martes, 25 de junio de 2013

419. Mi Canto a Pablo VI – y II



Una nueva palabra para la Iglesia:
el diálogo con los hombres de este mundo, amado por Dios


Vuelvo sobre el querido Pablo VI, Siervo de Dios.
Al eco de los pensamientos anteriores he leído y saboreado su primera encíclica, Ecclesium suam, que está fecha en el día de la Transfiguración del Señor (1964), al año de su elección para ocupar la Sede de Pedro. Páginas escritas hace medio siglo, más con los latidos de su corazón que con el pulso de sus dedos, que trazan camino y estilo para la Iglesia, y que parecen para propiciar la nueva era que quiere avecinarse. El corazón intuye y acierta con la verdad; luego la red de tantas pasiones que se entrecruzan retardan, e incluso impiden, un proyecto tan bello y tan puro.
Me fijaré en la parte postrera de la encíclica: el diálogo. Es para aplicarlo a la Iglesia como comunidad de Jesús, a mí mismo como discípulo de Jesús.

El tímido Pablo VI rompe la barrera de su pudor natural para brindarse a sí mismo como hombre de diálogo, como Papa del diálogo con la modernidad.
Este era el talante del Papa: abrazar al mundo con inmensa ternura, entrar en lo que llamó “el coloquio de la salvación”. Precisará con detalle el cariz de un diálogo, que para nada esconde una solapada arrogancia ni un afán de superioridad, pero sí la humilde certeza de caminar en la verdad, que mi hermano puede enriquecer.

Este diálogo, que es un diálogo de amor, nació en el seno de Dios, que es relación trinitaria y donación gratuita al mundo, y tiene unas “sublimes características”.  He aquí unas frases, que el Papa desarrolla.
“El diálogo de la salvación fue abierto espontáneamente por iniciativa divina…
El diálogo de la salvación nació de la caridad, de la bondad divina…
El diálogo de la salvación no se ajustó a los méritos de aquellos a quienes fue dirigido, como tampoco por los resultados que conseguiría o que echaría de menos…
El diálogo de la salvación no obligó físicamente a nadie a acogerlo…” (n. 30).
Una de las páginas más felices es la siguiente, hablando de las cuatro características que ha de tener el diálogo, el arte del diálogo con nuestros hermanos los hombres, con cualquier cultura ajena al bagaje de mis conocimientos. Necesitamos anotarlas, rumiarlas y aprenderlas.
“El coloquio es, por lo tanto, un modo de ejercitar la misión apostólica; es un arte de comunicación espiritual. Sus caracteres son los siguientes:
1) La claridad ante todo: el diálogo supone y exige la inteligibilidad: es un intercambio de pensamiento, es una invitación al ejercicio de las facultades superiores del hombre; bastaría este solo título para clasificarlo entre los mejores fenómenos de la actividad y cultura humana, y basta esta su exigencia inicial para estimular nuestra diligencia apostólica a que se revisen todas las formas de nuestro lenguaje, viendo si es comprensible, si es popular, si es selecto.
2) Otro carácter es, además, la afabilidad, la que Cristo nos exhortó a aprender de El mismo: Aprended de Mí que soy manso y humilde de corazón; el diálogo no es orgulloso, no es hiriente, no es ofensivo. Su autoridad es intrínseca por la verdad que expone, por la caridad que difunde, por el ejemplo que propone; no es una mandato ni una imposición. Es pacífico, evita los modos violentos, es paciente, es generoso.
3) La confianza, tanto en el valor de la propia palabra como en la disposición para acogerla por parte del interlocutor; promueve la familiaridad y la amistad; entrelaza los espíritus por una mutua adhesión a un Bien, que excluye todo fin egoísta.
4) Finalmente, la prudencia pedagógica, que tiene muy en cuenta las condiciones psicológicas y morales del que oye: si es un niño, si es una persona ruda, si no está preparada, si es desconfiada, hostil; y si se esfuerza por conocer su sensibilidad y por adaptarse razonablemente y modificar las formas de la propia presentación para no serle molesto e incomprensible.
Con el diálogo así realizado se cumple la unión de la verdad con la caridad y de la inteligencia con el amor” (31).

