domingo, 28 de abril de 2013

390. Padre Bernabé, un pobrecillo de Jesús: XXV años



Yo soy un pobrecillo

SEMBLANZA

El día 29 de abril de 1988 el humildísimo Padre Bernabé de Larraul, un capuchino nacido en un caserío vasco (1907), llamado Larraul (Guipúzcoa), moría santamente en Quito. Después de haber vivido como sacerdote capuchino en Alsasua (Navarra), Honbdarribia y Rentería, siempre con la fama de “aita santua” (padre santo), en 1952 llegó a Ecuador como misionero entre gentes humildes en la provincia de Pichincha, donde está Quito.
Al superior le pareció que había que darle cristiana sepultura allí, en el cementerio, como a los demás frailes. La gente, que lo veló, no pensaba igual: ¡El P. Bernabé tenía que ser sepultado en San Miguel de los Bancos! ¡Y en la iglesia, junto al altar! Lo cargaron en un  camión y por las montañas del Pichincha lo llevaron hasta el pueblo que
él había fundado: San Miguel de los Bancos. Unos kilómetros antes de concluir el trayecto de los 95 km, lo bajaron para llevarlo procesionalmente en hombros. Abrieron una sepultura junto al altar y allí lo enterraron. El funeral fue apoteósico de devoción de la gente sencilla.
Quien esto escribe ha gastado muchas horas para escribir sobre el Padre Bernabé y que no se pierda la memoria de los pobres de las Bienaventuranza. Y, en su día, después de haber rebuscado todo cuanto pude (diario personal, cartas, sermones, pequeños papeles), después de haber recorrido aquellos pueblos y recintos, grabadora en ristre, escribí una larga vida, publicada en tres volúmenes: Vida del Padre Bernabé. Víctima de amor ofrecida al Amor Misericordioso (Quito, Librería Espiritual 2008-2009. Vol. I, 337 pp., II, 343 pp., y III, 304 pp.),
El año pasado tuve la oportunidad del volver sobre aquellos lugares, para mí muy querido. Hablé con la gente, hablé con el Párroco, P. Julio Miguel Mejía Ortiz (Ldo. En
el Alfonsianum de Roma), entusiasta del santo Padrecito Bernabé. Supe que obispo-administrador apostólico, Mons. Julio César Terán Dutari, jesuita, aprecia altamente al Padre Bernabé. Y me atreví luego a escribirle una carta, pensando en el día de mañana, 29 de abril de 2013. Le decía como punto principal: “Hablé con el Párroco y aprecié con qué alto concepto de santidad guarda la memoria del Padre Bernabé, a quien los fieles sencillos siguen encomendándose. Y hablamos de si no ha llegado ya el momento oportuno para que la autoridad eclesiástica competente, visto este hecho teológico de la fe y devoción del pueblo sencillo – los pobres del Señor – introduzca la causa de beatificación del siempre recordado Padre Bernabé” (carta del 8 de julio de 2012).
Una religiosa que ha conocido mucho al Padre Bernabé y ha escrito sobre él, Sor Silvia Edith Andrade Tamariz, me escribe con gozo y entusiasmo sobre lo que van a hacer en e este XXV aniversario:
“Es mañana la gran caminata de San Miguel de los Bancos  hasta San Bernabé con el P. Párroco  para dar la misa  precisamente  por el P. Bernabé, día de santa Catalina de siena”. San Bernabé es otro de los pueblos fundados por este humilde capuchino, al que quiso darle el nombre de su santo patrono.
 El Padre Bernabé se encuentra enterrado entre el altar y el sagrario
Al recordarlo en este XXV aniversario memorable – y al encomendarme a su intercesión – quiero evocar quién era el Padre Bernabé, transcribiendo una Semblanza que escribí en el volumen III, pp. 337-346.

