jueves, 20 de junio de 2013

417. Domingo XII C La pregunta esencial: ¿Quién es Jesús?




Homilía para el domingo XII del tiempo ordinario, ciclo C
Lc 9,18-24


Texto evangélico:
Una vez que Jesús estaba orando solo, le acompañaban sus discípulos y les preguntó: “¿Quién dice la gente que soy yo?” Ellos contestaron: “Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros dicen que ha resucitado uno de los antiguos profetas”. Él les preguntó: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”
Pedro respondió: “El Mesías de Dios”
Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie, porque decía: “El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día”.
Entonces decía todos. “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará”.

Hermanos:
1. Estamos en el Año de la Fe. Lo abrió el Papa Benedicto XVI el día 11 de octubre del año pasado, fecha que nos recordaba los 50 años del comienzo del Concilio Vaticano II (11 octubre 1962), y concluirá el último domingo de noviembre de este año con la solemnidad de Jesucristo Rey del universo. “¿Quién es Jesús?” es la pregunta esencial de la fe cristiana, que no la podemos responder al instante como quien se sabe la lección antes de que le pregunten. Para responder, tenemos que tomar conciencia de la gravedad de la pregunta y de la seriedad que debe tener cualquier respuesta.
Hemos de captar, de la mano del Evangelio de Lucas, la solemnidad, la transcendencia de lo que Jesús pregunta, y en qué circunstancias de su vida lo hace. De hecho, un estudioso atento del Evangelio puede decir que aquí tenemos una divisoria de la vida Jesús: antes de la pregunta y después de la pregunta.

2. Jesús estaba en oración. La pregunta que va a hacer es el fruto de su oración ante el Padre. Después de la respuesta Jesús va a prohibir terminantemente que no se diga a nadie lo que Pedro ha confesado. Estamos ante el secreto último de Jesús.
Si Jesús hace esa pregunta a los apóstoles, es porque él mismo se ha hecho a sí esa pregunta ante Dios: Yo, ¿quién soy?, ¿qué es mi vida?, ¿a qué aspiro?, ¿qué significa triunfo o fracaso?, ¿cuál es mi futuro?
Ninguna de estas cosas es evidente. Todo es pura revelación del Dios santo y soberano. Son las preguntas del ser, las preguntas de la existencia que todo peregrino de Dios se las hace a sí mismo, al nivel que alcance. Venimos al mundo con esas preguntas y algún día tienen que explotar.
Jesús pregunta después de haberse respondido a sí mismo. El misterio de su humanidad, fundida con su divinidad está absolutamente vedado a nosotros, al análisis con que nosotros vanamente quisiéramos sondear el fondo de su humanidad.
Es una pregunta que surge de la oración y que, al ser respondida, tiene que revertir a Dios en oración. “Soy un misterio para mí mismo”, dijo el Padre Pío, San Pío de Pietrelcina, hablando de su propio caso.
Efectivamente, la intimidad del ser es misterio para todo humano, y solo en una abandono absoluto de sí mismo en el Dios de amor, llega uno a su propia identidad.

3. “¿Quién dice la gente que soy yo?”, pregunta Jesús. No es una pregunta para recibir información; es, más bien, una pregunta de contraste para definir la fe de los apóstoles, que son el inicio de la Iglesia. Bien sabe Jesús lo que piensa la gente acerca de él.
Hay un punto de coincidencia en las opiniones de la gente, sea que piensen que Jesús es Juan el Bautista, Elías o uno de los antiguos profetas que ha entrado en acción en el mundo. Lo que piensa la gente es que Jesús es único, y que es más de lo que aparece. Todas las opiniones son erradas; piensan que Jesús es otro distinto de sí mismo. Jesús – piensa la gente – es un personaje que ya existió y retorna para esta hora de Dios.
Todas estas respuestas engrandecen a Jesús, pero lo dejan fuera de su campo de acción. Jesús viene a ser el representante de otro más grande que él mismo. Evidentemente este no es Jesús. Jesús es él mismo, con una función y misión superior a la de Juan el Bautista, a la de Elías, a la de cualquier profeta.
Jesús enaltecido de este modo queda impenetrable, sin definición, sin misión propia en el campo de Dios.

4. Y entonces Jesús interpela a los suyos, a sus doce discípulos. “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”
Al hablar de esta manera, Jesús no espera una opinión más, porque entonces el horizonte último no cambiaría. Jesús está esperando una confesión definitiva. Y, en efecto, la obtiene. Pedro, voz del grupo, se adelanta y dice rotundamente: “El Mesías de Dios”
Jesús acepta la respuesta. El sentir mismo de Jesús y el sentir de Pedro coinciden; vienen del mismo Dios. Jesús es el Mesías de Dios. No es necesario saber ahora los enunciados que se pueden desprender de esta afirmación soberana. Basta, por de pronto, saber que Jesús es de Dios, viene de Dios, Dios es su razón, su misión y su destino, y no tiene par con nadie que pueda evocarse. Jesús es el que es de Dios.

5. Este sublime conocimiento de Jesús no se puede comunicar. Quien haya de saberlo lo sabrá por la misma comunicación divina que están recibiendo los apóstoles. Con este conocimiento no se puede hacer propaganda.
Pero Jesús ahora va a precisar su identidad, el contenido sagrado de lo que Pedro acaba de profesar.
El Hijo del hombre – continúa Jesús – es el rechazado, ejecutado y resucitado. Eso es lo que acaba de decir Pedro, aunque Pedro todavía no lo sepa. El que El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día no es una eventualidad accidental de su vida. Pertenece a su ser de “El Mesías de Dios”.
Es la identidad histórica de Jesús, la identidad de la misión que ha traído desde el corazón del Padre.

6. Ahora el texto sagrado sigue con una llamada a todos los discípulos a integrarse en esta órbita o espiral de El Mesías de Dios: Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga.
La pregunta de “¿Quién es un cristiano?” se funde con la pregunta de “¿Quién es Jesús? - ¿Cuál es la identidad de Jesús?”.

7. Estamos, hermanos, en el centro ardiente de la teología cristiana. La pregunta esencial de un teólogo sigue siendo esta: ¿Quién es Jesús?
De la respuesta a esta pregunta depende la vida de la Iglesia, y pende igualmente mi vida cristiana.
Nuestra respuesta, que no es un dictado de los labios, sino que brota de nuestra existencia entera, de las raíces de nuestro ser, es ésta:
Jesús, tú eres el Mesías de Dios,
Tú eres el Hijo de Dios,
Tú eres mi Dios,
Y yo soy tu discípulo. Amén.

Guadalajara, Jalisco, jueves 20 junio 2013.

1 comentarios:

Antonio Avila dijo...

Dios le bendiga Padre Rufino!!!.... y María Nuestra Madres sea su Socorro y le lleve al corazón de Dios.

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