domingo, 22 de septiembre de 2013

450. El Padre Pío, 23 septiembre: El Beso de Jesús



El beso de Jesús,
la intimidad subyacente a las llagas

El día 23 de septiembre es la fiesta del Padre Pío, San Pío de Pietrelcina, muerto el 23 de septiembre de 1968, beatificado por Juan Pablo II en 1999, canonizado por el mismo Papa en 2002.
En la hagiografía de los siglos recientes el caso del Padre Pío es el fenómeno más portentoso. Y esto por causa de las llagas, que las llevó durante 50 años (septiembre 1918 - septiembre 1968).
Las llagas es lo más llamativo. Pero el secreto del Padre Pío está detrás de las llagas, está en su unión vital con Jesús, unión que se actualizaba principalmente en la Eucaristía. Las llagas son la lava ardiente del volcán, pero el fuego que las producía estaba dentro. Las llagas las recibió después de la misa, orando ante el crucifijo del coro de los hermanos; era el día 20 de septiembre de 1918. Pero las llagas habían comenzado, en realidad, ocho años antes, un mes después de su ordenación sacerdotal, que fue el 10 de agosto de 1910, fiesta de san Lorenzo, a la edad de 23 años y dos meses y medio.
Las llagas comenzaron a aparecerle en la tarde del 7 de septiembre de 1910; con mayor intensidad un año después, en septiembre de 1911. Escribía de este modo a su director espiritual: “En medio de la palma de las manos ha aparecido un poco de rojo, que es como la forma de (una moneda de) un céntimo, lo que va acompañado de un fuerte y agudo dolor. Este dolor es más sensible en la mano izquierda. También bajo los pies observo un poco de dolor”.
El Padre Pío es un místico que va avanzado en el camino de la cruz, de la configuración con Cristo sufriente por el amor. Ahí está la fuente de sus llagas. Es un crucificado pro dentro; por eso el Señor tuvo a bien que apareciera esta crucifixión por fuera.
He aquí, pues, algunos secretos del corazón del Padre Pío años antes de que recibiese las llagas cruentas del Señor.

* * *

“Escuchemos (…) al santo rey David, que invita a besar devotamente al Hijo: “Osculámini filium” (2 Sam 18,5) [Besad al hijo]; porque este hijo del que habla aquí el real profeta no es otro sino aquel del que ha hablado Isaías: “Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: Puer natus est nobis, filius datus es nobis” (Is 9,6).
Este niño, oh Rafaelina, es aquel amoroso hermano, aquel esposo amadísimo de nuestras almas, cuya compañía buscaba la sagrada esposa del Cantar de los cantares, en figura del alma fiel, y del que suspiraba recibir los besos divinos: “Quis mihi det te fratrem meum, et inveniam te et deosculer te! Osculetur me osculo oris! (Cant 8,1 y 1,1) [La traducción, que no la pone el P. Pío sería: ¡Ojalá fueras tu mi hermano, y al encontrarte fuera te besaría! ¡Que me bese con el besó de su boca!] Este hijo es Jesús; y la manera de besarlo sin traicionarlo, de estrecharlo en nuestros brazos sin aprisionarlo; la manera de darle el beso y el abrazo de gracia y de amor, que él espera de nosotros y que nos promete devolverlo, sí es, dice san Bernardo, el servirlo con verdadero afecto, cumplir con santas obras sus celestiales doctrinas que profesamos con las palabras” (S. Bernardo, Sermones sobre el Cantar de los cantares 4).

