viernes, 9 de agosto de 2013

433. A mi hermano Roque Grández, 50 años de capuchino

A mi hermano Roque Grández Lecumberri,
en sus 50 años de profesión religiosa
15 agosto 1963 / 15 agosto 2013
Fraternidad de Capuchinos en Quito, mayo 2012
con motivo de los XXV años de la muerte martirial de Alejandro Labaka e Inés Arango.



Muy querido hermano:
Te escribo esta carta al son del Evangelio, te la escribo como una hermosa Palabra del Señor, pues Jesús es el amor y sentido de nuestras vidas, de la tuya y la mía, por su pura misericordia. En la fiesta de la Asunción de María cumples 50 años de Profesión religiosa, que fue en Sangüesa (Navarra) el 15 de agosto de 1963. Sangüesa, “la que nunca faltó”, rumbo al Castillo de Javier (8 kilómetros), Sangüesa, joya mariana por la iglesia medieval de Santa María. Yo me había adelantado siete años de profesión (1956), y nuestro Maestro había sido el mismo, el benemérito Alfredo de Oco, de voz ronca y destemplada y de enorme amor a la Orden – era, quizás, su característica más llamativa – que lo enseñaba a sus novicios en los quince años en que fue Maestro. Nosotros salíamos capuchinos hasta los tuétanos (nos sabíamos de memoria la vida de los santos capuchinos) por aquellos hombres de pro. Dicen quen el “fiero” Alfredo (es un decir, por hablar) ya había amainado  mucho de aquel rigor que mostró en sus primeros años…, celante de la observancia.
Mi imaginación ahora da un salto y vuela a un recuerdo vago de infancia el día en que tú viniste al mundo, 16 de agosto de 1943 (hace 70 años), en la calle Castejón, número 6, Alfaro (La Rioja). Nuestra calle se junta con la de Araciel y allí al poco nos encontramos con la Plaza Chica, cogollito de la ciudad: a cien metros la Plaza España con la colegiata de San Miguel, donde fuimos bautizados. Pues bien, fue allí en la calle Araciel aquel día de San Roque, junto a la casa de la tía Carmen, en la esquina de Lope de Haro. Fue allí donde alguien me dijo:
- ¡Oye, que te ha nacido un hermanito!
Qué alegría sentí en mi corazón: ya éramos en casa Espe, yo (Javier me llamaba), María Josefa, Emi y tú. La pequeña – María Jesús – vendría luego. Yo volvía de la misa y procesión de San Roque, patrón del pueblo, y aquel día iba solo, y no con mi padre, como recuerdo que iba otras veces, apoyando él su mano derecha en mi hombro izquierdo, gesto que me agrada y me enaltecía… No tenía yo aún siete años… Recuerdos, recuerdos…, dulce amasijo de la infancia, calor que nos hizo hombres…
Padre estaba donde debía, con nuestra madre. En aquellos tiempos las mujeres del pueblo no daban a luz en la clínica, sino en casa, ayudadas por alguna comadrona. Te llamaron Roque, como era de justicia, nombre que tú has llevado siempre con orgullo alfareño.
Cuando tú tenías cuatro años y medio, perdimos a padre (1 diciembre 1947), y madre, nuestra santa madre, quedó con seis criaturas… Yo no conocí tu infancia, porque ya estaba en el seminario seráfico. La vida era así y a otros “seráficos” les ocurría lo mismo con hermanitos que iban viniendo…De modo que yo te he reencontrado de mayor. Y, por dictado del corazón, aun conservo cartas que me escribiste de joven profeso, ya teólogo en Pamplona – yo estudiante universitario – que rezuman aquel fervor que acumulaste en el santo noviciado. Recuerdos, recuerdos…, en este amanecer de mi final de Ejercicios – tú también los estás haciendo (“en un convento de clausura, de Carmelitas, como a 20 minutos de Playas”, Guayas, Ecuador) – antes de comenzar los próximos días el curso, en este rueda y rueda de la vida, los dos, hermanito, septuagenarios rumbo al Amor.
Luego sigo, hermano…