Quién era y como era el Padre Bernabé


El Padre Bernabé en mi celda capuchina
con un pajarillo que vino a verle
y estar un ratito con él.
La foto, aquí ampliada, fue hecha en una calle de
San Miguel de los Bancos

El encanto del Padre Bernabé
Pregúntese -yo lo he hecho- a la gente de San Miguel, de Saloya, de San Bernabé..., de los recintos que riegan la zona, a la gente que tiene el don de la intuición, pregúntese:
- Usted me ha contado milagros del P. Bernabé..., pero más allá de esas cosas, si usted fuera a retratar el corazón del P. Bernabé ¿qué me diría...? ¿Qué es lo que más llamaba la atención en él?
Y la respuesta que, con cierta sorpresa y no poco agrado, se escucha es esta:
- Era humilde.
- ¿Que era humilde? ¿Qué significa para usted eso de que era humilde?
- Pues que no era soberbio..., era humilde. El P. Bernabé vivía con Dios. Todos los sacerdotes son representantes de Dios, pero el P. Bernabé era especial, como la presencia de Jesús; el P. Bernabé... así sería San Francisco.
- Dígame un poquito más: ¿qué significa ser humilde?
- El P. Bernabé no tenía nada para sí, lo compartía todo; acogía con amor a todas las personas... Eso más o menos significa que era humilde.
- Le comprendo, señora. El P. Bernabé cuando escribía a personas de mucha confianza les decía: Yo soy un pobrecillo. Con una palabra o con otra es lo mismo que lo que usted me está diciendo. Realmente el P. Bernabé era humilde ante Dios y ante los hermanos.

Naturaleza y gracia en el corazón de un pobrecillo
De natural el P. Bernabé -antes el niño José Antonio Sarasola- era una persona muy tímida, quizás introvertido. ¿Cómo ha podido influir en él el medio ambiente de su tierra vasca, de su caserío natal, de sus condiciones familiares? Preguntas que sería bien arriesgado el responder­las, pero cuya solución podría ofrecer una clave para comprenderle mejor.
En su contextura humana aparecen tres rasgos fundamentales: interioridad, ternura y fortaleza.
Su capacidad de vida interior le abre hacia el mundo de las realidades invisibles, ya desde niño. El mundo de lo sobrenatural era el ámbito donde más cómodo se encontraba. El fue siempre muy propenso a dar crédito al mundo sobrenatural de los demás. Las comunicaciones celestiales de la Virgen María con personas privilegiadas para él contaban mucho; era quizás excesivamente crédulo. Pero personalmente él no ha fraguado su espiritualidad en revelaciones personales: muy abierto al mundo sobrenatu­ral de los demás, pero muy sobrio para no dar cabida en sí mismo ni a visiones ni a revelaciones.
Su sensibilidad humana se manifestaba, sobre todo, como ternura. El P. Bernabé era de unos sentimientos exquisitos que afloraban al exterior no con bulla sino con inmensa delicadeza. Tenía una mirada llena de dulzura. Esa mirada suave -a veces triste, del hombre que sufre- era para no pocas personas el secreto de comunicación del P. Bernabé. Tenía unos ojos de hombre compasivo, que ha conocido la misericordia de Dios.
Rasgo de su sensibilidad es el cultivo de la amistad sobrenatural, a la que él era fiel, amistad que demostraba con la visita oportuna o la carta que escribía de su puño y letra con un pobre bolígrafo.
Era además un hombre revestido de una tremenda fortaleza interior. Se sacrificaba, pero esto no lo hacía porque era así, sino a base de una victoria interior por Jesucristo. A las almas que dirigía les exhortaba a la perseverancia, a persistir con fortaleza de corazón, sólo por la gracia de Dios.

El hombre de la oración ininterrumpida
El P. Bernabé vivía en permanente oración. Todos dan testimonio, lo mismo cuando estaba en su tierra patria que como misionero en estas latitudes. Y él mismo, cuando ha de manifestar a su confesor los íntimos secretos de su vida espiritual, le dará cuenta exacta de cómo es codicioso del tiempo para orar. A la noche le quitaba horas para la oración y más a la madrugaba. Si podía, procuraba no usar la cama. ¿Lo hacía por penitencia o más bien para tener cuerpo y alma alerta para la oración?
Le gustaba orar caminando y de camino ha experimentado grandes gracias del Señor. Seguramente que este deseo de activar constantemente la unión con Dios mediante la oración es una de las primeras razones que explican por qué prefería para ir a los recintos caminar más bien que subir a un carro.

