miércoles, 22 de mayo de 2013

402. Un soliloquio sacerdotal - Jesucristo Sacerdote


Un soliloquio sacerdotal

Para la fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno sacerdote

Es pálida, Jesús, Hijo de Dios
la más alta y audaz teología,
llamarte el solo y sumo sacerdote,
y víctima, la víctima purísima,
vestirte de ornamentos que en el templo
los sacerdotes usan cuando ofician.
Cualquier palabra, aun siendo verdadera,
te estrecha al pronunciarla, te confina,
te hace prisionero de mi mente,
que quiere dominar aun si medita.
Mas… no, Jesús, mi luz que todo excede,
festín de Dios, allí tras la cortina,
la página que queda por leerse,
la clave de los sellos de la Biblia.
Te adoro, compasivo sacerdote,
haciendo del amor mi poesía,
y quédome suspenso y aleteo,
sin nada ya pensar, Jesús, mi vida.
¡Qué cortos son los títulos y emblemas
que a honrarte todos ellos nos invitan,
y al llegar a tu rostro todos juntos
humildemente todos se arrodillan!
Y ¿cómo, pues, llamarte, Jesús mío,
quedándose tranquila el alma mía…?
Cualquiera de tus nombres es correcto,
si cada uno a ti, total, te aspira,
y roto ya el lenguaje en suaves lágrimas
la legua calla muda su cantiga.
Te pensaré, Señor, cual sacerdote,
tu vida entera hostia sin mancilla,
y puro amor, al cielo es tu oración
que vuelve en bendición de lluvia fina.
Bendícenos, Jesús, desde la altura
y guárdanos en paz, ¡oh dulce dicha! Amén.

Guadalajara, Jal., 22 mayo 2013,
en la víspera de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote.

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

 
;