Pues bien, íbamos diciendo que en aquella iglesia de san Francisco de Sangüesa, iglesia del siglo XIII, profesaste la Regla de san Francisco en la vida capuchina. La fórmula de profesión, ya desde el capítulo general de Narbona (1260), en tiempos de San Buenaventura, era muy simple. La que hoy vas a pronunciar, renovadas nuestras Constituciones después del Concilio, dice así:
“Para alabanza y gloria de la Santísima Trinidad.
Yo, hermano Roque (Rufino María Grández), puesto que el Señor me dio esta gracia de seguir más de cerca el santo Evangelio y las huellas de nuestro Señor Jesucristo, delante de los hermanos aquí presentes, en tus manos, hermano Provincial, con fe y voluntad firmes:
Hago voto a Dios, Padre santo y omnipotente, de vivir durante todo mi vida en obediencia, sin propio y en castidad; y, al mismo tiempo, profeso observar fielmente la vida y Regla de los Hermanos Menores, confirmada por el papa Honorio, según las Constitucioens de los Hermanos Menores Capuchinos.
Así pues, me entrego de todo corazón a esta Fraternidad, para que, mediante la acción del Espíritu Santo, el ejemplo de María Inmaculada, la intercesión de nuestro Padre San Francisco y de todos los Santos, y con vuestra ayuda fraterna, puedan tender a la perfecta caridad en el servicio de Dios, de la Iglesia y de los hombres”

En aquella ocasión. dice la historia que profesasteis 18 durante el curso, de ellos una porción de hermanos laicos. Algunos de estos se fueron despidiendo de este mundo: Fray Valentín de Anocíbar y Fray Joaquín Larumbe. Y estos días últimos “Toñito” (Fray Antonio Terés), algo más joven que tú, a quien dediqué un recuerdo entrañable (en nuestro boletín de la Provincia de España “Punto de Encuentro”), por el caso todo singular de este hermano, amado de Dios y de los hombres, venido a la Orden de la Maternidad de Pamplona. (Toñito, buen hermano, ¡ruega por nosotros!: tus funerales fueron la apoteosis del amor y la sencillez, como los de ninguno…).
La vida fue corriendo, y del grupo de hermanos clérigos llegasteis al sacerdocio (Pamplona, 11 marzo 1967) 11 hermanos, hermoso plantel, que yo recuerdo con la ilusión de los recuerdos juveniles, porque para aquel entonces yo ya había entrado de profesor en nuestro Teologado de Pamplona (1964) y te enseñé la Sagrada Escritura durante los tres cursos finales de tu carrera (1963-1967).
Era hermoso veros en los mejores momentos soñadores. Además, se acababa de celebrar el Concilio (1962-1965) y amanecía una primavera en la Iglesia. ¡Qué hermoso era!
Pero ¿qué pasó después tras este vendaval del Espíritu? Porque fuisteis el curso más castigado, el curso arrasado por la misteriosa vorágine de la vida. Tú sabes con qué respeto, con qué temblor sagrado, con qué aprecio para cada uno… escribo lo que luego pasó… Y lo sabe el Señor, a cuya misericordia me acojo.
Pasaron los años y el curso espléndido se deshizo: los hermanos fueron dejando el sacerdocio; los más en la terrible crisis de los años 70, otros incluso después, cuando había colmado dignamente veinte... treinta años de sacerdocio. ¿Qué había ocurrido…? San Francisco nos advierte en la Regla que no nos airemos… Recuerdo el caso de aquel hermano (era yo entonces provincial) que el Obispo de San Sebastián lo alababa, admirado, por el servicio ejemplar en la Fraternidad de Enfermos. El servicial hermano se enamoró de una parapléjica…; se casó con ella en tales condiciones. Pienso que habría sido un matrimonio de amor y ternura; al tiempo Ana María murió… Ignoro el rumbo de aquel hermano que tan buenos ejemplos nos dio. Cada caso es uno, y no podemos entrar en juicio de condenación. El Señor sabe el sufrimiento de cada uno de sus hijos. Si bien es verdad que el mismo Señor único de su Iglesia nos ha dado juicio y discernimiento para evaluar los vaivenes de lo que ocurre.
Otros historias no han sido, al parecer, tan bellas… En suma, de aquellos once sacerdotes que recibisteis la unción sagrada, todos se han ido marchando, excepto dos que ahora festejáis este Jubileo religioso. La pregunta de “¿Por qué se fueron?” casi queda anulada por otra perentoria, más importante, y no menos estremecida: Y yo ¿por qué estoy? Me refiero a mí; me refiero a ti, amadísimo Roque. La respuesta unánime – la tuya y la mía – es esta: por la misericordia palpada del Señor. ¡A él la gloria y las gracias! Somos hechura de Dios, dice san Pablo.
Además ocurre que, pese a las goteras de nuestros cuerpos, el Señor nos ha dado coraje, nos ha regalado pasión por él, y no nos acobardamos por la situación. El hoy del Señor es mejor que cualquier análisis nuestro. Lo decía el Cántido de Laudes de hoy, tomado de Habacuc 2:
Aunque la higuera no echa yemas,
las viñas no tienen frutos,
aunque el olivo olvida su aceituna
y los campos no dan cosechas,
aunque se acaban las ovejas del redil
y no quedan vacas en el establo,
yo exultaré con el Señor,
me gloriaré en Dios mi Salvador.
He de concluir, hermano. Hace unos días leía el sermón enternecido que san Bernardo dedicó a su hermano, de sangre y de paño, Gerardo, cuando este se despidió para la eternidad. Está en la serie del Cantar de los cantares. Yo también pido para mí este amor en Cristo que se funde con el amor de la sangre.
Te felicito de México a Ecuador.
En su momento, más tarde, lo celebraremos en Alfaro.
Mientras tanto, recibe un poema que ayer escribí para ti y para Jesús Mari (Fr. Jesús María Bezunartea Salcedo), compañeros de profesión, a quien honramos con una fiestecilla en medio de estos Ejercicios.
Recibe un abrazo y un beso
 Rufino M.

