viernes, 10 de mayo de 2013

395. Ha llegado la belleza 5 - Florecillas de Jerusalén

Coloquios  sobre la Belleza,
vocación, presencia y destino
Florecillas de Jerusalén


En enero de 1987 me encontraba yo en Jerusalén, en el convento franciscano de La Flagelación (Vía Dolorosa, II estación), ultimando una tesis doctoral en teología bíblica que luego defendí el 28 de marzo: Las tinieblas en al muerte de Jesús (Estudio de Lc 23,44-45ª). Yo no era un joven estudiante como casi todos mis compañeros, sino un fraile que ya había bregado bastante. De hecho allí celebré mis 25 años de sacerdote.
Horas de estudio, horas de soledad por la causa de Jesús, horas de muchos íntimos ofrecimientos. A veces pensaba en mi provincia de origen. A veces mi corazón se volvía nostálgico, amoroso como un pétalo y… tierno. A veces, no…, porque mi corazón vivía en el amor, y en Jerusalén escribí muchas poesías sobre los lugares de la vida, muerte y resurrección del Señor.
Un día tomé mi máquina de escribir eléctrica (no había llegado la computadora) y comencé a soñar en prosa, recordando…, recordando… Cuando no había televisión, los frailes hacíamos la recreación paseando. Nos poníamos el pequeño grupo, cinco o seis, en dos filas, mirándonos a la cara, y caminábamos por la galería, unos caminando hacia adelante y otros hacia atrás; así ida y vuelta. Nos contábamos muchas cosas: verdades, sucedidos, medios inventos, y nos reíamos bastante…
Un día, pues, en Jerusalén, el ángel del Señor me llevó a los desterrados de Pamplona, Sangüesa, Zaragoza… y de pronto vi que estaba escribiendo en unas hojas blancas:
TRANSPARENCIAS
Prosiguen las Florecillas
Serias verdades con palabras risueñas
En Jerusalén, enero 1987
Hoy he rescatado aquellas hojas que cuidadosamente conservo y, como estamos en Pascua, he querido darme un baño de belleza, contemplando la Ascensión del Señor.
Y sacando a mi Niño, el de dentro (un día el P. Benjamín, en el seminario seráfico, me dijo: ¡Niñote!, y me lo dijo de tal manera que no me ofendió), me he atrevido a saltar a Internet para compartir esto con otros Niños que andan por el mundo.

En la solemne misa de inauguración de su pontificado, en la fiesta de San José, decía el Papa Francisco: “No debemos tener miedo de la bondad, de la ternura”. La ternura…, la ternura…, tenerezza; hasta seis veces puso el Papa en su labios en aquella homilía esta palabra.
Espero, divino Jesús Resucitado, que no lo lleves a mal – si hay frases inconvenientes – pues nunca quise ofenderte: son florecillas que pongo a tus pies.
Dejo las cosas como salieron.
Escribí en Guadalajara, a 10 de mayo de 2013.




PRESENTACION

Cuando en tiempo de la comida se leía antes en nuestras comunidades algún libro instructivo, se empezaba así: "Benedicite. En el nombre del Señor prosigue... (y aquí se decía el título del libro)". De esa manera se abren estas páginas, amable lector: En el nombre del Señor prosiguen Las Florecillas de S. Francisco de Asís.
¿Qué son las Florecillas? Basta abrir los ojos al campo. Las florecillas no son jardines, no son bosques, no son cultivos ordenados y exuberantes. Son esas plantitas graciosas que salen en cualquier sitio donde haya tierra, sol y agua, flores que denominamos con un diminutivo pacífico y encantador: florecillas.
Las florecillas son la hermosura sin importancia de la creación. Las florecillas son el regalo que, sin dinero, puede disfrutar todos los que tienen el corazón dispuesto al amor. Las florecillas son el misterio que late en todo; son el banquete de los pobres.
La vida de S. Francisco, como se sabe, estuvo llena de florecillas, como los prados de margaritas, como el cielo de estrellas. Pero el mundo está poblado de florecillas. Yo aquí he recogido algunas sin salir de los campos donde he nacido, del cercado de mi propia provincia religiosa.
Las recojo..., pues ¿qué diré? Es este un capricho, un alivio, un ejercicio de poesía, es un acto de fe.
¿Queréis que hagamos filosofía? ¡Ay!, no, que las vamos a estropear. Dejemos que las florecillas sean como son: transparentes, luminosas, ungidas de la gracia del Espíritu Santo.
Escribía en Jerusalén, en el día del Bautismo del Señor.
11 de enero de 1987.
El hermano Rufino