Víctima de amor
A sus 18 años, antes de ingresar en el noviciado, el P. Bernabé firmó su acto de consagración ofreciéndose como víctima de amor al Amor Misericordioso. Y esto fue pauta para toda su vida, siguiendo el ejemplo y las huellas de Santa Teresita.
El P. Bernabé vive en una negación total: comida parca y lo más pobre, vestido remendado, sueño en el suelo...; pero todo esto lo hace no por tallar la personalidad del hombre heroico que ha alcanzado la victoria sobre sí mismo, sino como amor en respuesta al Amor, uniendo sus padecimientos a Cristo crucificado por la salvación del mundo. Esta víctima de amor es una víctima intercesora.
Al caminar por estas montañas con mucha frecuencia -las gentes dicen que habitualmente- se quitaba las sandalias y caminaba a pie desnudo. Era la figura del apóstol peregrino, enviado a anunciar el Evangelio, y al mismo tiempo el pobre del Señor que se siente solidario con los más pobres de la tierra, hombres y mujercitas, que caminan descalzos.

Jesús Crucificado
Otro rasgo de esa solidaridad del hombre abnegado y corredentor, por Jesús, que se hizo uno de nosotros, era el cargar la cruz y llevarla por las calles de San Miguel de los Bancos. Tantas personas dan testimonio de cómo le han visto por la noche o a la madrugaba con la cruz a los hombros.
Y él mismo nos ha contado en su autobiografía la importancia que tuvo en su vida el ejercicio diario del Vía Crucis.

La Eucaristía, centro de su existencia
La Eucaristía para el P. Bernabé no es una devoción; es auténtica­mente el centro de su existencia. Para él la Eucaristía es el punto de cita y encuentro con el amor de Dios. Devociones son el Vía Crucis, el rosario de las llagas..., oraciones que hacía y aconsejaba. La Eucaristía era la condensación de todos los misterios y el centro de su vida. Por eso algunas personas han percibido como una especie de transfigura­ción espiritual que se operaba en el P. Bernabé cuando celebraba el sacrificio del altar. Sea lo que sea de tales percepcio­nes, la verdad íntima de su corazón es que para el P. Bernabé la Eucaristía era la raíz y el centro de todo.
En sus viejos escritos para la predicación, estando en su tierra, desarrolla en un folleto sobre la Santa Misa estos temas centrales, que sin duda son el reflejo de sus vivencias personales: "La santa Misa ofrenda de Jesucristo; Jesucristo en cada Misa renueva su Encarnación; Jesús en cada Misa renueva su Nacimiento; En la santa Misa se renueva la vida de Jesús; Jesucristo en la santa Misa renueva su plegaria; Jesucristo en cada Misa renueva su Pasión; Jesucristo en la santa Misa renueva su muerte en cruz; Jesucristo en cada Misa derrama su sangre."
La imagen del Sagrado Corazón de Jesús era para él la genuina representación de Jesús que nos transmite el amor de Dios; y con esta imagen el crucifijo. Tenía una devoción especial al crucifijo representado como Amor Misericordioso: la Cruz unida a la santa Forma de la Eucaris­tía, derramando los dones de redención sobre el mundo. Ese crucifijo del Amor Misericordioso es el que preside la iglesia de San Miguel de los Bancos.
Del centro de la celebración eucarística irradiaba la veneración al Sacramento del Altar. El Sagrario desde pequeño ejerció para él una fascinación irresistible. Se comprenderá su deseo de fomentar formas de adoración a Jesús Sacramentado: la Hora Santa, los Jueves Eucarísticos... Los fieles de Santa Elena y de San Miguel de los Bancos saben que aunque el P. Bernabé estuviera en misión por los recintos, no había de faltar en la hora señalada del Jueves para la adoración del Señor en la Eucaristía.


