuál es la Historia de nuestra Fe vivida: en Jesucristo; en la Virgen María; en los Apóstoles; en los Santos (primeros discípulos, mártires, en todas las edades); en mí.
  9. La Fe nos lleva a la caridad operativa. Los frutos de la caridad.

Conclusión: Buscar la fe (sectare fidem 2Tim 2,22)
  1. Invitación a buscar la Fe, seguir la Fe: “Que la palabra del Señor siga avanzando y sea glorificada” (2Ts 3,1).

Un buen lector espiritual puede navegar por este escrito y detenerse y acampar allí donde se vea impulsado por el Espíritu. Sin duda ese será su fruto espiritual de esta lectura sabrosa. Si yo tomo esta Carta como lectura espiritual, pausada y meditativamente con cierta delectación como si el Papa me la estuviera escribiendo a mí, entonces puede venir bien aquella “regla” que da San Ignacio al que comienza a hacer Ejercicios; le dice: “en el punto en el cual hallare lo que quiero, ahí me reposaré, sin tener ansia de pasar adelante, hasta que me satisfaga” (Ejercicios espirituales, primera semana, anotación 4).
Pero, tratándose de un retiro comunitario, bueno será dar pista que supuestamente pueden servir para todos.


II
Llamada a la conversión:
mi conversión y la conversión de la comunidad cristiana


1. Recordemos el texto de Porta fidei, 6, referente de nuestra reflexión
6. La renovación de la Iglesia pasa también a través del testimonio ofrecido por la vida de los creyentes: con su misma existencia en el mundo, los cristianos están llamados efectivamente a hacer resplandecer la Palabra de verdad que el Señor Jesús nos dejó. Precisamente el Concilio, en la Constitución dogmática Lumen gentium, afirmaba: «Mientras que Cristo, “santo, inocente, sin mancha” (Hb 7, 26), no conoció el pecado (cf. 2 Co 5, 21), sino que vino solamente a expiar los pecados del pueblo (cf. Hb 2, 17), la Iglesia, abrazando en su seno a los pecadores, es a la vez santa y siempre necesitada de purificación, y busca sin cesar la conversión y la renovación. La Iglesia continúa su peregrinación “en medio de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios”, anunciando la cruz y la muerte del Señor hasta que vuelva (cf. 1 Co 11, 26). Se siente fortalecida con la fuerza del Señor resucitado para poder superar con paciencia y amor todos los sufrimientos y dificultades, tanto interiores como exteriores, y revelar en el mundo el misterio de Cristo, aunque bajo sombras, sin embargo, con fidelidad hasta que al final se manifieste a plena luz» (Lumen gentium, 8).
En esta perspectiva, el Año de la fe es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo. Dios, en el misterio de su muerte y resurrección, ha revelado en plenitud el Amor que salva y llama a los hombres a la conversión de vida mediante la remisión de los pecados (cf. Hch 5, 31). Para el apóstol Pablo, este Amor lleva al hombre a una nueva vida: «Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva» (Rm 6, 4). Gracias a la fe, esta vida nueva plasma toda la existencia humana en la novedad radical de la resurrección. En la medida de su disponibilidad libre, los pensamientos y los afectos, la mentalidad y el comportamiento del hombre se purifican y transforman lentamente, en un proceso que no termina de cumplirse totalmente en esta vida. La «fe que actúa por el amor» (Ga 5, 6) se convierte en un nuevo criterio de pensamiento y de acción que cambia toda la vida del hombre (cf. Rm 12, 2; Col 3, 9-10; Ef 4, 20-29; 2 Co 5, 17).

Explicación teológica del texto del Concilio citado por el Papa. Que la Iglesia es “santa” es una verdad de fe que confesamos en el credo: Creo en la Iglesia, que es Una, Santa, Católica y Apostólica.
El Concilio conscientemente ha evitado decir: Iglesia santa y pecadora. El que se santa es un atributo esencial, que le viene de su unión con Cristo, que es el único Santo (tu solus sanctus, tu solus Dominus…). Pero no puedo decir de Cristo que es “pecador”, y el sujeto que sustenta a la Iglesia es Cristo, el cual es santo y no pecador. Por tanto, la f´+ormula que usa el Concilio es esta:
sancta simul et semper purificanda, es decir: santa y al mismo tiempo necesitada siempre de purificación.


