sábado, 1 de junio de 2013

406. Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa



Homilía en el domingo IX del tiempo ordinario, ciclo C
Lc 7,1-10
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Texto del Evangelio:
Cuando terminó de exponer todas sus enseñanzas al pueblo, entró en Cafarnaún.
Un centurión tenía enfermo, a punto de morir, a un criado a quien estimaba mucho. Al oír hablar de Jesús, el centurión le envió unos ancianos de los judíos, rogándole que viniese a curar a su criado. Ellos, presentándose a Jesús, le rogaban encarecidamente: “Merece que se lo concedas, porque tiene afecto a nuestra gente y nos ha construido al sinagoga”. Jesús se puso en camino con ellos.
No estaba lejos de la casa, cuando el centurión le envió unos amigos a decirles:
- “Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres bajo mi techo; por eso tampoco me creí digno de venir a ti personalmente. Dilo de palabra y mi criado quedará sano. Porque también yo soy un hombre sometido a una autoridad y con soldados a mis órdenes; y el digo a uno “Ve”, y va; a otro: “Ven”, y viene: a mi criado: “Haz esto”, y lo hace.
Al oír esto, Jesús se admiró de é y, volviéndose a la gente que lo seguía, dijo:
- “Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe”.
Y al volver a casa los enviados, encontraron al siervo sano.


Hermanos:

1. He aquí un Evangelio pura teología, pura belleza. Realmente la teología tiene que ser belleza. Teología es pensar ordenadamente de Dios, y ¿qué cosa más hermosa para el pensamiento humano, siempre curioso y abierto a nuevos conocimientos, que pensar sobre Dios, fuente de toda luz, de toda armonía, de toda belleza?
Advirtamos, ante todo, que estamos en el domingo IX del ciclo C, pero que en muchos lugares – así en España – no se leerá este pasaje de la vida de Jesús, en la versión de san Lucas, sino que por trasladarse al domingo la solemnidad del Corpus Christi (que corresponde al jueves anterior), el Evangelio será la multiplicación de los panes. Con este previo aviso, sigo con el texto evangélico proclamado.


2. Lo primero que nos llama la atención en este Evangelio es la frase introductoria, que dice: Cuando terminó de exponer todas sus enseñanzas al pueblo. Nos preguntamos cuáles son esas “todas sus enseñanzas al pueblo”. Es justamente el capítulo anterior en el que el evangelista san Lucas concentra lo que llamamos el sermón de la Montaña (Mt 5-7) en la versión abreviada que tiene san Lucas (Lc 6,17-49).

Todas las enseñanzas de Jesús caben en un par de páginas, en menso de 30 versículos de san Lucas, en aquel sermón que pronuncia Jesús bajando del monte donde se había retira a orar para elegir a los doce apóstoles.
Incluso podríamos decir más: todas las enseñanzas de Jesús caben en las bienaventuranzas; todas las enseñanzas de Jesús cabe en el padrenuestro. Todas las enseñanzas de Jesús saben en tres palabras: quién es Dios, quién es Jesús, quién es el hombre. Lo demás – libros y libros que podemos escribir, homilías que podemos pronunciar domingo tras domingo – son derivaciones, explicitaciones. El fulgor de la doctrina de Jesús es como un relámpago: el nuevo rostro que Jesús nos ha dado de Dios y del hombre.
El que capta quién es el Dios de Jesús, podrá decir: Jesús no tiene una doctrina social, no tiene una política para gobernar el mundo. Pero el que acepta al Dios de Jesús, si se sienta a estudiar sociología o política tendrá que decir: Todo hay que reorientarlo desde la raíz. Hace unas semanas decía el Papa en una homilía: La economía está para servir, no para gobernar. Tengamos este concepto del dinero y se cambian los gobiernos del mundo.
En suma, hermanos, un nuevo rostro de Dios, un nuevo rostro del hombre, esa es toda la doctrina de Jesús.

3. Entremos, pues, en Cafarnaún, para ver qué ocurre allí. Es la ciudad más importante del entorno del lago, ciudad comercial y de tránsito de gentes. Como se ve, allí había destacamento romano y al mando del mismo, con la autoridad correspondiente propia de su cargo, autoridad que le venía de otra instancia superior, y en definitiva del Emperador Romano.
Aquel hombre, que no es judío,  es una buena persona, buenísima persona, y tiene un criado al que ama como a un hijo. Este criado está gravemente enfermo con peligro de muerte. Y el centurión ha oído hablar de un santo rabino, Jesús de Nazaret; Nazaret no está muy lejos de Cafarnaún. Y aquel centurión tiene un buen pensamiento: Ese santo Jesús de Nazaret podrá hacer algo por mi criado. Le voy a mandar un recado, porque yo, un romano, no soy digno de acercarme a un santo.
Y manda a unos ancianos judíos con esta comisión: Que el santo rabino Jesús de Nazaret cure al criado del centurión. No se puede leer sino con emoción y ternura lo que sigue escribiendo el evangelista Lucas: Ellos, presentándose a Jesús, le rogaban encarecidamente: “Merece que se lo concedas, porque tiene afecto a nuestra gente y nos ha construido la sinagoga”.
Los que van hoy a Cafarnaún ven las ruinas de una grande sinagoga con unas columnas alzadas, pero no piensen que es la sinagoga que vio Jesús y donde él predicó. Es una sinagoga de varios siglos después, levantada seguramente sobre el emplazamiento de la antigua.
Lo delicioso de esta escena, antes de seguir con lo más importante de ella, es esa armonía, esa amistad entre judíos, paganos y Jesús. Tristemente esa armonía se rompió. La historia de judaísmo y cristianismo que quisiéramos superar ha sido una historia de desencuentros.
En Semana Santa me tocó estar en Jerusalén. Había coincidido aquellos días, justamente el día 26 de marzo, para nosotros Martes Santo, la Pascua Judía y multitud de peregrinos judíos llenaban los alrededores del antiguo Templo, el Muro Occidental que en la semana de los ázimos iban y venían para su oración. ¡Qué pena el no poder hablar con ellos, ni ellos conmigo, como si estuviéramos separados en dos búnqueres, y quizás con un recíproco amor, al menos sí de mi parte!

4. Aquel centurión romano era amigo de los judíos y les había construido la sinagoga para sus cultos. Y seguramente que él mismo la visitaría muchas veces.
Y era amigo de Jesús sin conocerlo, más que amigo, era un devoto de Jesús, guiado por el Espíritu Santo.
Al principio no se atrevió a presentarse a Jesús, ni tampoco luego, sino que, cuando Jesús estaba cerca de la casa, envió una segunda embjada.
Y escuchamos algo que rinde a cualquier corazón:
- No te molestes, no soy digno de que tus pies pisen mi casa, no soy digno de que me honres entrando en mi casa. Yo creo en ti. Tú puedes decir una palabra, y se cumplirá tu orden. Tú eres de Dios; eres un subordinado de Dios y tienes la autoridad de Dios. Yo soy un subordinado del Emperador y participo de la autoridad del Emperador. Si le digo a mi criado: “Haz esto”, lo hace por mi autoridad. Si tú mandas a la enfermedad que se marche, la enfermedad se marchará, porque tú tienes la autoridad de Dios.

5. Jesús se quedó atónito. Se volvió a la gente e hizo un discurso de una línea: “Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe”.
Jesús se quedó atónito, y lo mismo nosotros nos quedamos profundamente conmovidos.
De nuestros labios brota una oración que se la dirigimos a Jesús:
Jesús, cuando te recibo en la comunión, que tenga yo la fe del centurión. Amén.

Guadalajara, sábado, 1 junio 2013.

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