Desde la Casa de Oración "Quinta san José" de las hermanas Siervas de los Pobres y del Sagrado Corazón, El Salto, Jalisco (cerca del aeropuerto), 9 agosto 2013. 
Esta carta se completa con el post siguiente (n. 434): Respuesta de mi hermano Roque y homilía en su 50 aniversario de capuchino.




Ofrenda

Para Roque Grández Lecumberri
y Jesús María Bezunartea Salcedo,
en el 50° aniversario de su profesión religiosa
en laOrden Capuchina (Sangüesa, 15 agosto 2013)
Versos fraternos de sobremesa
recordando pensamientos de los Ejercicios


La memoria y el presente
yo los junto en santa unión
a los pies del Evangelio
para hacer mi profesión.
Todo es gracia, yo confieso,
y es esta dulce visión,
al recordar medio siglo
de aquel profesado amor.
Medio siglo y un concilio,
un huracán que irrumpió,
las puertas se conmovieron
y el Cenáculo tembló.
Y del cielo que se abría
vino un fuego abrasador,
un nuevo rostro lucía
la esposa del Redentor.
Sois los hijos del Concilio,
flor de una inmensa ilusión,
Jesús Mari y Roque Grández
capuchinos en misión.
Todo es gracia, todo es gracia,
lo decís sin presunción,
palpando una mano suave
que fue pura bendición:
el amor es un milagro
que hoy vence y siempre venció.
El recuerdo matutino
a San Damián me llevó:
un rostro hablaba a Francisco
y el hermano lo escuchó,
y se llenó de ternura,
de piedad y compasión.
Allí se abría la senda,
que empezó en la Encarnación,
y luego fue la Porciúncula,
nuestra casa y corazón,
junto al regazo materno
que en Cristo nos engendró.
Y al final el monte Alvernia,
Pascua y transfiguración.
Hoy en el Eucaristía
todo el misterio es fisión,
y Jesús, mi fe y futuro,
es mi latido y mi yo.
Las campanas han llamado:
Nueva Evangelización,
Un día todo te di,
restituyendo tu don,
Lo que dije dicho está
por tu misericordia y favor;
recibe, Padre, en Jesús,
mi gracias y adoración.

 

2 comentarios:

Anónimo dijo...

En la casa de mi Padre,hay muchas moradas,,,

FELICIDADES A LOS DOS.

Anónimo dijo...

muchas gracias hermano, que Santa Clara nuestra madre te bedniga en el día de hoy.........

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