viernes, 31 de mayo de 2013

405. Visitación de María - La Madre de Dios, primera evangelizadora del mundo



María en la Visitación 
lleva el Espíritu

El III Sínodo de Obispos, tras el Concilio Vaticano II, se celebró en 1974 (el 27 de setiembre y el 26 de octubre de 1974) y el tema fue: La Evangelización. Fruto de este Sínodo, un año después, fue la exhortación evangélica de Pablo VI Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975), que para no pocos es “il capolavoro” (la obra maestra) del magisterio del siervo de Dios Pablo VI.
Años más tarde el cardenal Juan Cardenal Landázuri Ricketts, O.F.M., arzobispo emérito de Lima, que fue uno de los tres presidentes por turno de las 25 sesiones del Sínodo, podía emitir esta apreciación: “Creo que la Evangelii nuntiandi ha sellado muy hondamente la vida de la Iglesia en Latinoamérica. Esto se puede comprobar tanto en el magisterio episcopal regional —como por ejemplo las Conferencias Generales de Puebla y, más recientemente, Santo Domingo— como en los planes pastorales de nuestras Iglesias locales. Por ello debemos estar muy agradecidos al Papa Pablo VI que acogió el trabajo del Sínodo sobre la evangelización y armonizando las diversas preocupaciones pastorales ofreció a la Iglesia un documento tan valioso y orgánico” (Lima, 15 agosto 1996).
Traigo estos recuerdos, porque quiero presentar, en la fiesta de la Visitación de la Virgen María (31 de mayo), una intervención que allí tuvo el hermano ministro general de los capuchinos, Pascual Rywalski, suizo, de fraterna y santa memoria entre nosotros. El P. Pascual presentó a la Virgen María, y precisamente en el misterio de la Visitación, como la “primera evangelizadora del mundo”. María llevaba al mundo el don del Espíritu Santo.
Una vez el ministro general nos hacía a los hermanos capuchinos esta reflexión y confidencia: “El sello más antiguo de la Orden (se remonta al año 1254) merece una mención. Representa la evndia del Espíritu Santo sobre María Santísima  y los Apóstoles. Debajo de este “Pentecostés”  un simple fraile arrodillado y en actitud de orar. Este sello evoca de una manera eficaz al Espíritu Santo como ministro general de la Orden, y a la Virgen María como esposa del Espíritu Santo, invocación creada por San Francisco y conservada en su orden. Ahora te haré una confidencia del todo personal y a la que ay hice alusión en mi mensaje de enero de 1975; y es que la Virgen María, bajo la advocación de Nuestra Señora de la Visitación, me ha concedido, desde siempre, la gracia de una alegre y profunda devoción al Espíritu Santo” (Roma, 17 mayo 1976. En: Pascual Rywalski, Ministro general OFMCap, Espíritu y Esperanza. Mensajes a los hermanos . Ediciónd e la Conferencia Ibérica de Capuchinos 1982, pp. 89-90).
He aquí, pues, la intervención de Fr. Pascual Rywalski en el Sínodo de Obispo de 1974 sobre la Evangelización del mundo contemporáneo.

