lunes, 18 de febrero de 2013

357. El Papa y un sueño de amor por la Iglesia



Pensares y sentires de un creyente
en esta hora singular e inédita
Renunciar no es una marcha atrás sino hacia adelante


1. Fue el día de la Virgen de Lourdes, cuando llegó la noticia de la renuncia que hará el Papa,  anunciada en el Consistorio de Cardenales, el 28 de febrero, a las 20.00 horas. La noticia cayó “como rayo fulminante en cielo sereno”.
El tópico literario es una verdad con incisión en mí, de un modo totalmente concreto y personal. La noticia del Papa me ha afectado, me ha desbordado, y, tras estos días, al cumplirse hoy una semana, siento que todavía me afecta. ¿Qué sentimientos, pues, son los que me embargan?:
- Un cariño que ya antes lo tenía, y que ahora todavía se ha enternecido.
- Mi admiración, también en órbita con la que siempre le he profesado; admiración, apreciando su valentía, que requiere no menos temple que el desplegado para abordar toda la cuestión de los abusos.
- Junto con esto, un sentimiento personal de orfandad. Lo amaba como se ama a un padre. Alguna vez, en mi fantasía, hasta me he visto conversando con él.
Si el lector no conoce los versos que  le he dedicado, le ruego me haga el honor de leerlos. No es un “pathos” sentimental y románico el que he dejado que se me escapara por los dedos; era la verdad de mi corazón. (Véase en este mismo blog: 355. Gracias al Papa Benedicto - Poema y oración de gratitud)

2. Pero también, a medida que van pasando los pocos días, se ha cernido una preocupación. Mi temor es que el resto de sus días – que Dios los colme, porque el Papa, pese a su debilidad, todavía podrá vivir unos cuantos años más – no sea tratado con esa “figura teológica” que yo tengo en mi mente. Es la mía, que la diré, sin ninguna autoridad canónica para que deba aceptarse.
Y temor también de lo que puede pasar en el futuro. Hoy la longevidad es un regalo que nos ha dado la medicina, la higiene, y el estándar confortante de vida que nos envuelve. Hoy una ancianidad de 90 años y más, no es nada insólito en el periódico; más bien, todo lo contrario, como lo confirma una ojeada a las esquelas de difuntos. La pregunta se impone por sí sola: ¿Qué pensar para cuando el Papa se hace viejo? El Canon ya pensó lo que se debe hacer cuando el Obispo alcanza los 75 años, y son centenares los que han pasado al retiro. El estar al frente de toda la Iglesia como Papa no garantiza que su salud va a ser superior a la de un obispo normal; un canonista, en el fondo de sus reflexiones, no podía evadir la pregunta: ¿Por qué el Obispo sí y el Papa no? Algo no rima coherente.

