lunes, 3 de junio de 2013

408. Hoy hace 50 años – Juan XXIII



Con Juan XXIII, en el corazón de la Iglesia

1. Hoy es 3 de junio, El 3 de junio de 1963, a las 7.45 de la tarde entregaba su alma a Dios  el amado Pontífice Juan XXIII. Había servido a la Iglesia como Papa cerca de 5 años (28 octubre 1958 – 3 junio 1963), tiempo breve que le bastó para granjearse la admiración y el cariño del mundo.
Hoy hace 50 años. Quien esto escribe era estudiante en el Pontificio Instituto Bíblico de Roma, y eran estos los días críticos de exámenes de fin de curso. Y ante mi mesa estaba la Grammatica aramaico-biblica, de L. Palacios OSB, materia obligada para un estudiante de Biblia, por el hecho de esas mínimas secciones de la Sagrada Escritura que están escritas en esta lengua (Dan 2,4b-7,28 y Esd 4,3-6,18 y 7,21-26). Eran los días precisos del examen.
Esta anécdota baladí no tiene ninguna importancia para el posible lector de esta evocación. Pero puede tener algún interés en que yo le cuente que el Concilio Ecuménico Vaticano II había comenzado el 11 de octubre de 1962, fecha histórica que yo viví en la Plaza de San Pedro. A la hora del tránsito de este mundo se había concluido la primera etapa; y gloria inmortal del Papa Giovanni era el haber puesto en marcha el mayor acontecimiento eclesial de siglo XX. Vinieron las sesiones sucesivas, presididas por Pablo VI, y todo fue coronado el 8 de diciembre de 1965.
Cuando aquel 11 de octubre regresaba a casa con otro compañero de estudios conversábamos de los acontecimientos como espectadores de la historia: Sin duda que hemos asistido a un acto realmente “histórico” en la historia de la Iglesia. Así fue; así se ha demostrado por los tiempos sucesivos. Nuestros corazones juveniles estaban henchidos de eclesialidad. Gozábamos en ello. Se nos abría un mundo nuevo, a nosotros – compañeros de curso – ordenados en 1960.
El Papa que había convocado el Concilio era ya parte de nuestra biografía personal. Así, ingenuamente lo escribo; los Papas de mis años sacerdotales, de modo imprevisto para mí, han pasado al curso de mi autobiografía. Sin quitar nada a nadie, profeso una devoción entrañable a dos: a Pablo VI y a Benedicto XVI, sin quitar ni méritos ni grandeza a los demás. Uno habla de los amigos por inclinaciones personales y querencias…

2. Pasaron los años, y de pronto surgió un Juan XXIII que yo no conocía cuando el secretario del Papa, Mons. Loris Francesco Capovilla, publicó Il Giornale dell’anima, El Diario del alma, que es una colección de apuntes espirituales de Angelo Giuseppe Roncalli y también Giovanni XXIII. El Diario tiene esta secuencia:
En el seminario de Bérgamo 1985-1900
En el seminario de Roma 1901-1903
Año de la ordenación sacerdotal 1904
Secretario di Mons. Radini obispo de Bérgamo 1905-1914
Primera guerra mundial 1915-1918
Padre espiritual en el seminario di Bérgamo y director de la "Casa dello studente"
1919-1920
En Roma, al servicio de Propaganda Fide 1921-1924
Retiro di preparación para la consagración episcopal 1925
Representante pontificio en Bulgaria 1926-1934
Representante pontificio en Turquina y Grecia 1935-1944
Representante pontificio en Francia 1945-1952
Cardinal Patriarca de Venecia 1953-1958
Papa 1958-1963

3. La página del Diario, que fue para mí un torrente de luz, es esta página que el sencillo papa escribió en octubre de 1962, en vísperas de iniciarse la Asamblea Ecuménica de la Iglesia, que tantas veces he recordado – y citado – en estos 50 años

“Compendio de grandes gracias hechas a quien tiene poca estima de sí mismo, pero recibe las buenas inspiraciones y las aplica con humildad y confianza.
Primera gracia. Aceptar con sencillez el honor y el peso del pontificado, con alegría de poder decir que no hizo nada, y es más, con un interés cuidadoso y consciente por mi parte de no hacer nada que pudiera atraer la atención sobre mi persona; muy contento en medio de las variaciones del Cónclave cuando veía algunas posibilidades de disiparse en mi horizonte y centrarse en otras personas, a mi juicio, verdaderamente dignas y venerables.
Segunda gracia: Hacerme aparecer como sencillas y de inmediata ejecución algunas ideas nada complejas, sino sencillísimas, pero de vasto alcance y responsabilidad frente al porvenir, y con éxito inmediato. ¡Qué expresiones estas! ¡Acoger las buenas inspiraciones del Señor “con sencillez y confianza”!
Sin haber pensado antes en ello, saca a relucir en un primer diálogo con mi Secretario de Estado, el 20 de enero de 1959, las palabras: Concilio Ecuménico, Sínodo diocesano, revisión del Código de derecho Canónico, en contra de toda suposición o imaginación mía en este mundo. El primer sorprendido de esta propuesta fui yo mismo, sin que nadie me hiciera indicación al respecto. Y decir que luego todo me pareció tan natural en su inmediato y continuo desarrollo…
Después de tres años de preparación, laboriosa ciertamente, pero también feliz y tranquila, aquí estoy ya a los pies de la santa montaña.
Que el Señor me sostenga para llevar todo a buen término”.

