viernes, 13 de septiembre de 2013

446. Creo a Jesús, creo en Jesús . Profesión de Fe con el Evangelio


Creo a Jesús, creo en Jesús:

Este es mi Evangelio, esta es mi fe

El día 11 de septiembre el papa Francisco publicó un largo artículo de periódico en el diario italiano La Repubblica. Respondía de este modo a los requerimientos de un  ilustre personaje de la Italia actual, intelectual y político no creyente, Eugenio Scalfari (nacido en 1924), fundador de ese mismo periódico, que había escrito el 7 de julio y 7 de agosto.
Comenzaba diciendo: Pregiatissimo Dottor (muy apreciado Doctor), y terminaba, antes de poner la firma: Con fraterna vicinanza (con fraterna cercanía). Del “pódium” del magisterio pontificio los últimos papas se han bajado para fomentar otro tipo de literatura, en especial la entrevista. Incluso se ha recordado que Benedicto XVI escribió en el Financial Times.
Pero, sin entrar en sutiles consideraciones, la forma que ha utilizado el papa Francisco marca un “hito”, que, por lo demás, va en consonancia con su literatura de cardenal arzobispo de Buenos Aires.
El artículo del Papa, ya por todas partes elogiado, es una confesión de fe, con respecto, con deferencia, con elegancia para entrar en diálogo con un no creyente, invitándole, incluso, a hacer “una parte del camino juntos”. El ilustre interlocutor lo ha agradecido. De mi parte, imprimí el artículo como tema de estudio para los alumnos de “Profetas”, suscitando un trabajo en grupos en esta dirección: Cuál es el ámbito de Dios en el mundo, según Oseas (siglo VIII a.C.) – Cuál es la relación de Dios con el hombre – Cuál es la relación del hombre con Dios. Todo ello al eco de las palabras del Papa – que invito a leer en directo – que comparte sobre la fe con un no creyente.
Y, al meditar estas cosas, me vino a la mente el poner en este blog de “Las hermosas palabras del Señor” una confesión de fe personal, en ese Jesús al que sirvo. Y así redacto este MANIFIESTO DE FE, sobre la base de unas Notas de clases, pero de un modo expositivo, narrativo, como si comunicara mis pensamientos en un periódico internacional. Justamente ese día del artículo iniciaba yo un mini-curso de San Marcos, como puede verlo el lector que desee seguir leyendo.

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Al iniciar estas clases sobre el Evangelio de san Marcos (11 septiembre 2013) he de manifestar lealmente mi postura. Accedo por primera a esta institución académico-pastoral que se define como “Instituto Bíblico Católico” (Guadalajara, Jalisco), creado como institución diocesana hace varios decenios. El lema de esta Casa es un versículo del salmo: “Lámpara es tu palabra para mis pasos, Señor, luz en mi sendero” (Sal 119,105. El “Señor” es un vocativo divino ad sensum). Mi postura, desde la sinceridad del ser, no puede ser otra que esta, marcada por tres notas:
Soy, por la gracia de Dios (no por méritos antecedentes), un creyente, y como creyente he de explicar todas mis lecciones.
Soy, modestamente, un intelectual, y estas aulas, que son un hogar pastoral, son simultáneamente una academia que busca la ciencia de las Escrituras, si bien en un grado muy sencillo.
Soy una persona que va subiendo la cima de la vida (76 años de edad en este momento, 53 años de sacerdocio y como tal ministro de la Palabra, hallado digno de confianza para esta gracia). A una persona mayor – designación que no me agrada, pero que los años imperiosos y desde fuera me la van dictando – se le pide sabiduría; que vaya a la esencia de las cosas, ajeno a toda vanidad. Ya la vida no puede dar otra cosa que la verdad, dulce fruto que sería inicuo desechar.
Obviamente esta triple condición marca un talante de pensamiento y de enseñanza, un modo de acceso al tema viviente que nos ocupa, y un modo de entrega en las clases, una metodología, si se quiere hablar con esta expresión académica en uso.
El Evangelio, es decir Jesús, no es una materia un obiectum (lo que “yace” “delante”) que está ahí y al que yo me acerco con esa soberanía que se le ha dado al ser humano para entrar, dominar y poseer. El estatuto de la ciencia es ese, y la Biblia en cuanto “tema de estudio” – se diría – se amolda a ese plan: un tema más en el campo del conocimiento humano. La ciencia humana es admirable. Nos colma de asombro que el hombre, a la conquista del espacio, haya enviado un “ingenio” al universo (Voyager 1, en 1974) y que este producto humano navegue ya fuera del sistema de la órbita solar.
Pero ocurre que uno no se desentiende de su ser creyente cuando aborda lo que ahora vamos a abordar. Es una opción tomada no por reglas que te dan, sino por íntima convicción, la cual procede de un instinto divino, que yo acepto desde dentro de todas mis células. Con razón advertía Benedicto XVI al comienzo del prólogo de su Jesús de Nazaret, Primera parte: “Este libro sobre Jesús, cuya primera parte se publica ahora, es fruto de un largo camino interior”. Y se detiene entonces a explicar el método escogido, teniendo presente el panorama de la investigación actual. Conceptos que se completan con el prólogo de la segunda parte. Si no se capta el punto de mira científico y creyente en que se sitúa el autor, queda falseada la lectura de esta obra espléndida, verdadero obsequio a la Iglesia. Benedicto XVI no ha intentado una “aproximación histórica a la vida de Jesús de Nazaret”; no ha intentado con su libro hacer una Cristología – una “cristología desde arriba”, se le ha achacado, cosa que él rechaza – sino que, trabajando de su fe y de su ciencia, todo ello transido de su íntima experiencia personal, presenta “la figura y el mensaje de Jesús”. “Tal vez hubiera sido acertado poner estas dos palabras – figura y mensaje – como subtítulo al libro con el fin de aclarar su intención de fondo” (Jesús de Nazaret, Parte II, Prólogo).
Este enlace de comparación me introduce, con la obra de un autor eximio – Joseph Ratzinger / Benedicto XVI –, para manifestar qué pretendemos en este curso sintético (6 días lectivos con dos horas o tiempos cada uno). Acometiendo como creyentes el estudio científico-pastoral del libro del Evangelio de Marcos, privilegiamos en nuestro conocimiento integral de lo que buscamos la categoría “encuentro”, que ha entrado en al teología para explicar la fe. Hablaremos, pues, de cuatro momentos o perspectivas de encuentro, no sucesivas sino simultáneas en la unidad del ser.