2. La predicación de Jesús comienza con una llamada a la conversión

San Marcos nos resulta particularmente luminoso cuando traza el itinerario de Jesús entregándonos el Evangelio.
Jesús acepta a Dios que irrumpe en el mundo y que él lo ve en el movimiento de Juan el bautista y por propia iniciativa va al bautismo (Mc 1,9). Allí se le manifiesta el Espíritu y el Padre.
“A continuación, el Espíritu lo empujó al desierto” (v. 12).
“Después de que Juan fue entregado, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios, decía: Se ha cumplido el tiempo y está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio” (vv. 14-15).
Del testimonio evangélico deducimos:
1) Jesús pide esta conversión a todos sin excepción, yendo él por delante.
2) Por cuanto que pide que aceptemos – todos sin excepción – el tiempo de Dios, la actuación de Dios en la Historia.
3) Convertirse no es otra cosa que aceptar el Evangelio (y el Evangelio es Jesús), de tal modo que la frase evangélica podría traducirse: Convertíos, creyendo en el Evangelio (Gramaticalmente se trataría de un “y” epexegético o explicativo, que produce el sentido de la proposición anterior. Si conocieras el don de Dios “Y” quién es el que te dice “Dame de beber”… esa conjunción “y” es epexegética, explicatica: Si conocieras el don de Dios, es decir: Quién es el que te dice “Dame de beber”).

En un lenguaje corriente – y por otra parte  verdadero – convertirse es pasar de una vida “mala”, pecaminosa, a una vida “honrada y buena”, virtuosa; dar un “cambio” o un “cambiazo”
Ciertamente que la conversión supone un “paso”, y el paso es de un estado anterior a un estado nuevo, que define un “antes” y un “ahora”. No siempre el estado anterior es un estado de pecado.
La liturgia habla de “la conversión de san Pablo” (In conversione S. Pauli, fiesta del 25 de enero); pero bien sabemos, por el testimonio del mismo Pablo en la carta a los Filipenses (no discutida por nadie): “en cuanto a la justicia de la ley, irreprochable”. Pablo no fue un disoluto; hasta diríamos que Pablo no tuvo que convertirse moralmente, pero Pablo fue un convertido desde las raíces del ser. Dice: “pero, cuando aquel que me escogió desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, se dignó revelar a su Hijo en mí…” (Ga 1,15-16). El cambio de Pablo fue total, el paso de una vida a otra fue radical… Pablo se adhirió al Dios de la Alianza, al Dios de los Padres. No cambió de Dios, pero comprendió ahora que Jesús de Nazaret era el Hijo de Dios, muerto y resucitado, y que todas las divinas Escritura tenían a Jesús como punto cenital. En consecuencia, el cambio de vida fue absoluto; nunca Saulo de Tarso, por su propio estudio teológico habría podido llegar adonde llegó; entró como un huracán la gracia de Dios.
Pablo  no puede decir de sí mismo lo que varias veces dice en sus cartas a propósito de quienes antes de ser cristianos eran viciosos; por ejemplo: “…fornicación, impureza, pasiones, malos deseos y la codicia, que es una idolatría… también vosotros practicasteis eso en otro tiempo, y vivisteis de ese modo. … y os habéis revestido del hombre nuevo” (Col 3,3-10; a veces encontramos un “nosotros” genéricos dentro de esta situación de pecado, como en Ef 2,4).