Esta carta, extraordinariamente amplia, avanza, y el corazón del Padre Bernabé se descubre de par en par, cuando desde la más pura vivencia le escribe así a esta que fue la primera de sus hijas espirituales.
Rafaelina Cerase (1868-1916), en realidad, es mayor que él. El Padre Pío, al tiempo de esta carta escrita desde su pueblo de Pietrelcina (septiembre de 1915), donde se encontraba por razón de su enfermedad, tiene 28 años; Rafaelina, 46. Lo que no obsta para que, con entrañable confianza, respeto y cortesía, pueda tratarle así: “Figliolula diletissima di Gesú”, y también: “Oh figliuola mia”.
Un lector crítico, conociendo los antecedentes del Padre Pío, la altísima experiencia espiritual que va teniendo en la celebración de la santa Misa, y el hecho de que ya hubo una primera aparición mística de las llagas, está invitado a interpretar estos párrafos del el matrimonio espiritual que está viviendo este humilde sacerdote. Con gran ternura asocia a su hija espiritual a esta vivencia.

 “Acerquémonos a recibir el pan de los ángeles con una gran fe y con una gran llama de amor, y esperemos también de este dulcísimo amante de nuestras almas ser consolados en esta vida con el beso de su boca. ¡Felices de nosotros, Rafaelina, si logramos recibir del Señor de nuestra vida  el ser consolados con este beso! Entonces sí que sentiremos que nuestra voluntad está unida indisolublemente con la voluntad de Jesús, y ninguna cosa del mundo podrá impedir tener un querer que no sea el del divino Maestro. Entonces solo podremos decir: ¡Oh Dios mío, y mi gloria! Sí, oh amante divino, oh Señor de nuestra vida: Tus pechos son mejores que el vino y espiran el olor de los más exquisitos perfumes (“le vostre mammelle sono migliori del vino, e spirano l’odore dei piu esquiti profumi”) (Cant 1,1).
[Nota. La versión de la Vulgata decía: Quia meliora sunt ubera tua vino, fragrantia unguentis optimis. Como se sabe, la misma palabra hebrea traducida antes por “ubera”, hoy se traduce, por razones lingüísticas, por “amores”; por ello la Nova Vulgata traduce: Nam meliore sunt amores tui vino. El Padre Pío, lo mismo que un día san Bernardo, está leyendo “ubera tua”].


¡Oh hija mía! (O figliuola mía, oh hijita mía, oh hija mía), ¿quién puede decir los secretos admirables que se esconden bajo el velo de estas palabras de la esposa de los sagrados Cantares? En vano lo intentaría, si quisiera explicarlos todos estos admirables secretos. Lo que puedo decir es que  al alma que se concede de cuando en cuando, del dulcísimo Señor, ser hecha digna de pronunciar las palabras dichas, como las pronunció la esposa del Cantar de los cantares, siente en sí tal dulzura, que se percata muy bien de que Jesús está cercanísimo. Todas sus potencias quedan entonces en una calma tan perfecta, que le parece poseer a Dios tanto cuanto ella puede desear. Llega como a tocar con su mano la nada que son todas las cosas de este bajo mundo.
El Esposo divino le va descubriendo verdades importantísimas de un modo totalmente nuevo. Pero el alma no ve a este amante divino que así se le manifiesta; solamente sabe que él está con ella, y no puede dudarlo lo más mínimo. Se encuentra ella en una atmósfera tan resplandeciente de luz, experimenta en sí tales efectos maravillosos de esta unión con el Esposo, y se siente tan firme en la virtud, que casi le parece que no es la misma de antes; vive tan abismada en aquel piélago de consolación toda celestial, que en la embriaguez de su gozo ya no sabe qué desear o qué pedir a Dios.
Por decirlo brevemente, en aquel torrente de luz y de bienaventuranza el alma no sabe qué ha llegado a ser; se siente toda arrebatada fuera de sí; siente que está siendo abrazada por el divino Esposo de una manera tan estrecha, que la pobrecilla por el pleno desbordamiento de gozo en cierto modo perdida en deliquios. Entonces justamente le parece que es llevada en aquellos brazos divinos, y que él se la aprieta a su costado, a aquellos divinos pechos, y es tal la embriaguez celeste como para quedar desconcertada y como fuera de sentido, de modo que en un transporte de santa locura me parece que pueda decirle muy bien a su dulce conquistador: Le vostre mammmele sono migliori del vino e spirano un odore pari al piú squisiti profumi: Tus pechos son mejores que el vino y exhala un olor semejante a los más exquisitos perfumes”.