Avanzando en su discurso, Pablo VI, esteta de la palabra tiene un bellísimo párrafo para recordarnos que para transmitir el mensaje de Jesús – lo que nosotros hemos llamado “las hermosas palabras del Señor” – tiene la primacía la predicación. Así lo hizo Jesús mismo. Consignas que recojo con  íntimo gozo en el cuadro de las intenciones que pretende el presente blog, consciente de que la técnica, que nos abre una red mundial de posibilidades, es superada por la misma palabra, alentada por el corazón.
“Ninguna forma de difusión del pensamiento, aun elevado técnicamente por medio de la prensa y de los medios audiovisivos a una extraordinaria eficacia, puede sustituir la predicación. Apostolado y predicación en cierto sentido son equivalentes. La predicación es el primer apostolado. El nuestro, Venerables Hermanos, antes que nada es ministerio de la Palabra. Nosotros sabemos muy bien estas cosas, pero nos parece que conviene recordárnosla ahora, a nosotros mismos, para dar a nuestra acción pastoral la justa dirección. Debemos volver al estudio no ya de la elocuencia humana o de la retórica vana, sino al genuino arte de la palabra sagrada.
Debemos buscar las leyes de su sencillez, de su claridad, de su fuerza y de su autoridad para vencer la natural ineptitud en el empleo de un instrumento espiritual tan alto y misterioso como la palabra, y para competir noblemente con todos los que hoy tienen un influjo amplísimo con la palabra mediante el acceso a las tribunas de la pública opinión. Debemos pedir al Señor el grave y embriagador carisma de la palabra (Jeremías 1,6), para ser dignos de dar a la fe su principio eficaz y práctico, y de hacer llegar nuestro mensaje hasta los confines de la tierra” (n. 34).

En fin, un párrafo exquisito dedicado al diálogo dentro de la Iglesia – y, por aplicación, en esta célula pequeña, que es una comunidad religiosa, viva y despierta para los intereses de Dios y del mundo, de los hijos de Dios.
“Y, finalmente, nuestro diálogo se ofrece a los hijos de la Casa de Dios, la Iglesia una, santa, católica y apostólica, de la que ésta, la romana es "mater et caput". ¡Cómo quisiéramos gozar de este familiar diálogo en plenitud de la fe, de la caridad y de las obras! ¡Cuán intenso y familiar lo desearíamos, sensible a todas las verdades, a todas las virtudes, a todas las realidades de nuestro patrimonio doctrinal y espiritual! ¡Cuán sincero y emocionado, en su genuina espiritualidad, cuán dispuesto a recoger las múltiples voces del mundo contemporáneo! ¡Cuán capaz de hacer a los católicos hombres verdaderamente buenos, hombres sensatos, hombres libres, hombres serenos y valientes!” (43).

Creo no equivocarme si digo que es una de las carencias de hoy: el diálogo familiar dentro de la Iglesia.
Sacando los más hermosos anhelos de lo profundo de su corazón, alzaba la bandera de un entusiasmo confiado y vencedor:
“Alegres y confortados nos sentimos al observar cómo ese diálogo tanto en lo interior de la Iglesia como hacia lo exterior que la rodea ya está en movimiento: ¡La Iglesia vive hoy más que nunca! Pero considerándolo bien, parece como si todo estuviera aún por empezar; comienza hoy el trabajo y no acaba nunca. Esta es la ley de nuestro peregrinar por la tierra y por el tiempo” (46).

No se puede escribir lo que aquí queda escrito, sin  ahorra exclamaciones y efusiones, si el que escribe no está transido del Espíritu de Cristo.
Por eso, hoy lo leemos y reconocemos el frescor y la fragancia de nuestra fe, que desde el corazón de Dios, nos lanza al mundo.

Guadalajara, Jalisco, 25 junio 2013.

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