lunes, 1 de julio de 2013

421. Ruptura con la Iglesia: Fraternidad San Pío X



Ruptura, al parecer definitiva, con la Iglesia Católica

El día de ayer (30 de junio de 2013) se cumplieron 25 años de la ordenación episcopal de unos obispos seguidores de Mons. Marcel Lefebrvre. Con este motivo los Obispos de esta Fraternidad tres días antes (27 de junio) dieron a conocer una Declaración determinante, que manifiesta de modo absolutamente claro cuál su postura con respecto a nuestra Iglesia Católica: rechazo del Concilio Vaticano II y adhesión a lo que ellos consideran la única Tradición milenaria de la Iglesia. Léala el interesado por sí mismo.
Antes debemos informar que a los tres días de producirse este hecho de hace 25 años, el Papa hoy beato Juan Pablo II publicó una Carta Apostólica en forma “motu proprio” en la cual, entre otras cosas, declaraba haber incurrido en excomunión de la Iglesia el obispo consagrante y los obispos consagrados, y creaba una Comisión para ver cómo se podría restablecer la comunión con este grupo y otras tendencias semejantes.
Conviene saber en qué términos se expresaba el Papa:
“La Iglesia de Dios con gran aflicción ha tenido conocimiento de la ilegítima ordenación episcopal que el arzobispo Marcel Lefebvre confirió el pasado 30 de junio, de forma que han resultado inútiles todos los esfuerzos realizados desde hace años para asegurar la comunión de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, fundada por el mismo reverendísimo monseñor Lefebvre, con la Iglesia. En efecto, para nada han servido esos esfuerzos, tan intensos de los meses pasados, con los que la Sede Apostólica ha manifestado paciencia y comprensión hasta el límite de lo posible.
2…
3. Ese acto ha sido en sí mismo una desobediencia al Romano Pontífice en materia gravísima y de capital importancia para la unidad de la Iglesia, como es la ordenación de obispos, por medio de la cual se mantiene sacramentalmente la sucesión apostólica. Por ello, esa desobediencia -que lleva consigo un verdadero rechazo del Primado romano- constituye un acto cismático. Al realizar ese acto, a pesar del monitum público que le hizo el cardenal Prefecto de la Congregación para los Obispos el pasado día 17 de junio, el reverendísimo mons. Lefebvre y los sacerdotes Bernard Fellay, Bernard Tissier de Mullerais, Richard Williamson y Alfonso de Galarreta, han incurrido en la grave pena de excomunión prevista por la disciplina eclesiástica”.
Conozcamos el documento que han escrito los Obispos de la Fraternidad San Pío X. Obsérvese, ante todo, que el documento está firmado por tres obispos, no por cuatro, dado que Richard Williamson (que se hizo mundialmente famoso por la negación del Holocausto de los Judíos) fue expulsado de la Fraternidad en octubre de 2012 por graves desobediencias en el seno de la misma fraternidad.

Declaración con ocasión del XXV aniversario de las consagraciones episcopales (30 de junio de 1988 - 27 de junio de 2013)

1- Con ocasión del XXV aniversario de las consagraciones, los obispos de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X expresan solemnemente su gratitud a Mons. Marcel Lefebvre y a Mons. Antonio de Castro Mayer por el acto heroico que realizaron el 30 de junio de 1988. En particular quieren manifestar su gratitud filial a su venerado fundador, quien, después de tantos años de servicio a la Iglesia y al Romano Pontífice, no dudó en sufrir la injusta acusación de desobediencia para salvaguardar la fe y el sacerdocio católicos.

2- En la carta que nos dirigió antes de las consagraciones, escribía: "Os conjuro a que permanezcáis unidos a la Sede de Pedro, a la Iglesia romana, Madre y Maestra de todas las Iglesias, en la fe católica íntegra, expresada en los Símbolos de la fe, en el catecismo del Concilio de Trento, conforme a lo que os ha sido enseñado en vuestro seminario. Permaneced fieles en la transmisión de esta fe para que venga a nosotros el Reino de Nuestro Señor." Esta frase expresa la razón profunda del acto que habría de realizar: "para que venga a nosotros el Reino de Nuestro Señor", adveniat regnum tuum!

