lunes, 25 de marzo de 2013

371. Anunciación del Señor desde Nazareth



Meditación sobre la Anunciación desde Nazareth

1. Hoy es 25 de marzo, en el calendario general de la Iglesia solemnidad de la Anunciación del Señor. Por coincidir en circunstancias tan singulares, la fiesta no puede celebrarse en este Lunes Santo, ni en toda la Semana Santa; tampoco en la primera semana pascual. Pero tampoco suprimirse; por tanto, debe trasladarse al primer día posible, esto es, al lunes siguiente de la primera semana pascual, que es 8 de abril. Este razonamiento litúrgico supone una afinada sensibilidad…
En todo caso, en Nazareth hay razones muy serias para que la Anunciación quede donde está, y hoy, 25 de marzo, en esta ciudad, adonde hemos llegado de peregrinos esta madrugada, es la solemnidad de la Anunciación del Señor. Y a la verdad, que, por una misteriosa armonía del misterio, no ha sido ninguna distorsión el haber celebrado la Anunciación del Señor, fiesta del misterio de Cristo y, lo mismo, fiesta específica del misterio de María.
Y era un gozo celestial ver a los fieles de múltiples procedencias cantar la misa combinando el árabe y el latín. La familia del Señor no es un grupo vibrante de un solo signo, sino que es la unidad de todo el pueblo que congrega a gentes de toda especie.

2. El Evangelio de la Anunciación nos lleva al misterio central de María: la obediencia  a la Palabra, que la constituye en Madre del Verbo encarnado. Es la realidad radical y radial de María, que unifica todas las demás y que explica el por qué de todas sus prerrogativas.
El misterio de María, lleno de candor y de belleza, por ser misterio, nos conduce también hasta el dintel del tremendum, el sacro temblor ante la grandeza de Dios. ¿Qué tiene que decir la humana criatura frente a su Creador, siendo como es, la distancia infinita?
La Anunciación de la Virgen María nos lanza en directo al misterio de la concepción virginal de María, proclamación de fe, tan aparentemente contraria a la teología dominante. El Hijo de Dios habría venido al mundo, por el concurso de varón y mujer, solo que el Espíritu Santo habría asumido de modo singular la asignación en propiedad a esa criatura, Jesús, que venía a la tierra como la verdadera obra y providencia de Dios. Mas el acto externo de la conjunción de María con su esposo, quedaría al mismo nivel que el acto conyugal de otros padres que han procreado a un hijo.

3. Si la teología pudiera dar esta oferta de pensamiento, el sentir cristiano que ya tiene dos milenios, se vería alterado, porque el título de virgen dado a la María ha atravesado los siglos, apoyado de modo directo en las santas Escrituras, y así ha llegado hasta nosotros.
Aquí en Nazareth para el cristiano pensador, la teología se vuelve meditación, y la meditación se torna contemplación. Por el camino de la contemplación – en alas del asombro y de la adoración – accedemos al misterio simple de María.

4. Todo cuanto de María podemos decir está enraizado en un misterio superior, el de la divinidad de Cristo, que es el gozne de todo el pensar teológico. Si salvamos la verdad de la filiación divina de un hombre, Jesús de Nazareth, la teología se tiene en pie; si no salvamos, toda la teología cae por tierra.
Jesús es el Hijo de Dios, el verdadero Hijo de Dios, mas cómo lo es no pretendemos saberlo, que si no, seríamos como dioses…
La filiación divina es una afirmación central de nuestra fe, y que es una verdad “histórica”, por cuanto que se ha incrustado en nuestra historia, y sin esta historia no hay redención posible. Pedro ha confesado la divinidad de Jesús, y sobre esta confesión, que Jesús acepta, se basa nuestra Iglesia.
Al confesarla, los límites de nuestra razón han volado; Jesús es Hijo de Dios por fe. La fe lo descubre y lo mantiene,

5. La verdad es sinfónica y, en el tejido de nuestra fe, ha sido Dios, nuestro Creador y Padre, quien se ha responsabilizado del misterio de esta jovencita, convertida en paradigma de toda la Iglesia.
Misterio de la Encarnación,
Misterio de la filiación divina,
Misterio de la virginidad de María.,
Y Misterio de la santa Resurrección de Jesús para una creyente de verdad. No se trata de cuatro milagros que cada unos explica por su propio método. No son cuatro: son uno, cuya raíz de explicación para los mismos es igual.
Y repitamos que la contemplación ahora se adecua muy gustosamente a la Teología.

6. Nadie ha de ser capaz de aceptar la divinidad de Cristo sino en la fe, desde la fe y para la fe. Fuera de esta órbita, la divinidad de Jesús se deshace; no existe un método histórico para conquistarla, aunque la fe sea en mí misma un camino razonable.
Y es el mismo el paso para acceder a los otros misterios en torno a los cuales giranos: la resurrección, la virginidad de María, la santa Eucaristía, verdades “históricas” (en el sentido dado) que históricamente no se pueden probar.

7. Anunciación del Señor con el lenguaje ingenuo, testimonial y mistagógico con que se ha expresado san Lucas en el relato del ángel Gabriel y la virgen María.
El Dios de infinito poder puede penetrar en los más sutiles caminos del Espíritu; y, si puede eso, puede igualmente penetrar los más delicados vericuetos de la materia, del cosmos.

8. María de Nazareth nos lleva a postrarnos rendidos del todo ante el misterio. Mi adoración, mi desmarque de una teología que pretendiera probarlo todo, no es una manera anticientífica de eludir la realidad, sino un camino de afirmar sumergiéndome en el misterio de Dios, en la gloria de Dios.

9. Sí, hermanos, Jesús es Hijo de Dios, y porque lo es – solo por eso – María es virgen, la resurrección se incrusta en la historia, la Eucaristía es realidad divina en la materia e historia del cosmos, y esta privilegiada doncella de Nazareth  - María que con el cántaro iba a la fuente (a ese único manantial que existe en el montículo de Nazareth) – María es virgen. Precisar más detalles quizás fuera un atentado contra el misterio.

10. Espero, Madre mía, que desde mi celda transitoria de Nazareth estos pensamientos sobre el inefable misterio de tu Anunciación, no sea aleteos y devaneos caprichoso ni forzados; sino que sean, más bien, los gemidos de un hijo amoroso que de algún modo, desde su imponencia, quiere percibir el orden de la belleza del misterio.
María de la Anunciación en Nazareth, amor de innumerables peregrinos, aquí me tienes unido a toda la Iglesia santa, queriendo ofrendar mi homenaje de amor. Acudieron los artistas a adornar tu Basílica con mosaicos y pinturas que son una exuberancia de color, de hermosura y misterio.
Mira a este hijo que se une al coro universal, para decir simplemente:
El ángel del Señor anunció a María,
Y concibió por obra del Espíritu Santo.
Te cante la Teología, te cante la Poesía, te canten todas las bellas Artes, te cante pura y simplemente el Amor.
Y a Cristo, tu Hijo, la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
Nazareth, día 25 de marzo del año de gracia de 2013 (Lunes Santo).

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