3. Estos pensamientos van interceptados ahora por la movida que corre por los periódicos: quinielas de los candidatos para ocupar la sede de Pedro y recibir el anillo del pescador. En los medios la pregunta será tantas veces una pregunta politiquera. En las gentes más responsables, y no digo eclesiásticos, sino también seglares, la pregunta desafiante está sustentada por esa concepción de Iglesia, Iglesia pura, amante del Evangelio. A esa Iglesia le hemos de dar el Sucesor de Pedro en Roma, con la solicitud de todas las Iglesias, de Oriente y Occidente.
¿Qué es lo que hoy necesita la Iglesia, la Iglesia: “nuestra madrecita” me decía con ternura – no con remilgos – una mujer espiritualmente sensible?
Pues ternura a toneladas, de la buena. Ternura no es bonachonería; sino que es amor enternecido, amor que duele…, amor cargado de intimidad y silencio. Yo me pensaba, con un cierto tic del Espíritu divino, que la primera cualidad que pueden apreciar los cardenales para el nuevo Papa, ha de ser esta: Un hombre digno de ser amado. Es la mejor carta de recomendación para ocupar un cargo de esta naturaleza. Y Benedicto, de innata amabilidad, rociada por la gracia, tiene esta divina prenda. Fuera de toda órbita política, el gobierno de la Iglesia, el pastoreo espiritual, se basa en el amor y se nutre del mismo. Toda la Iglesia es un tejido de amor, constitutivamente así es; y en ese tejido se estrellan las emulaciones y otras viles pasiones cuando saltan, que soterradas están en el corazón.
El Papa ha de ser una persona que provoque amor, y diría que aun antes de conquistarlo y merecerlo. Pero a quien lea estas líneas, le ruego entienda mis consideraciones no con imágenes flácidas, sino que piense que este amor de que estoy hablando es el amor más firme, fuerte y constante de la vida. No estamos haciendo gala de sensiblería. Y le ruego al lector que se sitúe en los parámetros no de una “pia devotio”, sino en los supuestos recios de la filosofía. Al fin ¿qué busca uno en la vida sino ver que el amor fluye, porque el amor es la sangre misma del vivir? ¿Qué otra civilización puede tener futuro en nuestro planeta sino la civilización del amor? Yo entiendo que el amor culmina cuando la sabiduría ha dicho la última palabra. Por eso anhelo un Papa que de por sí, y suavemente, se haga querer. Solo el amor arregla las cosas de casa; y la Iglesia es nuestra casa. Sapienza e amore, pero que el amor sea el toque consustancial del Espíritu.

4. Ahora bien ¿qué Iglesia soñamos? Dejemos que los sueños vuelen. Si no se despegan y vuelan, no pueden aterrizar.
Entrar en el sueño de la Iglesia que anhelo en el mundo y para el mundo es abandonarse al sueño de los profetas. Que no es un asunto de modernidad, un desafío de hoy. Es inherente al ser. Decimos que queremos una Iglesia de servicio y – en lenguaje franciscano – de minoridad. Claro que sí. El empaque de las cosas grandes no rima con el Evangelio, sino que es un pago histórico que tributamos al modo como los tiempos han ido acomodando la vida eclesiástica.
El lector escuchante de la Biblia (una corazón escuchante pedía Salomón en el primer sueño de su reinado) pronto advierte que la Biblia es Historia e Historia de Salvación, Historia salutis. Ahora, esta historia está llevada adelante con dos hebras que se retuercen sobre sí mismas para hacer el hilo: el constante fracaso del hombre y la eterna fidelidad de Dios. Punto álgido es el anuncio de la Nueva Alianza de Jeremías (Jer 31,31-34). La sublime Alianza de Dios con su pueblo no ha funcionado… Dios tiene que hacer otra alianza, una “alianza nueva”, no más perfecta, sino distinta, una alianza sin ley escrita, que, al cabo, es una coacción, sino una alianza intrínseca al corazón, una alianza que emane por sí sola, un corazón nuevo, un espíritu nuevo, en suma, un hombre nuevo.
Los analistas dirán: Algo cruje en la Iglesia; algo ha crujido. Es verdad. Pues, díganme, ¿qué cruje en la sociedad? Casi todo, y además en una sociedad global, goces o problemas los compartamos a estos niveles. Las guerras no se acabaron con Caín y Abel; al contrario, ellos, iniciadores de la convivencia humana, nos mostraron qué llevamos dentro. Y es la primera página de la historia de la familia humana, una vez que el hombre, fuera del paraíso, empezó a vivir por sí mismo. En esa historia estamos. Intuimos cuán profundo es el desarreglo del corazón humano, fuente de todas nuestras calamidades. Al tiempo que uno puede quedar extasiado de la belleza infinita que se descubre en el fondo de ese msimo corazón.
Los Cardenales, en su retiro de cónclave, entrelazando oración, reflexión y análisis, antes de votar verán el “status quaestionis” de la situación mundial y del orbe cristiano. Es necesario, y de acuerdo a ello verán el perfil posible del Eligendo…, aceptando de antemano que ningún ser humano tiene la clave de la solución ni para la Iglesia ni para el mundo.
¡Cuánta sabiduría tiene eso que hace pocos meses supimos de la elección del Papa de los Coptos, según la tradición! Se presenta por consulta y votación a tres candidatos, que terminan siendo tres boletas. Un niño mete la mano en la urna y saca una: ¡Ese es el elegido! Esto, que parece abortar un proceso racional, serio y constructivo, de lo que el conocimiento humano tiene a su alcance, no es algo frívolo, ni pueril. Tiene un auténtico perfil sacramental: es como darle a Dios el chance de nuestro acierto.

