jueves, 7 de marzo de 2013

365. Parábola del Padre bueno y del hijo pródigo



Homilía en el IV domingo de Cuaresma, ciclo C
Lc 15,1-3. 11-31
Texto evangélico
Solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: “Ese acoge a los pecadores y come con ellos”.
Jesús les dijo esta parábola:
Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre:
“Padre, dame la parte que me toca de la herencia”.
El padre les repartió los bienes.
No muchos días después el hijo menor juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entones y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero anide le naba nada.
Recapacitando entones, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi pádel tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré. Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”.
Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y le cubrió de besos. Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contar el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”.
Pero el padre dijo a sus criados. “Sacad enseguida al mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete porque este hijo mío estaba muerto y ha resucitado; estaba perdido y lo hemos encontrado”. 

Y empezaron a celebrar el banquete.
Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados le preguntó qué era aquello. Este le contestó: “Ha vuelto tu hermano, y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”. Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Entonces él respondió a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”.
Él le dijo: “Hijo, tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo; pero era necesario celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado”.
Hermanos:
1. La parábola del hijo pródigo – así consagrada por la tradición – es para los cristianos al perla de las parábolas. No puede el cristiano hacer una distinción de las palabras de Jesús para darles a una categoría de excelencias y rebajar las otras a categoría inferior. No es eso posible ni es ese nuestro intento. Lo que sí decimos es que a nosotros, por vernos muy retratados en las necesidades de ese hijo rebelde, esta parábola de nuestra historia con un final divino, se nos antoja como la más emotiva.
Por eso se le ha llamado la perla de las parábolas. Además, fijémonos en otro detalle hoy común en las explicaciones del texto de san Lucas. Si digo que es la parábola del hijo pródigo, entonces el protagonista es el hijo. Si, al revés, yo veo el centro de la acción no en el Hijo, sino en el padre, entonces la parábola es la parábola del padre bueno. Y este es, en verdad, el título exacto.
Esta parábola es el tratado de Dios frente al mundo. ¿Quién es el Dios verdadero, el Dios que Jesús ha predicado? El Dios del perdón, el Padre bueno, el Padre escandalosamente bueno, rompiendo, pro exageración, todas las medidas del buen comportamiento. Ese padre bueno que pinta Jesús, se pasa de bueno. Como decimos en lenguaje familiar, más que bueno, ya parece tonto.
Así ha retratado Jesús al Padre Dios, el que nos ah de juzgar un día y hoy dirige nuestra vida.

2. Jesús nos ha pintado el drama de Dios compasivo. Ya lo conocíamos del Antiguo Testamento, como cuando Moisés pleitea con Dios, porque Dios quiere castigar al pueblo que ha prevaricado con el becerro de oro. Ese Dios bueno, encendido de ira, quiere castigar al pueblo: destruirlo y hacer con moisés un pueblo nuevo. Y pide permiso a Moisés: “Déjame: mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos. Y de ti haré un gran pueblo” (Ex 32,10). Moisés intercede hasta hacerla cambiar a Dios de pensamiento: “Entonces se arrepintió el Señor de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo” (Ex 32,44).
El dramatismo de la parábola de Jesús lleva a la cúspide en la escena del hijo bueno, al que pronto nosotros le daríamos la razón: Mira: en tantos años como te sirvo sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.
El hijo no puede entender la argumentación del Padre y se niega a hacer parte de esta fiesta de perdón, de amor y de alegría. La envidia es un pecado diabólico que existe en el corazón del hombre, y que nos puede corroer a quienes nos consideramos de los buenos. Son dos órbitas diferentes que no se encuentran. A lo mejor, hermanos, los bien obrantes tenemos un plus para no entender el amor escandaloso de Dios.
El Hijo bueno no entiende que vivir con su padre es vivir en una fiesta continua, que es la fiesta del amor compartido en la vida monótona de cada día.
3. El padre bueno es el protagonista de un amor escandaloso. El amor-perdón es el amor de la encarnación y tuvo que venir el Hijo de Dios para enseñárnoslo.
¿Qué es, pues, el perdón de Dios?  Es ese amor que aparece simbolizado en la parábola del Padre Bueno.
El hijo, tomando consejo de los trompazos que le ha dado la vida. Vuelve a casa, pero su Padre no le deja terminar la frase, porque en el corazón del padre ya estaba todo personado. El padre organiza al instante una fiesta, que es el banquete nupcial, con música y baile.
Esto no se puede comprender sino desde un amor de locura, de un amor desbordado hasta el paroxismo pro parte del padre.
El perdón del padre borra absolutamente el paso y recrea al Hijo en una situación nueva y definitiva.