3. La llamada de Jesús permanece

Si uno se siente como buen religioso, como buena religiosa – y lo es efectivamente, y tiene además el aprecio de sus hermanos – y piensa que no se trata ya de convertirse, sino de hacer algunos pequeños arreglos solamente (como si fuese un sencillo trabajo de maquillaje), entonces salimos del esquema que Jesús propone y nos imposibilitamos para la conversión.
Francisco de Asís es un convertido. Era un muchacho alegre y divertido, rey de la juventud, pero manteniendo las formas: no fue un corrupto, un borracho, un lujurioso, un acosador o un violador, nada de eso. Era, sí, un muchacho vanidoso, pretencioso, ansioso de gloria. De lo que pudieron ser los “pecados internos”, que tanto afligen las conciencias, sobre todo en relación con la pureza, nada sabemos…; eso está en el secreto de Dios.
Su cambio, operado en varios años, fue radical. En sus breves escritos no usa la palabra “conversión”, sino “hacer penitencia”, con lo que engloba la vida nueva. Escribe en el Testamento: “El Señor me dio a mí, el hermano Francisco, el comenzar de este modo a hacer penitencia: pues, como estaba en pecados, me parecía extremadamente amargo ver a los leprosos, peor el Señor mismo me llevó entre ellos, y practiqué con ellos la misericordia. Y, al separarme de ellos, lo que me parecía amargo se me convirtió en dulzura del alma yd el cuerpo…” (Testamento de san Francisco, 1-3). Este Francisco era otro completamente distinto del primero.
De modo semejante, la vida franciscana comienza con una conversión. La conversión es la esencia del noviciado; y nadie podría profesar sino como convertido. Este debe ser el criterio claro a la hora de profesión perpetua.
Clara de Asís, al contrario de san Francisco, era una jovencita de familia distinguida, muchacha angelical, recatada, piadosa, aparte de bella, y con esa belleza y transparencia que da una vida pura…, joven ideal con las mejores prendas para ser pedida en matrimonio. Pero Clara Favarone se convirtió, y la palabra “conversión” es una palabra querida para expresar en sus escritos la nueva vida de ella y sus hermanas, y también con la palabra “conversión” califica el cambio de Francisco, del que ella se consideró una “plantita” (pianticella). Escribe así en su Testamento: “Debemos, pues, considerar, amadas hermanas, los inmensos dones que Dios ha derramado sobre nosotras; y, entre ellos, los que se ha dignado concedernos por medio de su siervo amado, nuestro bienaventurado padre Francisco, no solo después de nuestra conversión, sino incluso cuando nos encontrábamos en medio de las miserables vanidades del mundo…” (Testamento de santa Clara, 6-8).
Con estos testimonios simplificamos el concepto de conversión para decir qué es la conversión.
1) Es una acción con la que Dios opera en lo más íntimo del ser (el corazón),
2) iluminándolo con los secretos del Evangelio,
3) y dándole, al mismo tiempo, la misteriosa atracción hacia ese tipo de vida nueva,
4) que con humildad y valor uno acepta (cooperación personal),
5) y en este cambio iluminado, que marca un rumbo nuevo, uno está dispuesto a permanecer de por vida.

La conversión así considerada tiene una categoría de
- evento: es un hecho real y concreto en mi vida (no siempre, ni mucho menos, fulgurante y repentino, pero sí “histórico”: pertenece a mi historia),
- que cierra una vida anterior e inicia una vida nueva,
- que tiene, por tanto, un cierto carácter “único” (mi conversión ya se dio)
- en la cual uno está dispuesto a permanecer.

No habrá que diluir la fuerza primitiva del lenguaje, y decir ligeramente, No, la conversión no existe; tenemos que convertirnos todos los días. Es más correcto decir: la fidelidad es cosa de cada día; la apertura a la gracia; el sondear los signos del Señor, para ver los nuevos actos de generosidad que posiblemente me está pidiendo…
Un teólogo precisará:
- la conversión es un actus, un hecho,
- que ha originado un status, un estado, una actitud permanente, un talante de vida. La Regla de san Benito hablará de la “conversio morum” (conversión de costumbres), que debe ser una actitud de toda la vida; y que con otro lenguaje se dice: tender a la santidad.


