sábado, 20 de julio de 2013

427. Horas del Cantar 1 – El aroma de Cristo



El aroma de Cristo
(Para empezar el Cantar)


Ayer (viernes, 19 julio 2013) concluíamos un “curso de verano” obre el Cantar de los  cantares: La dimensión esponsal de la Vida Consagrada a la luz del Cantar de los cantares.  Un curso prensado, como uva en el lagar, porque se trataba de cinco días lectivos, con cuatro horas matinales, cortadas por un conveniente receso. Había sido frecuentado por 27 mujeres consagradas y dos varones, Curso de verano al amparo del Instituto Superior Salesiano de Cristo Redentor en Tlaquepaue, Jalisco, que ofrece un programa múltiple para este mes de julio.
El libro del Cantar de los cantares es breve: no tiene más que 117 versículos, distribuidos en 8 capítulos. El ocio veraniego, si nuestras posibilidades permiten un ocio vacacional, es delicioso para vagar sobre esas aficiones íntimas, que vistas desde determinado ángulo, son superfluas, pero contempladas desde la vida mía – cada uno la suya – acaso sean las más importantes.
Quien dice El Cantar de los cantares (El Cantar Divino, en mi propia traducción doméstica) dice amor, puramente amor.
Y un biblista, en busca de respuestas científicas a sus planteamientos, se pregunta, antes de entrar en exégesis: ¿Qué significa esta erupción lírica del Cantar de los cantares en medio del Antiguo Testamento, un poema, al parecer muy profano, y ciertamente distinto de los demás géneros de la Biblia?
A lo mejor la respuesta es sencilla e inmediata, que debemos recibirla como tal y que seguramente es la clave esencial para empezar a leer este poema superlativo. El Cantar de los cantares es un libro de amor y está diciendo que Dios nos ama, que Dios es amor, que el amor es la palabra terminal de la Biblia, del Antiguo y del Nuevo Testamento. ¡Qué cosa más sencilla y sublime, sin términos científicos! El amor, el amor revelado, el amor que se nos ha manifestado en Jesucristo es la llave de oro para que el exegeta, con todo su armamento científico, pase a estudiar la Sagrada Escritura.
Pienso que María de Betania a los pies de Jesús, el Señor (Lc 10,30, Evangelio de mañana, domingo XVI C) es la amada del Cantar, aunque literariamente no lo haya pensado el autor sagrado, la que dice, al comiendo del poema: Llévame a tu mansión, rey mío (1,4). (La alcoba del amado, precioso tema del Cantar).
Por eso, para hablar del Cantar, quisimos primero perdernos en el amor. ¿Qué es el amor, puesto que el aroma del amor es el efluvio que se respira en el Cantar, en todos sus versos?
San Pablo dice a los fieles de Corinto: “Somos el buen olor de Cristo”. Bonus odor, así traduce la versión latina lo que el texto griego dice en una sola palabra: eu-odía. El buen olor no es otra cosa que el aroma; la Academia define el aroma como “olor muy agradable”.
El Cantar está impregnado de aroma. Y ese aroma es el aroma del amor; en suma, el aroma de Cristo, el aroma, que es Cristo.
En estas Horas del Cantar (evocando “Horæ hebraicæ et talmudicæ” de John Lihtfoot) hablemos del Amor, para empezar a oler lo que es el Cantar, el más puro cantar.
(Transcribo parte de las notas que leyeron los alumnos).

* * *

¡Vamos a hablar del amor! Nada más dulce en la tierra, ni tampoco en el cielo; el amor es lo más humano y lo más divino. En su día lo dijo Aristóteles: Nada más necesario.
El amor es la experiencia suprema de todas las razas y culturas y de todos los tiempos.
¿Qué será, pues, el amor? Nos atrevemos a decir que el amor como la vida es indefinible por ser inefable; al expresarnos así, fundimos amor y vida, con lo sustancial del ser. Vivir es “ser en acción”; amar es proyectar la esencia del ser.
Con más precisión filosófica, podemos decir: el amor es la vivencia de la apertura oblativa del ser que anhela otra persona. Aquí no incluimos la reciprocidad de la otra persona, siendo así que el amor completo, el que tiende a ser lo que debe ser por su propia naturaleza, es el amor recíproco, el amor mutuo: “Yo soy para mi amado y mi amado es para mí”, aní ledodí wedodí lí.