La Virgen paga el postre

El P. José María de Oyarzun era un providencialista milagroso. ¡Suerte que tenía! Porque parece que esta divina filosofía la empleó toda su vida y le dio óptimos resultados.
Una de las cosas que hizo, estando en Chile, fue edificar una capillita a la Virgen de Fátima, porque él era devotísimo tanto de la Virgen como de la advocación de Fátima. Este minúsculo santuario de la blanca Señora lo construyó cerca de Paine y al lado de la carretera, para que cuando pasasen los camioneros se acordaran de que tenemos una Madre en el cielo. Muchos se paraban, le rezaban a la Virgen tres avemarías y le rogaban por sus mujeres, por sus hijas y por su familia.
Ya estaba la capillita terminada y había que inaugurarla.
El P. José María pensó que tenía derecho a pedir a la Virgen celestial un obsequio. A la Virgen, ya se sabe, se le puede decir todo, pedirle cualquier cosa; luego ella verá lo que tiene que hacer, pero que por pedir no quede. Y se le ocurrió pedirle no algo para sí, sino algo para la comunidad, el postre de la inauguración, un rico postre, petición que agradó mucho a la Virgen, como se verá por la historia.
Compró, pues, un rico postre por tanto (digamos…, por 300 pesos) y anunció que aquel extraordinario era el postre de la inauguración de la Capilla de Fátima. Todos contentos.
El milagro ocurrió después, porque sucedió que fue a la alcancía de la capilla y he aquí que estaba el precio del regalado postre: 315 pesos. La Virgen se había portado, y el P. José María dio gracias con especial ternura.
Cogió, pues, el autobús y volvió a casa, relamiéndose el alma de gusto y pensando cómo iba a decir a sus hermanos el milagro que había acontecido: la Virgen había pagado el postre, la Virgen misma por sus hijos los camioneros. Y bien pensado, se había portado con generosidad, porque resulta que hasta había dejado propina. El postre valía 300 pesos y el primer botín del cepillo eran 315.
En estas estaba, silencioso y pensativo, cuando de pronto ve el número 15 en la mano, en un papelito amarillo. Y entonces se da un golpe en la frente y exclama con voz del corazón que casi se le oyó en los labios:
‑ ¡Ahí va!, pero si la Virgen me ha pagado también el billete…

Jerusalén, 11/1/1987.



El hermano que vivía en la presencia de Dios

Fray Teodoro de Yábar vivía siempre en la presencia de Dios y su fama de santidad se había difundido por toda la provincia. Tenía cabeza dura y voluntad terrible, indomable en el servicio de Dios. Era el hortelano mayor del convento de Alsasua, donde llueve mucho y en invierno hace muy mal tiempo. Precisamente en esas temporadas él salía de limosnero por los pueblos de La Barranca, por los caseríos del monte.
Y una tarde de invierno llegó a un caserío. Llegó a una casa muy querida de la comunidad, en la cual recibir a Fray Teodoro era una bendición de Dios. Fray Teodoro sabía que no menos de dos quesos de oveja se los habían de dar con todo el corazón y también algo de dinero. Llegó por la tarde, mojado el hábito y con un rostro que delataba la fatiga. Pero la dueña miró inmediatamente a los pies del hermano, y ¿qué vio, Dios mío? Con aquel tiempo Fray Teodoro iba descalzo, con sandalias sin taloneras. Aquella vez los pies agrietados por detrás estaban bastante negros, porque le había salido sangre.
Entonces la mujer de casa, en la gran cocina familiar, le dijo:
‑ ¡Ay, Fray Teodoro, cómo viene, siéntese, siéntese..., que le voy a limpiar un poco esas sandalias!
Esto era un truco, porque lo que quería la buena mujer era hacer una obra de caridad con aquellos pies fríos y doloridos.
‑ Bueno, bueno..., dijo Fray Teodoro vencido.
Y la mujer, la "etxekoandre", le limpió las sandalias. Luego añadió:
‑ Mire, Fray Teodoro, ahora, mientras se secan las sandalias, le voy a curar los pies con una guatita.
‑ Pero no es necesario, respondió con cierta energía el hermano.
‑ Sí que es necesario, insistió la mujer, apoderándose de la situación y dándoselas de enfermera. Sí que es necesario, porque le ha salido sangre y eso se le puede infectar.
‑ Bueno, bueno..., dijo Fray Teodoro, moviendo la cabeza calva ya de muchos años. Y accedió dulcemente forzado.
Entonces la mujer preparó un barreño de agua templada y junto al barreño unos algodones.
Fray Teodoro, al ver que la mujer, iba nada menos que a lavarle los pies, le dijo con particular gravedad:
‑ Considere, señora, que estamos ante la presencia de Dios.