4. La historia de mi vida es la Historia de salvación de Dios conmigo

Si algún día yo – es decir, uno de nosotros – se decide a escribir su vida, si iluminado se decide a bajar al fondo de su ser, el escrito que brote no le va a salir su “Autobiografía”, sino la Biografía de Dios en mí, porque no hay rincón de mi existencia, desde el día en que mis padres – por amor o por lo que fuera – se juntaron para tenerme a mí, no hay rincón de mi vida en que Dios no estuviera presente. Dios estaba allí, y mi vida es engendro y fruto del amor de Dios. Nací porque mi Dios me trajo al mundo, porque mi Dios y Padre me quiso a mí y aquí donde nací. No es otra la verdad radical de mi existencia: la Historia de Dios en mí.
Nací como hijo suyo. Nací con una misión tan sublime como era el Dios que me engendraba. Nací del amor para el amor. Nací de Dios para Dios, Dios en el mundo. Nací para el mundo.
Y si nací de Dios, nací “convertido a Dios”, de cara a Dios.


5. La conversión radical era el acto sacramental que Dios ponía en mi vida

En la estructura de mi ser fundante de mi ser la conversión no es otra cosa que el estar vuelto a Dios
Convertirse no es otra cosa que volverse. Uno se interroga: De dónde y hacia dónde. En efecto, hay dos polos de referencia, el terminus a quo y el terminus ad quem. Yo me vuelto de donde estaba y mirada hacia donde estoy y miro.
Pero es más importante, en el caso, el punto de destino que el punto de procedencia. Y pedagógicamente tenemos que acentuarlo: Yo me convierto a Dios. Porque entonces es más fácil captar el origen y la dynamis de la conversión. Es Dios el agente de mi conversión, más bien que yo mismo, sujeto beneficiario; es Dios el que me muestra el resplandor de su divina faz, para que yo irresistiblemente vaya hacia Él. No podría yo amarle apasionadamente, si Él mismo no me atrajera de modo irresistible.

Esto significa que en el sacramento bautismal ya tenemos operada nuestra conversión radical, que poco a poco hemos de ir haciendo que salga a flote con la victoria de nosotros mismo. Dios estaba en mí, y acaso yo lo tenía olvidado, estaba en mí desde el día en que fui consagrado en las aguas bautismales. Su santo rostro quedó dentro de mí, cuando fui lavado de la culpa original.
El Papa nos recuerda el principal texto paulino sobre el bautismo, que leemos en la noche pascual: “«Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva» (Rm 6, 4).
Si entendemos la conversión en esta clave bautismal, conversión operada por la gracia de Dios, nos quedamos atónitos, porque la conversión es la identificación con Cristo resucitado, viviente en mí.
Digamos ya desde ahora que la Iglesia solo puede avanzar por estos caminos.


6. La conversión de la Iglesia

Al hablar de la conversión – que ha de ser tanto individual como comunitaria – el Papa ha trasladado una cita muy larga del Concilio sobre Ecclesia sancta et Semper renovanda. Y dice así el texto de la Lumen gentium: «Mientras que Cristo, “santo, inocente, sin mancha” (Hb 7, 26), no conoció el pecado (cf. 2 Co 5, 21), sino que vino solamente a expiar los pecados del pueblo (cf. Hb 2, 17), la Iglesia, abrazando en su seno a los pecadores, es a la vez santa y siempre necesitada de purificación, y busca sin cesar la conversión y la renovación. La Iglesia continúa su peregrinación “en medio de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios”, anunciando la cruz y la muerte del Señor hasta que vuelva (cf. 1 Co 11, 26). Se siente fortalecida con la fuerza del Señor resucitado para poder superar con paciencia y amor todos los sufrimientos y dificultades, tanto interiores como exteriores, y revelar en el mundo el misterio de Cristo, aunque bajo sombras, sin embargo, con fidelidad hasta que al final se manifieste a plena luz» (Lumen gentium, 8).
Un lector del momento presente ¿no piensa inmediatamente en los escándalos que han afligido a la Iglesia, dados a conocer en el curso de estos últimos años, y muy especialmente bajo el pontificado de Benedicto XVI? Sabios analistas opinan que desde los tiempos del Concilio de Trento este es el golpe mayor que ha recibido la Iglesia. Y, claro, cada uno debe cargar con su responsabilidad, pero el pecado acaecido en familia de alguna manera lo cargamos todos.
Y ha sido este hombre de Dios, Benedicto XVI, el que ha afrontado ante la Iglesia y el mundo este mal acaecido, con gran dolor, con gran vergüenza. Definitivamente ha quedado claro que el honor que merece ante Dios un niño violado, una niña profanada, es un derecho primordial que ha de prevalecer sobre el prestigio que conviene a la figura de un sacerdote, de un obispo, de un cardenal; y que era falsa la táctica empleada otros tiempos. Triunfe en todo la verdad, porque sin ella construiríamos en falso.
La Iglesia, que somos nosotros, hombres frágiles y pecadores, debe volverse a Cristo, convertirse a él, en todo donde hiera la fealdad del pecado; pero en este crimen (porque la pederastia es también crimen civil, sujeto a las legítimas leyes del estado), crimen de impureza, la conversión ha de ser total con el apoyo de todos nosotros, bajo el signo de la misericordia de Dios.