5. ¿Cómo ha de ser la Iglesia de nuestro futuro? Yo puedo soñar… y soñar, perderme en dulce sueños verdaderos.
No hace falta que ningún Obispo, ni tampoco el Santo Padre, tenga un escudo heráldico, porque no cuadra con la sencillez del pueblo de Dios, con aquella sentencia que nos dejó el Señor: Todos vosotros sois hermanos. Aunque se lo quiera espiritualizar con un lema bíblico, al fin es un uso de la heráldica, que, si bien lo pensamos, cada vez nos resulta más arcaico. Pero la historia ha ido configurando así las cosas frente a una voluntad inocua de los pastores. No está bien que esos modos mundanales, reflejos de poder, hayan contagiado a la figura del pastor.
Se me dirá que esto es un detalle, y que detenerse en ello, incluso para censurarlo, es una esclavitud, porque no tiene ninguna importancia, y discutirlo ya es obsesionarse y darle importancia… No sigo.
¡Qué lejos estamos de esta fraternidad evangélica! De esta “pura y santa sencillez” que extasiaba a Francisco de Asís cuando cantaba a la Virtudes. ¡Qué hermosa sería la Iglesia si fuera una Iglesia de hermanos…, claro que comenzando por mí mismo! Una Iglesia sin envidias, sin emulaciones, con unas celebraciones que fueran un harto gozo de familia. ¡Está tan descalabrada la liturgia, si pensamos que nos hacemos un bien (pongo un ejeplo), ofertando doce misas el domingo - me lo acaban de contar -, a las 7, a las 8, a las 9, et ita porro…, con gran sacrificio de los dos sacerdotes que atienden tal parroquia! Pese a toda la buena intención, eso es un descalabro, y la solución no es reducir las misas a cuatro, sino que los fieles – y el sacerdote el primero – piense, viva, sienta… que la Misa  no es eso, de ninguna manera es eso; que la Misa, la más pura esencia de la Iglesia, es la Asamblea de Cristo resucitado todos junto a él, y que cuando nos llaman a comulgar nos llama al “Banquete de Bodas del Cordero” (Ap 19).

6. Naturalmente que los grandes y agudos analistas irán a las “cuestiones de fondo”: la Iglesia y el mundo, en su mutua colaboración, en la elaboración de una ética universal que a todos satisfaga…
Nada niego, pero quedo reticente, pensando que la llaga no es esa.
Yo, como discípulo de Jesús, como lector (y explicador) de las santas Escritura diré que nuestros problemas dorolosamente arrancan desde aquí.
El primerísimo problema, sin solución viable, es la ruptura con los hermanos de la primera Alianza – los judíos, los hebreos, digno de toda admiración y amor – que se opera ya en vida de Jesús.
Y que junto a él, el otro problema de primera magnitud es el de la desunión milenaria de los hermanos que leemos el mismo Evangelio y estamos y seguimos rasgados.
La noticia verdaderamente escatológica de nuestra Era sería que Hebreos y Cristianos vivimos en un abrazo estrechísimo y que ya no podemos vivir unos sin otros. No hay Papa que esto lo pueda alcanzar. Sería un milagro soberano del Espíritu Santo, para ellos, Hebreos, para nosotros, Cristianos, milagro que ardientemente deseamos, y vernos juntos sentados a la Mesa Eucarística.
Como sería otro milagro menor, pero altamente sobrenatural que Ortodoxos, Protestantes, Anglicanos… nos sentáramos al unísono en torno a la Palabra  Todo ello es tan “excesivo”, siendo primario en una configuración integral de la Iglesia, que no hay un candidato (hablo como humilde teólogo y cristiano) que pueda presentar mejores credenciales que otros: es obra imposible y posible para el Señor, y que todo Papa – sea quien sea – quiere de corazón.
Lo que estamos diciendo de ese encuentro de la Fe con los Hermanos Hebreos, los Hermanos de la Ortodoxia, de la Reforma y sucesores, aplíquese al encuentro del Evangelio con el Islam, que avanza muy afianzado. Un reto inconmensurable para nosotros y un reto para el Dios de nuestra fe, que es un Dios que “mira”, que “escucha”, que “conoce”, que “baja” (cuatro expresiones de Ex 2), y que se mezcla para hacer camino con nosotros..