* * *

Este texto es muy bello y muy puro.
Austero de formas, y a veces severo, el Padre Pío era de una ternura meliflua, que los santos la pueden comprender, y que fuera de esa onda el lenguaje resultaría sospechoso y peligroso. Le habla del Cantar de los cantares. Rafaelina – que tiempo ha dejó todas sus vanidades juveniles y “se convirtió” – le puede comprender.
Cuando nos acercamos al Padre Pío quedamos deslumbrados por sus llagas. Y no es para menos. Pero las llagas no son el secreto del Padre Pío. Las llagas son la lava ardiente del volcán. El fuego estaba adentro.

Llagas por fuera y por dentro



Las llagas son la ardiente y roja lava

que del volcán explotan con dolor;

el horno del amor ardía dentro

y allí moraba Cristo en su Pasión.



El nido de la fe alienta puro

y se convierte en nido del amor;

allí esposo y esposa se desean,

allí es Getsemaní y Crucifixión.



El beso del amaso a solas, íntimo,

delicia celestial en la prisión,

que Dios es Trinidad y beso eterno,

y un beso de Dios es la creación.



Acepto mi dolor, Jesús amante,

que es tuyo para mí, precioso don;

mis llagas manan hondo y son tu vida,

tu ósculo de paz y tu perdón.



Oh Cruz del mundo, Cristo en el Calvario,

de toda mi familia el corazón,

extiendo yo mis brazos, yo contigo,

tus llagas yo las siento en mi oración.



¡La Gloria, Vida y Paz, feliz latría

al Padre y a su Hijo, el Redentor,

de labios del Espíritu amoroso,
el sello que ha signado toda unión! Amén.

Guadalajara, domingo 22 septiembre 2013.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Querido P. Rufino:
Espero que haya leído mi mensaje anterior, aunque (lamentablemente) no tenga ninguna certeza de ello.
Es muy curioso que en esta parábola se ponga nombre a uno de los protagonistas (Lázaro, el pobre), mientras que el rico es una persona anónima.
Otro dato curioso, y nada lógico, es la expresión "epulón", que de hecho no figura en los manuscritos. Los Epulones o septemviros (septemviri) formaban el último de los cuatro colegios sacerdotales de la Antigua Roma. Dirigían los épulos, o convites sagrados que se hacían a los dioses.
Cordiales saludos.
Juan José.

Anónimo dijo...

Querido P. Rufino:
Espero que haya leído mi mensaje anterior, aunque (lamentablemente) no tenga ninguna certeza de ello.
Es muy curioso que en esta parábola se ponga nombre a uno de los protagonistas (Lázaro, el pobre), mientras que el rico es una persona anónima.
Otro dato curioso, y nada lógico, es la expresión "epulón", que de hecho no figura en los manuscritos. Los Epulones o septemviros (septemviri) formaban el último de los cuatro colegios sacerdotales de la Antigua Roma. Dirigían los épulos, o convites sagrados que se hacían a los dioses.
Cordiales saludos.
Juan José.

Anónimo dijo...

. COMO DESARROLLAR INTELIGENCIA ESPIRITUAL
EN LA CONDUCCION DIARIA

Cada señalización luminosa es un acto de conciencia

Ejemplo:

Ceder el paso a un peatón.

Ceder el paso a un vehículo en su incorporación.

Poner un intermitente

Cada vez que cedes el paso a un peatón

o persona en la conducción estas haciendo un acto de conciencia.


Imagina los que te pierdes en cada trayecto del día.


Trabaja tu inteligencia para desarrollar conciencia.


Atentamente:
Joaquin Gorreta 55 años

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