Jerusalén, 7 enero 1987



De cómo no hay que apropiarse

ni de la propia sepultura

El misionero capuchino fray Miguel de Alzo se convirtió en obispo de la Misión de Guam y se llamó Monseñor Miguel Ángel Olano, retornando a su nombre bautismal. Fue unos cuantos años obispo de aquella región, pero luego, como entraron los americanos, tuvo que dejar la sede a un obispo americano. El pasó a prestar sus servicios en las Islas Filipinas y cuando se hizo viejo, volvió a la tierra madre, a vivir tranquilito, en un piso, adosado al convento de San Sebastián.
Mientras tanto el Obispo Americano construyó nueva catedral; hizo una cripta y allí varias sepulturas. Echó el ojo a la principal de ellas y dijo:
- Esta será mi sepultura.
Con ello aquella sepultura quedó predestinada a ser la Sepultura del Obispo de Guam.
Sucedió que para unas celebraciones de la diócesis, en agradecimiento al antiguo Pastor, se le invitó a que viniera a Agaña. Monseñor Olano, aunque anciano, se animó y emprendió el vuelo. Tanto se animó que en aquellas latitudes tropicales quiso bañarse en el mar. Le dio un ataque y murió.
Le hicieron solemnes funerales en la Catedral y le enterraron. Pero ¿dónde le iban a enterrar al que había sido Obispo de aquella diócesis? Le enterraron como Obispo en la cripta, todavía sin estrenar. Y ¿en qué sepultura? En la sepultura que el Obispo Americano se había predestinado para sí mismo.
Es que en este mundo no nos podemos apropiar ni de la propia sepultura.

Jerusalén, 11 enero 1987.



Las yeguas malparidas

Entre los más célebres misioneros populares que tuvo la provincia capuchina de Navarra‑Cantabria‑Aragón en los tiempos modernos hay que contar al P. Ricardo de Alsasua. Faz enjuta y demacrada, voz de grande fuerza dramática, gestos de una persona transfigurada.
Una aldeanita de Baquedano contaba cómo predicaba allí. Habían puesto altavoces en la torre de la iglesia. Ya la voz del P. Ricardo era fuerte de por sí, y cuando anunciaba los novísimos tronaba la iglesia. Pero aquella vez el río caudaloso del profeta, por arte de los altavoces, entraba impetuoso por las ventanas y todos estaban forzados a oír el sermón.
Todos..., hasta los animales, porque según la baquedanesa, al oír al P. Ricardo, las yeguas se asustaban, corrían del pueblo monte arriba y con tales aprietos aquel año malparieron.
Hay que quedarse con la idea de que el P. Ricardo era un gran predicador, pero como buen hijo de S. Francisco no hacía daño a ningún animal, y por eso la tradición es exagerada.
Si le hubiera visto cómo lloraba de verdad cuando hablaba de la misericordia de Dios, del hijo pródigo, y cómo emocionaba de ternura al considerar que Jesús está en el sagrario por nosotros...
Jerusalén, 11 enero 1987.