4. ¿Quién era realmente este hombre que marcó una singladura en la vida de la Iglesia, un “antes” y un “después”, dicen los expertos?
Con fecha de ayer (2 de junio) L’Osservatore Romano publica una amplia entrevista con Loris Capovilla, que todavía vive con mente lúcida cercano a los 98 años: “A colloquio con l'arcivescovo Loris Francesco Capovilla a cinquant'anni dalla morte di Giovanni XXIII, Un Papa di carne, di Carlo Di Cicco”.
Para deleite mío vuelvo a aquella semblanza que en 1997 escribió Loris Capovilla del Papa de santa memoria, que entonces no había sido beatificado (lo sería el 3 de septiembre de 2000), un folleto que en portada, con el nombre de Loris Capovilla, dice simplemente: JUAN XXIII (San Pablo, 2ª edición, Tlaquepaque, Jal. 2003).
Este Papa, que abría una era nueva en la Iglesia, ¿fue un revolucionario?

Tradición y renovación. Angelo Giuseppe Roncalli ha sido el cristiano y el sacerdote de la tradición. No tenía dificultad alguna en rechazar la etiqueta de revolucionario que más de uno le quiso poner. Sin embargo, si por revolución queremos entender la obra atenta y de largo alcance, llevada a cabo por hombres honestos, para abrir brechas olvidadas o desconocidas de unidad y de paz, para determinar nuevos horizontes socio-comuni­tarios más de acuerdo con la verdad, la libertad, la justicia y el amor (los cuatro ejes de la Pacem in tenis), estamos de acuerdo, decimos que sí fue un revolucionario. En este sentido hay quien afirma que el período luminoso de Juan XXIII, porque supo interpretar plenamente para la Iglesia los signos de los tiempos, divide la historia de la Iglesia en antes y después de él” (Loris Capovilla, Juan XXIII, 12).
Al lector interesa por estas cosas de Iglesia, que son “cosas nuestras”, cosa mía, le brindo la semblanza que diseña Loris Capovilla sobre Juan XXIII como Sucesor de Pedro, en el folleto citado (pp. 48-56).

Loris Capovilla
Cómo vio en su semblanza al Sucesor de Pedro

Sucesor de Pedro
Quien pretenda escribir acerca de Angelo Giuseppe Roncalli, Papa, tendrá la impresión de intuir el secreto de su alma, pero ¡qué va!, las palabras no alcanzan a expresar las olas tumul­tuosas de sentimientos y emociones fuertes.
Refiriéndonos al genio pastoral de que estaba dotado y a la determinación de su servicio pontifical, podemos considerar tres signos carac­terísticos de su espíritu:
Fortaleza paciente,
amor confiado,
servicio profético.