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1. El encuentro con el Evangelio de Marcos, y dígase lo mismo el encuentro con el Evangelio de Mateo, de Lucas, de Juan es, para empezar, el encuentro con un libro.
Es lo primero que tenemos delante en nuestra mesa de estudio: un libro arcaico, que ha sido custodiado y ha llegado fielmente hasta nosotros. Y aquí surgen esas cuestiones que lanzamos a un libro importante de la antigüedad: cuándo se escribió, quién lo escribió, en qué lugar y ambiente, con qué finalidad. La ciencia, tras la primera guerra mundial, alcanzó a formular un método histórico crítico,  Formgeschichte o “Historia de la forma”. Esto que yo leo está escrito con múltiples formas y géneros literarios, que tienen su “puesto en la vida” (Sitz im Leben); desde allí debo leer. Está bien, debo saberlo.
Más tarde se matizó: pero esas múltiples unidades que conforman el Evangelio tienen una unidad de conjunto, porque hubo de hecho un redactor último que dio cuerpo a toda la obra: Redaktionsgeschichte o “Historia de la redacción”. Quizás este redactor inoculó su propia teología a todo el conjunto. También debo saberlo, en cuanto pueda.
Incluso otros, metidos por este camino histórico, pensaron que era muy útil investigar la historia que sigue al texto, la “historia del influjo” (Wirkungsgeschichte) del texto, los efectos ha producido en la comunidad creyente que lo ha leído). También es bueno conocerlo. De alguna manera amplía el significado original y preciso de las palabras y de los hechos de Jesús. Los maestros del lenguaje y la hermenéutica dicen que, una vez que yo entrego mi texto al público lector, el texto deja de ser propiedad mía y se va cargando de otros sentidos en contacto con la mente del lector, pues ya es de su dominio. Todo texto de por sí es generativo.

2. El sondeo que hacemos del libro nos lleva a un segundo encuentro: Encuentro con una Comunidad.
Pronto se da uno cuenta de que el libro que tengo entre manos, obra de un autor final, es, en realidad, el fruto de una comunidad, de una Iglesia. Acaso esta comunidad leía este Evangelio y aquella leía el Evangelio en otra forma, por ejemplo, “las Comunidades del Discípulo Amado” – así se han llamado – adheridas al cuarto Evangelio.
 Y yo, lector atento, percibo que, si el libro cuenta la vida de un personaje – Jesús de Nazaret – me está contando simultáneamente los anhelos y el entresijo de una comunidad que lo vive y lo sigue. Es la comunidad cristiana adonde ha ido a parar la vida de un Viviente que fue y que es. El lector profundo está viendo en dos planos fundidos:
- La vida de Jesús de Nazaret.
- Y la vida de sus discípulos.
Comienza una interacción que influye de modo esencial en la hermenéutica de los Evangelios: de Jesús a la Comunidad, de la Comunidad a Jesús.
La Comunidad que subyace al Evangelio es
ü  Una Comunidad creyente.
ü  Que vive y celebra en torno a Alguien.
ü  Comunidad en medio del mundo hostil.
ü  Comunidad misionera.
ü  Comunidad sufriente.
ü  Comunidad de esperanza pascual.
El lector atento del Evangelio va recobrando, poco a poco, el perfil de la Comunidad subyacente.
Camino muy delicado, porque, si no tenemos testimonios directos de esas comunidades que están detrás de los Evangelios, hay que emplear métodos deductivos. En todo caso, es muy razonable pensar que las palabras de envío de Jesús (sin dinero, sin alforja…) han sido ya avaladas por los misioneros cristianos, vividas, y acaso reconfiguradas.