La Virgen María, forma de vida en la unión con Cristo
De pequeño el P. Bernabé, en el Seminario Seráfico descubrió el camino de la verdadera devoción a María, enseñado por el entonces Bto. Luis María Grignon de Monfort, hoy S. Luis María. Es la consagración como esclavo de amor para ir a Jesús a través de María - ad Iesum per Mariam - y hacer todas las cosas por María, con María, en María y para María. Fue el descubrimiento de un secreto y en esta línea permaneció toda la vida. María para el P. Bernabé era la Madre de piedad que nos lleva a Jesús. Veneraba particularmente a la Dolorosa.
Más tarde, en los años de preparación para el sacerdocio, descubrió la obra de la Vble. Madre María de Jesús de Agreda La Mística Ciudad de Dios y aquí encontró para siempre un manantial inexhausto de maravillas y de espiritualidad.
Los mensajes de María a través de diversas apariciones -sobre todo Fátima- fueron otro de los veneros de su espiritualidad, concluyendo en los últimos años de su vida con su ferviente adhesión al Movimiento Sacerdo­tal Mariano, del que fue nombrado responsable en Ecuador.
Este cuadro ha sido el clima de su espiritualidad mariana. El amor siempre es un secreto y el amor filial y tierno del pobrecillo Bernabé a la Virgen María, Madre de piedad, es igualmente un secreto de su corazón. Entre los fieles cultivó el rezo del santo Rosario, y aconsejaba ferviente­mente el Rosario en familia, un dato que en esta Prelatura (de Santo Domingo de los Colorados) consagrada a Ntra. Sra. del Rosario puede ser todo un mensaje.

La Iglesia y el mundo 
Como fiel cristiano, dentro de la Iglesia el P. Bernabé estuvo inserto en una familia religiosa llamada la Orden de Hermanos Menores Capuchi­nos. Los capuchinos profesan la Regla de San Francisco -que vivió en el siglo XIII- y sus propias Constituciones renovadas después del Concilio. El P. Bernabé quiso ser franciscano y capuchino hasta los tuétanos; desde joven quiso ser pobre con todas las consecuencias. Las personas que le han visto bien han podido decir que el humilde P. Bernabé no tenía nada y que quiso vivir al ras de la familia más sencilla. Cuando iba a una casa no quería que le obsequiasen con gallina o carne de res; se sentía feliz teniendo un jugo de papaya, yuca..., lo que todos podían brindarle.
Poco pudo vivir acompañado de otros hermanos; él sufría por esto, porque él quería vivir en fraternidad, como es la norma habitual de los capuchinos. Lo mismo que sufría al ver que la renovación de la Orden no guardaba, a su parecer, el espíritu sobrenatural que él soñaba.
También le apenaba la situación de sectores de la Iglesia. Leía asiduamente los discursos del Papa y, aun siendo tan pobre como era, estaba suscrito a L'Osservatore Romano para estar al tanto de la documen­tación pontificia.
Sus módulos pastorales no fueron precisamente Medellín y Puebla (que sin duda acogía cordialmente) o las perspectivas de una teología de la liberación... Querer medir al P. Bernabé por estos conceptos es descentrar su figura y no advertir que su enorme eficacia liberadora actuaba de otra manera. Era un enamorado de las almas; el celo apostólico era un criterio sumo para reestructurar su sentido de obediencia -él que quiso ser "víctima de obediencia"- y de fraternidad. De hecho el encuentro con el P. Bernabé producía conversión y consuelo.

Visiones y mensajes de las almas santas
El P. Bernabé no cuenta de sí mismo visiones ni mensajes del cielo. Pero sí que creía en estos fenómenos, cuando se trataba de almas santas. Los hermanos opinan en este punto, casi todos, que era muy crédulo, muy ingenuo... Y personalmente tengo mis propias reservas a este modo de ser del P. Bernabé. Pero la teología es muy ancha, y el buen teólogo sabe que el Señor se entrega a sus hijos según la idiosincrasia de los mismos. Y también en esto está el misterio de la Encarnación. Por ello, no hay que porfiar para rebatir al P. Bernabé en esta peculiaridad, que fue algo suyo..., y que ciertamente para él fue cauce de espiritualidad.