El pequeñito

De todos los frailes de esta provincia norteña, donde entre los vascos ha habido grandes mocetones, el más pequeño de estatura se llamaba... Benjamín. Sí, justamente así, porque así se lo había puesto en el noviciado el santo maestro Bernardo de Artica. Era muy pequeñito, y por esos misterios que lleva consigo la madre naturaleza durante muchos años fue tiple. Si no supiéramos que detrás de todo hay un misterio escondido y designios de amor, diríamos que la madre naturaleza había sido muy cruel con el P. Benjamín.
Sufrió muchos complejos, chistecitos y hasta desprecios de aquellos que querían ser graciosos a costa de tan poco.
Al ser ordenado sacerdote, le enviaron a enseñar a los niños seráficos y toda su vida estuvo en el seminario. Pasado el tiempo le salió bigote, mas nunca barba, y se lo dejó. Como entonces estas singularidades no se usaban, se podía pensar cómicamente en la cara de un guardia civil.
Pasaron sesenta años de estancia en Alsasua, a la que consideraba su segunda patria. Ya hacía unos lustros que había comenzado a predicar, subido a un taburete, y lo hacía con gran satisfacción por sus dotes literarias en composición, por su empaque en la dicción, por su ingenua y cándida humanidad.
A los sesenta años de residencia, el P. Superior dijo: Esta solemne fecha tenemos que celebrarla. Se hizo una Eucaristía de familia, es decir, fraternidad y P. Provincial. El P. Benjamín tomó la palabra, se confesó y contó su secreto:
‑ Oh Madre mía, - decía como un niñote - ¡cómo has sido buena conmigo!, dulce Madre. Yo, pequeño y acomplejado, delante de unos muchachotes que al principio sabían más latín que yo. Oh Madre mía, cuántas gracias te tengo que dar, oh Madre mía.
Todos los asistentes comprendieron – comprendimos con ternura - que la Virgen es la Madre de casa y que de los pequeños es el reino de los cielos.

Jerusalén, 11 enero 1987.


Uno de los frailes más guapos

En nuestra provincia ha habido, por lo menos, dos frailes que se han parecido a Jesucristo... en la cara. Uno de ellos era el P. José Luis de Tudela. (Nota. El otro era el P. Florencio de Artabia, 1910-1994, que como entonces vivía no quise mencionarlo).
 Era un fraile muy hermoso y garrido. Para ello tenía tres condiciones: esbelta estatura, rostro con barba negra no grande y ojos atravesadores, y una voz muy buena y potente. Si se quiere la prueba, váyase a una portada de revista ilustrada cuando el famoso predicador, retratado ante el micrófono ‑ crucifijo al pecho, manos abiertas ‑ daba la misión de Granollers.
Caminando una vez por Pamplona, joven y galano, por la avenida de Carlos III, dos pías señoritas caminaban por la misma acera. De pronto una le dice a la otra ‑ la Pili a la Loli ‑:
‑ ¡Ay, chica!, qué fraile más guapo.
El P. José Luis, que no era sordo, oyó el piropo, se volvió y les dijo como gran caballero:
‑ Señoritas, han llegado ustedes demasiado tarde.

Jerusalén, 11/1/1987.


Los zapatos del fraile guapo

Para que el amable lector no se quede con una idea frívola del fraile apenas mencionado, hay que añadir que este gran predicador de puro bueno tocaba a veces las barreras del escrúpulo.
Una vez sus hermanas carnales le regalaron un par de hermosos zapatos, cosa útil y necesaria. El humilde fraile se presentó al superior y le dijo:
‑ P. Guardián, mis hermanas me han regalado un par de buenos zapatos. ¿Los puedo tener?
Y el P. Guardián, viéndose confundido por esa delicadeza de conciencia, le respondió:
‑ Hombre, P. José Luis...
Es que al P. José Luis le habían enseñado en el noviciado que cuando el fraile recibe un obsequio no puede recibirlo para sí (a fin de que no haya diferencias entre ricos y pobres), sino que como legítimo hermano todo debe ponerlo a disposición de la comunidad.
Este misionero murió en el convento de capuchina de Oaxaca y sus restos mortales los recogió la madre tierra del cementerio de la ciudad. A los años de su muerte todavía había flores en su tumba.

Jerusalén, 12/1/1987.