6. Vienen los grandes retos del mundo y de la hora actual: la modernidad en su conjunto, la mujer como desafío y el puesto reservado para ella, la moral sexual,  el tercer mundo empobrecido…, la paz que nunca llega…
Discurso de nunca acabar.
A quienes piensan que el pontificado de Benedicto ha sido un “fracaso” (transcribo lo que he leído), quizás yo por lealtad intelectual – por esta cualidad inherente al espíritu, de la cual no podemos abdicar - tenga que decirles: Hermano, usted hace veinte años… se retiró del sacerdocio, prometido para siempre; quizás de unos votos; debo respetarla, siga su rumbo… Pero ¿no cree, por la misteriosa coherencia que vincula fe y testimonio en las raíces mismas del pensar teológico, que su brillante opinión no puede tener el vigor del humilde sentir del cura, del cristiano, de la cristiana, que día a día va escanciando la fidelidad, acaso con la gota del martirio de cada jornada? Escuchemos a los testigos y a las testigos, a los que se dejan gobernar “por el Espíritu del Señor y su santa operación” (S. Francisco). Sin la magia de las palabras, sin el armazón de los discursos, esos humildes de Dios son portadores de sabiduría.
Esa oleada de cariño, de piedad, de gratitud… que ha suscitado en la Iglesia la renuncia del Papa es un potentísimo argumento que los expertos teólogos tienen que analizar como “sentir del Espíritu en el pueblo de Dios”. Es que la Universidad tiene mucho que aprender de los sencillos, que dicen sin decir…, sin que nunca llegue a decir.

7. Hay otro punto delicadísimo que yo quiero tratar en el modo y medida que Dios me dé. Me refiero al “status” del Papa que renuncia. ¿Cómo queda el Papa, Vicarius Christi, ahora que renuncia? No es una pregunta “administrativa”, sino teológica.
Algo que me intriga hace años, con respecto a una eclesiología convincente – no administrativa y utilitaria -, es la figura del Obispo que, en obediencia al Derecho Canónico, ha presentado su renuncia… Su renuncia ¿a qué?, uno se pregunta. Los Padres gustaron decir que el Obispo es el Esposo de su Iglesia. Al pronunciar esta bella frase, enjundiosa de espiritualidad, procedemos con una teología basada no en la “potestas ordinis”, sino en la mera realidad espiritual que establece el Espíritu, y solo el Espíritu puede establecer. Un cambio de diócesis, si es por simple “ascenso”, sería un adulterio. Para resolver tamaña dificultad, se dice que es únicamente por el bien general de la Iglesia. ¡Ojalá fuera tal la razón, verdadera y convincente…! La verdad es que ¿quién determina ese bien general de la Iglesia?
En la ´percepción común se ve sencillamente como un “ascenso” de carrera, como puede ocurrir en la carrera militar, según los méritos que uno vaya acumulando. Pero no sea así entre vosotros, resuena el eco de la voz del Señor. En la comunidad de Jesús solamente el descenso es ascenso…., porque no cabe otra ascensión que la ascensión en el amor, a través de la entrega y del sufrimiento.

