miércoles, 24 de abril de 2013

388. Como yo os he amado - Domingo V de Pascua



Homilía para el domingo V de Pascua, ciclo C,
sobre Jn 13,31-35


Texto evangélico:
Cuando salió (Judas) dijo Jesús: “Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él.
Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará.
Hijitos, me queda poco de estar con vosotros (…).
Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros;
Como yo os he amado, amaos también unos a otros.
En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros”

Hermanos:

1. Hemos avanzado en el tiempo pascual, el más hermoso del año, porque este tiempo nos introduce de un modo sobrenatural en ese tiempo de Jesús, en el que hoy está viviendo, que prepara la meta final de nuestro destino. Las semanas últimas, a partir de hoy (V domingo de Pascua), la Iglesia entra en el Cenáculo con Jesús, para escuchar en la intimidad del amor esas palabras de despedida, ungidas de algo muy especial que se percibe y como que sensitivamente se palpa. Palabras de despedida, porque Jesús se va; palabras de bienvenida a la Iglesia que va a empezar su ruta en el mundo. Palabras de consolación, palabras de aliento para un camino de siglos, de milenios que la Comunidad de Jesús va abrir en la tierra; palabras en las cuales Jesús, el Señor, nos promete el envío del Espíritu Santo, alma sustentante de la Iglesia.

2. El breve pasaje de hoy – 5 versículos – habla de dos cosas: de la gloria y del amor.
Justo cuando salió Judas – y “era de noche”, nos ha advertido el evangelista – se rompe una presión que retenía las palabras, y Jesús puede hablar a corazón abierto.
Habla de la gloria de Dios y de su gloria. Ese mortal misterio de la cruz no es un negro misterio; al contrario, es un misterio luz. Y es una luz que estalla en la comunión dulcísima, infinitamente amable del Padre y del Hijo. Ahora va a ser glorificado Dios. En la historia universal nunca había sido glorificado de este modo; ahora sí, esta es la hora de Dios. Dios, el todo santo, va a resplandecer de gloria; pero esa gloria de Dios va a ser gloria del Hijo. Jesús es gloria, el reverbero de la gloria de Dios, y la Pascua es el tiempo sacramental para navegar sin riberas por estos rumbos de la gloria que Dios, que es la felicidad de Dios y la felicidad humana.
El hombre ha nacido para esta gloria y felicidad. No puede renunciar a ella; sería negarse uno a sí mismo. No hay acto que yo realice, no hay vida que salga de mí mismo, que no aspire a esto: a esa gloria y felicidad, para la que sustantivamente hemos sido creados. La gloria de Dios es la medida del hombre; el destino humano. Y pronto llegará el día – pues la vida es frágil y corre velozmente hacia la eternidad – en que yo veré a Dios cara a cara y entraré en esa gloria de la que Jesús ha hablado en la víspera de su Pasión.

3. Y Jesús habla también de un mandamiento que él nos deja. Es su mandamiento, porque no tiene otro. Son las letras de oro que Jesús deja a su Iglesia. Y lo dice de dos maneras:
La primera: que os améis unos a otros.
La segunda, que es repetir la primera poniéndola en su propia órbita: Como yo os he amado, amaos también unos a otros.
He aquí, pues, la clave que nos da el sentido del amor. El amor es la sustancia de la Iglesia, y no hay nada que pueda sustituir al amor. El amor es el tejido social que nos compagina a todos, que nos estrecha e iguala a todos, que nos adentra en la más noble intimidad de la vida.
Ahora bien, ¿qué amor? El eco sigue resonando: Como yo os he amado…, Como yo os he amado…

4. Es bello y provechoso acudir a las páginas más bellas del amor que se hayan escrito en los anales humanos para apreciarlas en su belleza y compararlas luego con las que Jesús pronuncia, anticipo de lo que va a acontecer. Citaré una tan solo.
En el siglo IV antes de Jesucristo, cuando Grecia brillaba en su máximo esplendor, vivió el filósofo Aristóteles, algo después de Platón y de Sócrates. Era el siglo de Filipo II de Macedonia, padre de Alejandro Magno. Una de las obras de plenitud del inconmensurable Aristóteles fue la Ética a Nicómaco. Acaso Nicómaco era su propio hijo. Obra de madurez y de las cosas más bellas que ah escrito el Filósofo.
El libro VIII y IX lo dedica a la amistad. Y comienza así: “Después de esto podríamos continuar tratando de la amistad. Es, en efecto, una virtud o va acompañada de virtud, y, además es lo más necesario para la vida. Sin amigos nadie querría vivir, aunque poseyera todos los demás bienes; hasta los ricos y los que tienen cargos y poder parecen tener necesidad sobre todo de amigos”. Y luego, en múltiples capítulos, va analizando todos los recovecos de la amistad, porque hay una amistad motivada por el placer, y esa es muy movediza. Hay otra amistad motivada por la utilidad, y también esa es muy pasajera. Pero hay otra amistad que nace del deseo más noble: el bien de la persona a quien se ama, y esto con un sentimiento recíproco. Esto es la obra más bella que existe en el mundo. Páginas inmortales de un gran filósofo, cuyo valor llega hasta nosotros después de 24 siglos (lapsus en el video, diciendo 14) y leemos estos textos con deleite del pensamiento y fruición del corazón.
Pero nosotros, cristianos, tenemos estos textos admirables como una especie de peana, para saber ahora cuál es ese amor y amistad de que Jesús nos habla, y nos deja en herencia.

5. Efectivamente, los espíritus más nobles han puesto el amor como el supremo objetivo humano. Esto pertenece sin duda la Filosofía, esto pertenece a la religión de Israel; esto pertenece al Islam. El amor, que tiene esta vertiente necesaria en la misericordia, en la ayuda desinteresada al que lo necesita, es el escalón más alto de la aventura humana. Por ello, cuando estos días desde aquí, desde este Nuevo Mundo que es México en esta Aldea Global, yo seguía los avatares de la ley del “matrimonio para todos” (es decir, matrimonio gay y similares uniones) que se ha aprobado en Francia, decimocuarto país, que acepta tal legislación (España fue el tercero) como conquista de nuevos derecho, yo pensaba con tristeza: Dios mío, ¿a qué llamamos amor? ¡Qué desolación que países forjadores de gran cultura, fragua de espíritus selectos, se lancen por esos derroteros que llevan al vacío…!
6. Pero volvamos a ese amor que Jesús deja en herencia. Como yo os he amado…, Como yo os he amado…
La Torá de Moisés había dicho: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Se refería al pueblo de Israel.
Jesús, al dejar su mandamiento, no repite lo mismo. Es un mandamiento nuevo, para crear un pueblo nuevo.
Como yo os he amado. Nuestro amor de hermanos enlaza con la Trinidad. Es el amor que el Padre ha tenido al Hijo y el Hijo devuelve al Padre; es el amor que el Espíritu Santo ha sembrado en el corazón de Jesús. Es el beso del amor divino que va a acariciar a la Iglesia, como primicia del mundo.
Jesús está hablando ciertamente al grupo de los suyos; pero a esta familia están convocados todos los seres humanos.
Sencillamente Cristo quiere introducir en el mundo el reino del amor, un amor que nunca se había gustado así.
Como yo os he amado.
Señor Jesús. Amén.

Guadalajara, Jalisco, miércoles, 24 de abril de 2013.

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