Canta alegre el ruiseñor

El P. Sebastián de Asiáin era pequeño y redondo. Esto unido a cierta encantadora sencillez le habla merecido el nombre familiar y cariñoso de Sebastianico. Estaba en el noviciado, para que los novicios, según las Constituciones, tuviesen ante los ojos estampas de frailes buenos. Cuando faltaba el Guardián y el Vicario, que lo era el P. Maestro, entonces el P. Sebastián en función de decano presidía la comunidad; y se producían escena como éstas:
‑ Venga, hoy vamos a rezar el Oficio Divino despacio y bien pronunciado.
Con los nudos de los dedos de la mano derecha, cerrada en puño, dio dos golpecitos rituales para iniciar el mismo el rezo:
Deus sisisi... intende! (= Deus, in adiutorium meum intende).
Los novicios dejaron escapar una discreta risa bajo las bóvedas del coro y comprendieron que el P. Sebastianico, pequeño, bello y rubicundo, no podía rezar el Oficio Divino despacio y bien pronunciado.
Confesada a los novicios porque a los novicios les gustaba. Uno de éstos, que habitualmente acudía a otro padre de su devoción, una vez, por ausencia de su confesor, entró en el confesonario del P. Sebastián. Aquel año (año de mi noviciado, 1955-1956) hacía un frío horrible; se helaron las aguabenditeras de las celdas y la temperatura bajó en Sangüesa a 15 bajo cero. De qué se confesó el novicio, luego no lo recordó; sólo se le quedó impresa la exhortación sacramental:
‑ Hala, ánimo y adelante. ¿No ve los pajaricos? Siempre cantando. Frío, hielo, escarcha..., pero ellos siempre cantando. Pues lo mismo su Caridad. Gloria a Dios. Siempre: Gloria a Dios.
Al mediodía, al refectorio, tras hacerse rogar, al fin cantó el que era su villancico de todos los años. "¿Dónde habrá, decid, pastores, / Niño más encantador?" En lo tonos altos levantaba al cielo su cabeza, agarrándose con la izquierda el solideo, y emitía unos temblores angélicos cuando decía: Canta alegre el ruiseñor.
En el fondo, el ruiseñor de la enramada era aquel mismo fraile, viejo misionero, pequeño y bondadoso, rubicundo como una fruta madura.
Jerusalén, 12/1/1987


Una procesión de millares y millares

El P. Marcelo de Villava había nacido cuando el siglo XIX dejaba caer su último número. Era un fraile generoso y solía estar de buen temple. En su juventud fue misionero en el lejano Oriente, en la isla de Guam, que es la perla del Pacífico.
Luego regresó porque ocuparon la isla, con los militares, misioneros de otro continente. Era ya mayor, pues tenía 60 años más 3, cuando le encomendaron que hiciera de capellán en el cementerio. Probablemente sería para poco tiempo, pero estuvo 20 años. Y como Zaragoza, sin ser tan grande como Nínive…, es una ciudad muy populosa y como al único cementerio iban a parar al final todos sus habitantes, durante estos años recibió a innumerables cristianos que venían al camposanto. Mejor, dicho, no fueron innumerables (Innumerables son sólo los Innumerables mártires de Zaragoza...), porque el P. Marcelo en una libretita lleva la cuenta. Fueron, durante su oficio, 75.850.  (Nota crítica. No recuerdo de dónde tomé la nota de su libretita particular).
Después de morir en la Enfermería de los Capuchinos en Pamplona, se hizo un solemnísimo cortejo pascual para su entrada en el cielo. Aparte de los ángeles, de los santos de su devoción, y de un sin fin de voluntarios, acudieron, con cantos y palmas, con jotas y cachirulos, otra turba ingente. Estos eran, ni más ni menos, que 75.850 personas, viejos e infantes, hombres y mujeres, mozos y mozas, pues piadosamente se puede creer que por la pasión de Cristo todos aquellos zaragozanos fueron salvos.
Todo fue muy hermoso, salvo que un particular amigo de él, me dijo: pero ¿cómo es posible que no hemos comenzado esta procesión desde el cementerio de Zaragoza?

* * *
En Alabanza de Cristo

y del pobrecillo Francisco. Amén.




