viernes, 17 de mayo de 2013

399. Recibid el Espíritu Santo - Pentecostés 2013



Homilía para el domingo de Pentecostés, ciclo C,
sobre Jn 20,19-23

Texto evangélico:
Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo ». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos",


Hermanos:
1. La Iglesia de Jesús es la Iglesia del Espíritu Santo. Hoy es Pentecostés, remate coronado de la Pascua; y la Iglesia, la comunidad de los creyentes en Jesús, recuerda y vive aquella creación que se opera con la muerte de Jesús, el Señor. El Espíritu irrumpió en la historia y el cosmos, y amaneció el mundo definitivo inaugurado por el Señor.
Es lo que recordamos y vivimos con dos escenas, vistas por de fuera tan diferentes; vistas en su entraña y corazón son la misma. El Evangelio nos lleva al atardecer del día de la Resurrección; los Hechos de los Apóstoles, a la fiesta judía de los cincuenta días de la Pascua – que esto significa Pentecostés, “la fiesta de los cincuenta días” – en la cual nuestros hermanos hebreos conmemoraban el Sinaí, el don de la Ley y de la revelación. Aquel día el Espíritu se manifestó de forma estruendosa: ruido y llamas de fuego: había llegado el Espíritu a la comunidad recién nacida.
En la tarde de la resurrección el Espíritu llegó a la comunidad apostólica de una forma sacramental, de los labios de Jesús que, exhalando el aliento, infundía su alma y Espíritu a la comunidad que había nacido en la Cruz. Como cuando Dios Creador insufló en las narices del primer hombre – así lo dice tan vivamente el Génesis – para que Adán comenzase a respirar con aire del cuerpo de Dios.
Repito, hermanos: con lenguaje distinto se nos está hablando de la misma verdad sustancial: Dios, todo santo, todo poderoso, a través de su Hijo amado, da su Espíritu a la Iglesia.
Esto es sublime y no hay religión en el mundo que presente un mensaje semejante. Tenemos que deletrear estas verdades, para que el corazón se llene de gozo, de energía y de esperanza.

2. Para nosotros, cristianos, el Espíritu de la Trinidad, el Espíritu que viene en Jesús, el Espíritu, fuente de todos los dones, es el remate mismo de Dios, la cúspide de Dios. El Espíritu es la ultimidad de Dios, la exhaustividad de Dios, es el amor de Dios, el ósculo de Dios, el beso de Dios, de un Dios infinito que se despliega a sí mismo.
El Espíritu es la verdad de Dios; es la belleza de Dios; es la perfección misma de Dios…
El Espíritu de Dios es la nueva creación de Dios.
Cuando uno, llevado de un espíritu de esteta, toma en sus manos una flor, y, contemplando, se pierde en una belleza que es perfecta, piensa que de alguna manera tal derroche de hermosura es signo del Espíritu en el mundo.
Todo este lenguaje, que es un balbuceo por querer decir algo, no cuadra  con la realidad de Dios, que es siempre mayor; pero no es un lenguaje blasfemo, porque no ofende a Dios, pues, no sabiendo hablar de otro modo, afinamos y sublimamos las palabras cuanto podemos.

3. Ahora bien, hermanos, Dios no es una idea; es un acontecimiento vital. Por lo tanto, quedaríamos a mitad de camino, si a todo lo dicho no añadiéramos: Las realidades sublimes que hemos anunciado comenzaron a cumplirse en los apóstoles, y siguen aconteciendo hoy en la Iglesia, en mí que, como cristiano, pertenezco al Cuerpo Místico de Jesús.
Dar forma, realidad, concretez a lo que vamos diciendo es vivir Pentecostés, cima del misterio pascual.

4. A lo mejor esto nos parece infinitamente lejano, una elucubración sublime de la fe que aceptamos sin mayor incidencia en la vida real.
No, hermanos, negar el acontecimiento permanente y definitivo del Espíritu es igual, absolutamente igual, que negar el misterio de la Encarnación, que es la inserción de Dios en la historia humana.
Si existe el Hijo de Dios encarnado, existe el Espíritu de Dios, corazón de la Iglesia, Espíritu de nuestra historia, Espíritu de mi vida.

5. Recibid el Espíritu Santo, les dijo Jesús aquella tarde a los apóstoles, y lo recibieron, porque el Resucitado se lo daba. Y a partir de entonces la Iglesia de Jesús es la Iglesia del Espíritu Santo. La vida divina de Jesús es la vida divina de la Iglesia; los dones con los cuales él estaba plenificado, son los dones con los cuales vive la Iglesia.

6. Se podrá pensar que esto es real, pero que es transcendente, que no resulta tangible a nuestras manos.
Semejante pensamiento es peligroso. Mirad, hermanos: En la Eucaristía ¿quién está? Está Jesús, pero Jesús transcendente, Jesús glorificado. La experiencia de los sentidos no se puede trasladar al sacramento para definir el cuerpo de Jesús viviente, que, aunque lo recibimos con la boca, no lo tocamos, no lo deglutimos, porque su realidad divina allí concreta es una realidad sacramental; no es una realidad ni para la fotografía, ni para el tacto, ni para el oído. Y, con todo, es la sublime y original realidad que hace la Iglesia.
Pues el Espíritu es así. Es el perdón de los pecados, pero ningún notario puede levantar acta, porque la realidad de Dios, siendo lo más real, realidad de Dios para este vida, para esta historia, transciende toda realidad. Es realidad de fe que sustenta nuestro corazón.

7. El remate glorioso de la Pascua con la donación plenaria del Espíritu a la Iglesia nos invita a otros pensamientos sumamente sencillos y confortadores: Yo llevo en mi corazón el Espíritu de Dios, que se manifiesta en dones muy sencillos, muchas veces sin ninguna apariencia, con los cuales yo contribuyo al despliegue variado del Espíritu en medio de la Iglesia.
Esto es cierto. Yo debo abrir los ojos a las realidades divinas y aceptar que yo soy portador de Dios, para mi propio aprovechamiento y el bien de mis hermanos.
Somos un cuerpo cohesionado por el Espíritu de Dios y nos necesitamos, incluso aunque no hayamos visto nunca. ¡Qué hermoso y esperanzador es contemplar la vida así!
Para contemplar la vida así, fuera de nuestro corazón todo sentimiento de envidia, que eso no es divino, sino demoníaco. Con un corazón dañado por la envidia, yo no puedo saborear los dones de Dios en mí, la obra preciosa, maravillosa de Dios en mí, dispuesta para que yo al disfrute y la comparta.

Hermanos, el Espíritu existe y hoy viene a nuestro corazones. Vino sobre la Virgen María y obró en ella el misterio de la Encarnación, y la Virgen estaba también con los apóstoles, aguardando la promesa de lo alto, el Espíritu el día en que irrumpió sobre la Iglesia y renovó la voz de la tierra.
¡Espíritu de Jesús, desciende en mi corazón! Desciende en los sacramentos, e inunda también mi alma en el silencio de la oración y de la caridad. Amén.

Guadalajara, Jalisco, miércoles 15 mayo 2013.

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