Los milagros del P. Bernabé
La gente sencilla está persuadida de que el P. Bernabé hacía milagros, gracia que normalmente no atribuyen a otros misioneros. Esos milagros los cuentan en todos los recintos. Hacía milagros -se piensa- porque era santo... y porque si había una necesidad que resolver el P. Bernabé venía en auxilio de los pobres y sacaba de apuros. Los milagros son:
 - cómo caminando a pie podía llegar antes que los que viajaban en el bus y estaba a punto para celebrar la misa,
- cómo a la madrecita que no tenía nada de comer para acallar al guagua que lloraba de hambre, al momento el P. Bernabé hacía aparecer el alimento que antes no existía,
- cómo curaba a personas que estaban en trance de muerte o a enfermos o imposibilitados que padecían por sus limitaciones,
- cómo convertía a los pecadores, y arreglaba pacíficamente matrimo­nios en trance de romperse,
- cómo con su bendición alejaba plagas dañinas de los campos,
- cómo los que se resistían a sus buenos consejos pagaban a veces las consecuencias con desgracias...        
Algunos sucesos del P. Bernabé se parecen a los milagros del Señor. Quizás sea una manera de decir que Dios estaba con el humilde siervo Bernabé y que Dios, sirviéndose de las personas de verdad a él entregadas, sale a favor de los más desprotegidos. Hay todo un lenguaje y símbolo en lo que la gente dice o quiere decir cuando habla de los milagros del P. Bernabé, un lenguaje que no es ajeno, ni mucho menos, al que ha utilizado la Sagrada Escritura.
Otras personas, por otro camino más difícil de analizar, han creído penetrar las interioridades del P. Bernabé, de aquellas maravillas que ocurrían en su alma sobre todo en el momento de la celebración de la Eucaristía.
No pocos se encomiendan a él, ahora que es difunto, y dicen que sienten la protección y la intercesión del P. Bernabé.

(Guadalajara, Jalisco, 28 abril 2013)

Foto del P. Bernabé tomada en San Sebastián en 1983,
al celebrar sus Bodas de Oro Sacerdotales

Acto de ofrecimiento  de mí mismo
como víctima de holocausto
al Amor Misericordioso
del Corazón de Jesús
 


¡Oh María!, que en todo tiempo sois mi querida Madre y mi esperanza, mi guía y mi suplemento, yo pobre esclavito vuestro, deseo ofrecerme en vuestros brazos, oh tierna Madre mía, como víctima de amor al Corazón misericordioso de Jesús. Oh Madre, seáis vos quien me consagre, y Vos misma quien presente esta consagración a Jesús; así lo espero y en vos me abandono, pues vuestro soy, María.


Oh Corazón de Jesús, quién soy para presentarme ante vuestra majestad. ¡Ah!, soy el gusanillo en quien habéis fijado vuestros divinos ojos, soy el reflejo de vuestra misericordia sin fin. ¡Oh sí!, yo me arrojo en el océano de misericordia de vuestro dulce Corazón; ahí contemplo mi porvenir y en vos están cifradas todas mis esperanzas.


Sí, después de haber pecado y de haberme separado de Vos ¿adónde he de acudir, sino a Vos, que me tendéis vuestros brazos perdonándome amorosamente e invitándome a entrar en vuestro mismo Corazón? Sí, por Vos solo quiero vivir, solo por vuestro amor quiero trabajar y por vuestro amor sufrir, dulce Jesús mío.


Vos por mi amor habitáis en un blanca hostia, permaneciendo día y noche en el Sagrario. ¡Oh Amor misericordioso! ¡Con qué gemidos tan indecibles oráis continuamente a vuestro Eterno Padre por nosotros desde la prisión del Sagrario! ¡Oh cuánto deseáis la salvación de las almas! Por ellas os anonadasteis haciéndoos hombre, vivisteis oculto y humillado y moristeis desamparado. A tales extremos os condujo el amor infinito que nos teníais; y finalmente por los hombres vivís ahora en el Sagrario.


Todo lo habéis entregado al hombre, y, Bien mío, ¿no podréis encontrar almas que del todo se entreguen a Vuestro Amor Misericordioso? Sí, Jesús mío, yo, miserable pecador y débil niño, lleno de toda clase de miserias, yo deseo ofrecerme a vuestro Corazón misericordioso y me ofrezco como víctima en manos de María a vuestro Amor misericordioso, suplicándoos que me abraséis y me consumáis en el ardiente horno de vuestro dulcísimo Corazón. Amén.
(Alsasua, 19 junio 1925)

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Amen

Anónimo dijo...

Queremos la beatificación del Santo P Bernabe

Alfonso dijo...

He leído su vida en el libro Historia de un Pobrecillo y considero que el P. Bernabé era un santo total. Le rezo a diario y me encomiendo a él.

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