La Madre de Dios, primera evangelizadora del mundo
 Visitación, apunte de María Teresa Peña (1935-2002)
Dios se complace en obrar maravillas de evangelización por medio de María, su Madre: nuestra vida, nuestra dulzura, nuestra esperanza.
«Todo el influjo salvífico de la Santísima Virgen sobre los hombres dimana del divino beneplácito» (Lumen Gentium, 60).
La vida de la Madre de Dios fue una evangelización ininterrumpida. Su trabajo, sus palabras, su corazón, sólo daban cabida a la voluntad de Jesús. Daba a Jesús a las personas que venían de visita o a las que iba a visitar. Su mismo silencio hablaba de Él. Dio a luz al Verbo por obra del Espíritu Santo y tiene la misión de comunicarlo al mundo.
Dios realiza desde entonces, en el curso de la historia, la obra de evangelización de su madre. Permitidme que comparta fraternalmente con vosotros mi persuasión y mi alegría de ver realizarse gran parte de la evangelización de los fieles en los innumerables santuarios dedicados a Nuestra Señora.
Vosotros ya conocéis esos santuarios marianos. Algunos son de renombre universal, como Lourdes y Fátima. A ellos acuden los cristianos no sólo de Europa, sino hasta de los lugares más lejanos del mundo. Otros son de renombre nacional o local: sus nombres están grabados en vuestra memoria. Allí se reza de buen grado. En esas capitales de devoción a la Madre de Dios y de los hombres, cuántas maravillas se realizan, unas espectaculares, otras cantadas a media voz, y muchas que permanecerán para siempre en lo secreto.
Para rezar, cantar y llorar; —para mantener la audacia en el creer y el gozo de la esperanza; —para amar a la Iglesia; —para sellar mejor el amor en el noviazgo y matrimonio; —para encontrarse con grupos alegres de jóvenes; —para dar la vida a Dios en el servicio de los hombres, como lo hacen sacerdotes, religiosos, religiosas, misioneros, consagrados y célibes; —para acoger, sin perturbación, las novedades nacidas del Concilio y después del Concilio; —para aprender a meditar los misterios cristianos en la recitación del rosario; —para confesarse bien y comulgar mejor; —para obtener la fuerza necesaria para llevar una pesada cruz; —para pedir la curación o una gracia que se cree necesaria en favor de una persona amada; —para prepararse a bien morir y a entrar en el cielo; —... los cristianos de todos los tiempos, sobre todo de nuestros días, acuden a los santuarios de la Santísima Virgen.
En muchas partes nos encontramos con confesonarios vacíos. Pero los confesonarios de los santuarios están asediados de penitentes. Hasta se tiene que recurrir, a veces, a instalaciones provisionales al aire libre, en los rincones de las iglesias, en medio de la multitud. Los confesores o son insuficientes o están sobrecargados de trabajo.
Disminuye la participación de los fieles en las misiones, en los retiros parroquiales o en otros actos semejantes. Se reciben pocos pedidos de predicación. Pero las peregrinaciones marianas congregan a una multitud tan grande, que hasta los altavoces se vuelven insuficientes.
Vosotros pensáis, quizás, que ya no se «reza» el rosario. Venid aquí para persuadiros de lo contrario.
En pocas palabras: Dios glorifica su Madre enviándola a los hombres. Y la humilde Virgen María no retiene nada para sí, sino que «cuando es anunciada y venerada, atrae a los creyentes a su Hijo, a su sacrificio y al amor del Padre» (Lumen Gentium, 65).
Hoy día el mundo se hace pequeño. Todas las cosas se colocan a un nivel planetario. Seguramente conoceréis por televisión los principales santuarios del mundo. Los mexicanos tienen una devoción muy grande a Nuestra Señora de Guadalupe. Los argentinos acuden en multitud a Luján y a Nuestra Señora de Nueva Pompeya, en Buenos Aires. Los brasileños, a la Aparecida. Los portugueses, a Fátima. Los franceses, además de Lourdes, a La Salette y a Chartres. Los belgas a Beauraing y Banneux. Los españoles, a Zaragoza y a Montserrat. Los italianos, a Loreto y a Pompeya. Los suizos, a Einseideln. Los austríacos a María Zell. Los alemanes, a Altoeting y Kevelaer. Los libane ses, a Nuestra Señora del Líbano. Los indios, a Sandana... Y tantos más a otros muchos santuarios.