3- Siguiendo a Mons. Lefebvre, afirmamos que la causa de los graves errores que están demoliendo la Iglesia no reside en una mala interpretación de los textos conciliares - una "hermenéutica de la ruptura" que se opondría a una "hermenéutica de la reforma en la continuidad" -, sino en los textos mismos, a causa de la inaudita línea escogida por el concilio Vaticano II. Esta línea se manifiesta en sus documentos y en su espíritu: frente al "humanismo laico y profano", frente a la "religión (pues se trata de una religión) del hombre que se hace Dios", la Iglesia, única poseedora de la Revelación "del Dios que se hizo hombre" quiso manifestar su "nuevo humanismo" diciendo al mundo moderno: "nosotros también, más que nadie, tenemos el culto del hombre" (Pablo VI, Discurso de clausura, 7 de diciembre de 1965). Mas esta coexistencia del culto de Dios y del culto del hombre se opone radicalmente a la fe católica, que nos enseña a dar el culto supremo y el primado exclusivo al solo Dios verdadero y a su único Hijo, Jesucristo, en quien "habita corporalmente la plenitud de la divinidad" (Col. 2, 9).

4- Nos vemos obligados a comprobar que este Concilio atípico, que solo quiso ser pastoral y no dogmático, ha inaugurado un nuevo tipo de magisterio, desconocido hasta entonces en la Iglesia, sin raíces en la Tradición; un magisterio empeñado en conciliar la doctrina católica con las ideas liberales; un magisterio imbuido de los principios modernistas del subjetivismo, del inmanentismo y en perpetua evolución según el falso concepto de tradición viva, viciando la naturaleza, el contenido, la función y el ejercicio del magisterio eclesiástico.

5- A partir de ahí, el reino de Cristo deja de ser el empeño de las autoridades eclesiásticas, aunque estas palabras de Jesucristo: "todo poder me ha sido dado sobre la tierra y en el cielo" (Mt. 28, 18) siguen siendo una verdad y una realidad absolutas. Negarlas en los hechos significa dejar de reconocer en la práctica la divinidad de Nuestro Señor. Así, a causa del Concilio, la realeza de Cristo sobre las sociedades humanas es simplemente ignorada, o combatida, y la Iglesia es arrastrada por este espíritu liberal que se manifiesta especialmente en la libertad religiosa, el ecumenismo, la colegialidad y la nueva misa.

6- La libertad religiosa expuesta por Dignitatis humanae, y su aplicación práctica desde hace cincuenta años, conducen lógicamente a pedir al Dios hecho hombre que renuncie a reinar sobre el hombre que se hace Dios, lo que equivale a disolver a Cristo. En lugar de una conducta inspirada por una fe sólida en el poder real de Nuestro Señor Jesucristo, vemos a la Iglesia vergonzosamente guiada por la prudencia humana, y dudando tanto de ella misma que ya no pide a los Estados sino lo que las logias masónicas han querido concederle: el derecho común, en el mismo rango y entre las otras religiones que ya no osa llamar falsas.

7- En nombre de un ecumenismo omnipresente (Unitatis redintegratio) y de un vano diálogo interreligioso (Nostra Aetate), la verdad sobre la única Iglesia es silenciada; de igual modo, una gran parte de los pastores y de los fieles, no viendo más en Nuestro Señor y en la Iglesia católica la única vía de salvación, han renunciado a convertir a los adeptos de las falsas religiones, dejándolos en la ignorancia de la única Verdad. Este ecumenismo ha dado muerte, literalmente, al espíritu misionero con la búsqueda de una falsa unidad, reduciendo muy a menudo la misión de la Iglesia a la transmisión de un mensaje de paz puramente terreno y a un papel humanitario de alivio de la miseria en el mundo, poniéndose así a la zaga de las organizaciones internacionales.

8- El debilitamiento de la fe en la divinidad de Nuestro Señor favorece una disolución de la unidad de la autoridad en la Iglesia, introduciendo un espíritu colegial, igualitario y democrático (cf. Lumen Gentium). Cristo ya no es la cabeza de la cual todo proviene, en particular el ejercicio de la autoridad. El Romano Pontífice, que ya no ejerce de hecho la plenitud de su autoridad, así como los obispos, que - contrariamente a las enseñanzas del Vaticano I - creen poder compartir colegialmente de manera habitual la plenitud del poder supremo, se colocan en lo sucesivo, con los sacerdotes, a la escucha y en pos del "pueblo de Dios", nuevo soberano. Es la destrucción de la autoridad y en consecuencia la ruina de las instituciones cristianas: familias, seminarios, institutos religiosos.