Fortaleza paciente
Nadie puede imaginarse un Papa Juan con la espada desenvainada, pero tampoco en actitud de sumisión, interesado en cultivar cierto eclecticismo estético y sentimental. Era suficiente verlo una sola vez para quedar conquistados. Su apariencia personal expresaba fuerza, bondad y ejercía una fascinación irresistible. Se sentía uno empujado a salirle al encuentro para abrazarlo, a pesar de aquel cierto pudor que sugería su persona aureolada de majestad. Lucía en su rostro y en las manos las señales características de los hombres maduros acostumbrados a la fatiga y abnegación. Natural­mente esquivó a los inútiles convencionalismos, era fiel a los buenos modales que conciliaban las exigencias del protocolo con la sinceridad de los sentimientos. El sentirse uno a gusto ante él no daba, sin embargo, la familiaridad como para decirle todo lo que nos pasara por la mente. Era de voz entonada y varonil que penetraba en lo más profundo del alma; sus ojos escudriñaban más para establecer un contacto inmediato de espíritu a espíritu que para juzgar. Daba la impresión de no temer nuestros límites y faltas, ni temer a los hombres cultos, y daba la impresión de no tener prisa por la conversión de los demás.
Era un hombre que durante toda la vida se ejercitó en la virtud natural y sobrenatural de la fortaleza, la cual consolida al alma en su lucha por conseguir un bien difícil, sin dejarse abru­mar por el temor, así fuera el miedo a la misma muerte.
El bien difícil por alcanzar en la perfecta conformidad de la débil voluntad humana con la voluntad de Dios; es poseer a Dios, alcan­zar la santidad, el servicio al prójimo. El fuerte emprende y soporta empresas arduas con decisión, valor y constancia. El bautisterio de la catedral de Bérgamo es una joya del siglo XIV, diseñado por Giovanni di Campione. Es un octágono en cuyos lados se levantan figuras que simbolizan las virtudes cristianas: fe, esperanza, caridad, templanza, justicia, prudencia, fortaleza.
Me parece que oigo la voz del Papa Juan: le gustaba mucho describir este bautisterio, que en su conjunto es una catequesis: "Tres estatuas representan a las tres virtudes teologales, las otras cuatro a las cardinales. Adivinen: ¿qué representa la octava? La paciencia. Recuérdenlo. Ubi patientia ibi laetitia. En donde hay paciencia allí también hay alegría. No podemos ir a Dios sin la luz de estas siete lámparas: las virtudes teologales y cardinales, ni mantener firme la madeja de nuestro destino sin cultivar la pa­ciencia.
Quien haya conocido de cerca al Papa Juan, estará de acuerdo en decir que él practicó los tres grados de paciencia de manera inminente: primero aceptó de las manos de Dios el dolor y las privaciones sin lamentaciones; luego las abrazó con resolución para conformarse mejor a Cristo; finalmente, anheló beber el cáliz de las contrariedades. Es decir, una fortaleza paciente. Los así llamados "valientes" que alzan la voz y manotean, que se ufanan o pretenden superar toda dificultad, en el fondo no son más que megalómanos, es decir, gentes con delirio de grandeza.
En las pequeñas como en las grandes empresas, el Papa Juan le dejaba al Señor la última palabra, y en esto tuvo que resistir a los propios impulsos generosos de su corazón. "El valor – decía – se ejercita cuando están en peligro los supremos intereses del alma y no las mezquinas rivalidades de casta o el deseo, aún legítimo, de una satisfacción personal".

Amor confiado
Cuando, durante la lectura, encontraba un pensamiento que valoraba como patrimonio de su misma alma, lo transcribía en un cuaderno que tenía a la mano. He aquí uno particularmente significativo de Antonio Rosmini: "Jesucristo no alabó nunca las cualidades del ingenio sino más bien las del corazón. El ingenio es también una cualidad del demonio, del ser más maligno; lo que no ocurre con el corazón. Los hombres aman más al corazón noble que a la inteligencia. Por eso, incluso en el mundo, los más grandes genios son considerados como peligrosos y, con frecuencia, tienen muchos enemigos; en cambio quienes tienen un buen corazón son amados por todos".
Estamos hechos para amar: lo exige la naturaleza, las relaciones de fraternidad humana y cívica, la vocación cristiana.
El Concilio ecuménico inaugurado el 11 de octubre de 1962, con mensajes dirigidos a todo el mundo, ha sido en su desarrollo una continua profesión de amor. No temas: amor que no ha tenido pretensiones de ser correspondido, sino que ha irradiado gratuitamente la luz de la verdad y de fraternidad ofrecida a todos los pueblos. Pues es esta la orden del Señor: evangelizar al precio que sea.
Aprovechando la brecha abierta por Juan XXIII, sus sucesores Pablo VI y Juan Pablo II se hicieron peregrinos intercontinentales para llevar a los pueblos el homenaje de su respeto y el don de su amistad; han continuado y continúan dirigiéndose a los gobernantes de toda orien­tación ideológica con impresionante frecuencia, intentándolo todo con tal de convencer a los hombres para que busquen los caminos de la persuasión, del diálogo, del coloquio en orden a la solución de los grandes problemas sociales y culturales, políticos y económicos que angustian a toda la humanidad.
Cuando, en el ejercicio de nuestros deberes no tenemos delante de los ojos las biena­venturanzas evangélicas ni el capítulo 13 de la primera Carta a los Corintios: "Aunque mi fe fuera tan grande como para trasladar montañas, si no tengo amor nada soy" (lCor 13,2), nos engañamos a nosotros mismos y fallamos en nuestra vocación que es la de ser sal, luz, levadura.
Durante bastante tiempo, después de que murió el Papa Juan yo continué diciendo y escri­biendo que lo habían amado todos. Pensaban como yo, entre muchos otros, Tommaso Gallarati Scotti, Francois Mauriac, Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II. Pero, un día, una voz amiga me puso en la realidad, me advirtió que no debía quitarle la aureola de los auténticos discípulos de Cristo: "Si el mundo los odia, sepan que antes me han odiado a mí" (Jn 15,28).
Y, sin embargo, es verdad. El Diario del alma nos descubre el velo acerca de dolores inefables, prácticamente tenidos en secreto. La crónica diaria de su servicio no fue registrado sólo y siempre en expresiones de gratitud. Tuvo también oposiciones y críticos mezquinos e injustos. Debo decir, sin embargo, él no dejó escapar nunca una palabra de amargura, un juicio negativo sobre ningún adversario.
Considero que vale más el testimonio del Cardenal Agustín Bea que el mío: "En más de una ocasión él me habló de sus dificultades en relación con muchas personas, dificultades que le causaban un verdadero sufrimiento. Sin embargo, nunca se quejó ni expresó ningún juicio duro soportándolo todo, no solamente con paciencia y tolerancia, sino también esforzándose sinceramente por entender y disculpar. [...] Más de una vez me di cuenta de cómo era consciente de que tal oposición y resistencia a sus planes y deseos era injusta y tenía efectos negativos; pero él nunca dudó de la buena fe y la buena voluntad de las personas involucradas. Las excusaba, buscaba una explicación de las acciones y sus motivos de la mejor manera y trataba a las personas con paciencia y caridad paternas. Jamás salí de alguna audiencia que me concediera, sin quedar profundamente impresionado por su carácter: era de visión amplia, tolerante, indulgente y, sin embargo, muy fuerte, inflexible en sus principios e intenciones".
El mensaje de amor del Papa Juan ha sido recogido. Como Abraham, él también ha creído contra toda humana esperanza y como los grandes personajes de la historia sagrada ha rechazado las armas de la sabiduría humana, "Estoy dispuesto a soportarlo todo - escribió esto en una correspondencia del 3 de octubre de 1938 – hasta a llegar al peripsema, es decir, hasta el rechazo de los hombres, con tal de que se consoliden los principios del Evangelio". Quien echa el ancla en el Evangelio, aunque haya si­do un pobre pecador, un iluso engañado con falsas promesas, tiene la certeza de que saldrá adelante.