Hablamos ahora no desde los libros, sino desde la cima de la vida; hablamos “ab intrínseco”, sondeando el ser desde uno mismo. Hablo no con el frescor y el desparpajo de un joven, sino con el pose de una persona mayor que mira con inmenso cariño a los jóvenes, cuya cercanía me tonifica.
Todo ser humano, en sus raíces y anhelos, por mucho que le diversifiquen las plurales culturas, es el mismo: vive lo mismo y anhela lo mismo. Por eso la verdad última de uno es la verdad genuina de todos.
¿Qué observa uno en la trayectoria vital de su existencia?
Que el amor le acompaña desde el inicio hasta la muerte, al paso que se va descubriendo conforme la vida se va posesionando del ser. Si la vida es fragor y aventura, el amor lleva esas mismas notas en su pasión. Hablamos, como es obvio, del amor-pasión – amor apasionado – pues la pasión es la adultez de los propios sentimientos. Todas las virtudes y todos los vicios tienen un estado inicial y un estado creciente y apasionado, o, más bien, pueden tenerlos.
¿Qué puede observarse del amor, contemplado desde la altura? Digamos algunas afirmaciones que el lector las podrá leer, seguramente, como axiomas, surgidos de la experiencia humana.
Pero anticipo – y esto es muy importante – que el amor que se desprende del Cantar, que parece muy romántico, no es un “amor trágico”, tormentoso  ni patético, ni desgarrado, sino un amor que, al final, produce serenidad y una inmensa paz. Ante él, el amado, uno, encuentra la paz (8,10: coram eo pacem reperiens) Si no leemos así el Cantar, no lo entendemos. Amor apasionado y amor pacificador.

1. El amor es la suprema indigencia y la suprema riqueza de la persona. Quien tiene todo y carece de amor, carece de todo. Es decir, el cúmulo de lo demás no colma lo que llena el amor, lo que el hombre necesita. Y, por el contrario, tener el amor a saciedad y carecer de todo no es carecer de nada, porque el amor lo llena todo.
Dice el Cantar de los cantares que quien quisiera comprar el amor con todas sus riquezas sería un insensato. Es que el amor no tiene precio.
Esta forma tan absoluta de hablar puede despistar; pero Jesús hablaba con un lenguaje semejante cuando hablaba de los bienes del reino, cuando dice, por ejemplo, que nadie puede servir a dos Señores: a Dios y al Dinero. Se puede matizar, pero, si matizamos, echamos a perder la novedad, la belleza y la verdad de la frase escueta de Jesús. Así del amor.

2. El amor es identidad, la pura identidad del yo. Cuando amo, soy yo. Cuando no amo, soy otro; vendo mi imagen; me alejo de mí mismo y sutilmente busco una forma de engaño para poder sobrevivir, amoldado a lo que place a la sociedad, pero, en el fondo, me traiciono a mí mismo. Mi comodidad, el saber funcionar en la vida, es el veneno de mí mismo. Esto es lo que la Vida te dice, cuando la Vida se pone a dialogar contigo cara a cara en la verdad.

3. Apertura oblativa del ser. No todo lo que se llama amor es amor, obviamente. Cuando un hombre deja plantada a su legítima mujer, deshaciéndose de ella y uniéndose adulterinamente con otra, el novelista dice que ha sido por amor. Una persona reflexiva al punto anota: Hay que definir la palabra amor para poder entendernos, no sea que con los mismos términos estemos hablando de las cosas más bellas y de las más abyectas.
En el sentido más genuino y puro es la apertura oblativa del ser:
- Es apertura; el ser cerrado no ama.
- Oblativa: el amor es, por tanto, una donación obsequiosa.
- Del ser entero: no ama el cuerpo, ni ama el alma. Ama el ser entero, la persona, el sujeto, el yo. (Lo hacía observar Benedicto XVI en su encíclica Deus caritas est).
Siguiendo este discurso, fácilmente se completa: Amo yo como soy con toda mi historia. A ti como eres; no amo tus ojos, tu cabello, tu pecho…; te amo a ti como eres con toda tu historia.
Y avanzando más: Te amo Yo, queriendo ser otro distinto para ti. Te amo a ti, queriéndote otra distinta para ti y para mí, que en este caso soy, como referencia, el sujeto amante.

