miércoles, 12 de junio de 2013

413- Fin de curso, y un poema bíblico para el recuerdo



Fin de curso, y un poema bíblico para el recuerdo


En junio termina el curso y empiezan las vacaciones estudiantiles. Los  profesores (en México, con noble palabra se dice “los maestros”), reuniones, evaluaciones, planificaciones.; capítulo aparte, la economía.
Las aulas quedan vacías, dispuestas a que el personal de mantenimiento emprenda una limpieza especial y acaso entren pintores y carpinteros, y haya que llamar al electricista.
Fin de curso que en los años de adolescencia tiene un atmósfera especial, impregnada de bellos y vagos sentimientos. Y más, si el fin del curso es en un internado, y los ojos grandes del muchacho, llenos de pureza y de ensueño, ven que un curso sale y otro va a entrar.
En mis años ya lejanos (hace sesenta) los de quinto, terminado Humanidades, partían para otro Colegio, que un poco antes de mi época era el santo Noviciado, y entonces, los cantores, en la despedida, les cantaban “El adiós del Colegio” (¡Adiós, Colegio querido, adiós…! Tu recuerdo vivirá en mi alma…). Lo había compuesto el P. Clemente de Sabero con una música que hacía llorar de nostalgia y sentimiento. Nada extraño que un compañero de mi curso en aquellas circunstancias de salida de los compañeros de quinto, cuando empezábamos a hacer poesía, dejara fluir la poesía de su corazón… De repente vienen a mi memoria versos años y años perdidos: Se fueron llorando / lágrimas de anís…  Lo de “lágrimas de anís” fue tiempo comentado…, porque de algo hay que hablar; pero estaba bien en poesía moderna…
Fin de curso, y no es quien esto recuerda y escribe haya leído “Pequeñeces”, la obra maestra del P. Luis Coloma, S.J. (1851-1914), pero en nuestro libro de “Preceptiva literaria” (tal era el título) había una despedida del Colegio, que yo recuerde, y por la magia del Internet, es dulce, nostálgico, sentimental… y bonito volver a repasar aquellas estrofas dirigidas a la Virgen del Recuerdo, Dulcísimo recuerdo de mi vida

Dulcísimo recuerdo de mi vida,
bendice a los que vamos a partir...
¡Oh Virgen del Recuerdo dolorida,
recibe tú mi adiós de despedida,
         y acuérdate de mí.

¡Lejos de aquestos tutelares muros,
los compañeros de mi edad feliz
no serán a tu amor jamás perjuros;
conservarán sus corazones puros;
         se acordarán de tí!

Mas siento al alejarme una agonía,
cual no suele el corazón sentir...
En palabras de niño, ¿quién confía?
Temo... no sé qué temo, Madre mía,
         por ellos y por mí...

Dicen que el mundo es un jardín ameno,
y que áspides oculta a ese jardín...
Que hay frutos dulces de mortal veneno,
que el mar del mundo está de escollos lleno...
         ¿Y por qué serán así?

Dicen que de esta vida los abrojos
quieren trocar en mundanal festín;
que ellos, ellos motivan tus enojos,
y que ese llanto de tus dulce ojos
         ¡lo causan ellos, sí!

Ellos, ¡ingratos!, de pesar te llenan
¿Seré yo también sordo a tu gemir?
¡No! Yo no quiero frutos que envenenan,
no quiero goces que a mi madre apenan,
         ¡No quiero ser así!

Y mientras yo responda a tu reclamo,
mientras me juzgue con tu amor feliz,
y ardiendo en este afecto en que me inflamo,
te diga muchas veces te amo,
         ¿te olvidarás de mí?

¡Ah, no, dulce recuerdo de mi vida!
Siempre que luche en religiosa lid,
siempre que llora mi alma dolorida,
al recordar mi adiós de despedida,
         ¡te acordarás de mí!

Y en retorno de amor y fe sincera
jamás sin tu recuerdo he de vivir.
Tuya será mi lágrima postrera...
¡Hasta que muera, Madre; hasta que muera
         me acordaré de ti!

Tu en pago, Madre, cuando llegue el plazo
de alzar el vuelo al celestial confin,
estrechándome a ti con dulce abrazo,
no me apartes jamás de tu regazo.
         ¡No me apartes de ti!

* * *
Hoy, desde la cima, - con una cuenta un poquito más arrimada a los 80 que a los 70, con el rostro iluminado por el aura del más allá, la Escritura en mis manos, empedernido Soñador del Amor, que es la juventud del Evangelio…, - al cerrar el curso del Pentateuco y Libros Históricos del Antiguo Testamento he tenido un sentimiento de maestro y padre para esos 32 discípulas y discípulos – o, sencillamente, alumnos – que me han escuchado con benevolencia, les he hecho un regalo:  en una especie de estampa recordatorio les entregado  a cada uno unos versos sencillos para que en la vida se enamoren más y más de la Divina Escritura.
También te los dedico a ti, amable lectora  No son versos repentinos; son, en su contenido, aunque escritos a vuela máquina, versos posados y reposados. Para ti, para mí (¡ojalá!), y para quienes me leen en “El Mensajero de San Antonio” (Zaragoza, España):
Los buenos conocedores
de la Sagrada Escritura
no son los que han devorado
montón de literatura:
tratados y comentarios
de sabios de gran altura,
sino aquel que día a día
con humildad y ternura
se adentra poquito a poco
guiado en esta espesura,
toma la página sacra,
lee, medita y escucha.

Te lo digo a ti, estudiante:
si lees con alma pura,
muy contrito y deseoso
de la divina hermosura,
entonces verás radiante
que la Biblia transfigura:
el Verbo escrito es semilla
que en ti germina y madura.


Guadalajara, Jalisco, 12 junio 2013

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Gracias Por Existir.En El Colegio Aprendiamos De Memoria Estas Bellas Poesias

Publicar un comentario en la entrada

 
;