miércoles, 24 de julio de 2013

428. Domingo XVII C - Padre, Abbá, santificado sea tu nombre



Homilía en el domingo XVII del tiempo ordinario, ciclo C
Lc 11, 1-13


Texto evangélico:
Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos”. Él les dijo: “Cuando oréis, decid:
Padre,
santificado sea tu nombre,
venga tu reino,
danos cada día nuestro pan cotidiano,
perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe,
y no nos dejes caer en tentación”.
Y les dijo: “Suponed que algunos de vosotros tiene un amigo, y viene durante la medianoche y le dice: “Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle”; y desde dentro aquel responde: “No me molestes; la puerta ya está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos”; os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por su importunidad se levantará y le dará cuanto necesite.
Pues yo os digo a vosotros: pedid y se os dará; buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe y el que busca halla, y al que llama se le abre.
¿Qué padre entre vosotros, si su hijo le pide un pez, le dará una serpiente en lugar del pez?¿O si le pide un huevo le dará un escorpión?
Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo daré el Espíritu Santo a los que se lo piden?

Hermanos:

1. Ya veis: tenemos como Evangelio de hoy el “Padrenuestro” con una prolongación de parábolas o dichos imaginativos; todo ello expuesto con unas palabras de Jesús tan vivas y contundentes que derriban a cualquiera. Es la parábola del amigo importuno, y las comparaciones del hijo que pide a su padre algo de comer, porque tiene hambre: un pescado, un huevo. Esta forma de enseñar de Jesús no se puede decir que es simplemente un recurso catequético. Es mucho más, es forma misma de teología, una concepción de Dios que afecta a la cuestión más grave que se plantea la teología.
Pero vengamos al principio, y digamos que estamos en el padrenuestro. Ahora bien, hemos podido observar que este no es el padreneustro que rezamos y aprendimos de niño.
Efectivamente, la Oración del Señor, que es el Padrenuestro ha sido recogido en los Evangelios en dos versiones: una breve, que es la de Lucas; otra larga (que es al que está en uso) y que encontramos en Mateo, en el Sermón de la Montaña. Tan solo debemos advertir que en cualquiera de las dos formas, se trata de la oración completa e íntegra de Jesús; en su sentido dinámico y profundo, cualquiera de las dos quiere abarcar la totalidad de la vida y de la religión.

2. Lo más sorprendente del Padrenuestro es la palabra “Padre”. La palabra Padre contiene en su forma nuclear – y atómica, por así decir – toda la revelación explosiva de Jesús. Es la revolución que ha traído Jesús a la tierra: anunciar que el Dios de la revelación, el Dios de la historia, el Dios de Abraham, Isaac y Jacob era su Padre real y único, y que a ese Padre nosotros teníamos acceso, porque él, Jesús de Nazaret, nos abría la puerta.
La palabra Padre no es una metafórica, una comparación. Jesús no la utiliza así. Jesús la usa de un modo directo, taxativo, invocativo, interpelante. Él le llama a Dios directamente Padre. Los salmos nunca habían invocado a Dios como esta palabra. Esta novedad, este absoluto, lo introduce Jesús en la religión. Cuando vosotros oréis a Dios, invocadle y decidle “Padre”. Con ello Jesús nos está introduciendo en el misterio de su persona.

3. Porque la palabra “Padre” no es una palabra, por así decir, literaria, ponderativa, para acumular bondad en la imaginación y pensar lo bueno que tiene que ser Dios. En el diccionario mexicano hay un giro que no lo entendemos en español. ¡Eso está muy padre!, que viene a ser: Eso está estupendo.
Cuando Jesús llama  a Dios “Padre”, le está dando el nombre nuevo que debe quedar en la revelación. Está penetrando el ser de Dios; está dando el nombre más perfecto que puede tener Dios. Es la afirmación más grande que se puede hacer del misterio de Dios. Dios es la vida derramada en el mundo; Dios es la historia de una presencia que llega hasta nosotros;  Dios es el futuro y el abrazo que nos ha de dar un Padre.
Cuando Dios se aparece a Moisés en la zarza ardiendo y le dice que es YAHWEH, el que es, el que asiste, el que acompaña…, le está mostrando algo de su infinita naturaleza. Cuando Jesús llama  a Dios “Padre” está rematando la historia de Dios, porque no hay Padre sin Hijo y sin Espíritu Santo.

4. Ese es el Padre de Jesús. Y a ese Padre Jesús le suplica exultante que santifique su nombre. ¿Qué es lo que esto puede significar? Es una petición que se alarga a lo infinito. A Dios le pedimos que se muestre gloriosamente, benignamente, esplendorosamente como lo que es: el Único, el que nos da todo, el que llena cielo, aquel en quien vivimos y existimos. Padre, santificado sea tu nombre; muéstrate, no te ocultes, tú, en quien reside toda la gloria, todo el poder.

5. y una súplica paralela o consecutiva es la siguiente: Padre, trae tu reino; que sea vea que no hay ningún rincón ni recoveco en el universo que no está lleno de tu gloria. Trae tu reino, que es lo mismo que: Diviniza al mundo entero con tu presencia. Nosotros confesamos que hemos sido creados por ti, y que no hay nada nuestro que no venga de ese manantial de amor que eres tú. Padre Dios, reina en el universo, en la familia humana, en mi propio corazón. Tú eres el único que merece todo neustro amor.

6. La oración de Jesús, que aparentemente es petición, es una liturgia de glorificación y de amor a Dios, al Padre. Lo más grande que podemos hacer los cristianos, cuando venimos a la iglesia o cuando estamos en casa, es dejarnos saturar de ese amor infinito de Dios Padre que nos ha creado, dejarnos amar por Dios Padre y devolverle nuestra gratitud exultantes por poder alabarle, como lo hacemos, por ejemplo, en el gloria de la Misa.

7. Y ahora, una vez que hemos glorificado al Padre Dios, Padre de Jesús y Padre nuestro, ahora sí, con ilimitada confianza, podemos pedirle el pan de cada día, el perdón y todo lo que necesitamos, con la firmísima seguridad de que, siendo Dios como es, nos lo dará.

Hermanos, esta es la oración de Jesús, la oración del Señor. Recémosla con conocimiento, con amor, con confianza. Recémosla así. Y otras veces, rebosante nuestro corazón, podemos callar y decir simplemente: ¡Padre!, o ¡Abbá, Abbá!, como decía Jesús en el Huerto. Y como oró en la cruz: ¡Padre…, Padre…, Padre…! Amén.

Guadalajara, Jalisco, miércoles, 24 julio 2013.

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