(Sobre este punto tuve la oportunidad de saborear el sentir del Obispo beato Juan de Palafox, 1600-1659, y escribí un artículo para la revista sacerdotal Surge, año 2012: El Obispo, esposo de su Iglesia: Consideraciones al eco del tratado del Beato Juan de Palafox y Mendoza sobre el traslado de Obispos y pistas en una eclesiología de hoy, al que me remito, si el lector tiene a su alcance esta publicación sacerdotal, que radica en e l Seminario de Vitoria-Gasteiz, España).

No está, ni mucho menos resuelta, la posición del Obispo llamado sociológicamente “emérito” (creo que no con demasiado fortuna).
El que dio alma, vida y corazón a su esposa, no puede quitarle una partícula de esa entrega en todo el resto de su vida. Nuestras consideraciones son administrativas, “jurídicas” (potestas ordinis), pero no de acuerdo a la entraña viva de la realidad espiritual de la Iglesia.

8. Dígase otro tanto, y más afinado, del Obispo de Roma, sello de unidad de toda la Ecclesia de Dios. Benedicto XVI, en un acto de fidelidad a Cristo, el verdadero y único esposo de la Iglesia santa, renuncia al ejercicio de lo que ya no puede. Pero no puede renunciar ni al amor ni a la entrega, que son oblación de por vida.
Si Benedicto renuncia es dando un paso adelante en el Espíritu, no dando una marcha atrás. La renuncia no es una pérdida, es un plus en la única línea de fidelidad.
Esto hoy no tiene la teología adecuada, pero hay que hacerla, porque la nueva circunstancia, debida a los tiempos modernos, se va a abalanzar. También los próximos Papas cumplirán 85 y 90 años… ¿Qué deberán hacer?
No adelantemos acontecimientos, responde un sencillo providencialista. De acuerdo, el digo; pero el teólogo puede pensar.
Y tengo para mí que la teología está atorada y sojuzgada por la “potestas ordinis” para entender el entramado espiritual de la Iglesia de Cristo.
Un Apóstol de los Doce jamás pudo renunciar a ser “Apóstol”. Con este paradigma habría que empezar a teologizar para saber qué significa eso de presentar la renuncia al Episcopado… Las fuerzas no dan más y uno se retira, obviamente Un padre es padre de por vida; una madre es madre de por vida ..
(Mi madre murió a los 100 años menos pocos meses, después de más de 60 larguísimos de viuda. Para mí, septuagenario, mi madre fue siempre mi madre, no “alguien” distinta a mi madre). Es una comparación humana, lo comprendo, que no puedo dictar la solución; pero por comparaciones y parábolas discurrimos, porque son portadoras de la linfa de la verdad…
¿Cuál es exactamente la figura de un Papa que renuncia? Lo ignoro, pero me resisto a creer que con decir “Obispo emérito de Roma” lo decimos todo.

Dejo aquí mi discurso pensante, mientras el Papa, junto con la Curia romana, está haciendo, como de costumbre en la primera semana de Cuaresma, los Ejercicios espirituales anuales, dirigidos por el cardenal Gianfranco Ravasi. Hermosa conclusión de un pontificado.
Por lo que a mí respecta, amadísimo Papa Benedicto, cuente de por vida con mi admiración, mi cariño y mi agradecimiento. Me seguiré nutriendo de su doctrina, de su ejemplo y de su oración. Cristo Jesús, que como a Pedro, le llamó al supremo pastoreo, corone la elección. A Él la gloria.

Guadalajara de Jalisco (México), 18 febrero 2013, lunes de la primera semana de Cuaresma.
Fr. Rufino María Grández , hermano menor capuchino.

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

 
;