4. El amor es la intimidad invulnerable. El amor se aposenta en la voluntad y es “lo más mío que tengo yo”: yo lo doy o yo lo guardo.
Siento que nace como de una fuente y que el mero querer tampoco es suficiente para que nazca. Al hablar así estamos en los bordes del misterio de la persona. A veces sentimos confidencias de este género: Yo no puedo decirle a mi marido un “Te quiero”; sería postizo, no me sale, no me nace. Y esta observación es correcta. El amor está en la intimidad creadora.
“Amo porque amo”, dice san Bernardo en una reflexión sutilísima sobre el amor, en el día de su memoria litúrgica, 20 de agosto (“El amor no requiere otro motivo fuera de él mismo, ni tampoco ningún provecho; su fruto consiste en su misma práctica. Amo porque amo, amo por amar”. Sermón 83 sobre el libro del Cantar de los cantares)  

5. Apertura unitiva. La intimidad invulnerable, cuando alguien es tocado por el amor, se hace transparencia. El que ama quiere ser transparente, todo lúcido para la persona amada, puesto que el amor tiende a la unidad.
La transparencia puede convertirse en “desnudez”, que sería como la verdad total para los ojos limpios. Hablamos del amor en sus aspiraciones, debiendo contar con que existe la concupiscencia (o “fomes peccati”, que en sí no es pecado, pero que arranca del pecado e induce al pecado, según el concilio de Trento), y la concupiscencia tergiversa las realidades originarias.
La apertura unitiva, propia del amor, considerada en el sexo tiende a la unión sexual; es el dinamismo del ser.

6. Apertura transcendente a lo infinito. La observación más aguda que un ser hambriento de amor hace sobre el amor es que este impulso ingénito no se contenta, ni se puede contentar, con algo menos que lo infinito. Esa es la estructura del corazón finito, que, aun siendo finito, no se satisface con lo finito y anhela lo infinito.
Esta es la razón última que explica la existencia de consagración del célibe o de la virgen, que no queda satisfecha con una razón utilitaria, si siquiera apostólica. Renuncian a algo en sí mismo bello y humanamente muy deseable por algo que transciende…
En esta aspiración a lo infinito el amor está abierto al éxtasis de amor.


7. El amor es la belleza fruitiva del corazón. Es claro que el corazón humano ha nacido para el goce y la belleza, y con ello para la felicidad.
El amor va intrínsecamente unido a lo bello, y en sí mismo es la máxima belleza, reflejo de la belleza increada. Nada que no sea bello puede amarse, y todo lo bello es irremediablemente amable. De hecho la belleza, la que uno percibe es la puerta del enamoramiento. Ungir la vida de belleza es una unción de amor. Y la belleza incorruptible es el amor incorruptible; la belleza que no puede ajarse esa es la belleza del amor a la que aspira el amor que nos ha sido otorgado como heredad.

8. El amor es la verdad del destino. Todas las vocaciones son convergentes, como ríos que van a la mar. El mar es el destino de todas las aguas fluyentes.
Así el amor, desde que nace, está signado con su propio destino, y esta signación es su propia verdad. El amor es verdadero porque está clamando por su destino. Y en realidad su destino es su propio origen.
El amor y la verdad se funden, y esto de varios modos:
- Nada es verdadero que no sea amable.
- No puede conocerse nada como verdadero, si no es conocido en su propio lecho de amor.

9. El amor es la firmeza de la inmortalidad. La presencia del amor en mí es la misma presencia de Dios y es el signo de que Dios es realidad, no algo fantasmal. Dios es presencia, Dios es compañía, Dios es amor.
Así visto – mejor, así sentido – el amor se convierte en prueba de la existencia de Dios.
Entonces el amor cordial que bulle dentro y al que uno aspira se reviste de los mismos atributos divino: de la santidad, de la inmortalidad. Somos inmortales porque somos capaces de amar.

10. El amor es la divinización del ser humano, la transformación del pecado en gracia. En nuestra experiencia humana el amor fácilmente se mezcla con otros raros sentimientos, que son pecado o fruto del pecado.
El amor, que siendo ideal es también concreto y que solo puede vivirse desde lo concreto, es de carne; pero también el pecado vive en la carne. Y esto origina una experiencia ambigua.
La ambigüedad no la podemos quitar por el poderío de la razón; tiene que ser la gracia, que impregna el ser humano, la persona, cuerpo y alma.
Por eso la vivencia del amor cristiano, el que se nos ha revelado en Jesucristo, opera en nosotros un proceso de purificación, que es proceso de humanización, camino de divinización. El amor nos diviniza, nos va amoldando a la vocación divina a la que fuimos llamados.

11. El lenguaje del amor. Para concluir estas ráfagas iniciales, digamos que el amor pide su propio lenguaje, y este es un lenguaje de iniciados. Lenguaje de iniciados es el que aquellos que van gustando las cosas del Espíritu.
Y el Cantar de los cantares es un libro para iniciados; pide la sensibilidad del Espíritu para hablar con palabras las más humanas de las cosas divinas.


(Guadalajara, Jalisco, 20 julio 2013).

1 comentarios:

Anónimo dijo...

......¿Me amas,,,,Sí,ya sabes que te amo.....

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