lunes, 26 de agosto de 2013

439. Domingo XXII C - Los invitados de Jesús




Homilía en el domingo XXII del tiempo ordinario, ciclo C

Lc 14,1. 7-14


   

Texto del Evangelio:
Un sábado, entró él en casa de uno de los principales fariseos para comer y ellos lo estaban espiando.
Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les decía una parábola: «Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y venga que os convidó a ti y al otro, y te diga: “Cédele el puesto a este”. Entonces, avergonzado, irás a ocupar último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, y así, para que cuando venga el que te convidó, te diga: “Amigo, sube más arriba”. Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido».
Y dijo al que le había invitado: «Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete invita a los pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos».

Hermanos:
1. Si Jesús hubiera sido un maestro de sabiduría, un buscador de Dios, un educador de la humanidad, las palabras que acabamos de escuchar, las podríamos agregar a esas colecciones de sentencias de los sabios que han sido guía para el buen comportamiento humano. Las podríamos añadir al libro de los Proverbio, atribuidos a Salomón; o también al libro del Sirácides, que es un libro muy sabroso por sus consejos espirituales, y que ha sido muy leído en la Iglesia. Hoy justamente se toman algunas frases del Sirácides, capítulo 3 en la primera lectura: consejos del sabio al discípulo, del padre, que ha recorrido el camino de la vida, al hijo que se adentra por los senderos inciertos, Le dice, por ejemplo, “No pretendas lo que te sobrepasa, ni investigues lo que te excede” (Sir 3,21). El que comienza a leer la Sagrada Escritura se deleita en la multitud de sentencias de experiencia y vida de los libros sapienciales del Antiguo Testamento; tres de ellos son el Eclesiastés, los Proverbio, el Eclesiástico o libro del Sirácides.

2. Es muy interesante el prólogo que puso a este libro el traductor que lo tradujo, siglos antes de Cristo del hebreo al griego, para que llegase a la cultura helenista. “Mi abuelo Jesús, después de haberse dedicado asiduamente a la lectura de la Ley, los Profetas y los otros escritos (Torá, Nebiim y Ketubim, decimos en hebreo, las tres partes o secciones del Antiguo Testamento), y de haber adquirido un gran dominio sobre ellos, se propuso escribir sobre temas de instrucción y sabiduría. Su objetivo era que los deseos de aprender aceptaran sus enseñanzas y pudieran progresar, llevando una vida más acorde con la Ley” (Sir, prólogo).

3. Jesús de Nazaret, que es el profeta del Reino, es también Sabio, “uno que es más que Salomón” (Lc 11,31). Sus parábolas son palabras de sabiduría. Con todo, hermanos, al escuchar sus palabras quisiéramos pasar del nivel de la sabiduría a otro nivel más profundo: al nivel de la profecía, del anuncio.
Jesús con su sabiduría está configurando su comunidad, su Ecclesía. Por lo tanto, no está dando principios de comportamiento general para acertar en la vida, sino que están hablando de la vida de su Iglesia. Entonces sus palabras adquieren otro tono diferente: son palabras directamente interpeladoras para confrontar nuestro modo de existir en su comunidad. Interpretémoslas de esta manera, y veamos cómo quiere Jesús a su Iglesia, a su Iglesia hoy.

4. Jesús nos invita a su mesa, porque la vida cristiana es un banquete de hermanos. En este banquete, ¿cuál es mi puesto? La respuesta ha sido siempre clara: el último. En cierta ocasión Jesús les dijo a los Doce, cuando discutieron en el camino sobre quién de ellos era el más importante: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos” (Mc 9,35). No estaba dando un consejo general de vida; estaba diciendo a sus apóstoles y a través de ellos a nosotros cuál es el verdadero puesto la que yo debo aspirar. Hemos de aspirar a ser los servidores, los últimos de todos. Claro que el último puesto no lo podemos ocupar – decía un santo, Carlos de Foucauld – porque ya está ocupado: Jesús, él mismo, lo ocupó, lo reservó para sí.
Hace un mes decía el Papa a los Obispos en Brasil: “Los Obispos han de ser Pastores, cercanos a la gente, padres y hermanos, con mucha mansedumbre; pacientes y misericordiosos. Hombres que amen la pobreza, sea la pobreza interior como libertad ante el Señor, sea la pobreza exterior como simplicidad y austeridad de vida. Hombres que no tengan “psicología de príncipes”. Hombres que no sean ambiciosos y que sean esposos de una Iglesia sin estar a la expectativa de otra…”
Esa es la doctrina de Jesús, que se aplica no solo a los obispos, sino igual, a todos los demás, a todos nosotros.
En una Iglesia, que es una comunidad de hermanos, mi máxima gloria ha de ser la de servir a los hermanos, y no precisamente desde los puestos de mando (por hablar al lenguaje humano), sino desde el estamento de los humildes: dar mi vida por mis hermanos, sin aspirar a la gloria de ningún monumento.

5. Por otra parte, en el Evangelio de hoy, Jesús nos habla de una clase de personas que deben tener nuestro trato de preferencia. Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos. Estas son las personas con las que nos gustan relacionarnos, las personas de las que podemos sacar provecho: los amigos, los hermanos y parientes, los vecinos ricos, palabras que tenemos que pensarlas una a una. Nos arrimamos a estas personas, porque nos pueden favorecer.
Y frente a ellas Jesús pone a otros, a los que él elige como sus invitados de preferencia y los describe con cuatro palabras: los pobres, lisiados, cojos y ciegos. Nos está hablando de sus amigos, de ese pueblo mesiánico de las bienaventuranzas, de esas multitudes de necesitados sobre el que él ha vertido sus milagros. Estos son los invitados de Jesús.
“Acuérdate de los pobres”, le dijo el cardenal franciscano Claudio Hummes a su compañero Bergoglio que estaba su lado, cuando iban contando los votos y comenzaron a aplaudir, porque ya había alcanzado los dos tercios de la elección. Acuérdate de los pobres.
Son las palabras de Jesús de hoy.
Los pobres en la Iglesia no son solamente las personas a quienes debemos favorecer o socorrer; son las personas a las que debemos mirar para saber cómo es la Iglesia que Jesús quiere.

6. Pensamientos del Evangelio de hoy, mis queridos hermanos, que solo puede terminar con una súplica a Jesús:
Jesús, tú te humillaste hasta ser el último; pro esto tu Padre te ensalzó, y nosotros te ensalzamos con nuestra alabanza.
Tú fuiste el Pobre de Dios, por ser el Hijo confiado de Dios, y pobres como tú también nosotros queremos ser. Amén.

(México D.F., 25 agosto 2013).

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy estimado P. Rufino:
He leído su homilía dominical.
A través del correo electrónico le remito un mensaje con mi REFLEXIÓN sobre la cita evangélica, que espero sea de su interés.
Sólo deseo que su agenda de trabajo no le impida una respuesta.
Cordialmente.
Juan José.

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