7. Nuevas instancias para avanzar en la fidelidad una vez que por la gracia de Dios dimos el paso de la conversión

Sin duda que la Iglesia – o, mejor, la comunidad cristiana concreta – tiene mucho puntos en que convertirse. Hay un furor estos días (febrero 2013) por la transparencia económica de los políticos, y se percibe no poco ensañamiento. ¿Podríamos hacer un examen similar sobre las instituciones de la Iglesia? Seguramente, y no dejará de ser útil para muchos cristianos.
Pero sucede que yo no estoy al frente de una diócesis, ni soy obispo.
Y bien puede ocurrir que, preocupándome con celo apostólico por al limpieza de la Iglesia, olvide mi propia casa. Y si así fuera, mi ardiente celo por los demás sería una evasión, una escapatoria de mi casa, que es mi corazón. Por eso, lo saludable, sin cerrar los ojos a realidades que a todos nos competen e interesan, será bajar hasta el fondo de mi corazón, en cuanto Dios me dé, para abrirme a su misericordia.
He aquí resonancias de una única llamada:

1. Poner a disposición de Cristo  toda mi afectividad, la más íntima, que es la más dolorosa, hasta la más externa, la afectividad que tiene su reflejo humano y noble en la propia sexualidad.
Ofrecer a Dios esa intimidad personal que yo quisiera encontrar en la vida, y que quizás no aparece, viviendo entre sonrisas – y a lo mejor entre éxitos – en una profunda soledad del corazón.
Ofrecer al Señor todas las apetencias sexuales que no riman con la consagración celibataria o virginal que un día puse en manos de Jesús.

2. Convertirse es hacer de Jesús el único de mi vida. Todo lo demás, o nace de él o está en órbita con él. Mi vida es una; no dos. No tengo una vida profesional y otra de consagrado; las dos son una. No tengo una realización personal en el cultivo de mis cualidades, en la superación y conquista de mí mismo, y una oblación a Jesús como el polo de mi vida; no son dos cosas. Las dos son una sola. Mi realización humana no es otra cosa que la soberanía de Cristo en todos los actos de mi vida.

3. Yo quisiera que el mundo fuese de Cristo, pero ¿qué hago yo para que así suceda? Protagonismo o anonimato es igual, absolutamente igual. Lo que importa es la conciencia de que mi vida entera, sin fisura, sin “doble figura”, sin “doble vida”, sea toda ella un servicio para el reino. Una consagración al anonimato es muy fecunda, si el Señor así lo quiere; ni más ni menos que una consagración a ser líder y ejercer un protagonismo… para la salvación del mundo. Es igual, absolutamente igual, y si no lo percibe como igual, mi corazón no es puro.
Lo único que importa es que Cristo sea Él y solo Él.
Cristo Jesús, condúceme por el camino de la Fe, por el camino de la Conversión. Amén.

Guadalajara, Jalisco, antes de la Cuaresma, 9 febrero 2013 (Beato Leopoldo de Alpandeire, santo hermano capuchino, limosnero en Granada).

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