(Nota. En aquel tiempo todavía no había surgido Medjugorje, 31 julio 1981, que ha vasito pasar acaso 20 millones de peregrinos…)
Para tener una idea de cuánto sea venerada la Santísima Virgen por los fieles, acudid a Czestochova. Allí casi un millón de personas, en presencia del cardenal Wyszynski y del Episcopado polaco, juró fidelidad en vida y hasta la muerte a la Reina de Polonia ante las persecuciones abiertas o las propagandas insidiosas.
No entraré a enumerar otros santuarios, más modestos, levantados y venerados con fe y amor en numerosas parroquias y diócesis de antiguas cristiandades o de jóvenes iglesias de África y otros lugares. De ellos sólo diré que del rostro, de las manos y del corazón de la Madre de la Iglesia brota tanta fuerza y serenidad para la lucha de la vida, que serían necesarios volúmenes enteros para enumerar siquiera algunos de los milagros de gracia que allí se operan.
¿A qué virtudes invita la Madre de Dios a sus hijos e hijas? Los invita a ser artífices de paz, de reconciliación, de amistad. Una madre, en efecto, es feliz cuando sus hijos viven en armonía.
Enseña a creer y a meditar como Ella (Le 1, 29; 2, 51), a amar el silencio, a hacer lo que su Hijo quiere (Jn 2,5).
Invita a confesar los pecados. Pide la conversión del corazón, los actos de penitencia.
Ella quiera que recéis.
La pobreza de su vida nos hace comprender que el paraíso de esta Tierra es ilusorio y que la cruz es portadora de sabiduría. Su sonrisa nos dice que la vida no está privada totalmente de alegría. Y nos promete, sobre todo, la felicidad del cielo, como lo prometió a Santa Bernardeta cuando estaba en el encanto de su juventud.
Ella consuela, cura, irradia fuerza, nos invita a ser simples, humildes, servidores los unos de los otros.
De una manera particular, mi vida entera sería insuficiente para admirar cómo Dios concedió a un ser humano el Don por excelencia valiéndose de un encuentro muy familiar con la Santísima Virgen. «¿De qué Don quiere hablar, Padre?» «Pues de ese que menciona San Lucas en el primer capítulo de su Evangelio». Leamos el texto: «En aquellos días se levantó María y se fue con prontitud..., entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y en cuanto oyó Isabel el saludo de María... quedó llena del Espíritu Santo» (Lucas 7, 3942).
Dios quiso, pues, servirse de una mujer, que es María, la Madre su Hijo para donar a una persona la plenitud de su Espíritu Santo.
¡Esto es extraordinario! Aquí se revela la voluntad de Dios de servirse de María no solamente en la Encarnación, sino también como colaboradora de sus designios de amor hacia los hombres. Lo cual honra grandemente a la Virgen María. El caso de Isabel tiene el valor de un signo, pues nada deja entrever que se trate de algo único y excepcional. Y si es así, brota espontáneamente de nuestros labios esta oración a María: Que Ella venga a visitar a los hombres y les traiga, según el divino beneplácito, el Don que llevó a Santa Isabel.
La Iglesia pone el Evangelio de la Visitación en las misas votivas de la mayor parte de los santuarios... ¿No nos está invitando con esto a esperar con fe de la Madre del Salvador lo que ella llevó a Santa Isabel? El recurso a María, «Sagrario del Espíritu Santo» (Exhortación de Pablo VI sobre el culto a la Santísima Virgen María, 26) es prenda de sabiduría y de eficacia en la manifestación de fe en el Espíritu Santo, que hoy día está tan difundida.
Concluimos así estas breves consideraciones sobre la obra de evangelización de la Reina de los Apóstoles. Sólo queremos añadir, para que los responsables de los santuarios estén alerta,
que es vivamente deseable evitar todos aquellos abusos que Jesucristo no pudo tolerar en el templo de Jerusalén (Le 19, 46).
Conservemos filialmente en nuestro corazón la persuasión de que la Madre del Salvador ocupa un lugar particular, eminente, el primero por el ejemplo y la intercesión en la evangelización del mundo de hoy.
Recurramos a Ella con confianza.
(Texto: Espíritu y Esperanza, 171-175)

 María Teresa Peña, Mgnificat A, Boceto: "La Virgen y el Niño descansando en los brazos de Dios Padre".

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