9- La nueva misa, promulgada en 1969, debilita la afirmación del reino de Cristo por la Cruz 
("regnavit a ligno Deus"). En efecto, su rito mismo atenúa y obscurece la naturaleza sacrificial y propiciatoria del sacrificio eucarístico. Subyace en este nuevo rito la nueva y falsa teología del misterio pascual. Ambos destruyen la espiritualidad católica fundada sobre el sacrificio de Nuestro Señor en el Calvario. Esta misa está penetrada de un espíritu ecuménico y protestante, democrático y humanista que ignora el sacrificio de la Cruz. Ilustra también la nueva concepción del "sacerdocio común de los bautizados" en detrimento del sacerdocio sacramental del presbítero.

10- Cincuenta años después del concilio , las causas permanecen y siguen produciendo los mismos efectos, de suerte que hoy aquellas consagraciones episcopales conservan toda su razón de ser. El amor por la Iglesia guió a Mons. Lefebvre y guía a sus hijos. El mismo deseo de "transmitir el sacerdocio católico en toda su pureza doctrinal y su caridad misionera" (Mons. Lefebvre, Itinerario espiritual) anima a la Fraternidad San Pío X en el servicio de la Iglesia, cuando pide con instancia a las autoridades romanas que reasuman el tesoro de la Tradición doctrinal, moral y litúrgica.

11- Este amor por la Iglesia explica la regla que Mons. Lefebvre siempre observó: seguir a la Providencia en todo momento, sin jamás pretender anticiparla. Entendemos que así lo hacemos, sea que Roma regrese de modo rápido a la Tradición y a la fe de siempre - lo que restablecerá el orden en la Iglesia - , sea que se nos reconozca explícitamente el derecho de profesar de manera íntegra la fe y de rechazar los errores que le son contrarios, con el derecho y el deber de oponernos públicamente a los errores y a sus fautores, sean quienes fueren - lo que permitirá un comienzo de restablecimiento del orden. A la espera, y frente a esta crisis que continúa sus estragos en la Iglesia, perseveramos en la defensa de la Tradición católica y nuestra esperanza permanece íntegra, pues sabemos con fe cierta que "las puertas del infierno no prevalecerán contra ella" (Mt. 16, 18).

12- Entendemos, así, seguir la exhortación de nuestro querido y venerado padre en el episcopado: "Queridos amigos, sed mi consuelo en Cristo, permaneced fuertes en la fe, fieles al verdadero sacrificio de la misa, al verdadero y santo sacerdocio de Nuestro Señor, para el triunfo y la gloria de Jesús en el cielo y en la tierra" (Carta a los obispos). Que la Santísima Trinidad, por intercesión del Inmaculado Corazón de María, nos conceda la gracia de la fidelidad al episcopado que hemos recibido y que queremos ejercer para honra de Dios, el triunfo de la Iglesia y la salvación de las almas.
Ecône, 27 de junio de 2013, en la fiesta de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro
Mons. Bernard Fellay
Mons. Bernard Tissier de Mallerais
Mons. Alfonso de Galarreta

Reflexiones de un cristiano sacerdote

Para todos los que amamos a la Iglesia – a la Iglesia real, a la de Pío XII, Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco – este documento, aparte de doloroso, nos resulta muy triste.
Y, lo primero, salta a la vista un reparo elemental. Para dialogar hay que tener, aparte de buena voluntad, capacidad mental de diálogo: flexilibidad de inteligencia, apertura, amplitud de miras… ¿La tienen nuestros hermanos que tan díscolos se muestran? ¿No hay una rigidez para interpretar las cosas como no son en su realidad pura y neta…?
Yo no veo esa actitud mental necesaria para dialogar, para perfilar…
Benedicto XVI, extremando cuanto se podía extremar, llegó a levantar la excomunión. Los Obispos de Suiza, en cuya jurisdicción está la Fraternidad, aceptando esta medida clementísima del Papa, aclararon que, ello no obstante, seguía en pie la “suspensión a divinis”, y que dichos obispos no podían ejercer legítimamente su ministerio…
Ideológicamente ¡qué distantes podemos estar unos de otros, aun profesándonos discípulos de Cristo?
Yo, con la casi totalidad de los que en la Iglesia nos incumbe una responsabilidad especial para anunciar y explicar la fe, pienso que el Concilio Vaticano II ha sido la gran gracia que el Espíritu Santo ha concedido a la Iglesia en e l siglo XX, pese a que se haya querido invocar el Concilio en tantas ocasiones para comportamientos de los cuales no estamos convencidos.
La actitud que han manifestado los tres Obispos de la Fraternidad San Pío X está en perfecta sintonía con lo que en abril de este año escribía el Superior Mons. Bernard falley a la carta periódica a los amigos y Benefactores:

