sábado, 27 de abril de 2013

389. Como yo os he amado - Prosigue



Al eco de la homilía
“Como yo os he amado”

(Meditando y contemplando)


1. La señal de los cristianos es el amor, es cierto. Pero me atrevo a pensar, pensando siempre lo mejor y a favor de mis hermanos hebreos, que un judío de la mejor tradición nos dirá que el amor es la quintaesencia de la Torá, y que el ideal del amor es la suprema cota de la Ley de Dios. Y, con desconocimiento de la espiritualidad, de la mística del Korán – porque el Islam tiene una bella tradición de experiencia mística – me inclino a creer que un musulmán recto y generoso predicará también que el amor misericordioso es voluntad de Alá y es lo más hermoso que puede hacer un siervo de Dios es amar a su prójimo.
Nosotros, mirando los malos ejemplos de quienes detentan títulos singulares de la religión y obran con prepotencia, pensamos que su religión les manda eso. No es así…; no puede ser así; somos nosotros, de corazón viciado, quienes deformamos la verdad de la fe.
Con este benévolo discurso ¿estamos nivelando cristianismo, judaísmo e islamismo, para profesar que nuestro ideal espiritual es el mismo?, ¿Que es del mismo valor la propuesta que presentamos de cara a la renovación del mundo?
Un cristiano no lo piensa así.
Si yo, con este irenismo, quisiera complacer a mis hermanos, y rendirme, diciendo que, al final, todo es lo mismo, sería infiel a mi conciencia, y, queriendo ser bondadoso, les haría una mala jugada. Solo la propia verdad nos puede dar los verdaderos perfiles para entrar en diálogo.

2. El amor que Jesús quiere introducir en el mundo, al que yo soy invitado – desde ahora mismo – como miembro activo de esta familia, es bien distinto. Es, por de pronto, un “amor revelado”, que el hombre no alcanza por su propio dinamismo humano. No vamos a conocer a los cristianos en el mundo, porque se quieren mucho – que es algo maravilloso y milagroso – sino porque se quieren mucho al modo de Jesús, desde la realidad de Jesús, desde esa presencia nueva que Jesús, Hijo de Dios, introduce en el mundo.
En Jesús se ha introducido, sin vuelta atrás, el Apocalipsis, la actuación que está descrita en el último libro de la Escritura: “Y dijo el que está sentado en el trono: Mira, hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5).

3. Se trata, pues, de explicar cuál es este amor nuevo sobre el que se establece la comunidad cristiana.
Lo distinto del cristiano en el mundo es su relación personal con Jesús que le lleva a un amor total a sus hermanos, pero un amor iluminado desde la morada de donde Jesús actúa. Amor total al hermano – y “todo hombre es mi hermano” – y amor iluminado, amarlo como Jesús lo ama.
El “Yo” de Jesús, ese “Yo” que transita abierto a una relación con lo divino, ese “Yo” es la relación que se establece en el amor, y eso sí es el distintivo. A ese “yo” se refiere Jesús cuando dice: Como Yo os he amado.
4. Estudiemos ese Yo del amor. Diciéndolo en síntesis, nuestro discurso se funda en tres afirmaciones:
Primera. El Yo de Jesús es un Yo abierto a una relación transcendente con Dios como ninguna criatura humana ha osado tenerlas.
Segunda. Ese Yo de Jesús, al abrirse a Dios, se expresa con una relación e inmanencia recíproca: Yo en el Padre y el Padre en mí. Jesús le dice a Felipe en la conversación de sobremesa en la Cena: “¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras” (Jn 14,10).
Tercera. Yo soy invitado a entrar en ese círculo de inmanencia, para actuar desde ahí en el mundo. En la fe advertimos que ese Dios inmanente de Jesús es el Dios que se abre, inmanente, al mundo, a nuestra historia y devenir, a esta convivencia que es el tejido de la faena humana. La vida humana está divinizada desde esta apertura gratuita de Dios.

5. Estamos hablando obviamente de una mística cristiana. El amor, así entendido, es la más alta mística cristiana; es la circulación de la vida divina hasta las profundidades de mi ser, el amor de Dios trinitario invadiendo suavemente el mundo a través de mi presencia cristiana.
Los cristianos reproducimos el misterio trinitario de la relación circular del Padre, del Hijo y del Espíritu santo, que viven en Jesús histórico y concreto, y al efundir esa vida estamos dando al mundo las credenciales de nuestra genuina identidad.
Jesús nos invita a amar desde su carne, desde su Espíritu. Nos invita a transparentar el misterio de Dios íntima relación, de Dios Trinidad en su Hijo amado. Así somos los cristianos la evidencia de la Encarnación, del amor gratuito derramado, la evidencia de que “es amor” (Jn 4,8.16).
Para lograr esta unidad, hay que dar un salto a lo infinito: de la interioridad de Dios a la interioridad del mundo. Ese salto se llama “Amaos como Yo os he amado”: el yo de Jesús une lo divino con lo humano.
En el lenguaje de san Juan se dice así: “A Dios nadie le ah visto nunca. Si nos amamso unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ah llegado en nosotros a su plenitud” (1Jn 4,12).

6. Estamos enhebrando unos pensamientos con otros, en pura mística, para decir que el amor distintivo de los cristianos y su credencial inconfundible es el amor que fluye de la relación de Jesús glorioso con el Padre y con el Espíritu Santo. No es una elucubración al aire, es pura mística a la que somos invitados.
¡Y pensar que yo, sencillo cristiano, estoy invitado a vivir en silencio, en mi corazón, esas purísimas experiencias de amor!
¡Y pensar que estoy invitado a vivirlas en comunidad!
Si la gracia nos tocara el corazón… y pudiéramos compartir estas experiencias… Hemos sido destinado a ellas, y Jesús, en al cena y ahora, me está invitando a entrar en estas vivencias de amor. ¡Oh amor en el mundo, amor destinado a abocar un día dentro de la Trinidad!
Es el precepto del Señor, el único: Como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros (Jn 13,34-39).

7. Señor Jesús, Hijo de su amor,
abre, ablanda mi corazón,
para entrar en la órbita del amor divino,
del que tú recibes y das,
y entonces, desde las fibras de tu corazón divino y humano,
concédeme amar a mis hermanos, los hombres”.

Jibuwuniu con uno de sus hijos, en la villa de leprosos Xide (Foto: Reuters)

Guadalajara, Jalisco, sábado 27 abril 2013.

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

 
;