4. La parábola del perdón del Padre Bueno, tantas veces leía en Cuaresma y en los actos penitenciales que organiza una comunidad, fue pronunciada en circunstancias bien precisas, que indica Lucas. Ahora bien, ninguna exégesis agota el texto.
Bien podemos llamar a esta parábola, la parábola de la humanidad entera; la parábola de mi propia historia, pues ninguno de nosotros – absolutamente ninguno – puede verse libre de este perdón de Dios. Cristo Jesús ha sido y es nuestro redentor, y yo, como el hijo menor de la parábola, soy el hijo que ha iniciado una vida, una vez que su padre lo cubrió de besos. Jesús en la cruz es la efigie de los besos que el Padre Dios ha prodigado a toda nuestra tierra hoy.

5. Hermanos, demos gracias a Jesús que nos ha contado esta parábola. A ninguno de nosotros ha ofendido. Al contrario, a cada uno de nosotros nos ha dado la alegría de la fiesta. Definitivamente no nos sentimso representamos en el hijo mayor, el hijo bueno.
Somos el hijo de la fiesta, que participando en el banquete de bodas, entiende que su vida, bajo la mirada de Jesús redentor, es una fiesta. Y que, a partir de ahora, vivir cumpliendo los mandamientos del Padre es una fiesta sin interrupción, que es, por la gracia de Dios, la fiesta a la que aspiramos, anticipo de la fiesta eterna.
La Eucaristía es la fiesta de Dios, la fiesta de las Bodas de su Hijo; que la Eucaristía de hoy sea una fiesta de paz y de dulzura. Amén.
Guadalajara, 7 marzo 2013.

Nació en el alto cielo una parábola
y fue enviado el Hijo a proclamarla:
que había un pobre lleno de pecados
y había un Padre pródigo de gracia.


Durmiendo en la dehesa entre animales,
sin dulce compañía que le amara.
Sin paz ni pan, con rostro de cautivo,
el pobre que sufría era mi alma.


¡Qué envidia de vosotros, jornaleros!,
decía con palabras que sangraban:
¡Señor, pequé, perdona mi locura,
que pueda ser un siervo de tu casa!


Y había un padre fiel, ¡oh Padre bueno!,
que en casa para mí tenía un arca;
la túnica preciosa y el anillo
el Padre estremecido me guardaba.


De abrazos y de besos fue el encuentro,
de mesa llena, músicos y danzas.
¡Oh Dios que todo sabes, tú conoces,
tú solo, mi pecado y tus entrañas!


¡A ti la gratitud, Jesús paciente,
que el gran amor del Padre nos contabas,
a ti la bendición porque muriendo
has dicho lo que el Padre nos amaba!Amén.
 

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Tiene mucha razón, la envidia es algo de lo que no se libra nadie,desde el mas sencillo,hasta el mas
poderoso.

Hermosa y entrañable homilía.

Pablo Emilio Jimenez dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Anónimo dijo...

TIENE MUCHA RAZÓN PORQUE ESO LO HARÍA UN PADRE BUENO GRACIAS SIRVIO DE TAREA

Anónimo dijo...

TIENE TODA LA RAZÓN PORQUE ESO ES LO QUE ARIA UN PADRE MUCHAS GRACIAS PORQUE ME SIRVIÓ PARA EL TRABAJO

Anónimo dijo...

no entendi

Anónimo dijo...

que que

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