AVISO HISTÓRICO

Todos los frailes que se pasean por estas páginas han muerto. Esto es una ventaja para el Cronista, porque ninguno de ellos puede protestar, ninguno puede estirar de las orejas al audaz escritor. Pero tienen sus abogados y éstos sí, si les place, pueden levantar la voz. Yo de todas maneras quiero dejar constancia, como notario, de nombres y de fechas rigurosamente históricas, para que se consulte en los libros, nombres y fechas que son los siguientes:
P. José María de Oyarzun (llamado en el siglo: José Ramón Félix irigoyen Zuazu, 1888-1985).
Fr. Teodoro de Yábar (Manuel Ansa Aguirrezabala, 1888-1968).
Mons. Miguel Ángel Olano (como religioso, León de Alzo, 1891-1970).
P. Ricardo de Alsasua (Leoncio Celaya Lecea, 1910-1963).
P. Benjamín de Legarda (Gregorio Elía Azcárate, 1896-1986)
P. José Luis de Tudela (José María Rubio García, 1915-1981)
P. Sebastián de Asiáin (Marcelino Ayerra Rodríguez, 1883-1963)
P. Marcelo de Villava (José Baldomero Lasa Castro, 1898-1986)


Colofón en el Día de la Madre - 2013

Aquí en México, el Día de la Madre (siempre el 10 de mayo), tiene otra raigambre y sabor que en España, donde es más reciente y donde ha ido cambiando de fecha: del día de la Inmaculada al domingo primero de mayo.
Yo le venero mucho a mi santa madre – que la tengo siempre en mi celda en una foto y en un cuadro “al pastel”, que me hizo una señora de la Parroquia, también ella amorosa madre – y a su memoria y honor, juntamente con mi padre, le he escrito una serie de Sonetos Celestiales.
Hoy, al decidirme a poner en Internet esta Florecillas de Jerusalén, voy a añadir otra, que dice de esta manera:

Amor de madre, amor eterno

El P. Benito de Elía (Joaquín Aguinaga Tirapu, 1919-2005) era un fraile alto y delgado como una espiga. Por eso, cariñosamente le llamábamos Benitín. Al ser ordenado de sacerdote y terminar la carrera sacerdotal (creo que con dificultades) fue destinado a Zaragoza (1944), y allí estuvo toda su vida, hasta que, enfermito, fue a la Enfermería de Pamplona, donde terminó santamente sus días. No era un hombre de dotes brillantes…, no era predicador… Era un hombre muy bondadoso y servicial, amigo de los pobres, consejero de innumerables zaragozanos, y paño de lágrimas en el confesionario.
Cuenta la historia – pero no la historia escrita – que una tarde fue a confesar a una casa particular, allí por donde el Coso. Llamó a la puerta:
- ¡Hola, buenas tardes!
- ¡Hola…!
El hombre que le abrió no le ofrecía buena catadura.
- ¿Qué le ocurre?
- Pues mire, que he venido a confesar.
El hombre, molesto, respondió:
- No, dispense.
- Sí, a un enfermito, que me han dicho que está muy delicado, como para morir.
- No, aquí no hay ningún enfermo; se ha equivocado.
- Pues la verdad es que se me ha quedado muy fijo este número.
El diálogo comenzaba a ponerse tenso.
De repente el P. Benitín dice:
- ¡Ah!, esa señora es la que me ha dicho en el confesionario que viniera aquí a confesar a un enfermo.
Y señaló una foto enmarcada que estaba en la pared.
El hombre se quedó más blanco que la pared y pudo responder:
- Dispense…, esa señora es mi madre y murió hace años.
- Bueno…
Y hubo un silencio contenido, que rompió el hijo:
- ¡Pase, padre, y confiéseme!

Guadalajara de Jalisco, México, 10 de mayo de 2013.


Ha llegado la belleza en las entregas anteriores. dejamos constancia del pequeño historia de esta rúbrica:

112. Ha llegado la belleza - 1 (17 octubre 2011)
113. Ha llegado la belleza - 2 (18 octubre 2011)
114. Ha llegado la belleza - 3 (18 octubre 2011) - El más visitado: 1.084 visitas hasta la presente fecha de 10 de mayo de 2013).
144. Ha llegado la belleza - 4 (22 noviembre 2011)

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

 
;