jueves, 1 de agosto de 2013

431. Domingo XVIII C – El rico insensato



Homilía en el domingo XVIII del tiempo ordianrio, ciclo C
Lc 12, 13-21

Texto evangélico:
En aquel tiempo uno de la gente le dijo: «Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo». Él le respondió: «Hombre, ¿quién me ha hecho juez y repartidor entre vosotros?». Y prosiguió: «Guardaos bien de toda avaricia; que, aunque uno esté en la abundancia, no tiene asegurada la vida con sus riquezas».
Y les dijo una parábola: «Las fincas de un hombre rico dieron una gran cosecha. Y él pensó: ¿Qué haré, pues no tengo donde almacenar mis cosechas? Y se dijo: Destruiré mis graneros, los ampliaré y meteré en ellos todas mis cosechas y mis bienes. Luego me diré:
Tienes muchos bienes almacenados para largos años; descansa, come, bebe y pásalo bien. Pero Dios le dijo: ¡Insensato, esta misma noche morirás!; ¿para quién será lo que has acaparado? Así sucederá al que amontona riquezas para sí y no es rico a los ojos de Dios».
(Nota. Versión tomada del leccionario)

Hermanos:
1. ¿Cómo podríamos llamar a esta parábola de Jesús? Una parábola “tremenda”, la parábola de la muerte repentina, de esa muerte que nadie la tiene delante para hoy y de la que todos sabemos que puede venir.
A decir verdad, hablando con todo rigor, esta parábola no es la parábola de la muerte repentina, sino la parábola del rico insensato. Aquí es donde se carga el acento: ¡qué insensato es el que confía en sus riquezas, que las tiene que dejar todas con la muerte! Ahora bien, ocurre que esta muerte no es la muerte tranquila de un anciano que se despide plácidamente de su familia; la muerte de un enfermo que va viendo venir el fin de sus días, sino la muerte de alguien que se encuentra a la mitad de la vida y que tiene por delante muchos años para disfrutar, es decir, la muerte imprevista y repentina. Esta misma noche vas a morir, y Dios te va a pedir cuentas. En estas circunstancias aparece como una parábola de terror.
2. Una primera reflexión que se impone antes de entrar en sutilezas, es que, efectivamente, todos y cada uno tenemos que pensar en una muerte repentina como una posibilidad de nuestro horizonte. Aquí en México se recuerda el terremoto del año 1985. El jueves 19 de septiembre de 1985, a las 7.19 minutos de la mañana hubo un terremoto con un fuerte réplica al día siguiente, día 20. El número de muertos se calculó alrededor de 10.000. ¿Quién de aquellos miles pudo pensar: Mañana por la mañana me va a caer el techo encima y me voy a morir? Pues esto me puede ocurrir a mí.
Y hablando de la tragedia de estos días, de los 79 muertos del Alvia, en mi patria, ¿quién pudo pensar: La muerte me está aguardando hoy en el tren? Y esto me puede ocurrir a mí, que con dolor y desagrado (con una sincera condolencia y oración para todas las familias) lo estoy contando. El Señor en su misericordia los haya acogido a todos.
Y todos somos testigos inmediatos de tal familiar, tal amigo, que parecía estar bien, y de repente un infarto en pocos minutos lo ha llevado a la otra vida, sin tiempo para decir adiós.

3. Hablando de esta manera, mis queridos hermanos, estamos rememorando aquellas misiones de antes, en las que se predicaba de los novísimos, y un sermón importantísimo era el sermón de la muerte.
En aquellos sermones o en días de retiro se hacía el ejercicio de preparación para obtener una buena muerte: “Cuando mis manos trémulas y entorpecidas no puedan ya estrecharte, ¡oh Bien mío Crucificado!, y en contra de mi voluntad te dejen caer sobre el lecho de mi dolor, Jesús misericordioso, ten piedad de mí”. Y así de modo patético y real se nos representaba ese estado del moribundo que va perdiendo sus facultades al momento en que se va a presentarse ante el juicio de Dios, un juicio que se nos describía, es cierto, como el juicio de Jesús misericordioso.

4. La parábola de hoy no quiere hablar tanto de la muerte cuanto de las riquezas en las que uno insensatamente pone su confianza y de la cual espera su felicidad.
El hombre de la parábola tiene una filosofía muy grosera: la vida es riqueza y placer. Y la felicidad es esta: abundar en la riqueza, porque cuanto más riqueza más placer, más felicidad.
De hecho, la vida que nos envuelve gira y da vuelta en torno a esos polos: dinero y placer. Y la propaganda se monta sobre estas dos mentiras: el dinero y el placer.
Si uno se pone a reflexionar, y no se deja envolver por el aturdimiento de la misma vida, pronto se da cuenta que aquí hay un argumento podrido, y que esto se viene abajo por dos razones:
Primero, no es verdad que cuanto más riqueza hay más felicidad, porque la felicidad humana no consiste en el placer, sino en algo más hondo que el placer.
Y segundo, no es verdad que la riqueza me asegure la vida, porque no sé si mañana voy a morir o si un cáncer me va a llevar al hospital y en pocos meses a la muerte.

5. Hermanos, estamos hablando con un lenguaje muy distinto al que usamos de ordinario en nuestras homilías, en las cuales, al anunciar a Jesús, queremos quedar fascinados de su mensaje y de sus promesas. Pero es que también Jesús ha dicho estas cosas, para que no nos confundamos.
Pero volvamos al centro de nuestra fe, con otro tono, con otra esperanza. “Para mí vivir es Cristo”, dijo san Pablo, el mismo que dijo que en Cristo está la sabiduría de Dios, el poder de Dios.
Si yo acepto esto, como lo acepto, mi vida cambia de horizonte. El sentido de mi vida no es la riqueza y el placer, sino que es Cristo y mis hermanos, los hombres. El goce de mi vida ya no es el placer sino el sentirme amado por Dios en Cristo Jesús, mi Señor, y mis hermanos, y poder compartir mi vida, mi persona, mis riquezas con mis hermanos los hombres.
6. Esto es lo que ha dicho el Papa estos días a los tres millones de jóvenes que le han escuchado en Brasil.
He aquí las últimas palabras que ha dicho el Papa a los jóvenes en Brasil, que es el mundo al revés de lo que está en la parábola del rico insensato y desgraciado:
“Tres palabras: “Vayan, sin miedo, para servir”. Siguiendo estas tres palabras “Vayan, sin miedo, para servir”, experimentarán que quien evangeliza es evangelizado, quien transmite la alegría de la fe, recibe más alegría. Queridos jóvenes, cuando vuelvan a sus casas, no tengan miedo de ser generosos con Cristo, de dar testimonio del Evangelio. … Llevar el Evangelio es llevar la fuerza de Dios para arrancar y arrasar el mal y la violencia; para destruir y demoler las barreras del egoísmo, la intolerancia y el odio; para edificar un mundo nuevo. Queridos jóvenes, ¡Jesucristo cuenta con ustedes! ¡La Iglesia cuenta con ustedes! ¡El Papa cuenta con ustedes! Que María, Madre de Jesús y Madre nuestra, les acompañe siempre con su ternura: «Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos».
Al escuchar estas cosas, dirigimos los ojos a Jesús, en quien está la plenitud de la divinidad, y le decimos:
¡Señor, llévanos por tus caminos! Amén.

México-Tlalpan, Verbo Encarnado, miércoles, 31 julio 2013

Como himno para este Evangelio puede verse; A la hora de la muerte (Las dos voces)

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