“Como ustedes saben, la Fraternidad se halló en una posición delicada durante gran parte del año 2012, a resultas del último movimiento hecho por Benedicto XVI que intentaba normalizar nuestra situación. Las dificultades provenían, por un lado, de las exigencias que acompañaban la proposición romana –a las que no pudimos y seguimos sin poder suscribir–, y por otro, de una falta de claridad de parte de la Santa Sede que no permitía conocer exactamente la voluntad del Santo Padre, ni qué estaba dispuesto a concedernos. El problema causado por esta incertidumbre se disipó desde el 13 de junio de 2012, con una confirmación neta el 30 del mismo mes, mediante una carta del propio Benedicto XVI que manifestaba claramente y sin ambigüedades las condiciones que se nos imponían para una normalización canónica.
Estas condiciones son de orden doctrinal. Recaen sobre la aceptación total del Concilio Vaticano II y la misa de Pablo VI. Por otra parte, como escribió Mons. Augustine Di Noia, vicepresidente de la Comisión Ecclesia Dei en una carta dirigida a los miembros de la Fraternidad San Pío X a fines del año pasado, en el plano doctrinal seguimos estando en el punto de partida, tal como estaba en los años 70’. Lamentablemente no podemos hacer más que suscribir a esta comprobación de las autoridades romanas y reconocer la actualidad del análisis de Mons. Lefebvre, fundador de nuestra Fraternidad, que no ha variado en las décadas que siguieron al Concilio hasta su muerte. Su percepción muy justa, a la vez teológica y práctica, sigue teniendo vigencia, cincuenta años después del inicio del Concilio”.

¿Qué hará la Iglesia ante esta fulminante declaración? No lo sé… Seguramente que silencio y continuar, en cuanto se pueda, en diálogo y espera.
Me cruza por el pensamiento el Evangelio de ayer (dom. XIII, ciclo C): “… Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le dijeron: Señor, ¿quieres que hagamos que baje fuego del cielo que acabe con ellos? Él se volvió y los regañó. Y se encaminaron hacia otra aldea” (Lc 9,54-56).


Mi conclusión personal

De este gravísimo asunto, cuya solución nos e vislumbra pro ninguna parte, yo saco una conclusión obvia: Amar más a al Iglesia.
Y no hay mejor amor que el propio testimonio.
Y si a uno el Señor le concede la gracia de pensar, contribuir con el propio pensamiento de forma directa, expositiva, testimonial.
Nada voy a rebatir. Sencillamente expongo. La hermosura del Evangelio es esta, No podemos adulterarlo con nuestro pecado ni nuestra mediocridad.
Concédeme, Señor, la gracia de ser un expositor tuyo: con mi vida, especialmente con la misericordia; con mi poesía, con mis escritos. En ti confío. Y agrégame al número, sin cuento, de quienes en la Iglesia santa y Católica están mostrando al mundo el rostro de Cristo.

Guadalajara, Jalisco, 1 julio 2013.

1 comentarios:

Zugaramurdi dijo...

Creo que es una buena noticia porque el infierno consiste en mirar al propio pecado cara a cara. Y hay diferencia entre las tribulaciones temporales y el sufrimiento que se padece para la mayor gloria de Dios. Como recuerda la constitución Dogmática Pator Aeternus "No fue concedida la asistencia del Espíritu Santo para introducir novedades" si no para custodiar el depósito de la Fe. Como Juan Pablo II, recientemente elevado a los altares lo ha sido por ir en contra del primer mandamiento de la Ley de Dios "No tendrás dioses extranjeros delante de mi porque yo Yavé, tu Dios soy un Dios celoso." Lo que nos encontramos es ante el colmo de la impiedad y la blasfemia y con esta gente cuanto más lejos mejor. De Dios no se ríe nadie y menos que nadie unos clérigos renegados.

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