viernes, 21 de junio de 2013

418. Mi Canto a Pablo VI



Pablo VI, Papa 1963-1978
Al recordarlo a los 50 años de su elección



Hoy hace 50 años fue elegido Papa el cardenal obispo de Milán Juan Bautista Montini. Era el 21 de junio de 1963, a los 18 días de la muerte de Juan XIII. Fueron 15 años de pontificado. Recuerdo su elección, recuerdo su tránsito al Padre en la fiesta de la Transfiguración del Señor, 5 de agosto de 1978. Recuerdo que en esta última fecha, lleno de emoción, escribí algo.
Hoy en Roma sale a la luz un extraordinario de L’Osservatore Romano, de 100 páginas, evocando la memoria de esta gran figura de la Iglesia, de quien cualquier día sonará el Decreto de Beatificación. Será Beato y luego Santo.
En ese número extraordinario, como colofón, hay también una pieza extraordinaria: la homilía que el arzobispo de Munich pronunció en la catedral en las honras fúnebres que la diócesis. La homilía se publicó el boletín diocesano, pero no pasó de ahí. Hoy esta homilía es todo un monumento. La acaba de publicar ayer L’Osservatore Romano. El arzobispo de Munich era Joseph Ratzinger. La predicación es una pieza maestra, explicando transfiguración con vida y muerte de Pablo VI. En griego – decía el arzobispo – la transfiguración es la metamorfosis, la transformación. Y aquí se desenvolvía el arzobispo teólogo. Explicaba cuál fue la ininterrumpida transformación de Juan Bautista Montini. De pronto contó algo que hoy, al leerlo, nos deja atónitos, y acaso da con el misterio de la vida del propio Benedicto XVI. “Sabemos que antes de su 75 cumpleaños, y también antes de su octogésimo, luchó intensamente con la idea de retirarse. Y podemos imaginar cuán pesado tuvo que ser el pensamiento de no pertenecerse de ninguna manera a sí mismo; de no tener un momento privado, de estar encadenado, hasta el fin, con el propio cuerpo que va cediendo, a una tarea que exige, día tras día, la plena y viva dedicación de todas las fuerzas de un hombre. … No tenía ningún placer en el poder, en la posición, en la carrera lograda; y justo por eso, siendo la autoridad un encargo soportado – “te llevará adonde no quieras” – ha sido grande y creíble”. Estas palabras, leídas después de la enuncia de Benedicto XVI, parecen descubrirnos un secreto latente en este otro magno pontífice.

* * *

He leído que Pablo VI es el mayor papa del siglo XX. Díganlo los historiadores con una visión amplia de la historia de la Iglesia y del mundo; mis conocimientos no alcanzan. Posiblemente tampoco esto podrá ser certificado, porque es propio de hombres inteligentes disentir con pareceres distintos sobre los mismos hechos y situaciones.
Como humilde cristiano puedo decir algo más importante para mí: que en su pontificado y después Pablo VI ha habitado en mi vida con una sintonía entrañable. Confieso paladinamente mi devoción intelectual hacia él. ¿Qué es lo que me identificaba con su estilo? Su modernidad mental (en medio de su gran timidez), su humanismo estremecido, su amor amor paulino a Jesús, su amor esponsal a la Iglesia.
Cuando murió me quedé con dos recuerdos como emblema de su pontificado: Gaudete in Domino y Pensiero a la norte. Dicen que “il suo capolavoro” es la exhortación apostólica “Evangelii nuntiandi”. Bellísima, sí, y enamorada; pero bellísima igualmente es su primera encíclica, Ecclesiam suam (Su Iglesia, la Iglesia de Jesús), cuando este Papa tímido abre sus brazos al mundo y dice a la Iglesia una palabra: el diálogo. El diálogo con la modernidad, sin ceder nuestra fidelidad a Cristo.

* * *
Ratzinger decía, en la citada homilía, que Pablo VI no fue esclavo de la “telecracia” ni de la “demoscopia”. Su amor a la Iglesia y al mundo estaban muy por encima de la opinión que va y viene.
Pablo VI fue a las Naciones Unidas. Momento inolvidable cuando se presentó como un “experto de humanidad” y cuando ante aquel foro del mundo citó al profeta Isaías: “De las espadas forjarán arados; de las lanzas podaderas”.
Pablo VI ha sido consuelo en mi corazón. Pablo amaba a la Iglesia con un amor que contagia; vibraba por Jesús… “Yo nunca me cansaría de hablar de él; él es la luz, la verdad, más aún, el camino, y la verdad, y la vida; él es el pan y la fuente de agua viva, que satisface nuestra hambre y nuestra sed; él es nuestro pastor, nuestro guía, nuestro ejemplo, nuestro consuelo, nuestro hermano. Él, como nosotros y más que nosotros, fue pequeño, pobre, humillado, sujeto al trabajo, oprimido, paciente. Por nosotros habló, obró milagros, instituyó el nuevo reino en el que los pobres son bienaventurados, en el que la paz es el principio de la convivencia, en el que los limpios de corazón y los que lloran son ensalzados y consolados, en el que los que tienen hambre de justicia son saciados, en el que los pecadores pueden alcanzar el perdón, en el que todos son hermanos…” (En Manila, 29 nov. 1970).