Servicio profético
Quien cree en Dios y en el misterio de la encarnación del Verbo y tiene la visión completa del río humano que fluye en el tiempo hacia la eternidad, no se para en las naderías de aquí abajo, sino que se sirve de todos los medios válidos para alcanzar el fin último. Sentirse siempre como servidor obediente, fue el habitual estado de ánimo del Papa Juan.
No vivimos sólo para nosotros mismos, no hemos recibido carismas y gracias particulares para disfrutarlas en delicioso aislamiento. Nada es nuestro de manera exclusiva. Lo que ter amos está en función de la "utilidad común" 1Cor 12,7). Hemos sido llamados a cooperar con Cristo y con los hermanos en la construcción de toda la Iglesia, orientados hacia el futuro y no replega­dos en una inmovilizadora nostalgia sobre pergaminos que narran la historia antigua.
Vuelvo a escuchar la voz del Papa Juan que repetía con insistente frecuencia: "A muchos nos sucede que somos llamados a cumplir tareas distintas de las que habíamos imaginado".
Aparece siempre el mismo santo Simeón a las puertas del Templo, en el acto de observar el horizonte en espera de la misteriosa consolación prometida.
Me viene el recuerdo del Papa Juan, así como ha quedado grabada su imagen en los ojos de tantos, a las puertas de la basílica Vaticana con el gesto de acoger entre sus brazos a la Iglesia Universal y a toda la humanidad que nutre. Y me llegan a la mente las palabras por las cuales Francois Mauriac, impactado con el discurso inaugural del Concilio concluyó, en octubre de 1962, un ensayo autobiográfico sobre su propio camino hacia la fe: "...el Papa Juan XXIII ha pronunciado las palabras de misericordia que yo siempre he deseado de Roma y las ha dicho en presencia de nuestros hermanos separados. En medio de tanto esplendor glorioso él ha sabido casi desaparecer, de tal manera que, a través del anciano, es el Espíritu mismo, el Espíritu de amor y consuelo, el que ha hablado al mundo...por primera vez, después de mi juventud, el Espíritu se manifiesta, al menos a mí, visiblemente. La única fuerza que puede dominar por encima de cualquier otro poder, hoy se encuentra en Roma. Pedro ya no es un anciano aislado. Lo veo rodeado de todos sus hijos, incluso de aquellos que le habían pedido su parte de la herencia y se habían alejado de él. Y, he ahí que él ya no pronuncia anatemas, no maldice, y todas las naciones voltean sus miradas hacia la proa de la vieja barca, asombrados ante la aparición de este pescador de hombres".

* * *
Hasta aquí Loris Capovilla.
Quiero concluir con el elogio que le hizo Juan Pablo II en el día de la Beatificación, en el Jubileo del Año 2000 (3 de septiembre), al diseñar estos rasgos en la homilía:

En suma, a Cristo Jesús sea toda gloria.

Guadalajara, Jalisco, 3 de junio de 2013

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