3. Ahora viene lo más importante: el estudio del libro de Marcos, de Mateo, de Lucas, de Juan, es el encuentro con la persona que anuncia el libro desde una Comunidad: Jesús, ¡el encuentro con Jesús! En el encuentro con Jesús pongo mi fe, toda mi fe. Lo diga con los artículos del “Credo”, o lo diga narrativamente como lo estoy haciendo, esta es mi fe. Jesús es mi fe.
Jesús, punto de llegada en el ámbito de la comunidad, punto de partida hacia lo infinito.
¿Quién es Jesús, del que se va a hablar en el Evangelio? Es el Jesús de la historia y el Jesús de hoy – Jesús viviente de la Pascua – sin que puedan separarse uno de otro. Esto requiere científicamente un método correcto.
El “método histórico-crítico”, al que hemos aludido, es necesario, pero, al mismo tiempo, es insuficiente. Se queda en el pasado. Investiga cómo nació el texto, con las múltiples causas que pudieron influir e influyeron; pero este método se queda, por necesidad, en el pasado, y la figura de Jesús también en el pasado.
Del método histórico-crítico tenemos que pasar a una comprensión total y presente, pero no por un salto caprichoso y subjetivo, sino por las mismas exigencias de la fe que ha originado el Evangelio. Aquí es donde la fe tiene su punto y palabra específicos, en un tipo de conocimiento humano total, que la ciencia humana puede avalarlo.
Si, al fin, el estudio del Evangelio no es encuentro con la misma persona de Jesús, que fue y que es, ¿para qué lo quiero? El evangelista Marcos se coloca en esta perspectiva cuando comienza diciendo y escribiendo: Comienzo del Evangelio de Jesús Cristo Hijo de Dios. (El crítico textual debe decir honradamente que el códice Sinaítico no tiene la expresión “Hijo de Dios”, que ciertamente sonará en la confesión del centurión en la Cruz; mientras que el códice Vaticano, signado como códice B, de valor semejante sí lo tiene)
Por tanto, su obra es “Evangelio”, el Evangelio de Jesús: no es Biografía de Jesús, ni Historia de Jesús, sino el Evangelio de Jesús.
Y el protagonista de esta obra es Jesús (aquel hombre de Nazaret) Cristo (el Mesías de Israel) Hijo de Dios (última confesión de fe de la Iglesia), es decir: Jesús-Mesías-HijodeDios.
¿Cómo se puede escribir la obra de un “humano-divino”? Eso es, de acuerdo al título, la obra de Marcos.
Marcos, y lo mismo los demás Evangelios canónicos, dejando afuera otros Evangelios que circularon, me lanzan directamente en la Historia de salvación de Dios con el hombre, manifestado para mí y toda la humanidad en su hijo Jesús, que luego llamaremos, juntando palabras, Jesucristo.
Tú, Jesús de los Evangelios, eres mi fe, que incluye:
- la historia de Dios tu Padre, abierto al mundo desde antes de la creación,
- la historia de tu Espíritu derramado en ti,
- tu historia humana y celestial, la de ayer y la de hoy, juntas en una sola, desde la Encarnación hasta la Eucaristía, desde la Eucaristía hasta la Parusía.
Esta es mi fe trepidante, que no me quita la posibilidad de la duda, pero que me invita de continuo a la negación de mí mismo y al abandono en tus brazos, mediante la muerte constante, y abrazar ahí la verdad infinita, a orar con los salmos: ¡Oh Dios, tú eres mi Dios!.
                                                         
4. Hay un cuarto encuentro en esta faena de vida, que es el estudio del Evangelio, que es el encuentro conmigo mismo.
El que habla se proyecta él en lo que habla. Y el que lee, si su lectura va más allá de una simple información para capturar conocimientos, y es una lectura de vida, en cuanto que lo que va buscando es vida, su vida, la lectura del Evangelio es el encuentro con mi yo. Todo conocimiento es comunión y engendro. El “concepto”, que es lo que se formula en el conocimiento, significa “concebido”.
El conocimiento como acto creativo es encuentro con la verdad. Encontrarse con Jesús, por vía de conocimiento intelectual, nos abre al último conocimiento vital de su persona, y en última instancia al conocimiento vital de mí mismo.
En estos asuntos el estudio y la mística se reclaman.
Nadie es buen estudiante, si no es apasionado de lo que estudia. Y, hablando no de una “materia” (obiectum), sino de una persona-relación, Jesús, nadie puede estudiar los Evangelios si no es un apasionado de Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios, cuyo encuentro es el encuentro del sentido de mi vida.

Esta es mi fe; esto es el sentido de mi vida.
Lo demás – esto o aquello en la vida, esta vocación u otra, que parece lo prioritario; este puesto en la vida como plataforma de acción, por lo que a lo mejor luchamos o nos “desvivimos” con zozobras y sufrimientos – es secundario, porque no pueden alterar la dirección impresa en el hallazgo de Jesús.
¡Jesús, amor de mis días, tú eres el hallazgo y la gracia,
tú eres el sentido de mi vida y nadie más!
En ti y desde ti, lo demás.
Tú eres mi fe,
Tú eres mi amor,
Tú eres mi esperanza.

Guadalajara, 13 septiembre 2013 (S. Juan Crisóstomo)

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