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Algunos pensaron que Pablo VI, abrumado ante el sesgo que iban tomando las cosas, terminó con  un rictus de tristeza que anubló el final de su pontificado. Leyéndole a él, no es cierto. Cuando su vida caminaba a la cumbre, Pablo VI nos dejó, como una joya, una Canto a la Alegría. Lo decía como un testimonio y seguramente saliendo al paso de valoraciones que se hacían de su talante. Y cuando lo leí me impresionó mucho:

“Ciertamente el ministerio de la reconciliación se ejerce, incluso para Nos mismo, en medio de frecuentes contradicciones y dificultades, pero él está alimentado y va acompañado por la alegría del Espíritu Santo. De la misma manera podemos justamente apropiarnos, aplicándola a toda la Iglesia, la confidencia hecha por el apóstol san Pablo a su comunidad de Corinto: «ya antes os he dicho cuán dentro de nuestro corazón estáis para vida y para muerte. Tengo mucha confianza en vosotros... estoy lleno de consuelo, reboso de gozo en todas nuestras tribulaciones» (2Cor 7,3-4)” (Gaudete in Domino, 3).

* * *
Hace tres años, con ocasión del aniversario de la muerte, escribí un himno (Puebla de los Ángeles, 5 agosto 2010), que lo puse en mercaba.org (Rufino María Grández / El pan de unos versos / Flos Sanctorum, al final). En esta oportunidad me place recogerlo con el mismo amor con que lo escribí.

Siervo de Dios
Pablo VI, Papa
(pro eius beatificatione,
+ Transfiguración del Señor 1978)

Pablo VI (1897-1978), Papa humilde, sabio y santo.

Pablo VI, que puso firma a todos los documentos del Concilio. Su memoria sea bendita por los siglos. Pensando en su muerte (Pensiero alla norte) había escrito, después de profesar su amor a Cristo:
“…Por tanto ruego al Señor que me dé la gracia de hacer de mi muerte próxima don de amor para la Iglesia. Puedo decir que siempre la he amado; fue su amor quien me sacó de mi mezquino y selvático egoísmo y me encaminó a su servicio; y para ella, no para otra cosa, me parece haber vivido. Pero quisiera que la Iglesia lo supiese y que yo tuviese la fuerza de decírselo, como una confidencia del corazón que sólo en el último momento de la vida se tiene el coraje de hacer.
Quisiera finalmente abarcarla toda en su historia, en su designio divino, en su destino final, en su compleja, total y unitaria composición, en su consistencia humana e imperfecta, en sus desdichas y sufrimientos, en las debilidades y en las miserias de tantos hijos suyos, en sus aspectos menos simpáticos y en su esfuerzo perenne de fidelidad, de amor, de perfección y de caridad. Cuerpo místico de Cristo. Querría abrazarla, saludarla, amarla, en cada uno de los seres que la componen, en cada obispo y sacerdote que la asiste y la guía, en cada alma que la vive y la ilustra; bendecirla. También porque no la dejo, no salgo de ella, sino que me uno y me confundo más y mejor con ella: la muerte es un progreso en la comunión de los Santos”.
En abril de 2010, celebrando mi Jubileo Sacerdotal, en San Pedro visité la tumba lisa de Pablo VI. Estaba discretamente solitaria. Me arrodillé y deposité una rosa. Hoy deposito este poema, que es una rosa de oración.
¡Recógela en tu mano, querido Papa, luz y alegría de mi sacerdocio!

“La Iglesia ha de saber cuánto la amo,
y quiero yo tener la valentía
la audacia de decírselo al oído
a ella, amada mía, esposa mía”.

También nosotros, Papa amabilísimo,
queremos con la misma parresía,
decirte nuestro amor, que no se extingue,
a ti, hermano Pablo, lumbre y guía.

¡Qué sabio y grande, Padre, en tu humildad,
qué luz en tu mirada y qué armonía,
qué tímida bondad en tu elegancia
y en mano alzada cuando bendecías!

Curvado en cruz, Jesús fue tu cayado,
y tu pasión por él ¡qué roja ardía!;
quisiste tú una Iglesia anunciadora,
y el diálogo leal fue tu consigna.

Quisiste un gran abrazo para el mundo,
que la ternura fue tu cortesía,
y en Foro de Naciones anunciabas
la paz con las palabras de Isaías.

¡Levántate en las palmas del amor,
de donde yaces en la tumba lisa!
Con el Transfigurado de tu Tránsito
queremos verte con Moisés y Elías!

¡A Cristo solo cuanto él merece,
a Cristo amor, incienso y pleitesía,
a Cristo con sus ángeles y santos,
que en ellos su hermosura mora y brilla! Amén.

In corde Iesu,
in corde ecclesiae.
Guadalajara, Jalisco, 21 junio 2013.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

HERMOSÍSIMO!!! GRACIAS :)

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